Estructuras, valores y personas para superar este neoliberalismo tirano Cada palabra que pronunciamos tiene un precio

El poder de la palabra
El poder de la palabra Jaroslav Shuraev

"Las estructuras de poder son de pecado, en medida clara, y sus propietarios buscan salvarse naturalizando su posición y visitando al Papa, por ejemplo"

"Estoy reclamando estructuras sociales y valores y personas que van a superar ese neoliberalismo tirano, financiero y guerrero porque, como molde, no da más de sí. De América a China, de Europa a Asia, de Marruecos a la India, los ideales reclaman personas buenas y las personas, estructuras justas"

Al poner la primera letra en el papel, uno siempre alberga la duda de si no será demasiado tarde para volver a los fundamentos del convivir. Por consabidos o por inalcanzables, ¿quién podrá reconocer en los demás lo que a duras penas atisba para sí? Y tampoco se trata de ofender a los positivistas con una prédica moral de selectos, pero ¿es que va a dar lo mismo subir que bajar, ir que venir, entrar que salir, avanzar que retroceder?

Pero esto mismo requiere definir algún valor y fines y algunos medios que nos permitan equivocarnos o acertar, pero al menos saber por qué es así y cómo corregir. Siempre ha sido difícil iniciar esta senda, pero su necesidad aparece ahora mismo por todos lados. Los bárbaros hacen lo mismo en demasiados lados, hacen barbaridades, y cada uno piensa del otro que no hay comparación en el propósito que le mueve y su derecho. Hay que estar muy abajo y muy urgido por las cosas del comer para ver con alguna claridad qué es primero y segundo al convivir, y quién padece y quién no en esa relación. Las estructuras de poder son de pecado, en medida clara, y sus propietarios buscan salvarse naturalizando su posición y visitando al Papa, por ejemplo.

Creemos. Crecemos. Contigo

Esta sociedad está sufriendo mucho en muchas personas -pueblos enteros y masas incontables- y lo que importa es evitarlo sabiendo el cómo. No se trata de compensar sufrimientos e igualar todas las situaciones. Vosotros por aquello, nosotros por esto, todo se equipara y es igual. Se trata de conocer y discernir aquí una situación de opresión política, allí de hambre y enfermedad; aquí de explotación económica, allí de ideología totalitaria…  Pero los sufrimientos no se compensan y, si son injustos, por evitables en una vida humana realizada con justicia fundamental, son inaceptables y urgen a la conciencia política de todos.

Hay dos aspectos del sufrimiento social -pienso en este más que en el sicológico y emocional- que exigen pronta atención. Uno es que no cabe conformarse con apelaciones grandilocuentes del tipo: “la historia nos juzgará con dureza inusitada cuando la siguiente generación conozca nuestra indiferencia y complicidad”. No me convence demasiado y siempre lo veo como algo que cada generación reprocha a las anteriores y lo hace compatible con lo mismo en sus días. Es decir, somos gente que recordamos fácil lo que faltó en la honestidad de los otros.

Gente caminado
Gente caminado L. K. Medrina

La segunda es que la historia la cuentan a su medida los vencedores y se la apropian para los suyos. Es muy difícil acoger todo lo vivido sin igualar y confundir; es decir, con el cuidado de contar también lo que nos hace victimarios. Conocer la realidad, atreverse a ello, requiere objetivar nuestro modo de conocerla, acercarse para acompañar a las víctimas con el corazón roto por su dolor, sumarse a su lucha digna y elegir salidas justas aunque me perjudiquen. En sencillo, ponerse en su lugar y no entorcar la medida de lo justo en el tópico de  “no con lo mío”. 

Se trate de individuos, pueblos, estados o religiones, nunca es posible hablar en serio del sentido moral que queremos practicar, sin mirar desde el reverso de la historia, desde la periferia

Este idealismo moral es plenamente posible y contemporáneo. No se trata de idealizarnos como personas con reacciones propias de los dioses, sino de reconocer que si se pregunta por la verdad no puede intentarse nunca desde fuera, desde arriba, desde la total inocencia y sin riesgo propio. Se trate de individuos, pueblos, estados o religiones, nunca es posible hablar en serio del sentido moral que queremos practicar, sin mirar desde el reverso de la historia, desde la periferia, desde la exclusión y la debilidad de quienes carecen de valor para los demás.

Hablamos ahora de gente con todas las posibilidades para vivir en dignidad y que la injusticia de la vida ha puesto en el lugar equivocado. Nadie ha hecho méritos o deméritos para nacer en un lugar, y esta conciencia de la casualidad y la injusticia debe permanecer como aliada de lo que reclamamos sin reparo para todos. Siento que no hay ánimo en la vida social para hacer el examen de lo que llamamos honestidad de las naciones y clases sociales. A la medida humana, desde luego, pero cierta y veraz en relación a los otros, los últimos de la vida en tantos sentidos.

El filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han
El filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han EFE

Por supuesto que hay gente extraordinaria haciendo cosas extraordinarias en lugares imposibles y esto mismo las convierte en los últimos poetas del bien común. Pero ellos son al cabo los aliviaderos del sistema; por ellos, gracias a ellos, no estallan las compuertas. Ya no tenemos valores ni ideales para llenar el vacío dejado por el legado del neoliberalismo, grita Byung-Chul Han, reciente premio de Humanidades en Asturias. Me gustaría añadir que no tenemos estructuras justas que mejoren las condiciones espirituales y materiales, ¡sí, las dos! de la vida digna de la gente. Estoy proponiendo ir un paso más allá de los idearios huecos; estoy reclamando estructuras sociales y valores y personas que van a superar ese neoliberalismo tirano, financiero y guerrero porque, como molde, no da más de sí. De América a China, de Europa a Asia, de Marruecos a la India, los ideales reclaman personas buenas y las personas, estructuras justas. 

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