El Papa y el diálogo entre religiones

El diálogo con los musulmanes y la condena de todo antisemitismo fueron dos hitos históricos que, con el paso de las décadas, han mostrado toda su profundidad

Diálogo interreligioso
Diálogo interreligioso
Luigi Sandri / L'Adige-Alto Adige
21 sep 2026 - 18:15

La abrumadora cantidad de problemas, entre esperanzas y decepciones, que la Iglesia Católica Romana afronta en su diálogo con otras confesiones, queda reflejada en el extenso documento que diversos organismos de la Santa Sede han elaborado para celebrar el sexagésimo aniversario de la declaración «Nostra aetate», que el Concilio Vaticano II dedicó «a las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas».

Diálogo interreligioso
Diálogo interreligioso

El extenso texto, redactado por tres dicasterios de la Curia (para la Doctrina de la Fe, para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso), fue aprobado por León XIV en junio, pero, a la espera de las traducciones, se dio a conocer el pasado miércoles. «Nostra aetate» cambió la práctica y la doctrina que, sobre ese tema, venía vigente al menos desde el Concilio de Trento, celebrado a mediados del siglo XVI. Sintetizando en gran medida una materia muy amplia, podemos decir que, hasta mediados del siglo XX, el magisterio oficial y la mentalidad generalizada entre los fieles católicos afirmaban: 1) fuera de la Iglesia romana no hay salvación; 2/ los judíos de todos los tiempos y lugares son responsables de la muerte de Jesús, Hijo de Dios, y, por lo tanto, son «deicidas»; 3/ los musulmanes son enemigos de los cristianos y, por lo tanto, hay que combatirlos; 4/ las religiones no cristianas están plagadas de errores, y quienes las sigan serán condenados.

En cada uno de estos puntos, el Concilio cambió radicalmente: todas las religiones, afirmó, son caminos de salvación para quienes las siguen de buena fe; los judíos «siempre son muy queridos por Dios; y si bien es cierto que la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, no deben ser presentados ni como rechazados por Dios, ni como malditos, como si ello se desprendiera de la Sagrada Escritura».

Posteriormente, la Asamblea afirmó en 1965 que la Iglesia «no rechaza nada de lo que hay de verdadero y santo en las religiones no cristianas». Y, por último: «Aunque a lo largo de los siglos han surgido no pocas discrepancias y enemistades entre cristianos y musulmanes, la Iglesia invita a todos a olvidar el pasado y a practicar sinceramente la comprensión mutua».

El conjunto de estas afirmaciones ha tenido, a lo largo de estos sesenta años, una amplia aplicación, tanto a nivel de las jerarquías como de los fieles. Pero han irritado a aquellos católicos que piensan: «Esas palabras acaban vaciando de sentido la originalidad del cristianismo».

El diálogo con los musulmanes y la condena de todo antisemitismo fueron dos hitos históricos que, con el paso de las décadas, han mostrado toda su profundidad. Al mismo tiempo, debido a contextos especialmente enredados —como el prolongado conflicto entre Israel y los palestinos—, los inextricables entreveramientos entre política y religión complican las posibles soluciones o, al menos, los compromisos razonables.

Sin embargo, en Siria, un país de mayoría musulmana, hay decenas de iglesias en Damasco y Alepo. En cambio, en Arabia Saudí, la tierra del profeta Mahoma, está prohibido construir iglesias para los dos millones de trabajadores —cristianos— procedentes en su mayoría del sudeste asiático, que trabajan allí. Pero ningún país occidental protesta, para no quedarse sin el petróleo saudí.

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