El Papa y la estatua de cera de Sánchez
Antes de despedirse, Sánchez musita, como una oración, otro "buena suerte," quizás, incapaz de pedirle su bendición, que ya va a ir a la misa de la Sagrada Familia, tal vez con el deseo íntimo de que de la boca del Papa salga otro “buena suerte”. Lo más parecido de ir a Lourdes que ha hecho el presidente del Gobierno
En plena fiebre por el viaje de León XIV a España, hace unos días se presentó la estatua de cera que ya puede admirarse del primer papa estadounidense en la capital de España. Muy vivo y sonriente se vio, sin embargo, esta mañana al Papa durante la audiencia que concedió a la estatua de cera del presidente Pedro Sánchez, que acudió al Vaticano manteniendo, eso sí, el tipo, pero abrumado por los sumarios judiciales que le están estallando a su diestra y a su siniestra.
Es Robert F. Prevost un papa que habla poco y gesticula menos, más allá de algunos tics en sus hombros que, parece, ya tenía, antes de cargar sobre ellos el peso y los pecados de la Iglesia. Por eso, antes de que abra la boca, el Padre Bob, como le llamaban sus diocesanos en Perú, está emitiendo valiosa información, como nos enseñó a apreciar la admirada Flora Davis.
En las fotos en las que recibe a los dignatarios en el Palacio Apostólico, se coloca a la derecha del invitado. Que se tranquilice la caverna. Ese gesto no trasluce nada. Sí lo hace si en la foto se ve que el Papa agustino escora la parte superior del tronco hacia su propia derecha. Tranquilidad. No es política, se trata de un gesto que puede denotar un desconocicmiento, una falta de sintonía, distancia o asomo de tensión con quien tiene a su izquierda.
Hoy el Papa estaba relajado, cabeza y hombros bastante rectos y una sonrisa que, siendo de amable acogida, no resultaba forzada. La estatua de cera de su izquierda trataba de volver del lugar en el que se encontraba para aprovechar el regalo de una audiencia y una visita a su país que no se hubiera imaginado hace unos meses. “Es un placer conocerle personalmente. Le he leído”, le dijo nada más sentarse, no frente a frente, sino en un lateral de la mesa, señal también de intento de cercanía y cordialidad por parte del Vaticano, que si le guarda rencor por la resignificación de Cuelgamuros no lo dejó traslucir, ni siquiera en la nota que emitió luego la Sala Stampa vaticana.
El vídeo difundido por el Vaticano corta justo en el momento en el que Pedro Sánchez, ya en carne mortal, estaba diciendo que había leído al Papa, pero no sabemos qué y cuesta creer que desde el lunes le haya dado tiempo a acabarse Magnifica humanitas, por más que la haya alabado, sobre todo teniendo en cuenta que esta semana se le habrán acumulado las lecturas de los informes de la policía y del sumario del juez sobre el caso Zapatero, el presidente socialista más odiado por los obispos (la mayoría, al menos) desde la Transición, que no sólo logró hitos en cuestiones sociales, sino también eclesiales, consiguiendo sacar por primera vez a los obispos en manifestación encabezada por Rouco y secundada por un PP que ahora pixela aquellas imágenes.
Pero no importa si Sánchez llegó a Roma sin acabarse esa lectura, porque el Papa le regaló un ejemplar de su primera encíclica con tapas rojas y firmada por él, que podrá incluso subrayar, salvo que acabe entregándola a Patrimonio Nacional o se le incaute en alguna posible investigación pendiente.
Como buen anfitrión, es Prevost quien, en las imágenes difundidas, lleva la iniciativa y, siempre con una sonrisa en la boca, le va mostrando los obsequios que tiene para el presidente. Hay una escultura de una paloma que no se aprecia bien, y otro libro, este sobre el Palacio Apostólico, del que Sánchez, por quien ya corre plenamente la sangre, le ayuda a pasar las páginas, signo de acercamiento por parte de un presidente del Gobierno que todavía ignora que a esas horas está la policía como Pedro por su casa en la sede del PSOE, en la calle Ferraz.
En las imágenes finales se ve, como es habitual, al Papa acompañando a su invitado a la puerta, inminente ya la despedida. Por el camino, Sánchez le desea “buena suerte”. Lo hará una vez más, dándose la vuelta y estrechando la mano de León XIV. Musita, como una oración, otro "buena suerte," quizás, incapaz de pedirle su bendición, que ya va a ir a la misa de la Sagrada Familia, tal vez en el deseo íntimo de que de la boca del Papa salga otro “buena suerte”. Lo más parecido de ir a Lourdes que ha hecho Sánchez.
