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Estar de pie es el gesto fundamental de la misa, sostiene un liturgista

El arzobispo de Sídney quiere promover nuevamente la práctica de arrodillarse durante la liturgia. Sin embargo, el liturgista Liborius Olaf Lumma considera que esa iniciativa solo es acertada hasta cierto punto. En una entrevista con katholisch.de, reflexiona sobre las posturas corporales en la misa y explica por qué, a su juicio, debería recuperarse sobre todo la posición de pie.

Foto: © KNA/Lorenz Lenk
Entrevista realizada por Christoph Brüwer
27 jun 2026 - 11:01

(katholisch.de).- «Venid, postrémonos por tierra; arrodillémonos ante el Señor, nuestro Creador». El título de la carta pastoral del arzobispo de Sídney, Anthony Fisher, tomado del Salmo 95, anticipa claramente su contenido. El prelado desea reforzar en su archidiócesis el valor espiritual de la postura de rodillas.

Liborius Olaf Lumma, liturgista de la Universidad de Innsbruck y especialista en el estudio de las posturas corporales en la liturgia, analiza esta cuestión en conversación con katholisch.de y explica por qué considera que en la celebración eucarística los fieles deberían arrodillarse menos de lo que es habitual en muchos lugares.

Pregunta: Profesor Lumma, el arzobispo de Sídney ha destacado especialmente en una carta pastoral la importancia de la oración de rodillas. ¿Qué significado tiene esta postura en la espiritualidad católica?

Lumma: Tiene una enorme importancia y una larga tradición. Sin embargo, se trata de un fenómeno relativamente tardío, que no se generalizó en la forma en que hoy lo conocemos hasta finales del primer milenio.

Pregunta: Pero arrodillarse tiene una base bíblica. También Jesús se postró para orar.

Lumma: Es cierto que existe una tradición bíblica en ese sentido. Pero hay otra tradición bíblica aún más fuerte. Según ella, el ser humano ora de pie, elevando la mirada y extendiendo las manos y los brazos hacia el cielo. La posición erguida es algo característicamente humano y el imaginario bíblico —como ocurre en muchas otras tradiciones religiosas— sitúa a Dios en lo alto, en el cielo, más aún, por encima de los cielos. Por eso, la postura de pie se convierte, por así decirlo, en la postura básica de la oración bíblica. El ser humano se sitúa corporalmente entre la tierra y el cielo, tendiéndose hacia Dios. Además, cuando la Biblia habla de arrodillarse, no se refiere exactamente a la postura que hoy conocemos en la Iglesia católica. Lo que describe es más bien la postración completa o una profunda inclinación del cuerpo hasta el suelo, algo que todavía es habitual en las Iglesias orientales y en el Islam, mientras que en la liturgia católica romana aparece con mucha menor frecuencia. En los relatos bíblicos, este gesto de postración está reservado a circunstancias muy concretas: experiencias de culpa, duelo o desesperación, o situaciones en las que una persona queda literalmente abatida por un acontecimiento que la sobrepasa.

Liborius Olaf Lumma
Liborius Olaf Lumma | Foto: © fotostudiowedermann.com

Pregunta: ¿Cuál fue entonces el motivo por el que se introdujo el arrodillarse en la Iglesia latina?

Lumma: Que yo sepa, no existe ninguna fuente que lo justifique o explique expresamente. Sin embargo, podemos reconstruir históricamente que, especialmente durante la época carolingia, en los siglos VIII y IX, cuando el cristianismo de Europa occidental fue asimilando cada vez más formas culturales de los pueblos germánicos, se difundió la idea de que arrodillarse constituía una actitud especialmente apropiada ante Dios. Al hacerse pequeño, el ser humano testimonia la grandeza de Dios y lo adora. Parece que llegó a considerarse muy importante arrodillarse con la mayor frecuencia posible. Existen disposiciones litúrgicas de aquella época que prescriben, por ejemplo, arrodillarse durante las palabras de la consagración en la misa, aunque no los domingos.

Pregunta: ¿Por qué razón?

Lumma: Porque, a diferencia de lo que ocurre en alemán, en las lenguas bíblicas no existe una diferencia clara entre «levantarse» y «resucitar». Por ello, la postura erguida se convirtió en una expresión corporal de la fe en la resurrección. El primer Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, prohibió expresamente arrodillarse los domingos y durante todo el tiempo pascual. La idea subyacente era, expresándolo de forma un poco provocadora, que quien se arrodilla no está manifestando plenamente la fe en la resurrección. Sin embargo, con el paso de los siglos, la práctica de arrodillarse acabó introduciéndose progresivamente en la liturgia occidental, incluso los domingos. En las Iglesias orientales, por el contrario, sigue siendo una práctica poco habitual, especialmente durante la celebración de la Eucaristía, porque esta conmemora precisamente la salvación del ser humano elevado por la fuerza de la resurrección. Arrodillarse o postrarse pertenece más bien al ámbito de la oración personal y espontánea; en la liturgia celebrada comunitariamente solo aparece en ocasiones específicas.

Pregunta: ¿Son unas posturas corporales más «valiosas» que otras? ¿Es más digna la postura de rodillas que, por ejemplo, la postura sentada?

Lumma: También hoy existe en la Iglesia católica una cierta tendencia a considerar que arrodillarse es la actitud más adecuada ante Dios y, por tanto, una postura que debería adoptarse con la mayor frecuencia posible. Sin embargo, yo no hablaría de posturas más o menos valiosas, sino más bien de distintas costumbres y diferentes maneras de comprender la relación con el propio cuerpo.

«Arrodillarse no es obligatorio durante la misa. La misa se celebra de pie».

Pregunta: Pero ¿cuál es la posición oficial de la Iglesia? ¿Arrodillarse en la liturgia es hoy una opción libre o existen momentos en los que resulta obligatorio?

Lumma: Aunque pueda sorprender en nuestras latitudes, arrodillarse no es obligatorio durante la misa. La misa se celebra de pie. Esa es la postura litúrgica fundamental. En determinados momentos se prevé la postura sentada, que favorece la escucha serena y atenta, por ejemplo durante las lecturas o la homilía. También existe la indicación de arrodillarse durante las palabras de la consagración, aunque se puede permanecer de pie «por motivos razonables». La versión más reciente del Misal Romano en latín formula esta recomendación de manera más enfática y la extiende hasta el final de la plegaria eucarística, pero únicamente allí donde esa práctica forme parte de la costumbre local. Lo que no se pretende, en cambio, es introducir nuevamente el arrodillarse durante períodos más prolongados o permanecer de rodillas durante buena parte de la misa.

Pregunta: ¿Por qué existen diferentes posturas corporales dentro de la liturgia?

Lumma: Porque la liturgia es una realidad dinámica, con una lógica interna propia. Tiene momentos culminantes hacia los que se orienta toda la celebración, pero también fases más reposadas. Todo ello se expresa y se experimenta corporalmente. Somos seres humanos formados por cuerpo y alma; lo exterior y lo interior están estrechamente relacionados. No pueden separarse. Por eso el Concilio Vaticano II (1962-1965) pidió expresamente que la reforma litúrgica incluyera también una ordenación de las posturas corporales. Las posturas adoptadas conjuntamente son una expresión visible y corporal de la comunión en la fe. De hecho, la liturgia requiere más espacio para el movimiento del que suelen permitir los bancos tradicionales de muchas iglesias.

Pregunta: ¿A qué se refiere exactamente?

Lumma: Cada persona necesita un cierto espacio para poder moverse, cambiar de orientación y dirigir la mirada y el cuerpo hacia distintos puntos de referencia dentro de la celebración. Cuando el obispo entra en procesión por la puerta principal junto con los demás ministros, toda la asamblea debería poder volverse hacia esa procesión de entrada. Durante la homilía, los fieles deberían orientarse hacia el ambón; durante la plegaria eucarística, hacia el altar; y así sucesivamente. Sin embargo, los bancos de muchas iglesias apenas permiten esos movimientos o incluso los hacen imposibles.

Anthony Colin Joseph Fisher, arzobispo de Sídney
Anthony Colin Joseph Fisher, arzobispo de Sídney | Foto: © Paul Haring/CNS photo/KNA

Pregunta: El arzobispo Anthony Fisher defendió en su carta pastoral la reinstalación de reclinatorios allí donde han desaparecido...

Lumma: Desde mi punto de vista, sería un paso atrás desde una perspectiva ecuménica si se intentara generalizar nuevamente esa práctica, precisamente cuando hemos redescubierto la postura de pie como actitud litúrgica fundamental. Se trata de una postura que fue especialmente importante para los cristianos de los primeros siglos, mucho antes de la separación entre las Iglesias de Oriente y Occidente. Además, los reclinatorios fijos limitan las posibilidades de movimiento dentro de la celebración. En realidad, solo serían necesarios durante el breve momento de las palabras de la consagración. Y, aun en ese caso, cabría preguntarse por qué no arrodillarse directamente sobre el suelo, algo que responde mucho mejor al sentido original de la postración. En mi opinión, la evolución debería orientarse en otra dirección.

Pregunta: Entonces, ¿los católicos deberían dejar de arrodillarse, en contra de lo que propone el arzobispo de Sídney?

Lumma: Creo que los católicos deberían redescubrir ante todo la postura de pie, especialmente durante la misa. Esa postura permite vincular el propio cuerpo y la propia existencia a las numerosas imágenes bíblicas del ser humano erguido y levantado por Dios. Además, la posición de pie constituye, desde el primer Concilio de Nicea, un patrimonio común de todas las grandes Iglesias cristianas. Me parece un valor de enorme importancia que merece ser recuperado. Esto no significa, en absoluto, que quiera desacreditar la práctica de arrodillarse. Tiene su lugar cuando una persona toma conciencia de su propia fragilidad y necesidad, y se sitúa ante Dios con actitud de adoración o de súplica, reconociendo su inmensa grandeza. Eso puede ocurrir en la oración personal, en casa o en una iglesia; también durante la adoración eucarística, en celebraciones penitenciales o en determinados ritos de bendición. Sin embargo, hay una evolución dentro de la Iglesia católica que considero poco afortunada.

Pregunta: ¿A qué evolución se refiere?

Lumma: Me parece muy lamentable que, precisamente durante la plegaria eucarística, en muchas comunidades se adopten posturas corporales muy distintas. De ese modo, lo que es común pasa a un segundo plano y la celebración corre el riesgo de convertirse en una especie de demostración de la piedad personal de cada uno. Sin embargo, eso es precisamente lo que el Concilio quiso evitar. La forma de afrontar esta cuestión probablemente dependerá de cada comunidad concreta. En cualquier caso, es una lástima que justamente en el centro de la liturgia surja una coexistencia —e incluso a veces una confrontación— de gestos diferentes, en lugar de favorecer una experiencia de unidad que también se exprese y se viva a través de la postura corporal.

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