Manual para entenderse sin odiarse
Pentecostés frente a Babel: La Escucha y/o los gritos
León XIV acaba de cumplir un año de pontificado; se trata del entonces cardenal Robert Francis Prevost, quien el viernes, desde Pompeya y Nápoles, reiteró sus llamamientos: al mundo, para que viva en paz, y a la Iglesia, para que sea cada vez más fiel al Evangelio. Dos temas —la paz y la renovación eclesial— que previsiblemente serán las características del magisterio de este obispo de Roma.
El 7 de mayo, el pontífice recibió en audiencia a Marco Rubio, secretario de Estado de EE. UU., es decir, uno de los hombres más influyentes que trabajan con el actual inquilino de la Casa Blanca. En comparación con las groserías lanzadas contra León por el presidente Donald Trump, las palabras públicas, amistosas y corteses que pronunció tras sus encuentros en el Vaticano parecieron un bálsamo de amabilidad. Pero, en esencia, ¿se ha acercado realmente la paz en el mundo? ¿Le escucharán los poderosos del mundo?
Al hacer del anuncio de la paz un eje de su magisterio, León sabe que se expone a festivos hosannas, pero también a desgarradores 'crucifige'
Ellos toman sus decisiones sin preocuparse demasiado de si son del agrado del Vaticano. Sin embargo, los papas hablan porque es la urgencia del Evangelio lo que los impulsa. Por eso, al hacer del anuncio de la paz un eje de su magisterio, León sabe que se expone a festivos hosannas, pero también a desgarradores «crucifige».
Si la paz es un eje de su magisterio, el otro eje es la voluntad de pacificar a la Iglesia romana que, como un tren, corre por las vías. Esta, de hecho, se ve sacudida por dolorosos contrastes sobre «cómo» interpretar el Vaticano II. Todos los pontífices, desde Pablo VI en adelante, han dicho querer remitirse a ese Concilio, pero —por ejemplo— hay diferencias muy notables entre la exégesis de esa Asamblea realizada por Karol Wojtyla y la de Francisco. El motivo de la controversia se resume rápidamente: sinodalidad (=colaboración de todos en los asuntos que afectan a todos), instrumentos jurídicos para poner en práctica la escucha del «pueblo de Dios», nueva visión de la sexualidad que acoja también a las personas Lgbtq+, participación de las mujeres en el liderazgo de la Iglesia y su posible incorporación a todos los ministerios ordenados, celibato opcional del clero, tolerancia cero ante la violencia sexual contra menores.
Cada uno de estos temas, si se abordara y desarrollara, conduciría a cambios notables en la estructura concreta de la Iglesia romana. Y por lo tanto, precisamente para acoger tales resultados, considerados justos, o, por el contrario, para impedirlos, es muy probable que León mantenga el statu quo, precisamente para evitar divisiones en la Iglesia. Pero ¿sería sabia esa elección? En el avión que, junto con el Papa, la llevaba de Guinea Ecuatorial a Roma, el 23 de abril una periodista alemana le preguntó qué opinaba de la decisión del arzobispo de Múnich, el cardenal Reinhard Marx, de bendecir a parejas homosexuales en la iglesia. León se mostró en contra; pero ¿cambiará de opinión el cardenal? De hecho, muchos en Alemania están de acuerdo con él.
La gente que el viernes, en Nápoles, aplaudía a Prevost, tal vez no espera la reforma de la Iglesia. ¿Están, pues, desfasados los prelados germanoparlantes? ¿O tal vez son los precursores de días que, al fin, llegarán? León tiene ante sí este dilema.
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