Cosas ya inservibles en nuestros templos "El púlpito permanece anclado en su sitio de siempre, calladito, mudo, solemne"

Púlpito de la catedral de Ourense
Púlpito de la catedral de Ourense

"Desde ellos hace cinco o seis siglos ha resonado vibrante y clara la palabra de Dios"

"Desde ellos retumbó la voz de eminentes voceros, exponiendo con dulzura y claridad la explicación de los Evangelios y la historia de tantos cristianos que lo han seguido con fidelidad"

 Antes de expresar si los púlpitos son hoy día monumentos servibles o inoportunos en las iglesias, hagamos honor a esos majestuosos púlpitos desde donde hace cinco o seis siglos ha resonado vibrante y clara la palabra de Dios. Desde ellos retumbó la voz de eminentes voceros, exponiendo con dulzura y claridad la explicación de los Evangelios y la historia de tantos cristianos que lo han seguido con fidelidad.

La construcción de los primeros grandes púlpitos se originó en Italia, ya en el siglo XIII, ávida de escuchar con dignidad y exactitud la palabra esculpida en los santos evangelios y ya estudiada y proclamada por grandes santos como San Agustín, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino, etc. Pronto se unió Francia a Italia y aparecen hermosos púlpitos en Estrasburgo, Avignon y París.

La aparición del púlpito proseguirá seguidamente en Alemania donde, en Aquisgran, se construirá un púlpito de orfebrería cuyas placas serán de oro repujado, encuadradas en paneles de marfil.

España no podía ir a la zaga y a finales de siglo XIV ya ofrece la catedral de Barcelona una talla importante de púlpito, como más tarde, en los siglos XV y XVI, han construido sus púlpitos de hierro forjado Zaragoza, Lugo y Ávila.

Púlpito de la catedral de Barcelona

Pasando los años, no se construyó iglesia en la cristiandad, que no luciera su púlpito, más o menos enaltecido, más o menos espectacular. Sobre todo en un lugar desde donde la palabra del predicador pudiera abarcar todos los espacios del templo.

Así se llegó al Concilio Vaticano II (1965) donde se acordó el empleo del ambón del presbiterio para dirigir a los fieles las lecturas de la Misa, los cantos y homilías del celebrante.

Han pasado ya muchos años del Concilio Vaticano II y ahí están nuestros púlpitos por doquier esperando para unos su vuelta a la vida, pero para otros, que son aquí muchos, en espera de que esos esqueletos de madera, de hierro o de cemento adosados a las columnas del templo, pasen a mejor vida y desaparezcan de una vez y no ocupen sitio en el santo templo.

Y de repente, y para más INRI, ha caído sobre nosotros, como fatal lluvia, el malévolo coronavirus que nos ha proclamado, a derecha y a izquierda, que no quiere de ninguna forma aglomeraciones ni discursos en ningún local ni en parte abierta.

Ambón

A la expectativa, y de momento, y desde el Vaticano II, el púlpito permanece no obstante, anclado en su sitio de siempre, calladito, mudo, solemne, adornado con sus clásicas pinturas o dibujos en relieve, cubierta su estructura a modo de paraguas, sobresaliendo en su punta el aleteo de la palomita que invita al predicador a escuchar su voz, que viene sin lugar a dudas del Santo Espíritu.

A la sazón, el púlpito no albergaba un sacerdote cualquiera sino uno, escogido entre mil, que tuviera las cualidades exigidas para tan sagrada cátedra y por supuesto un predicador de aúpa, a ser posible de campanillas, como lo era Fray Gerundio de Campazas y no menos lo fueron otros en siglos pasados, cuyos nombres nos ha dejado con sus dimes y diretes la posteridad.

Pero, la pregunta que sale ahora natural y necesariamente de nuestra pluma es qué hace o qué pinta o qué vocea ahora un púlpito en nuestras iglesias si nadie sube a él, si nadie gritonea en él, si nadie abre las puertas del cielo o lo que es peor, o tal vez mejor, si nadie condena a nadie. Si su voz se ha ido, al parecer para siempre, que para siempre caiga también el púlpito de su pedestal.

Esperemos, eso sí, que las voces emanadas ahora del ambón de nuestros presbiterios sea más sonora, más clara, más estremecedora, de más cielo y de no tanto infierno. ¿No es la voz de Dios la que llama, la que nos espera?

Será señal que la palabra de Dios ha atravesado la puerta de nuestra casa y ha tocado nuestros corazones con su amabilidad y con su luz. Todo un éxito, porque nosotros hemos abierto la puerta de par en par con presteza, con la misma amabilidad y también a toda luz.

Púlpito de Aquisgrán

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