Raíces de los conflictos y protestas populares
"Estos conflictos y protestas, de las que bastantes creyentes cristianos se desentienden por considerarlas alborotos juveniles o de extrema izquierda, con peligro para la seguridad ciudadana y fuera del orden establecido, pueden interpretarse en la perspectiva de Gaudium et spes, como auténticos signos de los tiempos"
Las protestas, protagonizadas por estudiantes que comenzaron en París denunciando el coste de la vida diaria, el deterioro de los servicios públicos, la carencia de acceso a la vivienda, la corrupción política se han extendido a amplios sectores en Francia , a países como Italia, Portugal, Albania, Bélgica y amenazan a otros, entre ellos el Estado español, donde se preparan huelgas y movilizaciones reclamando derechos públicos básicos como el de la vivienda, de especial urgencia.
Los conflictos provocados por estas reivindicaciones sociales han alcanzado graves disturbios violentos sobre todo en Francia e Italia y se han hecho multitudinarios poniendo en cuestión la estabilidad de los Estados, de sus gobiernos y de la seguridad ciudadana. Su desarrollo y alcance político y social pueden aumentar en estos próximo días.
Tales manifestaciones de rebelión popular recuerdan y, en cierta forma, continúan las de mayo de 1968 que unieron a estudiantes y trabajadores de Francia y de otros lugares en sus reivindicaciones revolucionarias sociales, contraculturales y políticas, exigiendo otro modelo de sociedad; también la llamada rebelión de los ‘chalecos amarillos’ en 2018 contra el encarecimiento de los combustibles y pérdida del valor adquisitivo, sin olvidar las múltiples y continuas manifestaciones denunciando una economía neoliberal que empobrece importantes sectores de la población, acrecienta la desigualdad deteriora el medioambiente, mientras crece sin freno el gasto militar con inversiones bimillonarias a costa del deterioro, sobre todo, de servicios sociales.
Diferente en su estrategia, la revolución del 68 contaba en sus movilizaciones con estudiantes y obreros unidos, con líderes e intelectuales que marcaron líneas sociales, políticas, ideológicas y populares donde triunfaba el slogan ‘la imaginación al poder’. En las reivindicaciones de hoy prevalecen las de carácter social, como son las del mundo estudiantil, la vivienda, el coste de vida, el deterioro de los servicios públicos. Todavía no se puede concretar su alcance en cada país, pero sin duda pueden ser determinantes en las próximas elecciones en Francia y en el Estado español.
Aunque con las debidas distancias en sus motivaciones, formas y objetivos, pero teniendo en cuenta las causas de estos conflictos en su tiempo y contexto, es necesario detectar las raíces de un malestar profundo y de la crítica generalizada que son, en última instancia, las causantes de la preocupante situación actual y de las reivindicaciones que los conflictos expresan con graves violencias.
Subrayo algunas de ellas siguiendo a observadores, analistas y pensadores actuales que proponen, a mi entender, pistas importantes que van más allá de las habituales respuestas gubernamentales y policiales apuntando al núcleo del problema.
El investigador económico francés, Thomas Piketty, llega a la conclusión en dos de sus trabajos (2013/ 2025) de la desigualdad que el sistema capitalista genera y propone una nueva orientación en un ‘socialismo ecológico’ basado en la justicia social y sostenibilidad ecológica. Son propuestas que, sin duda, responden a lo que hoy y en anteriores reivindicaciones se viene denunciando y exigiendo.
El filósofo esloveno Slavoj Žižek afirma que el sistema capitalista global nos conduce a un final apocalíptico conducido por cuatro jinetes que son ‘la crisis ecológica, las consecuencias de la revolución biogenética, los desequilibrios dentro del propio sistema (los problemas de la propiedad intelectual; las luchas que se avecinan sobre las materias primas, los alimentos y el agua) y el explosivo crecimiento de las divisiones y exclusiones sociales’.
Una ‘segunda mundialización’
Edgar Morin, sociólogo y filósofo francés de la complejidad, en el tomo V de su obra ‘El Método’ (1977-2012) afirma que ‘el capitalismo desenfrenado ha producido riquezas inauditas y miserias insondables; nos conduce hacia el abismo al ponerse por encima de la humanidad’, concluye citando a Alain Tourraine y aboga por una ‘segunda mundialización’ (la primera es la globalización capitalista) que desarrolla las potencialidades del humanismo: derechos del hombre, de los pueblos, de las ideas en libertad, igualdad, fraternidad. Ya Simone Weil, desde su reflexión y experiencia, denunció ‘el capitalismo que alimenta la modernidad sometiendo al trabajador’.
Estamos sometidos a una economía inhumana que abarca no sólo todo el entramado de las finanzas económicas, sino que además supedita lo político a lo económico-capitalista
Desde estos análisis y constataciones se llega a una clara constatación: estamos sometidos a una economía inhumana que abarca no sólo todo el entramado de las finanzas económicas, sino que además supedita lo político a lo económico-capitalista, conduce al hundimiento de valores en aras de un individualismo exacerbado y se hace caldo de cultivo para fundamentalismos y fanatismos amenazadores y generadores de terrorismos. Destruye además de forma sistemática la sostenibilidad del planeta y de la energía y provoca una imparable crisis ecológica de consecuencias mortíferas para la mayor parte de la humanidad: para su alimentación, cultura, convivencia y hábitat.
Este sistema neoliberal capitalista está, por tanto, en la raíz de las protestas sociales y populares que, en última instancia, expresan su rechazo con los conflictos de antes y de ahora y apuntan hacia una nueva época, hacia otro estilo de relaciones entre personas, pueblos y con la naturaleza, a otra forma de vida, a otros modos de producción y consumo, de sostenibilidad; en definitiva, a otro mundo posible mostrando la capacidad de cambiar de rumbo, de orientar la economía, la política, las relaciones internacionales, la cultura, el pensamiento de una manera sostenible, solidaria, cooperativa.
Es importante subrayar que no se trata de iniciativas aisladas o puntuales, sin relación ni conexión. Estamos ante un proceso social e histórico de alcance universal que interpela a personas, grupos, pueblos, a la humanidad. Promueven una nueva toma de conciencia colectiva y un cambio de rumbo hacia una nueva época. Son una tendencia, cada día más extendida y ampliada en muchos contextos y con resultados observables y altamente positivos.
La respuesta y expresión del rechazo de este sistema concretadas en las reivindicaciones que proponen los sindicatos para la huelga del 11N (garantía de vivienda digna, mejora de condiciones laborales, salario justo, defensa de los servicios públicos) requieren aportar nuestro esfuerzo y compromiso que erradique las corruptas raíces generadoras de tanta injusticia social y colectiva para construir un mundo diferente de justicia y paz entre los pueblos de la tierra.
La Iglesia desde el Evangelio y su Doctrina Social tiene un amplia responsabilidad. Los Papas se han manifestado según sus contextos, con claridad, sobre todo desde León XIII con la Rerum novarum (1891). El papa Francisco dijo con rotundidad ‘no a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata’ (2013), y el actual papa, León XIV en la Magnifica Humanitas (2026), analizando el poder de la inteligencia artificial controlada por grades empresas capitalistas alerta sobre su influencia y dominio que deterioran la humanidad. Obispos franceses, condenando los extremos violentos de estos días, han subrayado la necesidad y urgencia de atender a las justas reivindicaciones. Como indicaba Rafael Lazcano en reciente artículo en RD, el actual Papa llama a “superar la coyuntura: cuando una injusticia se repite, hay que examinar las estructuras que la hacen posible. No basta con reaccionar ante cada emergencia, como si cada caso fuera una desgracia aislada”. Es necesario preguntarse por qué se producen estas situaciones, qué intereses intervienen, qué decisiones las favorecen y qué alternativas podrían evitarlas. La solución es radical, según este articulista en RD: “la cuestión decisiva no es si veremos caer Babilonia. Es si estamos dispuestos a dejar de colaborar con su lógica mientras sigue en pie. La pregunta más incómoda del Apocalipsis no es cuándo caerá la ciudad, sino cuánto de ella hemos incorporado ya a nuestra manera de pensar, gobernar, creer y vivir”.
En última instancia estos conflictos y protestas, de las que bastantes creyentes cristianos se desentienden por considerarlas alborotos juveniles o de extrema izquierda, con peligro para la seguridad ciudadana y fuera del orden establecido, pueden sin embargo interpretarse desde su conjunto en la perspectiva de Gaudium et spes, como auténticos signos de los tiempos que nos interpelan desde una lectura evangélica honesta, siguiendo a Mateo 25: ‘Estaba desahuciado y me conseguiste techo’ y luchaste por una sociedad y economía donde personas y pueblos puedan vivir con dignidad en la tierra destinada a ser casa de la humanidad habitada por hermanas y hermanos en fraternidad, justicia y paz.
