La verdadera revolución en la Iglesia: Laicos cristianos fuera de los circuitos clericales

Estimado director de RD: para ustedes, la gran reforma de la Iglesia consistiría, en síntesis, en integrar a los laicos y a las mujeres dentro de la jerarquía/el poder eclesial. Pero esto es profundamente antirrevolucionario…

Iglesia
Iglesia
Bruno Ladaresta
20 sep 2026 - 18:52

Estimado director de Religión Digital:

Soy un lector italiano de su publicación. Los sigo con simpatía e interés.

Yo también, como ustedes, me considero progresista, más aún, revolucionario en el ámbito eclesial. Y precisamente por eso les escribo. Creo que, en este aspecto, incurren en un grave error de perspectiva. Por lo que leo en su sitio web, se entiende que, para ustedes, la gran reforma de la Iglesia consistiría, en síntesis, en integrar a los laicos y a las mujeres dentro de la jerarquía/el poder eclesial. Esto, permítanme decirlo, es profundamente antirrevolucionario y pretende incluso hacer retroceder al laicado varios siglos, porque prefiere integrarlo en el poder de los sacerdotes en lugar de liberarlo de él.

¿La revolución consistiría en encontrarnos junto a los sacerdotes en un organismo sinodal parroquial para discutir sobre presupuestos, liturgia y sobre cómo encarnar la fe en nuestras vidas? ¡Pues no! Yo no estoy dispuesto a eso. Si me lo permiten, mi vida de cristiano, entretejida con la de mis hermanos en humanidad, no es algo que quiera ni deba discutir con los sacerdotes.

Calles
Calles

El verdadero apostolado nunca es el que se realiza en las parroquias, no porque estas estén poco actualizadas, sino porque la vida, por definición, está fuera de las parroquias, en medio de las calles, y no veo por qué una institución útil pero limitada como la parroquia deba monopolizar la vida de los fieles.

La realidad es dura, pero tarde o temprano hay que enfrentarse a ella. Y la realidad del mundo contemporáneo es que la autoridad de la jerarquía en el plano espiritual ha sido ya barrida por la historia. El hombre contemporáneo, en su búsqueda de sentido, ya no acepta sumisamente las respuestas normativas que se le ofrecen desde arriba. La religiosidad contemporánea pone de relieve la importancia de los itinerarios personales de búsqueda de sentido frente a la oferta de las instituciones eclesiales.

Precisamente esta es la clave para comprender la relación del hombre contemporáneo con lo sagrado y con lo trascendente: el laico construye para sí, aun dentro de la tradición eclesial, un sistema de significados hecho a su medida. Hablar de la relación con lo sagrado ya no a partir de la institución, sino a partir del sujeto, significa replantear y reescribir las cuestiones relativas a la autoridad, al reconocimiento de la verdad, a la credibilidad de la fe y a la solidez de la pertenencia al catolicismo.

Desde esta perspectiva, es completamente anacrónico pensar que se puede recuperar la popularidad de la Iglesia implicando al laicado en el ejercicio del poder «jerárquico». No será cambiando el rostro del poder, es decir, haciéndolo más laico o más femenino, como se conseguirá que la Iglesia vuelva a ser popular. La gente no rechaza el poder de los «sacerdotes»; rechaza el «poder religioso» como vía para encontrar el sentido último de su propia vida.

Toda la discusión sobre la posibilidad de ordenar sacerdotes «casados» parte ya de un planteamiento equivocado. Como si el desarraigo social de la Iglesia pudiera frenarse aumentando numéricamente el clero. No necesitamos más sacerdotes, sino grupos, asociaciones y movimientos de fieles suscitados desde abajo por el Espíritu Santo, capaces de ir más allá de la actual y asfixiante oferta religiosa institucional y de dejar espacio a la libertad de los laicos.

¿Es tan difícil comprender que es necesario desplazar el eje del catolicismo desde las parroquias y los demás «lugares» intraeclesiales hacia «la calle», lo profano, la vida cotidiana? Se necesitan miles de laicos que actúen cristianamente, pero fuera de los circuitos parroquiales, diocesanos o sinodales, siguiendo caminos de espiritualidad que ellos mismos irán trazando día a día, sin trabas ni exclusiones innecesarias.

Evangelización
Evangelización

¿Es tan difícil comprender que no se trata de implicar a los laicos en el gobierno de las parroquias o de las diócesis? No se trata de instituir «ministerios» abiertos también a los laicos. Y mucho menos se trata de modificar nada en la doctrina o en los sacramentos. Tampoco se trata de volver atrás, a una época que ya ha quedado atrás.

Se trata simplemente de «soltar» la presión, de dejar espacio a los laicos, no en el sentido de implicarlos en las funciones y en el apostolado jerárquicos, sino más bien en el sentido de considerar prioritarios para el futuro de la Iglesia la espiritualidad y el apostolado de los laicos, libres y responsables, de los fieles corrientes, frente a los de carácter jerárquico.

Esto significaría que la Jerarquía diera un paso atrás, limitándose a establecer los principios generales en el plano doctrinal y moral y confiando a la iniciativa libre y personal la mayor parte de la evangelización.

Una toma de conciencia de que la evangelización es vida y que la vida no puede encerrarse bajo ningún control. ¡No se puede reducir el mundo a una parroquia!

Para que la fe vuelva a florecer es urgente devolver al Espíritu Santo (¡sic!) la libertad de actuar en el pueblo de Dios como mejor considere, suscitando quizá iniciativas que no procedan de obispos y sacerdotes.

La Iglesia jerárquica, como un buen padre, debería desear que sus hijos lleguen a ser autónomos, que vivan su propia vida, limitándose a proporcionarles los valores de referencia, la gracia de los sacramentos y los consejos oportunos.

¡Qué difícil es, sin embargo, «soltar» para obispos y sacerdotes!

¡Qué difícil es romper la identificación entre vida cristiana y laico comprometido a nivel eclesial!

El hecho es que, quiera o no, la Jerarquía no tiene alternativa. El viejo esquema conduce a un callejón sin salida y así asistiremos cada vez más a la aparición de la figura del obispo o del sacerdote que habla «solo», quizá frente al espejo. Bastante divertido, si no fuera por el grave daño que de ello se deriva para la Iglesia.

¿Qué decir? La Iglesia jerárquica podría haber promovido un laicado maduro y autónomo, pero, con la excusa de la unidad —sinodalidad—, ha preferido un laicado «con correa», y estos son los resultados.

Ahora asistimos al triste desenlace de esta línea fallida, en una creciente beligerancia entre los llamados progresistas y tradicionalistas, unidos ambos por su total incapacidad para comprender los verdaderos términos del problema, que podríamos resumir sintéticamente con el término «clericalismo».

Las preguntas que debemos plantearnos son sencillas e ineludibles:

1. ¿El Espíritu Santo asiste solo al Papa, a los obispos y a los sacerdotes, o también a los laicos? ¿Queremos o no devolver al Espíritu Santo (¡sic!) la libertad de actuar en el pueblo de Dios como mejor considere?

2. ¿Pueden las trabajadoras y los trabajadores, los padres y madres de familia corrientes, la gente de la calle, llegar a ser santos sin frecuentar una determinada parroquia? ¿Es posible ser cristianos auténticos sin convertirse en catequistas, animadores parroquiales, diáconos, profesores de religión, miembros de consejos diocesanos, etc., etc.?

3. ¿Pueden los laicos constituir asociaciones o movimientos sin el estricto control de la jerarquía?

4. ¿Debemos pensar maliciosamente que la jerarquía padece una grave sed de control y de poder sobre los laicos? ¿No le basta con la legítima y sencilla vigilancia sobre la ortodoxia de los fieles y de sus iniciativas? ¿Quiere tomar el control de todo a cualquier precio? Una verdadera asfixia para la vida de fe.

Desclericalización del laicado
Desclericalización del laicado

En conclusión, y con todo el respeto hacia los laicos que han encontrado su realización cristiana colaborando con la jerarquía, si no salimos de este paradigma «centralista», el arraigo social de la Iglesia seguirá disminuyendo inexorablemente.

La única, sencilla y elemental reforma que necesita la Santa Iglesia es una profunda desclericalización de la vida de fe de los laicos.

Bruno Ladaresta, su afectuoso lector.

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