En ruina los cimientos: Parábola de Nicea

Ha terminado el 1700 aniversario del concilio de Nicea. ¿Ha pasado el aniversario sin pena ni gloria?, ¿se trata sólo de orar?, ¿es preciso revisar la tradición a la luz de la Escritura?, ¿están en ruinas los cimientos?

Bartolomé y León saludan a los fieles
Bartolomé y León saludan a los fieles | Vatican Media
Jesús López Sáez, sacerdote
11 ene 2026 - 00:29

Ha terminado el 1700 aniversario del concilio de Nicea, celebrado el año 325. El 28 de noviembre, el papa León XIV participó en una oración ecuménica junto al patriarca de Constantinopla, Bartolomé I, que había invitado a representantes de diversas confesiones cristianas. Algunas preguntas: ¿Ha pasado el aniversario sin pena ni gloria?, ¿se trata sólo de orar?, ¿es preciso revisar la tradición a la luz de la Escritura?, ¿están en ruinas los cimientos?

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En ruinas los cimientos.

En el lugar donde se celebró el concilio se construyó una iglesia, dedicada a San Neófito, mártir cristiano ejecutado el año 303 durante la persecución del emperador Diocleciano. La iglesia de Nicea fue destruida por un terremoto el año 359. El año 380 se reconstruyó el templo. El nuevo templo fue destruido por otro terremoto el año 1065. Aunque no se volvió a restaurar, siguió en uso. En el siglo XIII el nivel de las aguas del lago dejó los cimientos a dos metros de profundidad. Por las causas que fueran, el retroceso de las aguas dejó ver los cimientos en 2024 (RD, Efe). Parece una parábola en acción: “Si están en ruinas los cimientos, ¿qué puede hacer el justo?” (Sal 11). Cuando en la capilla de San Damián Francisco de Asís escuchó estas palabras: “Anda y repara mi casa que amenaza ruina”, pensó en las ruinas de la capilla, pero pronto descubrió que eran otras las ruinas que había que reparar.

 

Oración ecuménica.

Como queda dicho, con ocasión del aniversario del concilio, el papa León XIV participó en una oración ecuménica junto al patriarca de Constantinopla y a representantes de diversas confesiones cristianas: armenios, coptos, maronitas, melquitas, anglicanos, luteranos, evangélicos. Faltaron los representantes del patriarcado de Moscú y otros ortodoxos que siguen su línea. La oración ecuménica tuvo lugar ante las ruinas de la iglesia de Nicea (ver fotos). Profesaron el credo niceno-constantinopolitano, según el cual el Espíritu Santo “procede del Padre”, sin el añadido: “y del Hijo”, que provocó el cisma de 1054 con el enfrentamiento en Santa Sofía entre el cardenal Humberto y el patriarca de Constantinopla. Miguel Cerulario. El cardenal y los legados pontificios depositaron “en un acto solemne sobre el altar de Hagia Sophia una bula de excomunión contra el patriarca y sus cómplices”, “como simoníacos, arrianos, nicolaítas, etc”, “el anatema no se dirigía solamente contra la doctrina griega sobre la procesión del Espíritu Santo, sino también, por ejemplo, contra el matrimonio de los sacerdotes y otras legítimas costumbres de la Iglesia griega” (Jedín, III, 632-633).

Carta Apostólica. Unos días antes, el 23 de noviembre, el papa León XIV publicó su Carta Apostólica En la unidad de la fe. En ella dice que los Padres del concilio de Nicea “confesaron que Jesús es el Hijo de Dios en cuanto es de la misma sustancia del Padre”. El concilio usó estas palabras “que no se encuentran en la Escritura”, “al hacerlo, no quiso sustituir las afirmaciones bíblicas por la filosofía griega. Al contrario, el Concilio empleó estos términos para afirmar con claridad la fe bíblica, distinguiéndola del error helenista de Arrio. La acusación de helenización no se aplica, pues, a los Padres de Nicea, sino a la falsa doctrina de Arrio y sus seguidores” (n. 5). Ciertamente, la palabra no se encuentra en la Escritura, pero ¿dice lo mismo?

Palabra extraña. Comenta el teólogo alemán Michael Schmaus en su libro El Credo de la Iglesia Católica (1970): "Para exponer la fe, el Concilio usa como concepto clave el designado con la palabra homousios (consustancial), tomada de los gnósticos". Dice también: "La lucha por imponer la doctrina conciliar llenó los siglos cuarto y quinto. Al principio se trataba de la relación del Hijo al Padre, sin reflexionar sobre la relación del Espíritu Santo a estos dos. Desde el 360 aproximadamente se incluyó al Espíritu Santo en la discusión, atribuyéndole a Él también la "homousía", es decir, la igualdad en la posesión de la única esencia" (Schmaus, 600; ver catequesis Concilio de Nicea, Revisión necesaria). 

El credo de Nicea. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: "Siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es 'consustancial' al Padre, es decir, un solo Dios con él. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y “confesó al Hijo Único de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre" (n.242). La fe en el Espíritu se formuló así en Constantinopla en el año 381: "Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre". Sin embargo, en el concilio de Toledo el año 675 “no se dice que es sólo el Espíritu del Padre, sino a la vez el Espíritu del Padre y del Hijo” (n. 245). La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu “procede del Padre y del Hijo” (filioque). El Concilio de Florencia, en el año 1438, explicita: “El Espíritu Santo tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo y procede eternamente tanto del Uno como del Otro como de un solo Principio” (n.246).

Edicto de Teodosio. El 28 de febrero del año 380 el emperador Teodosio publicó un edicto según el cual todos los pueblos habían de vivir en la religión que el apóstol Pedro había transmitido a los romanos y que era la profesada por el papa Dámaso, así como por el obispo Pedro de Alejandría: “nosotros, por tanto, creemos en una sola divinidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo con la misma majestad y santa Trinidad”. “Sólo los que profesaban esta fe debían llevar el nombre de cristianos católicos”, los demás eran herejes “y debían contar con las sanciones divinas no menos que con las imperiales” (Jedin, II, 114).

Concilio de Constantinopla I
Concilio de Constantinopla I

Concilio de Constantinopla. Lo convocó el emperador Teodosio a comienzos del año 381. Los obispos participantes fueron unos 150, todos de Oriente. Antes de iniciarse las sesiones fueron recibidos por el emperador. Teodosio distinguió al obispo Melecio de Antioquía con un saludo especialmente obsequioso, lo que equivalía en cierto modo a proponerle como presidente del concilio. Sin embargo, en los primeros días del concilio muere Melecio. En esas circunstancias asume la presidencia el obispo de Constantinopla, Gregorio Nacianceno. Al igual que en el concilio de Nicea, no se han conservado las actas. A pesar de todos los esfuerzos, “no hubo forma de inducir al grupo de Eleucio de Cízico a reconocer la divinidad del Espíritu Santo. El grupo abandonó inmediatamente el concilio, no sin poner en guardia a sus adeptos, mediante una carta circular, contra el reconocimiento de la fe de Nicea”. El Símbolo de los 150 padres de Constantinopla fue incluido desde fines del siglo VI en la liturgia de la misa latina y hoy también es conocido con el nombre de símbolo niceno-constantinopolitano. El concilio de Calcedonia (451) considera a los padres de Constantinopla como los autores de este símbolo que añade los nuevos enunciados sobre el Espíritu Santo. Mientras que el símbolo de Nicea decía sencillamente: “Creo en el Espíritu Santo”, ahora se añade: “Señor y Dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas” (Jedin, II, 118-120).

La Trinidad. Si revisamos la tradición a la luz de la Escritura, el famoso icono de Andrei Rublev (1370-1430) La Trinidad, llamado también La hospitalidad de Abraham, remite al encinar de Mambré donde Abraham acoge a dos caminantes y acontece lo que dice la canción: “Cuando hermano le llamamos al extraño, va Dios mismo en nuestro mismo caminar”. De forma semejante, el concilio de Nicea debe ser revisado a la luz de la Escritura que, dice Jesús, “no puede fallar” (Jn 10, 35). Para las grandes iglesias cristianas supone una “corrección” que no debe ser rechazada, una “reprensión” que no debe enfadar (Hb 12,5).

Dos fórmulas. El profesor Schmaus comenta así la fórmula de Mt 28,19, “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”: "Como al principio, según dejan entrever los Hechos de los Apóstoles (2,38; 8,16;10,48;19,5) y Pablo (1 Co 1,13;6,11; Ga 3,27; Rm 6,3; Ef 4,5), el bautismo fue administrado en el nombre de Jesús, quedaría por eso mismo demostrado el origen posterior de la fórmula contenida en Mt 28,19". Por tanto, dicha fórmula "no fue configurada por un evangelista particular, sino que procedía de la tradición de la Iglesia". O sea, es un añadido posterior. Sobre la fórmula de 2 Co 13,13, “la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con vosotros”, dice el profesor: "Con relación al Espíritu se usa el genitivo objetivo, mientras con relación a Dios y al Señor se usa el genitivo subjetivo" (Schmaus, 581 y 589). El Espíritu es algo que se da, algo que se recibe.

Problema de fondo. El filósofo romano Boecio (+524) dio esta definición de persona: “sustancia individual de naturaleza racional” (PL 64, 1343). Lo mismo dice Tomás de Aquino (+1274): “el subsistente de naturaleza racional” (Suma Teológica, I, q. 29, a. 3). Problema de fondo: la doctrina de la Trinidad contradice la definición clásica de persona como “sustancia individual”, en la Trinidad la segunda persona y la tercera son “consustanciales” con la primera, “de la misma sustancia”. En realidad, no tienen “sustancia individual”. Algo inconcebible. Jesús lo dijo de forma sencilla: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3), “el Padre es mayor que yo” (14,28), “somos uno” (10, 30) por la comunión, el primer mandamiento es: “Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios, es el único Señor” (Mc 12,29). Jesús se acepta como profeta: “No desprecian a un profeta más que en su tierra” (6,4).

León XIV y Bartolomé

El salmo 2 es un salmo de entronización real. En él se dice: “Yo mismo he establecido a mi rey en Sion, mi monte santo”. Y también: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Sal 2, 6-7). “El oráculo promete al rey aquellos bienes que constituían el objeto de la plegaria. Yahveh lo toma en su seno y lo adopta (Sal 2,7; cf. 89,27s;2 Sm 7,14)”. Ver Hermann Gunkel, Introducción a los salmos, 176. De una forma especial, el salmo se cumple en el bautismo de Jesús (Mt 3,12) y en su transfiguración (Mt 17,5). El salmo aparece citado en la tercera tentación de Jesús, la tentación del poderCristo: “Todo esto te daré, si te postras y me adoras” (Mt 4,9).

Revisión necesaria. Esta es la fe que proclama Pedro como el centro del mensaje cristiano: “A Jesús Nazareno, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en una cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó… de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del padre el espíritu santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hch 2, 22-33), “sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (2, 36). Pablo confiesa lo mismo: “Anunciamos a un Cristo crucificado” (1 Co 1,23), “del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, en virtud del espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Rm 1,3-4), “hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús” (1 Tm 2,5), “el primogénito de toda la creación” (Col 1,15). La confesión de fe se expresa en fórmulas breves: “Jesús es Señor” (1 Co 12,3), “Jesús es el Cristo” (1 Jn 2,22), “Jesús es el hijo de Dios” (Hch 8,37; 1 Jn 4,15; Hb 4,14). No lo olvidemos, “hijo de Dios” es un título mesiánico. Hay que revisar la tradición a la luz de la Escritura.

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