San Romero, con el papa Francisco: En el 46º aniversario del asesinato del Santo de América
"Hoy, Monseñor Romero, junto al papa Francisco, estarán escandalizados y mirando con estupor a nuestro mundo que es capaz de justificar la guerra y la injusticia"
Hace un año, cuando celebrábamos el 45º aniversario del asesinato de Monseñor Romero, no podíamos imaginar lo que iba a pasar apenas un mes después. En ese momento, 23 de marzo de 2025, víspera del martirio del Santo, el papa Francisco acababa de salir del Hospital Gemelli, de Roma, donde estuvo hospitalizado 38 días, y, como luego dijeron, en dos ocasiones, al borde de la muerte. Ese día consiguió salir del hospital, y fue camino de su casa, en Santa Marta, donde vivía por expreso deseo suyo, desde que comenzó su pontificado, para seguir sobreponiéndose y proseguir su convalecencia. Fueron días de angustia los vividos y por fin ahora todos veíamos un poco de luz, y confiábamos en su recuperación, que aunque lenta, pensábamos iba a llegar. Los médicos le dijeron que no trabajara, que intentara descansar, porque aún seguía enfermo, aunque parecía que fuera de peligro. Pero nadie podíamos imaginar que un mes después el papa Francisco se nos fuera a la casa del Padre. El 21 de abril, Francisco se nos marchó, y la verdad es que se juntaría allí con mucha gente querida, pero seguro que también con el Santo de América.
Este año por eso creo que el aniversario de Romero para mí tiene un significado muy especial: el día que falleció habría dado dinero por ver el encuentro de Francisco con él, porque creo que eran dos personas muy parecidas, en su vivir el evangelio y en su actuar.
A Monseñor Romero lo mataron aquellos que, a pesar de decir que eran cristianos, seguidores de Jesús, en el fondo se seguían a sí mismos, y yo creo que “no habían leído el evangelio ni por el forro”. Lo asesinaron por hacer vida el mensaje de Jesús, fue, como el maestro de Nazaret, víctima de sus falsos seguidores. A Jesús lo asesinaron los que decían que seguían al Dios del Antiguo Testamento, los jefes religiosos del momento que, bajo la apariencia de ser fieles al plan de Dios, eran solo fieles a su propio plan y buscaban ser siempre los primeros, utilizaban su poder para oprimir al pueblo para justificar las injusticias de los ricos. Jesús les molestaba, Jesús era el que les recordaba con su vida cuál era el auténtico Dios Padre-Madre que también aparecía en la Escritura. Pero ellos, no le escuchaban, su vida era para ellos una especie de juicio que les inculpaba y les ponía “patas arriba” el sentido de su falsa fe judía.
Monseñor Romero también fue asesinado “por los que iban a misa”, por los que seguían las prácticas de un culto vacío y fariseo que les hacía supuestamente merecedores de algo, pero que eran incapaces del culto auténtico: el culto a los pobres, la defensa de la dignidad de todos los seres humanos, especialmente de los más pobres y necesitados. A Monseñor Romero no lo asesinaron “los gentiles, los ateos”, lo asesinaron los mismos religiosos que, creyéndose poseedores de la verdad , utilizaban el poder frente a los pobres.
Monseñor Romero tuvo la osadía de “tomar partido por los pobres, por los desheredados”, y eso le costó la vida, pero no lo hizo en su nombre propio, ni siquiera porque fuera bueno, lo hizo en nombre del Dios Padre y Madre de todos que siempre quiere lo mejor para todos sus hijos, que quiere a todos por igual y que especialmente está más cerca de los que más sufren o tienen más necesidad. Es lo que dice Jesús en el Evangelio: el médico atiende siempre a los enfermos, porque los sanos no le necesitan. A esos más “enfermos” es con los que más se vuelca el Dios de la vida. Y siempre esta afirmación ha tenido sus problemas, ¿quiere decir eso que Dios es un Dios PARCIAL? Es evidente que Dios no es parcial contra el pobre, y eso ya aparece en la Escritura, una parcialidad que no le hace despreciar al resto, sino tomar partido por aquellos más caídos y desvalidos: “ El Señor es juez, y no hace acepción de personas; no favorece a nadie en prejuicio de pobre, sino que escucha el clamor del oprimido; no desprecia las súplicas del huérfano, ni las quejas que le expone la viuda” (Eclo 36, 12-14) Es también lo que aparece en la parábola del hijo prodigo, que precisamente comienza diciendo que los publicanos y fariseos criticaban a Jesús por estar con los publicanos y pecadores, y al darse cuenta Jesús “de esa crítica”, les cuenta la parábola del Hijo Pródigo, Lc 15,1-2; 15, 14-32)
Monseñor Romero desde aquí entendió que esa tenía que ser su “parcialidad” también, pero como en el caso de Jesús de Nazaret, esa parcialidad no fue entendida por los poderosos de todo tipo, ni los jefes políticos, ni los ricos del momento, ni siquiera los “jefes religiosos” y representantes “supuestamente de Dios”.
Nuestro papa Francisco también entendió perfectamente eso y por eso también optó de modo especial por esos pobres y desvalidos, desde el comienzo de su pontificado hizo suya la advertencia del cardenal Hummes “no te olvides de los pobres”, y no solo no se olvidó, sino que especialmente los puso en el centro de su preocupación, desde los inmigrantes que morían casi a diario en aguas del Mediterráneo buscando simplemente vivir (llegó a decir que el mayor cementerio del mundo era el mar Mediterráneo), hasta los presos que estaban cumpliendo condena en las cárceles de cualquier país del mundo. Es lo que él llamó “los descartados”, los mismos que Monseñor Romero llamó “el pobrerío”, o los “crucificados” de los que habla el también teólogo Jon Sobrino.
De hecho el mismo papa Francisco, en su libro “Esperanza. La autobiografía”, llega a decir: “No puede, no debe entrar en la cabeza ni en el corazón de la humanidad la idea de que se acepte que haya hombres, mujeres y niños que se ahogan una y otra vez en el Mediterráneo. No podemos aceptar la idea de que los problemas y las dificultades se encaran construyendo muros. No solo muros metafóricos, sino de ladrillos, a veces incluso con alambradas y hojas afiladas como cuchillos. Cuando me los enseñaron me quedé turbado y conmocionado, era una imagen que no era capaz de aceptar. En cuanto me quedé solo, los ojos de nuevo se me llenaron de lágrimas”.
Decía que el papa Francisco se habrá encontrado ya con Monseñor Romero en la casa del Padre, junto a ese Dios que a ambos les movió a vivir y a estar cerca de los pobres. Y seguro que ahora los dos nos siguen cuidando y mirando con cariño. Tuvo que ser un encuentro muy especial, abrazados al amor del Padre que siempre predicaron y sobre todo vivieron.
Y en estos días estamos viviendo además un tiempo muy especial de guerra y de desolación, un tiempo donde los poderosos quieren ser imponiéndose a los pobres, a los que no cuentan, donde bajo el engaño de “salvar”, lo que quieren es humillar y asesinar a los que estorban, a los que quieren seguir dejando al lado, en la cuneta. Seguro que ambos, Monseñor y Francisco estarán intercediendo por todos ellos como también lo hicieron mientras estaban con nosotros, y seguro que su fuerza y su Espíritu, junto al de Jesús nos siguen acompañando.
La imagen hace unos días de pastores “supuestamente rezando” junto al presidente americano Trump, era sencillamente “bochornosa” e impropia de lo que tiene que ser una persona religiosa, independientemente del credo que profese. Cualquier persona religiosa tiene que creer sobre todo en el ser humano y no puede apoyar la violencia bajo ningún concepto. NO SE PUEDE MATAR EN NOMBRE DE DIOS, porque es como si en nuestras familias de sangre un hermano mata a otro hermano en nombre de su padre o de su madre, o diciendo que es por “mandato de ellos”. Y eso sí que es utilizar el nombre de Dios en vano, y no simplemente decir una frase “malsonante” en su contra.
Lo que a Dios le humilla realmente es que utilicemos su nombre para justificar nuestras atrocidades, y desde luego la mayor atrocidad del ser humano es llegar a matar en nombre de Dios. El mismo papa Francisco, también en su autobiografía decía: “Por eso, en el documento de fraternidad humana firmado en los Emiratos Arabes en febrero de 2019 con el Gran Imán de al-Azhar Ahmed el Tayeh, ambos pedimos con fuerza dejar de instrumentaliza las religiones para incitar al odio, a la violencia, al extremismo y al fanatismo ciego, y que deje de usar e lnombre de Dios para justificar actos de homicidio, de exilio, de terrorismo y de opresión. Lo pedimos por nuestra fe común en Dios… En efecto, Dios, el Omnipotente, no precisa que lo defienda nadie y no quiere que Su nombre sea utilizado para aterrorizar a la gente. Invocar a Dios para avalar los pecados y los crímenes es una de las mayores blasfemias”. Al leerlo, parece que el papa Francisco está describiendo la situación actual del mundo. “Pensar en combatir el mal con el mal inevitablemente significa construir lo peor”, continua Francisco en su libro.
Es precisamente lo que les dice en su última homilía Monseñor Romero a las personas que en ese momento, 23 de marzo de 1980, forman parte del ejército nacional, y que parece ser que fue “lo que colmó el vaso” y le costó la vida. “ Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la guardia nacional, de la policía, de los cuarteles. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: NO MATAR. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla …. en nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”.
Hoy Monseñor Romero seguiría diciendo esto a los que obedecen los mandatos y órdenes de quienes quieren acabar con los hermanos, diría a los que bombardean cualquier país que dejaran de hacerlo, que no podían seguir matando y que la violencia solo puede llegar a conseguir más violencia. Que la violencia no está justificada EN NINGÚN CASO, ni siquiera para conseguir una “posible mejoría de un pueblo”. En el fondo, el que mata se cree que es Dios y se cree con el poder absoluto de imponer su orden, que, como siempre que lo impone un ser humano, está teñido de su propio egoísmo y de sus propios intereses. Francisco continua diciendo: “Si queremos lograr la capacidad de comprender cómo se hace la paz y la fuerza para conseguirla, HAGÁMONOS TODOS PEQUEÑOS. Como un niño que va de la mano de su abuelo”.
A Monseñor Romero lo volverían a matar porque los que lo mataron siguen vivos, porque los poderosos de este mundo siguen presentes en nuestro mundo. Porque los poderes que mataron a Jesús de Nazaret, al Padre Rutilio, a Monseñor Romero, a los jesuitas de la UCA, a los miles de salvadoreños y salvadoreñas, a los palestinos de Gaza, a los que viven en Ucrania, a los iraníes, a los africanos, a los que siguen sufriendo la injusticia en muchos países de América Latina y de Asia, a los que sufren en las cárceles, a los que tienen que salir de sus países por ser perseguidos y buscan un futuro, a las mujeres que siguen siendo violentadas, a los pobres y necesitados de muchas partes de nuestro mundo…. Esos poderes siguen enturbiando el bienestar de millones de seres humanos, y siguen haciendo que este mundo no sea el que Dios quiere para cada uno de sus hijos.
A Monseñor Romero lo mataron los que “se creían buenos por ir a misa”, como los fariseos religiosos de tiempos de Jesús, y tuvo que ser un papa venido “del fin del mundo”, el que lo volvió a restaurar. Francisco tuvo efectivamente la osadía de canonizarlo y de decir que la vida de Romero era en sí misma un milagro, porque era la misma vida entregada hasta el final de Jesús de Nazaret. El Papa Francisco rehabilitó a Monseñor y junto a él nos enseñó una manera nueva de ser papa y de ser “jefe de la Iglesia”, “lavando los pies” a los más pobres y necesitados, como eran y son los presos que llenan las cárceles del mundo, a los que él, tomando las palabras del evangelio de Jesús, les llamaba “los preferidos”.
¿Y qué hacemos los cristianos que vamos a misa? ¿cuál es o tiene que ser nuestra actitud frente a todo eso? Quizás solo cabe una actitud: estar de parte de los que siguen sufriendo las bombas del poder, de la violencia y de la pobreza
Y por supuesto, igual que Monseñor Romero no fue entendido por los poderosos, que lo mataron, ni por “los cristianos de buena conducta”, el papa Francisco tampoco fue entendido, y aunque no pudieron matarlo físicamente, sí que muchos lo despreciaron. Pero es curioso que los más pobres eran los que querían a Romero, le decían “Tú eres nuestra voz”; y esos mismos pobres, los más descartados eran también los que más querían al papa Francisco, los que estaban al borde, en la cuneta, los pobres y sin techo que dormían a la puerta del Vaticano y a los que el Papa salía a ver, mandó construir unos baños para ellos o compartía su cumpleaños dentro del Vaticano también con ellos. Los mismos pobres que acompañaban siempre al Jesús del Evangelio y que eran capaces de reconocer en Él al hijo de Dios, porque su poder era defender su causa y devolverles la dignidad que ese poder les había quitado.
Hoy Monseñor Romero, junto al papa Francisco, estarán escandalizados y mirando con estupor a nuestro mundo que es capaz de justificar la guerra y la injusticia, las bombas y los cohetes, en pro de buscar “un mundo mejor” para todos, pero un mundo que pasa por los escombros, por los refugiados, por los maltratos y por los llantos y desesperación de miles de personas.
¿Y qué hacemos los cristianos que vamos a misa? ¿cuál es o tiene que ser nuestra actitud frente a todo eso? Quizás solo cabe una actitud: estar de parte de los que siguen sufriendo las bombas del poder, de la violencia y de la pobreza. Defender la causa de Jesús no es “solo ir a misa” o cumplir con una serie de preceptos o de normativas que se nos imponen. Defender la causa de Jesús es ser capaces de responder a la pregunta de la Escritura, al comienzo del libro del Génesis: “¿Dónde está tu hermano?”. Solo respondiendo a esa pregunta desde el compromiso con esos hermanos es cómo podemos estar defendiendo realmente la causa de Jesús y del Evangelio que nos proclama.
En esta misma línea, Monseñor Romero decía: “Hay un criterio para saber si Dios está cerca de nosotros o está lejos: todo aquel que se preocupa del hambriento, del desnudo, del pobre, del desaparecido, del torturado, del prisionero, de toda esa carne que sufre, tiene cerca a Dios. “Clamarás al Señor y te escuchará”. La religión no consiste en mucho rezar. La religión consiste en esa garantía de tener a mi Dios cerca de mí, porque le hago el bien a mis hermanos. La garantía de mi oración no es el mucho decir palabras, la garantía de mi plegaria es muy fácil de conocer: ¿cómo me porto con el pobre? Porque allí está Dios” ( Homilía de 5 de Febrero de 1978).
A los 46 años de su martirio, seguimos celebrando la vida de Monseñor Romero, seguimos celebrando que sus palabras siguen siendo actuales . Porque hoy Monseñor Romero seguiría y sigue gritando a las puertas de las cárceles salvadoreñas, donde injustamente se encarcela a personas inocentes, en pro de una supresión de la violencia, cuando la violencia que no se suprime, porque no se quiere suprimir es la VIOLENCIA DE LA POBREZA, la que hace que muchos de los salvadoreños y salvadoreñas tengas que emigrar de su país, la que hace que muchos de los “cantones” del pequeño país centroamericano se estén quedando vacíos. Esa violencia de la pobreza que no solo no se ataja, sino que se va haciendo cada vez mayor. Y seguiría gritando entre las bombas que en estos días siguen cayendo en tantos países, aunque al final le costara, como le costó, la propia vida. Monseñor Romero seguiría dando la vida por su pueblo como la dio el mismo Jesús y tantos hombres y mujeres a lo largo de nuestra historia reciente.
En este 46º aniversario de su asesinato, Romero está junto al papa Francisco que nos enseñó una nueva manera de ser persona y de ser Iglesia
Monseñor nos hace una llamada al compromiso un año más, y nos sigue diciendo, eso sí, que Dios sigue contando con cada uno de nosotros para hacer un mundo más feliz, más humano y más digno para todos. En este 46º aniversario de su asesinato, Romero está junto al papa Francisco que nos enseñó una nueva manera de ser persona y de ser Iglesia, una Iglesia en la que, como decía siempre, cabemos TODOS, TODOS, TODOS: una comunidad de hermanos y de hermanas donde además de que todos podemos estar, todos tenemos los mismos derechos porque todos somos hijos del mismo Dios Padre-Madre.
Que el recuerdo de Monseñor Romero en este nuevo aniversario sea mucho más que un recuerdo nostálgico, que signifique una renovación del compromiso con nuestro mundo y con los más desfavorecidos y machacados de él. Que nuestras comunidades cristianas hagan de los “crucificados” el centro de su mensaje y de su vida.
Gracias, Monseñor Romero, gracias papa Francisco, gracias por decirnos que Dios nos quiere a todos y que quiere que todos seamos felices. Gracias por seguir cuidando de la Iglesia de Jesús. Nosotros os seguimos rezando y seguimos sintiendo muy cerca. Francisco nos pedía siempre que rezáramos por él, hoy se lo pedimos nosotros también él. Y a los dos les decimos, desde lo más profundo del corazón, que su semilla de nueva vida, de esperanza, de pascua, de resurrección y de evangelio está para siempre con nosotros y seguirá dando su fruto por los siglos de los siglos.
