Santa Mónica, un camino de esperanza frente a las adicciones
Lo que comenzó como un grupo de oración para madres preocupadas por sus hijos se convirtió en una obra que acompaña gratuitamente a jóvenes y familias afectadas por las adicciones en Tierra del Fuego
Lo que las hermanas Discípulas de Jesús iniciaron como un grupo de oración de mamás para ayudar a sus hijos, se convirtió en una asociación que apoyando a jóvenes con problemas de adicciones hasta el día de hoy. En el sur del continente americano, en la ciudad industrial de Río Grande, llegan personas de todo el país atraídas por las oportunidades laborales y la posibilidad de alcanzar un mayor bienestar económico. Sin embargo, detrás de ese dinamismo, las condiciones extremas de frío, viento y aislamiento favorecen situaciones de depresión, tristeza y adicciones. Fue en este contexto donde comenzó la misión de las Discípulas de Jesús.
El Centro Santa Mónica
La llegada de las primeras hermanas a la isla fue en 2012. Las hermanas Virginia Michel, superiora general del Instituto, y Rocío Parmigiani iniciaron la labor pastoral por invitación del P. Felicísimo Vicente S.D.B., fundador del Centro Pastoral Jesús de la Divina Misericordia. Este lugar fue concebido como un espacio de acogida para las personas más vulnerables, especialmente quienes sufrían soledad, depresión o adicciones. “Comprendimos que nuestro carisma debía adaptarse a una necesidad urgente: sanar esas heridas”, recuerda la M. Vicky. Santa Mónica surgió como un grupo de autoayuda para madres que sufrían al ver a sus hijos atrapados en las adicciones. Llegaban al Centro Pastoral atravesadas por un inmenso dolor, buscando consuelo y ayuda espiritual para sobrellevar esa situación. Inicialmente se les ofreció acompañamiento espiritual, pero pronto quedó claro que la oración debía ir acompañada de herramientas concretas. Lo que comenzó como un pequeño círculo de oración fue el inicio de una fundación que transformaría vidas.
En la Actualidad Santa Mónica sigue operando gracias al apoyo de profesionales que se han sumado a esta labor como voluntarios, desde sus experiencia profesional de la mano de Dios
Con el tiempo comenzaron a llegar voluntarios que querían ayudar no sólo a las madres, sino también a los hijos, lo que permitió ofrecer un acompañamiento integral. Este servicio es totalmente gratuito y es el único en toda la región que brinda apoyo religioso y terapéutico sin costo a toda la familia. Las hermanas reconocen que no fue un camino sencillo. Tuvieron que estudiar, investigar y buscar nuevas herramientas para comprender y afrontar la crisis de los jóvenes. “Aprendimos a unir el trabajo técnico con nuestra espiritualidad bíblica, eucarística y mariana. Eso marcó la diferencia en Santa Mónica”, afirma la M. Vicky.
Una obra inspirada por la perseverancia de las madres
Inicialmente se pensó llamar a la fundación “El Buen Samaritano”, para expresar el cuidado hacia quienes estaban heridos en el camino y necesitaban ser atendidos. Sin embargo, al mirar los orígenes de la obra, las hermanas recordaron a aquellas madres valientes que luchaban incansablemente por la vida de sus hijos. Por eso eligieron el nombre de Santa Mónica, modelo de perseverancia y fe, que durante años oró por la conversión de su hijo, san Agustín. El nombre refleja no sólo el acompañamiento a los jóvenes, sino también el papel fundamental de las madres en los procesos de recuperación y esperanza. Muchas historias han marcado el camino de Santa Mónica. Entre ellas destaca la de Maricel, una joven cuya vida parecía no tener salida.
El amor activo de las madres sigue siendo un pilar fundamental en el proceso de recuperación
La historia de Maricel
Maricel había sido abandonada por sus padres al nacer y creció en diferentes hogares de asistencia. La profunda carencia afectiva que marcó su infancia la llevó a refugiarse en el consumo de sustancias. Con el paso de los años atravesó diversos tratamientos de rehabilitación, pero el momento más doloroso llegó cuando el Estado le retiró la custodia de sus hijos. La única manera de recuperarlos era completar con éxito un tratamiento, algo que para ella parecía imposible. El día que llegó a Santa Mónica había decidido quitarse la vida. Sin embargo, algo inesperado la hizo quedarse: al escuchar hablar a la M. Vicky, se sintió atraída por su acento mexicano. Ese pequeño vínculo derrumbó una actitud defensiva y abrió la puerta a un proceso largo y difícil.
No faltaron recaídas, momentos de cansancio y noches de preocupación para las hermanas. Sin embargo, el acompañamiento constante, la escucha y el apoyo profesional permitieron que Maricel comenzara a experimentar una nueva posibilidad. La M. Vicky recuerda especialmente un día en que, rezando en la capilla, sintió que Dios le confiaba personalmente el cuidado de Maricel, como el Buen Samaritano que no abandona a quien encuentra herido en el camino. Aquella experiencia renovó su paciencia y su compromiso de acompañar cada historia sin perder la esperanza. Tiempo después, Maricel aceptó ingresar en un centro especializado. Esta vez el tratamiento dio frutos, también gracias al acompañamiento espiritual recibido previamente. Tras demostrar su recuperación y estabilidad, la justicia le devolvió la custodia de sus hijos.
Las Discípulas de Jesús y los voluntarios son el núcleo de la comunidad
Testimonio de esperanza
Hoy la misión de las Discípulas de Jesús en Tierra del Fuego sigue siendo un testimonio de entrega y esperanza. Santa Mónica se ha convertido en un espacio donde muchas personas descubren que no están solas y que siempre es posible reconstruir la propia vida. Como resume la M. Vicky: “Aquí cada joven puede vivir una experiencia de acompañamiento frente a la soledad que impone la sociedad. Desde que cruzas esa puerta y te sientas aquí, ya no estás solo”. En la Actualidad Santa Mónica sigue operando gracias al apoyo de profesionales que se han sumado a esta labor como voluntarios, desde sus experiencia profesional de la mano de Dios.
