Teólogas alemanas cuestionan el mito de Santa María Goretti como «mártir de la pureza»

Santa María Goretti es considerada «mártir de la virginidad». Tres teólogas de Ratisbona consideran que este tipo de categorías ya no son sostenibles. Una columna de opinión.

Foto: © Pietro, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Philippa Haase, Judith König y Ute Leimgruber
08 jul 2026 - 07:15

(katholisch.de).- El lunes 6 de julio, la Iglesia católica celebraba la festividad de Santa María Goretti. Hasta el día de hoy, en ciertos sectores católicos se venera a esta niña como «mártir de la pureza» o «mártir de la virginidad». Pero ¿qué mensajes transmite esta devoción, especialmente si se analiza desde la investigación sobre los abusos, la psicología del trauma y una teología con perspectiva de género? Es momento de abrir el debate.

Una niña víctima de un acto violento

María Goretti nació en 1890 en Italia, en un entorno muy pobre. El 5 de julio de 1902, Alessandro Serenelli, de veinte años, intentó violar a la niña, que entonces tenía once. María se resistió al ataque, por lo que Serenelli la apuñaló varias veces. Al día siguiente, falleció a causa de las heridas.

La forma en que se relata la historia de María Goretti y los aspectos de su muerte en los que se pone el énfasis no son cuestiones menores. La Iglesia no tardó en interpretar su fallecimiento como un martirio, centrándose en la idea de que María había sacrificado su vida para preservar su «pureza». En 1950 fue canonizada por el papa Pío XII. Desde entonces, se ha presentado —y se sigue presentando— como un modelo a seguir para generaciones de niñas católicas, transmitiendo el mensaje de que es preferible morir antes que perder la «indemnidad» sexual.

María Goretti fue, ante todo, una niña de once años que fue víctima de un crimen violento. Sin embargo, la tradición hagiográfica y la devoción eclesiástica instrumentalizaron su historia para imponer un rol específico a mujeres y niñas. No tiene nada de inofensivo que la construcción de su santidad se concentre casi en exclusiva en dos exigencias hacia la víctima: la «pureza» sexual y el perdón al agresor.

La simbología y la interpretación de la historia de María Goretti también entran en juego en los contextos de abusos dentro de la Iglesia, según explican las tres teólogas de Ratisbona Philippa Haase, Ute Leimgruber y Judith König (de izquierda a derecha).
La simbología y la interpretación de la historia de María Goretti también entran en juego en los contextos de abusos dentro de la Iglesia, según explican las tres teólogas de Ratisbona Philippa Haase, Ute Leimgruber y Judith König (de izquierda a derecha). | Imagen: © Canva/Stratol | Privada | Montaje: katholisch.de

Hay un detalle del proceso eclesiástico que resulta llamativo: el agresor alegó como atenuante «la belleza y el desarrollo precoz de la niña». Conviene recordar que María tenía solo once años cuando ocurrieron los hechos.

Existe una narrativa muy arraigada que retrata a las niñas y mujeres como seductoras —¡donde incluso el cuerpo de una niña prepúber se percibe como una amenaza para el deseo masculino!— y que plantea las agresiones sexuales de los hombres como una especie de reacción «natural» (y, por tanto, comprensible hasta cierto punto) ante la atracción sexual femenina. Este tipo de relatos forman parte de los llamados mitos de la violación (rape myths). En lugar de poner el foco en el agresor y en su delito, la atención se desvía hacia las niñas, las mujeres y su sexualidad. En los estudios actuales sobre la violencia, este patrón se define como la inversión de los roles de víctima y agresor. Sin embargo, lo que hoy se identifica claramente como una estrategia problemática para eludir la culpa, solía pasarse por alto —y se sigue haciendo— en las interpretaciones de la Iglesia.

Lo que María Goretti transmite a las mujeres y niñas católicas

Calificar a María Goretti como «mártir de la pureza» parte de varias premisas implícitas. En primer lugar, se otorga un valor normativo al hecho físico de ser «virgen» —es decir, no haber mantenido relaciones sexuales con un hombre— y se le equipara con la «pureza» moral, vinculando directamente el estatus ético con el sexual. En segundo lugar, se transmite la idea de que incluso una agresión sexual forzada puede despojar a la mujer de esa «pureza», como si esta fuera un estado que se pierde con el acto sexual, sin importar las circunstancias del mismo. De este modo, se responsabiliza a las mujeres de custodiar su integridad sexual, mientras que la sexualidad masculina se presenta como una fuerza de la naturaleza incontrolable. Una de las consecuencias directas es que la obligación de hacer respetar los límites sexuales se traslada a las víctimas potenciales.

En tercer lugar, se sugiere que proteger la «indemnidad» sexual es más importante que la propia vida. Esto se condensa en la conocida consigna —vigente aún hoy— de «antes morir que pecar», muy habitual en la devoción a María Goretti y a otras «mártires de la pureza». Así, la violación se reinterpreta como un pecado de la víctima si esta no logra impedir la violencia sexual. En otras palabras: incluso quien «soporta» y sobrevive a una violación estaría cometiendo un pecado, y no solo la persona que perpetra la agresión. Con esto, el crimen violento y la responsabilidad del agresor quedan completamente invisibilizados.

"En lugar de poner el foco en el agresor y en su delito, la atención se desvía hacia las niñas, las mujeres y su sexualidad. En los estudios actuales sobre la violencia, este patrón se define como la inversión de los roles de víctima y agresor. Sin embargo, lo que hoy se identifica claramente como una estrategia problemática para eludir la culpa, solía pasarse por alto —y se sigue haciendo— en las interpretaciones de la Iglesia».

La simbología y la interpretación de la historia de María Goretti también entran en juego en los contextos de abusos dentro de la Iglesia. En el informe sobre abusos de la diócesis de Fulda, una víctima recuerda cómo le afectaba esta narrativa: «Me obligaban a interpretar a esta santa una y otra vez; tenía que hacer el papel de María Goretti defendiéndose. Aquello siempre me causaba muchísimo miedo». En su testimonio, el recuerdo de la santa se entrelaza de forma directa con sus propias vivencias de violencia sexual. Su agresor se identificaba abiertamente con Serenelli, obligando a la víctima a encarnar a la «santa» que se resiste a los abusos. Aquí se observa cómo el mensaje religioso puede ser altamente dañino (vulnerante): lejos de experimentarse como un refugio o protección, se convierte en una agresión añadida.

Lo que María Goretti transmite a las víctimas

Tras sufrir una agresión, las víctimas de violencia sexual se enfrentan una y otra vez al cuestionamiento de si se resistieron lo suficiente. La historia de María Goretti se transforma así en una moraleja disuasoria (cautionary tale) dirigida a las mujeres: si las víctimas hubieran actuado de otra manera o hubieran hecho algo distinto, no habrían acabado así. Esto no hace más que reforzar los mitos de la violación y trasladar la culpa del agresor a la víctima. Al respecto, Virginie Despentes señala: «Si de verdad nos importara tanto no ser violadas, habríamos preferido morir (...). Eso es lo que se autoconvencen los agresores en cada ocasión: si la víctima sale con vida, es porque en el fondo no le desagradó tanto».

La psicología del trauma actual demuestra que las personas reaccionan ante la violencia de formas muy diversas. Muchas víctimas no se defienden de manera activa, sino que entran en un estado de disociación: algunas se quedan paralizadas, otras se someten a la situación y hay quienes experimentan la escena como si la vieran desde fuera. Ninguna de estas respuestas implica consentimiento, sino que constituyen mecanismos psicológicos de defensa ante un peligro de muerte inminente. Precisamente por ello, los relatos sobre santas que supuestamente lucharon hasta la muerte contra una agresión sexual pueden resultar tan problemáticos para las víctimas, ya que imponen de forma implícita una dolorosa comparación: ¿Por qué yo no reaccioné así? ¿Por qué yo sí sobreviví?

En su libro Ich bleibe. Katholisch. Trotzdem («Me quedo. Católica. A pesar de todo»), la psicóloga y víctima de abusos Christina Zumdieck describe cómo afectó la historia de María Goretti a su propia vida. Tras sufrir abusos sexuales por parte de un sacerdote, su mente se centró de inmediato en su supuesto fracaso: «Esta historia hacía que me sintiera infinitamente culpable una y otra vez por no haber defendido mi inocencia con uñas y dientes». No logró salir de ese círculo vicioso de la autoculpabilización (self-blaming), ni siquiera cuando más tarde sufrió una violación fuera del entorno de la Iglesia. Tampoco en esa ocasión la prioridad fue exigir responsabilidades al agresor; al contrario, experimentó un «tsunami de sentimientos de culpa» por no haber sido capaz de defender su «inocencia» por segunda vez.

Hay otro aspecto en la hagiografía de María Goretti que, desde nuestro punto de vista, resulta muy problemático. Según la tradición, María perdonó a Serenelli en su lecho de muerte. Más tarde, estando en prisión, él se convirtió (se habla incluso de una visión en la que ella le entregaba lirios), ingresó en una orden religiosa y llegó a asistir a la canonización de la santa. De este modo, María Goretti, la guardiana ejemplar de su propia «pureza» física y moral, se convierte también en la «salvadora» de su asesino. Su santidad consiste en abrirle a él las puertas de la salvación. Así, la transformación del agresor no se atribuye en primer lugar a sus propios actos (arrepentimiento, penitencia o asumir la responsabilidad de su delito), sino a las oraciones de ella y a su perdón en el umbral de la muerte.

El problema aquí no es el perdón en sí mismo, sino el orden de los factores y la exigencia implícita que se traslada a la víctima: resistir, mantenerse «pura», perdonar y, si es necesario, morir. No existe ninguna exigencia equivalente para el (potencial) agresor.

Una interpretación distinta dentro de la tradición

Interpretar a María Goretti como una «mártir de la pureza» es solo una de las muchas formas de analizar la violencia sexual desde la perspectiva cristiana, y no es en absoluto la única obligatoria. Ya el padre de la Iglesia, san Agustín, abordó la postura de quienes sostenían que las cristianas violadas debían suicidarse antes o después de la agresión para demostrar su castidad o para manifestar su vergüenza, y la rechazó categóricamente. Para Agustín está claro que el pecado de la violación debe atribuirse siempre y en exclusiva al agresor, y que «la castidad corporal no se pierde por la violencia sufrida de forma forzada».

Por lo tanto, dentro del cristianismo no es inevitable interpretar la violencia sexual como una amenaza a la integridad moral y sexual de la víctima. Una violación nunca es un pecado de quien la padece, por más que las visiones misóginas de la pureza en la tradición cristiana hayan contribuido repetidamente a que lo parezca.

Conclusión: ¿Cómo abordar a santas como María Goretti y sus interpretaciones?

Las vivencias de las víctimas demuestran que los relatos normativos sobre niñas y mujeres que prefieren morir antes que sufrir una agresión sexual intensifican los sentimientos de culpa, profundizan la vergüenza y pueden dejar la impresión de haber fracasado por el simple hecho de haber sobrevivido a la violencia. Nuestra intervención busca concienciar sobre el impacto de los mitos de la violación y la compleja problemática que envuelve a las «mártires de la pureza». Consideramos que esta categoría ya no es sostenible, especialmente ante las miles de mujeres y niñas que han sufrido abusos dentro de la Iglesia.

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