El testimonio, principio clave de formación presbiteral
"Lo peor que puede darse es que el seminarista aspire a ser santo con prescindencia de los demás. No bastan ministros buenos; se necesitan entendidos en el arte de tratar con los seres humanos como si ellos también lo fueran"
En el cristianismo, lo central es ser cristianos. Pero ¿quién dirá que lo somos? Otros, no uno mismo. ¿Y cómo lo sabrán los otros? Tendrán que discernir nuestra praxis a la luz de la Tradición de la Iglesia, que contiene el Evangelio interpretado a lo largo de las generaciones.
La evangelización que realiza la Iglesia supone que los evangelizadores son efectivamente cristianos. Ella tiene autoridad para declarar quién lo es y, si corresponde, reconocerle una investidura especial para evangelizar. Por lo mismo, tiene también autoridad para retirar la representación del Evangelio a quienes no dan testimonio de él. El peor de los casos es el de quien pretende dar testimonio de Cristo sin haberlo recibido, ni querer recibirlo, a través del testimonio de los demás. La Iglesia es una trama de relaciones evangélicas en la que los cristianos se anuncian unos a otros que Jesús de Nazaret resucitó, porque están convencidos de que él les cambió la vida. Creen en Cristo quienes han creído a otros cuando estos les testimonian que él también les cambió la vida.
Si esta es la clave de la vida de la Iglesia, a fortiori ha de serlo de la formación presbiteral. El presbítero debe dejar que otros digan si él es o no efectivamente cristiano. ¿Puede un presbítero no ser cristiano? A veces no lo parece, no porque tenga una mala conducta, sino porque pareciera no tener nada personal que contar de Cristo. Un ministro debe, además, reconocer que su ministerio le ha sido dado por su Iglesia antes que por Cristo directamente. La “vocación”, si la tiene, ha de venirle de Cristo. Pero es la Iglesia, y no él, quien debe juzgar si tal vocación es auténtica. En su caso particular, ella juzga asimismo si esta u otra persona reúne las condiciones para enseñar, como un mistagogo, cómo se conoce al Señor. Porque también puede ocurrir que un presbítero sea un gran cristiano y, sin embargo, no sepa cómo encaminar a los demás a nutrirse recíprocamente del Evangelio.
Lo que nunca puede faltar en el camino de la formación de los futuros presbíteros es que se dejen formar por el testimonio que los demás cristianos les dan de Cristo. Esto ha de ocurrir a lo largo de los años, y no solo en el seminario
Lo que nunca puede faltar en el camino de la formación de los futuros presbíteros es que se dejen formar por el testimonio que los demás cristianos les dan de Cristo. Esto ha de ocurrir a lo largo de los años, y no solo en el seminario. Este debiera ser el criterio dirimente para conceder a alguien la ordenación presbiteral. Un futuro ministro ha de conocer el magisterio, estudiar retórica y dominar una lengua. Tendrá que haber hecho los ejercicios espirituales y aprendido a darlos a otros, conocer a fondo la enseñanza de la Iglesia y la liturgia, y desarrollar otras capacidades. Pero lo único decisivo es que aprenda a aprender del testimonio de los demás. Debe comprender que, por el resto de su vida, crecer en la fe será posible y, en su caso particular, una obligación. Esta apertura a dejarse cambiar por el cristianismo del conjunto del Pueblo de Dios exige de los futuros curas una conversión permanente y una rendición de cuentas ante los superiores inmediatos cuya autoridad les viene de este mismo Pueblo y no de una casta que se elige a sí misma e incesantemente.
Lo que no puede seguir ocurriendo es que se dé por supuesto que un seminarista es un cristiano, pues solo se lo es a partir de testimonios que le harán crecer a lo largo de la vida. Suponer que lo es, en cambio, es el principio de la producción en serie de funcionarios de una ONG internacional de la salvación. Lo peor que puede darse es que el seminarista aspire a ser santo con prescindencia de los demás. No bastan ministros buenos; se necesitan entendidos en el arte de tratar con los seres humanos como si ellos también lo fueran. Esta es la materia que la autoridad eclesiástica, atenta al testimonio de la comunidad, debe escrutar antes de ordenar a un seminarista. No puede ser que precisamente quienes tienen la responsabilidad de hacer circular la Palabra de Dios entre los fieles sean los que hagan cortocircuito.
La sinodalidad que queremos desarrollar en la Iglesia debiera nutrirse de un testimonio vivo y recíproco entre los cristianos. De ahí que sea fundamental capacitar a los pastores para favorecer el anuncio de la Palabra en las palabras que unos y otros comparten sobre su experiencia de Dios. Hacen falta curas que tengan algo personal que contar de Cristo y que sepan escuchar lo que los demás tienen que contar de él. Solo así la Iglesia será lo que está llamada a ser: hijos e hijas de Dios que, gracias a Cristo resucitado, se reconocen hermanos y hermanas.
