Cuando la fuerza sustituye al derecho y la humanidad entra en zona de riesgo
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Cuando la fuerza sustituye al derecho y la humanidad entra en zona de riesgo
Introducción: cuando la historia deja de ser pasado
La historia no se repite de manera mecánica, pero sí retorna con inquietante fidelidad cuando las sociedades pierden la memoria moral que les permitió sobrevivir a sus propias catástrofes. En esos momentos los pueblos no asisten simplemente a una sucesión de acontecimientos políticos, sino a fracturas profundas del orden ético, jurídico y civilizatorio que sostiene la convivencia entre las naciones. El mundo contemporáneo bajo liderazgos supremacista y amantes de la guerra parece haber ingresado nuevamente en uno de esos umbrales peligrosos.
La guerra en mentes perversas vuelve a ser presentada como instrumento legítimo de la política. El uso de la fuerza se normaliza. El derecho internacional es relativizado. El multilateralismo es degradado a obstáculo incómodo para la afirmación del poder. Todo esto no ocurre de manera espontánea, sino como resultado de decisiones políticas concretas, de discursos que erosionan límites y de liderazgos que convierten la excepción en norma.
En este contexto, la advertencia formulada por el Papa León XIV ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (8 de enero de 2026) no puede leerse como una reflexión diplomática más. Se trata de un juicio histórico y civilizatorio: cuando se rompe el principio que prohibía el uso de la fuerza para violar fronteras ajenas, cuando la diplomacia del diálogo es sustituida por la diplomacia de la coerción y cuando la paz deja de ser un bien ético para convertirse en resultado de la dominación, la humanidad entra en una pendiente ya conocida, cuyas consecuencias fueron devastadoras en el siglo XX.
Desde esta perspectiva, la actuación de la administración de Donald Trump no puede analizarse como una simple variante más de la política exterior estadounidense ni como el estilo excéntrico de un liderazgo controvertido. Lo que está en juego es algo más grave: la normalización de una lógica de poder que hace trizas el derecho internacional, vacía de contenido el multilateralismo y reinstala la ley del más fuerte como principio ordenador del mundo.
1. Cuando el poder deja de reconocer límites
Uno de los rasgos más inquietantes de la política internacional contemporánea es la creciente aceptación de la idea de que el poder puede situarse por encima del derecho. Cuando un Estado se arroga el derecho unilateral de intervenir militarmente, de imponer sanciones extraterritoriales, de secuestrar actores políticos o de decidir quién tiene legitimidad para gobernar, el problema deja de ser coyuntural o regional. Se convierte en un riesgo sistémico para la humanidad entera.
El Papa León XIV identifica este punto como el núcleo de la crisis actual: el abandono del principio —establecido tras la Segunda Guerra Mundial— que prohibía explícitamente el uso de la fuerza para alterar por la vía armada el destino de otros pueblos. Ese principio no era ingenuo ni idealista. Era el resultado de una experiencia histórica límite: la constatación de que, sin reglas comunes, el mundo se precipita hacia la barbarie.
La administración Trump, al despreciar sistemáticamente las instituciones multilaterales y relativizar el derecho internacional, contribuye activamente a este quiebre. El multilateralismo deja de ser espacio de diálogo para convertirse en escenario irrelevante. La legalidad internacional pasa a ser selectiva. La fuerza se normaliza como lenguaje político.
2. El multilateralismo como última barrera civilizatoria
Conviene recordar que el multilateralismo no nació como una concesión benevolente de las grandes potencias, sino como una respuesta traumática al horror absoluto del siglo XX. Tras la Segunda Guerra Mundial, la humanidad comprendió que dejar el destino del mundo en manos de la fuerza desnuda conducía inevitablemente a la destrucción.
La Organización de las Naciones Unidas, el derecho internacional humanitario y el principio de soberanía de los pueblos fueron intentos —imperfectos, sin duda— de construir un marco mínimo de contención frente a la violencia. No eliminaron las guerras, pero las deslegitimaron. No hicieron iguales a los Estados, pero reconocieron su igualdad jurídica. No erradicaron el poder, pero intentaron someterlo a reglas.
El debilitamiento actual de este sistema implica algo más grave que una crisis institucional: supone la disolución de los límites éticos que contenían el uso del poder. Cuando esos límites desaparecen, el mundo deja de ser una comunidad internacional y se transforma en un escenario de dominación.
3. El orgullo como raíz de la guerra: una lectura desde san Agustín
Uno de los aportes más profundos del discurso del Papa León XIV a los diplomáticos acreditados ante El Vaticano, es la recuperación de la reflexión de san Agustín sobre la raíz moral de los conflictos. Para el obispo de Hipona, la guerra no nace simplemente del enfrentamiento de intereses, sino del orgullo, del amor desordenado a sí mismo (amor sui) que lleva al poder a absolutizarse.
Cuando un Estado se percibe a sí mismo como excepcional, autorizado a redefinir el derecho, la verdad y la paz según su conveniencia, el conflicto deja de ser accidente y se convierte en consecuencia casi inevitable. No se odia la paz; se busca una paz a la medida del dominador, una paz que no nace de la justicia, sino de la sumisión.
Esta intuición atraviesa tanto las tragedias del siglo XX como las prácticas contemporáneas de dominación. La guerra no se presenta ya como fracaso de la política, sino como instrumento legítimo para garantizar el orden deseado.
4. La guerra que “vuelve a ponerse de moda”
El Papa León XIV ha sido particularmente contundente en este punto: la guerra vuelve a estar “de moda”. El entusiasmo bélico se normaliza. El lenguaje se militariza. La violencia se justifica con eufemismos técnicos y morales.
Las agresiones se llaman “operaciones preventivas”. Las violaciones de soberanía se presentan como “defensa de la democracia”. El castigo colectivo se disfraza de “seguridad nacional”. Este vaciamiento del lenguaje no es neutro: rompe el vínculo entre las palabras y la realidad, debilitando la capacidad moral de la comunidad internacional para reconocer el mal cuando se produce.
Cuando el lenguaje deja de nombrar la verdad, la violencia deja de parecer crimen y comienza a percibirse como necesidad histórica.
5. La comparación histórica como deber ético
Desde esta perspectiva, la comparación con el régimen de Adolf Hitler resulta incómoda, pero necesaria. No se trata de equiparar contextos ni ideologías, sino de identificar una lógica histórica recurrente: la de los poderes que, enfrentados a su propio declive, optan por destruir las reglas comunes antes que aceptar límites.
Hitler no fue solo una patología individual. Fue la expresión extrema de un sistema herido que sustituyó la legalidad por la violencia, el consenso por la imposición y la política por la guerra. La historia demuestra que cuando esta lógica se activa, el desastre deja de ser una posibilidad y se convierte en una probabilidad creciente.
Evitar esta comparación por pudor o corrección política no es prudencia: es amnesia histórica.
Conclusión: cuando callar se vuelve complicidad
Este artículo sostiene una tesis que no busca provocar escándalo, sino activar la memoria y la responsabilidad ética: la administración Trump representa hoy un peligro real para la humanidad, no por reproducir literalmente el pasado, sino por reactivar sus peores lógicas.
Cuando la fuerza sustituye al derecho, cuando el multilateralismo se vacía de contenido y cuando la guerra se normaliza, el problema ya no es un país ni un conflicto concreto. El problema es el mundo que estamos permitiendo que se configure ante nuestros ojos.
Callar frente a este proceso sería repetir uno de los errores más costosos de la historia. Y la historia, cuando se repite, nunca lo hace como farsa.
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