En el umbral de la Pascua
Dios calla, la tierra guarda silencio, y la Iglesia aprende a esperar. No es un vacío estéril, sino un silencio denso, preñado de promesa
El Sábado Santo se sitúa en el umbral del misterio: Dios calla, la tierra guarda silencio, y la Iglesia aprende a esperar. No es un vacío estéril, sino un silencio denso, preñado de promesa: “El Señor está en su santo templo: ¡Silencio ante él toda la tierra! (Hab 2,20). En este día, la historia parece suspendida, tantas veces herida y golpeada por conflictos que no cesan, por guerras visibles y otras que se gestan en silencio, y por divisiones que enfrían los corazones, rompen la fraternidad entre los hombres y erosionan la confianza mutua.
El silencio del Sábado Santo no es indiferencia ante el dolor del mundo. Es el silencio del sepulcro donde el Señor desciende a lo más hondo, a los abismos de la condición humana. Allí donde la humanidad experimenta fracaso, ruptura y muerte, Cristo se hace presente. “Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron” (Is 53,8), dice el profeta, y sin embargo “por los trabajos de su alma verá la luz, porque cargó con los crímenes de ellos” (Is 53,11). Como recuerda una homilía antigua sobre el grande y santo Sábado: “Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme”.
En este día, la historia parece suspendida, tantas veces herida y golpeada por conflictos que no cesan, por guerras visibles y otras que se gestan en silencio, y por divisiones que enfrían los corazones, rompen la fraternidad entre los hombres y erosionan la confianza mutua
Este “sueño” no es inacción, sino victoria escondida: Dios actúa en lo secreto, como la semilla que germina bajo tierra sin hacer ruido (cf. Mc 4,26-27). Allí donde nuestras palabras se agotan y nuestras estrategias fracasan, Él sigue obrando con paciencia, abriendo caminos que no percibimos. No irrumpe con estruendo ni se impone con fuerza, sino que transforma desde dentro, como la levadura en la masa (cf. Mt 13,33). En lo oculto de la historia, en los pliegues donde parece reinar la derrota, Dios está gestando vida nueva; una obra silenciosa que no busca imponerse, pero que, a su tiempo, dará fruto visible y abundante.
En un tiempo marcado por la crispación y la confrontación, el Sábado Santo nos invita a una pedagogía del silencio. No un silencio cómplice o evasivo, sino un silencio que escucha, que acoge, que se resiste a la simplificación del otro. “Porque es bueno esperar en silencio la salvación del Señor” (Lam 3,26): así aprendemos a esperar sin desesperar. Frente a la lógica de bloques enfrentados, el cristiano aprende a habitar el “entre”: entre la Cruz y la Resurrección, entre el dolor y la esperanza. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). La fecundidad cristiana nace de una entrega que atraviesa la oscuridad sin negarla.
En un tiempo marcado por la crispación y la confrontación, el Sábado Santo nos invita a una pedagogía del silencio. No un silencio cómplice o evasivo, sino un silencio que escucha, que acoge, que se resiste a la simplificación del otro
Los Evangelios, sobrios en este día, subrayan el silencio y la espera: “Y el sábado descansaron según el precepto” (Lc 23,56). Y, sin embargo, la promesa ya había sido pronunciada: “El Hijo del hombre… después de muerto, a los tres días resucitará” (Mc 9,31); “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Jn 2,19). La espera no es vacía: está habitada por la palabra fiel de Dios, que no falla.
Los Padres de la Iglesia contemplaron este día como el descenso de Cristo a los infiernos, donde toma de la mano a Adán y a Eva, signo de toda la humanidad herida. San Agustín de Hipona subraya que “el sueño de Cristo fue la muerte de Cristo; y su muerte dio la vida a los muertos” (Sermón 231, 5), y San Efrén de Siria, en sus Himnos sobre la Resurrección, canta a Cristo que irrumpe en la noche para iluminarla desde dentro. Una imagen profundamente actual: también hoy el Señor desciende a nuestras fracturas sociales, a nuestros conflictos enquistados, a nuestras guerras y divisiones, no desde fuera ni con imposición, sino implicándose en ellas para redimirlas.
El creyente, en este día, está llamado a custodiar la esperanza. No una esperanza ingenua o evasiva, sino pascual: nacida del paso por la cruz, templada en la noche, purificada de triunfalismos. “Hemos sido salvados en esperanza” (Rom 8,24), por eso, la espera del Sábado Santo es activa y concreta: se traduce en gestos de reconciliación, en la renuncia a la violencia —también la verbal—, como nos ha invitado el Papa León XIV en su mensaje cuaresmal, en la búsqueda paciente del bien común y en la apertura a la verdad del otro, aquella que solo se ilumina en profundidad desde el Evangelio.
Así, en medio de un mundo herido y a menudo desorientado, el Sábado Santo nos enseña a sostener el silencio sin desesperar, a esperar sin huir, y a creer que, incluso ahora, en lo oculto de la historia, la piedra ya está siendo removida. Porque el horizonte último no es el sepulcro, sino la Pascua del Señor, en quien la esperanza no defrauda (cf. Rom 5,5).
