Un viaje desde el Evangelio a la realidad de América Latina
"El viaje del papa León XIV será, ante todo, un viaje pastoral. Pero dejará en la plaza pública una pregunta de fondo. ¿Quién habla hoy en América Latina en nombre del bien común, por encima del péndulo entre los extremos?"
El anunciado viaje apostólico del papa León XIV a Uruguay, Argentina y Perú, entre el 6 y el 17 de noviembre próximo –sujeto a la evolución de su salud tras la reciente intervención quirúrgica–, nos brinda la oportunidad y el contexto para reflexionar sobre la actual realidad social y política de América Latina.
Se trata del viaje más largo de su pontificado y del primero a nuestro continente, con diez ciudades en doce días. Ningún Papa visita Argentina desde 1987 ni Uruguay desde 1988, y el papa Francisco no llegó a visitar ninguno de los dos países.
Pero este viaje, además de su sentido pastoral, es también un acontecimiento político y geopolítico. Llega a una región donde el voto refleja cada vez más el descontento, que desconfía de sus instituciones y que vuelve a ser terreno de disputa entre las grandes potencias. Y lo protagoniza el primer Papa nacido en los Estados Unidos, que es también ciudadano peruano.
Por eso, este viaje nos invita a mirar con atención el momento que vive América Latina, y a preguntarnos qué tiene que ofrecer hoy el humanismo cristiano a la política de nuestros pueblos.
Un cambio de época que la política no ha sabido procesar
Para revisar la situación actual de América Latina recurro al análisis que hicieron los obispos latinoamericanos en Aparecida, Brasil, en 2007. Allí nos recordaban que estamos viviendo un cambio de época, de alcance global, determinado por la concentración del capital que supera a los Estados nacionales, por una globalización reducida a lo económico y por la cultura del consumo, el individualismo y el hedonismo. Casi veinte años después el diagnóstico sigue vigente, y hoy se lee mejor en clave política.
Uno de los aportes más sobresalientes de Aparecida es la distinción entre explotación y exclusión. Ya no se trata solamente de campesinos u obreros explotados, sino de personas que son directamente excluidas o “descartadas” del sistema productivo. Es la realidad del trabajo informal, de las periferias urbanas a donde no llega el Estado y de los jóvenes que ni estudian ni trabajan. En Argentina, por ejemplo, la informalidad laboral rondaba el 52 % en 2024.
A esto se suman dos realidades que la región todavía no sabe gestionar. Por un lado, unas ciudades que crecen sin cohesión social, donde conviven nuevos estilos de vida con el anonimato, la soledad y la marginación. Y, por otro, una inmensa riqueza ambiental –la Amazonía, los Andes, el agua– explotada sin reglas ni límites.
Lo que Aparecida no podía prever es la velocidad con la que el crimen organizado ocuparía esos vacíos. Donde el Estado no llega, llegan la minería ilegal, el narcotráfico, la extorsión y una economía potente donde millones viven de espaldas a las normas y al Estado. La exclusión social se ha convertido, así, en un problema de seguridad nacional.
La crisis de la democracia representativa
Reflexión aparte merece la realidad política de América Latina, marcada por la fragilidad de las instituciones, la corrupción y la impunidad, la desconfianza ciudadana y la consiguiente crisis de representatividad democrática.
Perú es el caso más extremo. La presidenta Keiko Fujimori, que asumió el pasado 28 de julio, es la novena persona en ocupar la presidencia desde 2016. Ganó la segunda vuelta por menos de 50.000 votos, después de una primera vuelta con 35 candidatos. Una fragmentación tan grande refleja, más que pluralismo, el desgaste de unos partidos que han dejado de representar a los ciudadanos.
Con distintos matices, el mismo patrón se repite en toda la región. Liderazgos personalistas, de derecha o de izquierda, prometen soluciones rápidas contra “la casta” o contra “las élites”, mientras los congresos fragmentados no logran acuerdos y la justicia vive bajo sospecha. En pocos años Chile, Bolivia, Perú y Argentina han girado hacia la derecha, después de haber girado hacia la izquierda en el ciclo anterior. Cuando el voto oscila de un extremo a otro, lo que expresa no es tanto una convicción ideológica como el castigo de los ciudadanos a quien gobierna.
La corrupción y la impunidad alimentan este círculo, porque confirman al ciudadano que la política es un negocio privado. La respuesta no puede ser elegir el populismo menos malo. La respuesta es reconstruir partidos con programa y ética pública, capaces de gobernar desde el centro con convicción. Esa ha sido, históricamente, la tarea de la Democracia Cristiana y hoy vuelve a ser una tarea urgente.
Un Papa de las dos Américas en un continente disputado
Todo esto es muy bien conocido y sentido por “el Papa de las dos Américas”. Nacido en Chicago, Illinois, Robert Francis Prevost llegó al Perú en 1985 como misionero agustino y fue obispo de Chiclayo entre 2015 y 2023. Tiene, además, la nacionalidad peruana desde 2015. Conoce el norte y el sur del continente desde dentro, y su biografía es, en sí misma, un mensaje político.
Esa doble pertenencia es especialmente importante porque la región vuelve a ser un tablero de disputa. Washington ha vuelto a mirar con más interés hacia la región, con una política centrada en acuerdos bilaterales, cuyo ejemplo más visible es el acuerdo de intercambio de divisas por 20.000 millones de dólares con Argentina. Pero también el llamado Escudo de Naciones, donde Estados Unidos, en su nueva política exterior (DONROE), quiere que todas las naciones del sur miren solo al norte, y entreguen sus riquezas y su orden a la fuerza bruta protagonizada en Donald Trump.
China, por su parte, se ha convertido en uno de los principales socios comerciales de Sudamérica y tiene una presencia creciente en puertos, energía y minería. Mientras tanto, los gobiernos latinoamericanos negocian por separado y compiten entre sí, la integración regional está estancada y la política exterior cambia con cada gobierno.
Por eso, el origen norteamericano del papa León XIV y los años vividos en el Perú lo posicionan como un puente de encuentro y diálogo entre el norte y el sur del continente. Y puede ayudarnos a recordar que América Latina no está obligada a escoger entre unos y otros, sino que puede tratar con todos desde la autonomía, si cuenta con instituciones sólidas y con una voz común. La Santa Sede no hace la política exterior de nadie, pero sí puede legitimar la idea de una región que asume con responsabilidad su propio camino.
Tres países, tres mensajes
Para URUGUAY, del 6 al 8 de noviembre, el principal desafío es el diálogo plural con una sociedad civil secularizada, que es también una de las democracias más estables del continente. El presidente Yamandú Orsi invitó personalmente al Papa, y el gobierno busca que se reúna con los tres poderes del Estado. La visita programada a la cuenca de Casavalle, en Montevideo, mostrará los convenios entre el Estado, la Iglesia y las organizaciones sociales. Es un buen ejemplo de subsidiariedad, en el que el Estado colabora con la sociedad civil sin pretender hacerlo todo.
En ARGENTINA, del 8 al 11 de noviembre, con etapas en Buenos Aires, Córdoba y Luján, la figura del Papa puede servir como símbolo de unidad, de diálogo y de cohesión social. El país vive una estabilización macroeconómica real, pero con un alto costo social, con un crecimiento que no despega y con una polarización que ya mira hacia las elecciones presidenciales de 2027. El Papa no viene a arbitrar entre el gobierno y la oposición. Pero su presencia puede recordar que ningún programa económico se sostiene sin un mínimo de acuerdos nacionales.
En PERÚ, del 11 al 17 de noviembre, el Papa visitará Lima, su querida Chiclayo, Cusco y Pucallpa. Llega a un país que estrena gobierno después de una década de crisis y cuyas autoridades han prometido mano dura contra el crimen organizado. La seguridad es un derecho, pero solo es duradera cuando se apoya en el Estado de derecho. Pucallpa podrá poner a la Amazonía en el centro, con la deforestación, la minería ilegal y la protección de los pueblos originarios. Cusco podría proyectar un mensaje a la juventud y a la identidad andina, y Chiclayo será el regreso del Papa a la que fue su diócesis.
Lo que el humanismo cristiano tiene que proponer
La Democracia Cristiana no nació como un partido confesional, sino como una alternativa tanto al individualismo sin reglas como al colectivismo que anula a la persona. Konrad Adenauer y Ludwig Erhard la convirtieron en política de gobierno con la economía social de mercado, y Eduardo Frei Montalva y Rafael Caldera la llevaron al gobierno en América Latina. Sus principios –la dignidad de la persona, el bien común, la subsidiariedad y la solidaridad– no exigen la fe para ser compartidos.
En el contexto actual de América Latina, estos principios se traducen en una agenda política concreta que contempla, entre otros, los siguientes temas:
- La dignidad de la persona frente a la violencia y al crimen organizado, con una seguridad sostenida por el Estado de derecho, una policía profesional, una justicia independiente y unas cárceles que no sean escuelas del delito.
- La economía social de mercado frente a la informalidad y la baja productividad, entendiendo que la economía debe estar al servicio de la persona y del bien común, con mercados abiertos y reglas claras, formalización del empleo y una protección social sin clientelismo.
- La subsidiariedad frente a unos Estados centralistas e ineficaces, con una descentralización real y con alianzas entre el Estado y la sociedad civil.
- La opción preferencial por los pobres y vulnerables, para la promoción humana y no para el asistencialismo, con educación, formación para el trabajo y vivienda digna.
- La ecología integral y “el cuidado de la casa común”, combatiendo las economías ilegales y promoviendo un desarrollo sostenible junto a las comunidades locales y los pueblos originarios.
- La búsqueda del bien común y de “la amistad social” frente a la polarización, con acuerdos nacionales de largo plazo y una reforma de los partidos y de su financiación.
- La realidad migratoria y el acompañamiento a los desplazados, poniendo en práctica cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar, con una responsabilidad compartida entre los países.
- La autonomía regional frente a la disputa entre los Estados Unidos y China, con integración regional y con una política exterior de Estado y no de gobierno.
Ninguna de estas propuestas es patrimonio exclusivo de los creyentes. Y precisamente por eso son una buena base para reconstruir un centro político amplio, capaz de reunir a quienes rechazan tanto el autoritarismo como la demagogia.
La formación de líderes, una tarea pendiente
A mi juicio, la carencia más grave de la región no está en las ideas, sino en las personas que deben llevarlas a la práctica. América Latina es un continente mayoritariamente habitado por hombres y mujeres que se dicen cristianos católicos, y la mayoría de sus líderes civiles, políticos y gubernamentales también lo son. Sin embargo, esas convicciones rara vez se notan en el ejercicio del poder.
Como presidente de la Academia Internacional de Líderes Católicos, constato la urgente necesidad de formar líderes sociales que entiendan la política como el ejercicio de todo ciudadano en la búsqueda del bien común, y no como el ejercicio de cargos gubernamentales para el beneficio propio y el enriquecimiento ilícito.
Formación en principios y en valores, pero también formación técnica en gestión pública, en economía, en derecho y en comunicación. Y lo más importante: descubrir una vocación de servicio dedicada a la búsqueda de la plenitud de la persona, huyendo de todo egocentrismo.
Todo esto es contrario a confundir las convicciones con un proyecto de poder. La fe puede y debe inspirar la política, pero no debe sustituirla ni apropiarse de ella. Y es contrario, también, a una vida “cristiana” manifestada solamente en ritos y devociones, pero divorciada de las realidades sociales. Ese equilibrio, propio de la tradición demócrata cristiana, es lo que distingue a un partido de inspiración cristiana de un populismo que usa la religión como bandera.
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Resumiendo todo lo anterior, el viaje del papa León XIV será, ante todo, un viaje pastoral. Pero dejará en la plaza pública una pregunta de fondo. ¿Quién habla hoy en América Latina en nombre del bien común, por encima del péndulo entre los extremos?
La Democracia Cristiana tiene historia, principios y método para responder a esta pregunta. Le falta reconstruir sus partidos, formar sus cuadros, hablar con solvencia el lenguaje de la seguridad, del empleo, de la integración regional y poner de nuevo a la persona en el centro de la labor política. Si lo hace, la visita del Papa no quedará solo como un recuerdo emotivo, sino como el punto de partida de una agenda para el futuro de nuestros pueblos.
