Y vio Dios que era bueno: Una meditación sobre el fenómeno de los eclipses
Todos conocemos las primeras palabras de la Biblia: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Dijo Dios: “Exista la luz”. Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla. Llamó Dios a la luz “día” y a la tiniebla llamó “noche”» (Ge 1,1-5). Aquí se trata solo de la distinción primaria entre luz y tiniebla, noche y día, pero no se habla todavía del sol ni de la luna. Para ello, en la cosmovisión subyacente al relato bíblico se necesitaba todavía el “firmamento» o “cielo», que Dios crearía a continuación. Ya que los astros colgaban de él, como las lámparas en el techo de las casas. Solo después de la creación del cielo dice Dios: «“Existan lumbreras en el firmamento del cielo, para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años, y sirvan de lumbreras en el firmamento del cielo, para iluminar sobre la tierra”. Y así fue. E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir la noche; y las estrellas. Dios las puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra, para regir el día y la noche y para separar la luz de la tiniebla. Y vio Dios que era bueno» (Ge 1,14-18).
El texto bíblico, aunque nos suena hoy a «mito», ya tiene una tendencia desmitificadora. Frente a los que adoraban el sol o la luna o las estrellas, la Biblia habla de un Dios creador, del que proviene todo. Al contemplar las «lumbreras» del día y de la noche deberíamos, pues, pensar en aquel SER que está por encima de todo, también del sol y de la luna. Contemplar la creación como signo o referencia del creador es, en la tradición cristiana, una de las formas de unirse con él o alzar la mirada hacia él.
Lo decía la pastora Marcela en uno de los pasajes más bonitos del «Quijote» (Primera parte, capítulo XIV). Cuando el caballero de la triste figura pregunta a la bella zagala por lo que hacía sola con sus cabras en las montañas, Marcela le responde: «Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera».
Bartolomé de Las Casas, el gran defensor de los indios en el siglo XVI, que tenía también un alma contemplativa respecto a la naturaleza, decía que ninguna persona sabia e inteligente, ya sea un filósofo curioso o un cristiano devoto, se arrepentiría de haber viajado a La Española: «el filósofo, para contemplar y deleitarse con una hazaña y una obra tan destacada por la belleza de la naturaleza; y el cristiano, para contemplar el poder y la bondad de Dios, que en este mundo visible creó algo tan digno, hermoso y deleitable, para que los hombres vivieran tan poco tiempo de la vida, y a través de ella elevarse en contemplación sobre cómo serán las moradas invisibles del cielo, que tiene preparadas para aquellos que tengan fe y cumplan su voluntad, y tomar de ello motivo para resolverlo todo en loores y alabanzas de aquel que lo ha creado todo».
Sí, se puede encontrar a Dios al contemplar el sol, la luna y las estrellas, pues Dios está en la creación, pero esta no es Dios, ni lo son el cielo, el mar, las montañas, o el desierto, lugares en que, sin embargo, nos sentimos cerca de él.
El relato bíblico no solo desmitifica o «desdiviniza» a las lumbreras, sino que da a entender también su utilidad «para señalar las fiestas, los días y los años», es decir, para hacer un “calendario», tan importante desde siempre, al principio sobre todo en las culturas agrícolas para determinar los mejores tiempos de sementera y cosecha. Así, los que aprendieron a interpretar las lumbreras en ese sentido, los «astrónomos», tenían «poder» y se convirtieron en la primera casta sacerdotal, por así decir. Mesopotamia fue la cuna de la astronomía en nuestra cultura, y no es casualidad que de allí vinieran los «magos» a adorar al niño del establo de Belén siguiendo una estrella, es decir, que eran «astrónomos» o sacerdotes que sabían leer los signos del cielo y pensaban que bajo esa estrella (se dice que un cometa) tenía que haber nacido alguien importante.
También los sacerdotes de los mayas y aztecas eran astrónomos, y muy buenos, pues su calendario era incluso más exacto que el que había por entonces en Europa. Sus pirámides, que hoy admiramos, eran también lugares para observar el cielo, como ya lo fueron las primeras pirámides construidas en Caldea (hoy Irak), el lugar de origen de la astronomía en nuestra cultura.
Pero no todas las culturas de la América precolombina eran tan duchas en la observación del cielo y la medición del tiempo en calendarios. Los indios del Caribe no se habían desarrollado tanto, no eran guiados por una casta sacerdotal de astrónomos, sino por chamanes que hacían sus predicciones y fundamentaban su poder como buenamente podían: con danzas rituales, observando las vísceras de pequeños animales que sacrificaban, o fumando «tabaco» por la nariz y entrando en trance con visiones. De ellos nos informa, por ejemplo, Ramón Pané en su «Relación acerca de las antigüedades de los indios» (1498). Pero se nota que no comprendía la lógica del chamanismo. Lo mismo le pasó a Colón y los otros europeos. Cuando hablan de esos pueblos, sin casta sacerdotal ni templos ni ritos como los nuestros, dicen que se trata de gentes sin religión. Lo que sí era cierto para todas las culturas amerindias es que no habían desmiticado las «lumbreras» y consideraban al sol y a la luna como algo «divino».
Mientras que los mesoamericanos, con su astronomía bastante desarrollada, podían predecir «eclipses», no era así entre los indios del Caribe. Por eso, Colón pudo salvar su vida y la de su tripulación durante su cuarto y último viaje, cuando hacía escala en una bahía de Jamaica para reparar el barco y los indios se cansaron de mantenerlos con sus viandas. Había llegado a Jamaica buscando refugio ante un huracán en junio de 1503. La broma o teredo –un tipo de molusco que daña la madera de los barcos– y los temporales afectaron gravemente a las cuatro naves de la expedición. Dos se perdieron y las otras dos llegaron a duras penas a Jamaica y encallaron en un banco de arena. Mientras esperaban ayuda de La Española, los indígenas les suministraban agua y comida, pero con el tiempo se fueron cansando. A finales de 1503, incluso la tripulación se amotinó, porque estaba nerviosa por no tener noticias de La Española ni recursos.
Ante esta situación, Colón, que antes de zarpar había consultado las tablas astronómicas elaboradas por el matemático alemán Juan Müller, conocido como Regiomontano, utilizó su saber astronómico para salvar su vida y la de sus tripulantes, asombrando con sus conocimientos tanto a estos como a los indios. En dichas tablas figuraba la fecha de un eclipse total de Luna que debía producirse la noche del 29 de febrero de 1504.
Tres días antes del acontecimiento, Colón envió un enlace con la intención de reunirse el día del eclipse con los caciques de los indios. En el día señalado les dijo lo siguiente: «Somos cristianos y vasallos de Dios, hacedor de todas las cosas, que cuida de los buenos y castiga a los malos. Dios está muy enfadado con vosotros por no suministrarnos alimentos y por ello está dispuesto a castigaros con hambre y enfermedades. Y para que veáis que es cierto, os enviará una señal. Esta noche la Luna saldrá llena de ira, de color sangre y se oscurecerá en vuestra presencia».
Los indios en un principio desconfiaron de aquellas palabras y se marcharon, pero, trascurrido un tiempo la Luna llena fue tomando un color rojizo y comenzó a oscurecerse. Estaban presenciando un eclipse total de Luna. Ante esos sucesos, los indios regresaron con el miedo en el cuerpo, cargados de viandas y suplicando a Colón para que les ayudara. Colón, para dar un mayor efecto a su interpretación, se retiró con la excusa de hablar con Dios, esperó a que el eclipse estuviera en su cenit y a su salida se dirigió a ellos de nuevo: «He suplicado a Dios y he rezado por vosotros y le he prometido de vuestra parte que a partir de ahora seréis buenos y nos traeréis víveres, y os ha perdonado. Como señal de su perdón la Luna perderá el color sangre y volverá a su color normal». Al poco tiempo, la Luna fue adquiriendo su brillo característico. A partir de este día los indígenas suministraron de nuevo víveres a Colón y sus acompañantes hasta junio de 1504 en que pudo llegar una carabela de La Española a rescatarlos.
La anécdota muestra diferentes aspectos en relación con el fenómeno de los eclipses: que algunos pueblos vivían todavía en un período «mítico» de la historia, con miedo ante esos fenómenos naturales, mientras que otros los entendían y usaron su conocimiento como «poder» en beneficio propio. Sería muy simple trasladar eso tal cual a nuestros días, pero ante el «circo» que se ha montado en España ante el último eclipse, uno no puedo menos que pensar en cierto «papanatismo» o en la «cultura de la diversión», dirigida por los que tienen los hilos de las marionetas en la mano y quieren que nos distraigamos mirando el eclipse en lugar de mirar lo que se está realmente eclipsando en España: la convivencia, destruida por la polarización, y el bienestar, víctima de una clase política que solo piensa en el suyo y no en el bien común del país.
Ciertamente, ante fenómenos como los eclipses, sobre todo si es un eclipse solar total, como lo ha sido, quedamos atónimos por la «hermosura del cielo». Pero no olvidemos que se trata de «lumbreras», no de divinidades. Por eso, ante fenómenos como los eclipses es bueno «contemplar la hermosura del cielo» con la actitud de la pastora Marcela (sobre todo cuando es tan hermoso como en mi Tierra de Campos), o, como decía Las Casas, «elevarse en contemplación sobre cómo serán las moradas invisibles del cielo», que el Creador nos tiene preparadas. Lo demás, el ambiente festivo y convivial, casi de «guateque», con el que muchos han contemplado el eclipse, es «interesante», pero no alimenta el espíritu.
*Mariano Delgado, de Berrueces (Valladolid, *1955), es catedrátido emérito de Historia de la Iglesia en la Universidad de Friburgo (Suiza) y miembro de la Academia Europea de las Ciencias y las Artes en Salzburgo.
