Solo el amor engendra la maravilla
Solo el amor engendra la maravilla
El último artículo que he leído de Leonardo Boff se titula “En plena guerra, en el cuerpo de un israelí late el corazón de un palestino” (https://www.religiondigital.org/leonardo_boff-_la_fuerza_de_los_pequenos/plena-guerra-cuerpo-israeli-late_132_1469640.html).
Me ha impactado por la profunda humanidad que transmite y, por eso, quería compartir con vosotras y vosotros esta hermosa historia:
“Mazen Julani era un farmacéutico palestino de 32 años, padre de tres hijos. Vivía en la parte árabe de Jerusalén. Mientras tomaba un café con unos amigos en un bar, fue víctima de un disparo mortal procedente de un colono judío.
Se trataba de una venganza contra el grupo palestino Hamás, que, poco antes, había matado a numerosas personas en una discoteca mediante un terrorista suicida. El proyectil le entró por el cuello a Mazen y le destrozó el cerebro. Lo trasladaron inmediatamente a un hospital israelí, pero ya había fallecido al llegar.
Entonces ocurrió algo sorprendente. El clan de los Julani decidió allí mismo, en los pasillos del hospital, donar todos los órganos de su hijo fallecido: el corazón, el hígado, los riñones y el páncreas para trasplantarlos a pacientes israelíes. El jefe del clan aclaró en nombre de todos que este gesto no tenía ninguna connotación política. Se trataba de un gesto estrictamente humanitario.
Según la religión musulmana, dijo, todos formamos una única familia humana y todos somos iguales, israelíes y palestinos. No importa a quién se le trasplanten los órganos. Lo esencial es que ayuden a salvar vidas. Por eso, concluía: los órganos se destinarán a nuestros vecinos israelíes.
De hecho, se llevó a cabo un trasplante de corazón. En el israelí Yigal Cohen late ahora un corazón palestino, el de Mazen Julani.
A la mujer de Mazen le costó explicar a su hija de cuatro años la muerte de su padre. Solo le decía que su padre se había ido de viaje muy lejos y que, al volver, le traería un bonito regalo.
A quienes tenía cerca, les susurró con los ojos llenos de lágrimas: «Dentro de un tiempo iremos a visitar a Yigal Cohen en la parte israelí de Jerusalén».
Ygal Cohen vive con el corazón de mi marido y del padre de mis hijos. Será un gran consuelo para nosotros acercar la oreja al pecho de Ygal y escuchar el corazón de aquel que tanto nos amó y que, en cierto modo, sigue latiendo por nosotros. Y así lo hacían de vez en cuando”.
Yo he comprobado en persona y de primera mano hechos similares a estos en distintos lugares de nuestro mundo: Sudáfrica, Uruguay, R.D. Congo, Ruanda, El Salvador, Nicaragua, Brasil… Y mucho más cerca, en el País Vasco, en los barrios de Entrevías o Lavapiés.
Es cierto que la sociedad actual está muy encizañada y dividida, es difícil en muchas ocasiones mantener una conversación cordial, mostramos posturas irreconciliables; el auge de la extrema derecha a nivel mundial es una auténtica amenaza para la libertad y la democracia de nuestros países; las guerras y los genocidios continúan sin que los acuerdos de paz se establezcan; el hambre sigue matando cada día a miles y miles de personas…
Todo esto es verdad. Pero si solo miramos esta realidad y nos dejamos llevar por el abatimiento y la desconfianza, estamos perdidos.
Porque hay otros muchos testimonios a nuestro alrededor y en nuestro mundo que nos aportan una buena dosis de reilusión, para seguir caminando, seguir creyendo, seguir esperando. Están ahí, muchas veces a la vuelta de la esquina, en nuestro mismo barrio. Yo lo he visto y doy testimonio de ello. Y sé que si nos unimos para transformar esta realidad tan dolorosa, si juntamos nuestras manos y nuestros corazones podremos realizar milagros de solidaridad, ternura, paz y justicia.
Ver levantar el ánimo, el rostro, la mirada y ponerse en pie a alguien que estaba postrado por la angustia y el desaliento, no tiene precio.
Dice Boff al final de su artículo: “Más fuerte que la muerte es el amor. Y quien tiene el amor, lo tiene todo”. O de forma similar, Silvio Rodríguez: “Solo el amor alumbra lo que perdura, / solo el amor convierte en milagro el barro. / Solo el amor engendra la maravilla, / solo el amor consigue encender lo muerto”.
A ese amor eficaz, cercano, generoso, sin fronteras de ningún tipo me apunto. Es el auténtico, el que predicó Jesús de Nazaret con su vida y las de tantas y tantas personas rebosantes de humanidad, que han sido y son en nuestros días “en el mejor sentido de la palabra, buenas” (Antonio Machado).