A la hora de la brisa

Otro mundo es posible: Miguel Ángel Mesa
01 mar 2018 - 15:51

Y Dios creó con sutileza a la mujer

sin concurso de varón alguno,

porque quien posee la fuente de la vida

no precisa de modelos ni costillas.

Al terminar su obra, la contempló dormida

y le infundió con suma delicadeza

el aliento que alma la existencia

y ella comenzó a despertar a la luz.

Aquella primera noche la acompañó

a contemplar la luna y su influjo

en el mar, y así comenzaron a sentir

el suave mecimiento de las mareas.

La savia de las plantas se sentía correr

sin detenerse desde las raíces,

subiendo por el tronco hasta las ramas.

Entonces la mujer se abrazó al árbol de la vida

y sintió dichosa cómo le brotaba

un manantial rojo, ardiente,

volcánico desde dentro

y que se derramaba fecundando la tierra.

Dios se inundó de gozo al verla tan feliz,

se desnudó de quimeras, doctrinas y lastres,

y acarició a la mujer.

Ella le recibió y se sintió al fin plena,

le miró con ternura

y se dejó abrazar, descubriendo juntos

la humana sensación del éxtasis

en sus cuerpos transparentes.

La Divinidad lentamente se fue convirtiendo

en un seno profundo desde el que todo renacía,

una imparable crecida de pasión y dulzura.

Y escuchó cómo le susurraba la mujer al oído:

«No te alejes nunca más y vuelve a nuestro lecho

de suaves sábanas y sueños,

cúbreme de nuevo de flores,

de ardientes miradas, de besos».

Transformadas las dos al fin en diosas,

compartiendo paradisíacas confidencias,

pasearon radiantes por el jardín esa tarde

a la hora de la brisa.

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