Iglesia católica, ¿dónde estabas?: 50 años del inicio del terrorismo de Estado en Argentina

Los “interminables años 60 y 70” son incómodos para la historia y la historiografía argentina y, en particular, para la Iglesia

Junta militar argentina
Junta militar argentina

“Es fácil hoy caer en la tentación de dar vuelta la página diciendo que ya hace tiempo que sucedió y que hay que mirar hacia adelante. ¡No, por Dios! Nunca se avanza sin memoria, no se evoluciona sin una memoria íntegra y luminosa. Necesitamos mantener viva la llama de la conciencia colectiva, testificando a las generaciones venideras el horror de lo que sucedió que despierta y preserva de esta manera el recuerdo de las víctimas, para que la conciencia humana se fortalezca cada vez más contra todo deseo de dominación y destrucción”[i].

Este texto luminoso del recordado papa Francisco sirve de introducción al artículo donde intento algunas reflexiones sobre la Iglesia Argentina durante el Terrorismo de Estado[ii], del que se están cumpliendo 50 años de su inicio (1976 -24 de marzo- 2026). Quisiera abordar el tema desde dos niveles: mi experiencia personal en los convulsionados años 70 y un marco conceptual amplio y fundamentado que permita un “esbozo de eclesiología vivida”.

Entre “dos abismos”: mi experiencia en los años 70

Puede tal vez, intereresarle poco al lector/a cómo he vivido personalmente los trágicos años 70. Sin embargo es importante para mí, como ser humano y cristiano, poder dar “sobrias” razones desde la “propia experiencia”. Desde niño (tendría unos 11 años), mucho antes de mi “conversión”, me había integrado al movimiento de los boys scouts, no los “católicos”, sino los originales “laicistas” fundados por Robert Baden-Powell. Funcionaban en calle Las Heras en mi Santa Fe natal. El régimen de asistencia dos veces por semana, con mucha actividad física y deportiva (lo cual era muy bueno) pero con pocos “campamentos” terminó por aburrirme. Estaba finalizando los estudios primarios en la escuela pública (la N. 1 Domingo Faustino Sarmiento, el “viejo edificio” (derrumbado donde se construyó una Torre), frente a la Plaza San Martín sobre calle 1 de mayo) en parte, gracias a la decisión de mis padres que nunca quisieron para sus dos hijos colegios religiosos.

Jorge Mario Bergoglio
Jorge Mario Bergoglio

Siempre les estuve agradecido, no viene al caso explicar los por qué. Un primo, que cursaba los últimos años de secundaria en el Colegio de los jesuitas de la Inmaculada Concepción en Santa Fe, -mi padre había sido exalumno a mediados de los 40-, me hizo una invitación. El Colegio de enorme prestigio, pues allí se había formado buena parte de la intelectualidad santafesina, tuvo también entre sus miembros a comienzos de los 60 a Jorge Mario Bergoglio, que cumplía sus años como “maestrillo” jesuita. A mediados de los 70 había un “grupo” de Scouts que según me relataba este primo, hacían campamentos “todos” los fines de semanas. Mis padres me llevaron y me presentaron al padre X (no daré nombres y los identificaré con letras más o menos veraces) que dirigía el grupo.

Rápidamente quedé cautivado por su carisma con los jóvenes y su larga trayectoria en el scoutismo; había participado en varios “Jamboree” incluso en uno famoso en las laderas del Monte Fuji (Japón), lo cual le daba a su figura un aire de líder nato. Los campamentos en efecto comenzaron. Todos los viernes en horarios de la siesta, nos trasladabamos a la Estancia que los jesuitas tenían desde hacía varias décadas en una zona denominada “Piquete” (al noroeste de la ciudad, hoy es el populoso barrio “Las Flores”), cerca del río Salado. La Estancia “que me parecía enorme” tenía Capilla que no se utilizaba y donde había unas “catacumbas”, un cementerio donde eran depositados los cuerpos de los jesuitas que habían vivido y trabajado en el Colegio cuando todavía tenía internado.

El día en que llegué luego de instalar nuestras mochilas y presentarnos, -eramos alrrededor de unos veinticinco- tuvimos una “misa” en ronda sentados en el suelo con un vaso de vino y un paquete de galletas. Para mi elemental catequesis y mi pobre experiencia de Dios por aquellos años, nada de ello me causó rechazo. El primer “impacto” lo tuve, no recuerdo la hora pues estaba durmiendo pero era muy tarde, cuando un grupo a los que no les pude ver el rostro, entraron al pabellón sigilosamente, me envolvieron en frasadas y ataron con cuerdas y me amordazaron, todo entre risas contenidas. No sabía donde me llevaban. Como habíamos hecho un reconocimiento por la mañana de la capilla, supe que estaba allí cuando abrieron las dos  puertas de acero que estaban en el suelo, me bajaron y después de liberarme la boca y la cara me dejaron entre los ataúdes que pude ver cuando me vinieron a buscar. Solo me dijeron “este es tu bautismo” y “no se te ocurra soplar nada”. Tenía 15 años. Estuve allí no sé cuantas horas mientras arriba, cada tanto se escuchaban risas y humoradas como, “¿estará vivo’?”.

Cuando me vinieron a buscar ya había amanecido. No puedo decir que hubiera tenido miedo, no lo tuve, trataba de descubrir el lugar de la broma pesada, que por aquellos años normalmente muchos chicos de mi edad debían pasar al ingresar en determinados ambientes. Así me enteré después que lo hacían con todos los “lovatos” que llegaban por primera vez. Pasé dos años hermosos donde se nos inculcaba el compañerismo, la solidaridad, la lealtad y cierto espíritu de “audaz valentía”. Puede entenderse mejor con ejemplos: en pleno invierno con lo elemental en la mochila -en aquella época eran con “armazon de aluminio”-, salíamos de a tres a internarnos en el monte y pasabamos la noche, para lo cual había que construirse una choza, hacer fuego y comer de lo que podíamos cazar con gomera y machete. En verano, teníamos otras “consignas”, como fabricar balsas con “varillas de totora” y cruzar como pudieramos el río salado. Mi padre me había enseñado a nadar a los nueve años en el río (Club de Regatas Santa Fe) y siempre había hecho natación, no tenía problemas, pero otro chicos no sabían nadar y teníamos que cruzarlos en las balsas. En fin, todo un monumento a la inconciencia que nadie cuestionaba ni se le ocurría denunciar. Así se nos formaba y parecía estar bien.

Mi adaptación al grupo fue excelente, tenía hasta cierto reconocimiento de los más grandes (los “Roverts”) por mis habilidades para trepar a los altos árboles de eucalipto provisto solo de una soga del largo de la circunferencia, o subir por las canaletas de los desagues a los techos de la casona. Un día, después de varios meses de participar del grupo scouts, tuve un experiencia impactante. No recuerdo la hora, pero no había nadie en el pabellón dormitorio ni en los lugares comunes. Empecé a deambular por los pasillos hasta que escuché voces en una habitación y sin golpear abrí la puerta y quedé estaqueado. ”¡Si entrás no salís!”, me dijo de manera tajante una tal “V”, desde una cama en donde recostado con boina roja desarmaba una pistola 9 milímetros mientras charlaba con otros de su edad, tendrían unos 20 años y eran todos exalumnos.

Me fui de allí confundido, pero las actividades y la normalidad del grupo y en particular del cura, hizo que me olvidara de aquello por un tiempo

En el respaldar recuerdo un poster del “Ché” y una bandera de “Montoneros”, que más tarde pude identificar con la organización guerrillera. En el flash de lo que duró apenas unos segundos, recuerdo haber visto armas largas, bastante alcohol y cigarrillos. Me fui de allí confundido, pero las actividades y la normalidad del grupo y en particular del cura, hizo que me olvidara de aquello por un tiempo. En casa de mis padrinos se compraban varias revistas, en particular “Gente” y “Para Ti” (de editorial Atlántida que prestó un enorme servicio en el apoyo a la dictadura), recuerdo que en una ocasión algunos meses después de “aquella experiencia de la habitación”, en la sobremesa de un almuerzo familiar veo en un número de la revista “Gente” un artículo sobre “montoneros” e identifico la bandera. Conté que había visto una igual en la casona de Piquete. Mi padre se sorprendió pero nada dijo en ese momento, luego cuando llegamos a casa me preguntó si estaba seguro de lo que había visto y le “conté todo”, fue un gran alivio y sentí una “profunda paz interior”. En el transcurso de la semana no sé bien que pasó, pero ya no volví nunca más a los Scouts. Mi padre había pedido una entrevista con el padre X y creo que todo acabó en malos términos. Nunca me contó qué le dijo al cura, lo único que me dijo es que la cosa se había “arreglado” en la cancha de frontón del colegio, de lo que estoy seguro es que no ha sido jugando un partido de pelota paleta. En casa no se volvió nunca a hablar del tema.

Mientras cursaba el tercer año de secundaria, mis padres me preguntaban sobre mi futuro. No tenía mucha idea, pero la inclinación a ingresar en la Escuela Naval Militar me atraía mucho. Tal vez me venía por la “admiración” que mi abuelo materno Miguel tenía por ella y que yo tenía hacia él Cuando salíamos de viaje, él era vendedor mayorista y yo su fiel ayudante, siempre cantaba el himno de la Escuela de marina. Porteño, nacido en Barracas, hincha de Boca, de joven había querido entrar en la Escuela Naval Militar pero fue rechazado en el examen físico. En abril de 1978 tras insistentes pedidos, mi padre accedió a llevarme para que nos informaran sobre las exigencias de ingreso y conociera el lugar. Mi padre, políticamente “radical” tenía por aquellos años especial afecto hacia el gobierno militar; me repetía que habían “puesto orden” en un país donde los guerrilleros “querían cambiarnos la bandera celeste y blanca por la roja comunista”.

La ESMA, centro de tortura en la dictadura argentina
La ESMA, centro de tortura en la dictadura argentina

De modo que no hubo problemas para que viajáramos a Buenos Aires y fuéramos a visitar la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) en Avenida del Libertador 8151. Fuimos recibidos (era un grupo importante de jóvenes con sus padres) por un oficial que nos explicó amablemente todas las condiciones de ingreso; luego acompañados por un suboficial recorrimos el enorme predio, quedé deslumbrado con las formaciones de centares de jóvenes en el patio de armas. Podía imaginarme en pocos años integrando aquellas filas. Cuando regresamos en ómnibus a Santa Fe, no puedo explicar cómo ni por qué, pero tuve una especie de “depresión”, no hablé ni comí lo que habíamos comprado para el viaje. Mi padre me preguntó si me sentía bien, si me había gustado lo que habíamos conocido. A lo cual, para su confusión y prueba de paciencia le respondí taxativamente que “no me había gustado” y que “jamás ingresaría a ese lugar”. Al igual que la “experiencia de la habitación”, después de escuchar esa voz y decidir, sentía una gran paz interior.

Algo o Alguien le habló a mi conciencia y a mi corazón de que ese lugar no era para mí. Puedo decir, luego de pasados tantos años que aquella experiencia fue mi “primera conversión”, por el camino de la “conciencia”, que siempre habla desde tras de un velo[iii].

Volví 46 años después y visité la ex ESMA, que en aquellos años funcionaba “paralelamente” con la vida normal de jóvenes que estudiaban para ser oficiales de marina, como el mayor Centro Clandestino de detención, tortura y desaparición de personas. Mi visita a la ex ESMA, fue una profunda revisión de vida, la hice solo, sin guía, en silencio y estuve cerca de cuatro horas recorriendo espacios que en aquellos años fueron recinto del horror extremo. Es como si el horror de lo que allí estaba sucediendo “a ocultas” cuando mi visita a los 17 años, me hubiera hablado de “corazón a corazón” (cor ad cor loquitur).

En la memoria de aquellos años de adolescencia y juventud, tengo la certeza de haber caminado “entre dos abismos”, de los cuales Dios me libró de caer. Por temperamento me sentí “atraído” aquel día al ingresar en la habitación de “V”, que años más tarde supe por otros compañeros que él y un tal “C” se habían enfrentado en un duro tiroteo, apostados en el cuarto de una casa de alto en el norte del Chaco santafesino, donde ambos fueron acribillados por la policía. Un año más tarde, por un camino de discernimiento poco habitual, descubrí mi vocación al sacerdocio e ingresé al seminario.      

Iglesia católica en el espiral de violencia

Luego de mi experiencia de los 70, paso al marco conceptual que en gran medida lo proporciona una obra monumental que cumple tres años de su publicación en editorial Planeta. Una primera certeza es que los “interminables años 60 y 70” son incómodos para la historia y la historiografía argentina y en particular para la Iglesia. Muchos de los cuestionamientos que la Iglesia católica en Argentina ha recibido en las últimas décadas desde diversos estamentos sociales (organismos de Derechos Humanos, políticos, periodísticos, académicos, artísticos), tienen que ver con algunas preguntas a las que no siempre se les ha dado una respuesta convincente.

Manifestación de las Madres de la Plaza de Mayo
Manifestación de las Madres de la Plaza de Mayo

Con la obra: “La verdad los hará Libres”[iv], aunque «llega desfazada en el tiempo»[v], se ha aceptado entrar en el debate sobre «la lucha por el pasado»[vi], a través de la búsqueda de convergencias en medio de tantas divergencias, fomentando una sana construcción de la conciencia colectiva y el diálogo social, para una memoria íntegra y luminosa[vii]. Sin embargo, se debe reconocer que las preguntas han persistido durante mucho tiempo, convirtiéndose en reclamos y los reclamos en acusaciones y desconfianza, cuando no en rechazo hacia la «institución eclesial»: ¿dónde estuvo la Iglesia en los 70’? ¿Por qué actuó o no actuó, de manera ambigua o comprometida, cómplice o indiferente? ¿Qué actitud o roce tuvo? con movimientos guerrilleros de izquierda o de derecha, cuando accionaban de manera violenta y sangrienta sobre conciencias, grupos, personas e instituciones, políticos, sindicalistas y empresarios[viii]. Pero también, ¿dónde estuvo? al momento del golpe militar en marzo del 76, cuando la puesta en marcha del denominado «Proceso de Reorganización Nacional»[ix], iniciaba una operación inédita, la de una auténtica «caza de brujas», que vería multiplicarse en secuestros y detenciones, torturas, ejecuciones y desapariciones[x]; se sostenía idelógicamente el antijudaísmo, y los reclamos de madres por sus hijos desaparecidos no eran escuchados[xi]. ¿Dónde estaba la Iglesia católica? cuando se procedía a robos de bebes a madres en cautiverio[xii], y una diagramada y sistemática implementación de un Terrorismo de Estado “sin precedentes”[xiii], se ofrecía como salvación «mesiánica» de la patria[xiv]. La Iglesia, ¿se sintió más identificada con los que combatían la guerrilla en el Operativo independencia en el 75? o ¿con aquellos sacerdotes, religiosas, laicos y laicas que en distintas diócesis del país se insertaban en barrios populares, acompañaban a las ligas agrarias en sus reclamos o a jóvenes idealistas que integraban movimientos revolucionarios?[xv]

Este elenco de preguntas puede multiplicarse, y no debieran obviarse si se acepta que la historia de la Iglesia católica en Argentina, particularmente en los años de «la espiral de violencia», quedará marcada en nuestra patria, particularmente para las generaciones futuras como una «época eclesialmente contradictoria»[xvi]. En sus relaciones con los niveles de la vida pública del país  como en la «representación» en los imaginarios colectivos, muchas de sus figuras protagónicas son todavía hoy cuestionadas y juzgadas, tanto cuando la opinión pública se inscribe en la interpretación de los hechos desde la derecha como de la izquierda. También al interior de la Iglesia se dieron “polaridades”: presidentes militares autodefinidos como «auténticos católicos» (Onganía y Videla) y jovenes militantes católicos en grupos extremistas de “derecha” o de “izquiera” (Carlos Sacheri y José Salgado)[xvii], que radicalizaron ideológicamente el contenido evangélico. Obispos que apoyaron y alentaron el golpe militar (Tortolo, Bonamín), u otros que denunciaron atropellos y vigilancia de la pastoral posconciliar (Angelelli, Ponce de León)[xviii].

Portada del libro sobre Bonamín
Portada del libro sobre Bonamín | 5

Y sin embargo, una simple lista de instituciones y personas que contrastan en sus polaridades, apenas representa la punta del iceberg cuando se intenta comprender la compleja profundidad que envuelve a la Iglesia en el período más violento de la historia de nuestro país. Puesto que la Iglesia católica «en» contexto de «violencia y memoria» es el objeto principal de esta investigación que tras “largo camino” de búsqueda de consenso por parte del Episcopado Argentino le fue confiada a la Facultad de Teología (UCA), es necesario aceptar que una «mirada teológica en diálogo con otras ciencias» es la que “predomina” en ella[xix]. Para los autores/as, esto no ha sido un obstáculo, al contrario, para sostener la verdad que profesa el cristianismo, la fe necesita de la razón y la razón de una fe, que se vive, se interpreta, se juega y juzga de manera ética en la historia. La teología entendida como “fe pensada y vivida”, posibilita una «eclesiología contextual», fuera de la cual, la comprensión de la Iglesia deviene una abstracción convirtiéndose en una institución irrelevante, es decir, sin «seguimiento evangélico y compromiso histórico»[xx].

Es por ello que el fructífero diálogo entre teología y ciencias humanas (historia, sociología, antropología, ética, filosofía) ha sido el bagaje hermenéutico utilizado para afrontar el desafío propuesto en esta obra. Intentar leer con ojos abiertos, honestidad intelectual y espíritu crítico, los modos en que el anuncio del Evangelio de la justicia y el amor se han visto de repente involucrados en la espiral de violencia, con lo mejor y lo peor de las personas que constituyen la Iglesia a quien Jesús le confía el mandato de hacerlo presente en el mundo, constituye nuestro intento de «recepción y síntesis» que queremos ofrecer de esta obra. En los límites de estas líneas apenas aspiramos a un «reflexión» en la que ponemos en juego también la “propia experiencia”. No damos más que trazos, proponiendo preguntas, recordando hechos, aludiendo a ideas, figuras y modelos, para lo que pretenciosamente denominamos una eclesiología en tiempos de «terror, dramas y culpas»[xxi]

¿Quién es la Iglesia durante el Terrorismo de Estado?

La obra “La verdad los hará Libres”, señala en el subtítulo del primer tomo una fecha “clave” para el inicio de su análisis: el año 1966. Una razón de alta importancia entre otras, es que en Argentina comienza la «recepción» del Concilio Vaticano II. Aquí encontramos un primer concepto fundamental. Para el Vaticano II, la Iglesia es el Pueblo de Dios constituido por «todos» los bautizados. A este Pueblo de Dios pertenecen, por tanto, las víctimas y los victimarios, pues la misma fe en Jesucristo salvador, es la que identifica a los que se han enfrentado en un encono fratricida. La Iglesia durante el Terrorismo de Estado encarna una de sus múltiples paradojas. Los secuestros, detenciones y torturas, seguida de desapariciones y muertes, son la razón de innumerables marchas y reclamos sostenidas por la fe y esperanza de justicia de tantos familiares, que convive socialmente con aquellos que sin abdicar de su fe cristiana y católica, niegan por convicción, complicidad o lo que es peor amnesia social los horrores cometidos. Sin embargo, la pertenencia a la Iglesia por la fe y el bautismo, no justifica por sí misma la apropiación de la verdad, menos todavía la identificación con el ideal evangélico de Jesucristo. La lucha armada revolucionaria o contrarrevolucionaria, tanto cuando se ha inspirado en nombre del “Cristo revolucionario”[xxii], como del “Cristo vence”[xxiii], se haya en las antípodas del Jesús de la historia y del mensaje del Evangelio. La ideologización del mensaje evangélico ha sido patrimonio común, tanto de los movimientos guerrilleros como en sus «represores», pertenecieran estos a las FFAA, o a grupos paramilitares, aunque los niveles de responsabilidad y el juicio moral que cabe sobre el accionar de unos y otros no deban ponerse «bajo ningún punto de vista» al mismo nivel[xxiv].

 Ejemplos no le faltan a este período dramático y sangriento de la historia argentina. La calificación de «subversivos», «marxistas», «comunistas» y «enemigos» de los valores “occidentales y cristianos” que fundaron la patria, ha sido una de las principales estratagemas empleadas por las FFAA. En los innumerables discursos por cadena nacional y en actos patrios, se hablaba con ese lenguaje, creando la idea, de que no se luchaba contra un enemigo digno, sino contra una guerrilla criminal y apátrida. Este aparato conceptual fue ¿recibido o exportado por aquellos que formaron moral y espiritualmente al ejército argentino? Fueron estos conceptos claves «revestidos» de evangelio, los que utilizaron obispos, capellanes castrenses y grupos de militancia del nacionalismo católico, que apoyaron y aún hoy reivindican, el accionar de las FFAA, al que de manera intencionada y eufemística denominaron «proceso». La Iglesia estaba presente allí donde los bautizados/as, conscientes o no de su bautismo, denunciaban o ignoraban, eran cómplices por omisión o cobardía, de lo que ofendía y pisoteaba la dignidad humana.

Ana María González
Ana María González

Una primera conclusión es que la Iglesia en tiempos del Terrorismo guerrillero y particularmente durante el Terrorismo de Estado, no puede homologarse con un sector, «la cúpula jerárquica», aunque haya cumplido un rol insustituible y merezca un examen detallado de su actuar[xxv]. El pueblo de Dios, «la Iglesia», en el “conjunto de los bautizados”, pero también “cada uno/a de los bautizados”, puede reconocerse en múltiples figuras y en los posicionamientos más extremos y contradictorios. Los ejemplos sirven de guía. La Iglesia estaba presente en «guerrilleros cristianos/as» que secuestraron, juzgaron al margen de la ley y ejecutaron a Aramburu (Mario Firmenich, Fernando Abal Medina, Carlos Ramus)[xxvi], también estaba presente en atentados como el comedor de la superintendencia de la Policía Federal[xxvii], que dejó 23 muertos y un centenar de heridos (Pepe Salgado de «católico y boy scout a poner la bomba vietnamita en el atentado más sangriento de Montoneros)[xxviii]. Estaba presente en Ana María González, bautizada y exalumna de un colegio católico, que con veinte años, el 18 de junio de 1976 (también se cumplen 50 años), colocó una bomba debajo de la cama del general Cesáreo Cardozo que le costó la vida al jefe de la Policía Federal Argentina[xxix]. También estuvo presente en el testimonio del mayor Argentino del Valle Larrabure cuando el 10 de agosto de 1974, en pleno gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, fue secuestrado por el ERP, detenido en condiciones infrahumanas, torturado física y psicológicamente durante 372 días hasta su asesinato el 19 de agosto de 1975[xxx].

La Iglesia puede reconocerse en curas y obispos que visitaban a encarcelados políticos e intercedían sobre sus paraderos (los obispos Devoto, Pironio, Iriarte, Zazpe y Ponce de León).[xxxi] La Iglesia estaba presente en capellanes militares y de la policía que asistían a los detenidos y servían de nexo con sus familiares cuando eran «chupados» por los grupos de tareas, pero también en aquellos que colaboraron, ocultaron los horrores que se cometían en los centros clandestinos de detención y «consolaban» a los que eran torturados[xxxii], (los sacerdotes von Wernick, Manuel Cacabelos, Antonio Pelanda López entre otros)[xxxiii]. La Iglesia estaba presente en madres y abuelas (“de Plaza de Mayo”) que marcharon y golpearon durante años centenares de puertas de obispados, parroquias, Conferencia Episcopal, Santa Sede y organismos estatales, reclamando por sus hijos y nietos desaparecidos, como también en religiosas, «algunas desaparecidas» (Alice Domon, Léonie Duquet), curas y algunos «poquísimos» obispos que las recibían y acompañaban (De Nevares, Hesayne y Novak).

La Iglesia estuvo presente en figuras emblemáticas como Emilio Mignone, cuyo testimonio es el de un padre con el corazón destrozado por la desaparición de su hija Mónica, fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), que con su obra “Iglesia y Dictadura”[xxxiv], que está cumpliendo 40 años de su publicación (1986), abriría un camino que tantos/as investigadores/as pudieron después recorrer y profundizar[xxxv]. También en la figura de Eduardo Kimel, periodista e investigador que publicó “La masacre de San Patricio” (1989)[xxxvi], y que por su riguroso análisis y desvelamiento de algunas complicidades del proceso judicial que llevaba el juez Guillermo Rivarola, fue condenado a prisión y al pago de una millonaria indemnización, que tras un recurso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), y luego de ser absuelto terminó con un cáncer fulminante que se lo llevó a los 57 años de edad. La Iglesia estaba presente en amplios sectores de las FFAA, que desde la ideología, de la «doctrina de la seguridad nacional», fueron cuestionadas por «progresivos posicionamientos» del episcopado argentino (Primatesta, Aramburu, Zazpe)[xxxvii], Comisión de Enlace (Laguna y Galán)[xxxviii], y el Nuncio apostólico (Pío Laghi) que comprometido con el momento más trágico de la historia del país, mantuvo informada a la Santa Sede de lo que estaba ocurriendo[xxxix]. ¿Quién es y qué hizo la Iglesia durante el Terrorismo de Estado? Pregunta incómoda pero que es necesario responder con discernimiento y valentía.

¿Qué hizo la Iglesia durante el Terrorismo de Estado?

La Iglesia no es un objeto que puede diseccionarse para un mejor análisis y comprensión de sus elementos. La Iglesia en el mundo, con sus luces y sombras, santidad y pecado, según la eclesiología de la constitución pastoral “Gaudium et spes”, ha estado más cerca o más lejos de lo que Jesús quiere siempre de ella: que sea portadora de su mensaje, profeta del Reino, amiga de los pobres y afligidos, felíz al ser perseguidad por predicar la justicia y sobre todo compasiva y siempre identificada con las víctimas[xl]. Por eso, siguiendo una formulación clásica no se cree «en» la Iglesia. Ella no es objeto de nuestra fe como lo es Dios revelado en Cristo[xli].

Los desaparecidos
Los desaparecidos

Según esta lógica «teológica», la Iglesia es el «lugar» donde se profesa y vive la fe, incluso hasta la persecución y el martirio. Aunque también puede convertirse en el lugar donde se desconoce y persigue su mensaje liberador hasta la traición, el ocultamiento y la desaparición de aquellos/as que denunciando la injusticia institucional, se animan a subvertir el orden establecido. Las FFAA y en particular el Ejército, nunca dejó de sentirse miembro y responsable en la Iglesia y ante la patria. Incluso hasta el alegato de los comandantes en el histórico Juicio a las Juntas militares (1985), se escucharon expresiones de que habían actuado en “nombre de Dios y desde su fidelidad a la fe católica”.

En la Iglesia argentina, muchos cristianos y cristianas -en línea con el Concilio Vaticano II y las opciones del Episcopado Latinoamericano en Medellín- se situaron con los pobres y oprimidos, y por ello sufrieron incomprensión, fueron perseguidos y asesinados. Pero también la Iglesia estuvo representada en quienes negaron, no comprendieron y persiguieron a los que pensaban distinto, aquellos que asumieron un compromiso pastoral (desde el evangelio) con los pobres, los vulnerables, los excluidos, que serán siempre los preferidos del reino anunciado por Jesús.

¿Qué credibilidad ofreció la Iglesia durante el Terrorismo de Estado?

Las preguntas enunciadas hasta ahora desembocan en la cuestión de la «credibilidad»: cuando, cómo y en quienes, la Iglesia se ofreció como garante creíble de un mensaje que no le pertenece y al que está a su servicio. Esta pregunta tiene que ver con lo que la antigua teología, antes del Vaticano II, denominaba «apologética». Ella se dedicaba a «defender» con argumentos de autoridad (tomados en particular del magisterio eclesiástico), de los ataques que le venían a la Iglesia desde fuera. Este método utilizado durante siglos, afortunadamente hizo crisis durante el Concilio Vaticano II, y sería imposible refugiarse en él sin pretender restaurar un «modelo» de Iglesia obsoleto, extraño e indiferente a los reclamos de los «signos de estos tiempos» (GS 4). Pero aún en el caso de que alguien persistiera en no querer archivar el término por defender a la «institución», podría al menos recordársele su sentido originario.

«El discurso de Esteban, en Hechos 7, declara que Dios no está de parte de la institución, sino del lado de los que sufren y son perseguidos a lo largo de la historia» dijo en una oportunidad un joven teólogo llamado Joseph Ratzinger[xlii]. La única apología creíble de la Iglesia es la verdad que testimoniaron los mártires; particularmente durante el Terrorismo de Estado, aquellos/as que se comprometieron con los pobres, las víctimas y sus familiares. Aquí se halla un «modelo» de Iglesia profética, servidora de los pobres, y por eso creíble durante el Terrorismo de Estado y la espiral de violencia que lo fue gestando. Es la Iglesia con rostros y nombres concretos, como: María de las Mercedes Gómez, considerada una de las primeras desaparecidas en Córdoba[xliii], Esther Ballestrino de Careaga, María Ponce Bianco, Azucena Villaflor, madres de Plaza de Mayo secuestradas junto a otras nueve personas a la salida de misa en la Iglesia de la Santa Cruz; los sacerdotes diocesanos Carlos Mugica y Francisco Soares[xliv]; los salesianos Carlos Dorniack, José Tedeschi, Miguel Ángel Nicoleau; la comunidad entera de los palotinos en la masacre de San Patricio; Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville (mártires de Chamical), el laico Wenceslao Perdenera, los obispos mártires Angelelli y Ponce de León, las religiosas francesas desaparecidas[xlv].

Portada del libro 'La verdad los hará libres'
Portada del libro 'La verdad los hará libres'

Esta «nube de testigos» (Heb 12,1), que podría multiplicarse por centenares[xlvi], en mujeres y hombres que, sirviendo a la causa de Jesús, “lugar” donde él quiere ser reconocido como sacramento de los pobres (Mt 25, 35-40), sufrieron persecución y muerte violenta[xlvii]. Y junto a los mártires, los «confesores» de la fe y la justicia, aquellos que según la Tradición de la Iglesia que se remonta a los primeros siglos del cristianismo, aunque no los alcanzó la muerte violenta, también sufrieron persecución, tortura y exilio, como: Arturo Paoli, Adolfo Pérez Ezquivel, los jesuitas Jalics y Yorio[xlviii], la religiosa Ivonne Pierron y tantos otros/as.

Un “esbozo de eclesiología vivida” en tiempos del Terrorismo de Estado, abre a temas más complejos que desafían a una teología en diálogo y cambian la pregunta del principio. Ya no “Iglesia ¿dónde estabas?” sino ¿Dónde estaba Dios?[xlix]

Porque lo que sucedió durante el Terrorismo de Estado en Argentina no puede justificarse desde un discurso de doctrina con recurso a la justificación de la Teodisea, sostenido ¡tantas veces! por aquellos que nunca se pararon ni aún hoy se paran del lado de las víctimas[l]. En todo caso, no es la recta doctrina la que acredita a «la Iglesia que intenta vivir el proyecto de Jesús»[li], que desde el punto de vista humano también terminó en fracaso[lii]. Sino que es el seguimiento y una memoria subversiva[liii], con capacidad de cambiar de plano, el odio por el amor, la coacción por la libertad, el olvido de dar vuelta una página incómoda de la historia, por un «nuevo pedido de perdón», tal como lo hicieron los obispos argentinos, en una formulación inédita hasta ahora, en el prefacio de la obra: «a Dios, a la comunidad argentina y a las víctimas

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Notas de referencia:

[[i]] Francisco, Carta Encíclica, “Fratelli Tutti”. Sobre la fraternidad y la amistad social, Buenos Aires, Santa María, 2020, n. 249. Conviene llegado el momento volver a leer este texto con “nuestra” reflexión en la cita 49.

[[ii]] Un intento de recepción y síntesis crítica de la obra “La verdad los hará libres”, la desarrollo en el Tomo 3: Cf. Ricardo M. Mauti, ¿Quién es la Iglesia durante el Terrorismo de Estado”, pp. 497-502.

[[iii]] En un texto selecto de Newman, en el género de la “novela histórica” (propio de la era victoriana), que en este caso el autor ambienta como “retazos del siglo III”, hace hablar a sus personajes: Polemo (un cristiano) y Calixta (su amiga, hija de un escultor de Ídolos), que se encuentra en “búsqueda de Dios”. Newman descarga toda su filosofía de la “conciencia” en un diálogo que tiene a Calixta como su “alter ego”: “Calixta: Yo siento a Dios dentro de mí, siento que estoy en Su presencia. Me dice: haz esto, no hagas lo otro. Tú (Polemo) dirás que ese dictado no es más que una ley de mi naturaleza, como llorar o reír. Pues yo eso no lo entiendo. No; es el eco de alguien que me habla a mí. Estoy absolutamente convencida de que en último término procede de una persona externa a mí. Y trae consigo la prueba de su origen divino. Mi ser va hacia ella como hacia una persona. Cuando obedezco a ese eco, a esa voz, siento satisfacción. Cuando no, siento dolor, amargura, pena; la misma alegría y el mismo dolor que siento cuando agrado u ofendo a algún amigo entrañable”. John Henry Newman, “Callista. A Sketch of the Third Century”, London, Longmans, Green & Co., 1992, p. 266; (la traducción es nuestra).

[[iv]] C. Galli, J. Durán, L. Liberti, F. Tavelli (eds.), “La verdad los hará Libres. La Iglesia católica en la espiral de violencia en la Argentina 1966-1983”, Tomo 1, Buenos Aires, Planeta, 2023; C. Galli, J. Durán, L. Liberti, F. Tavelli, “La verdad los hará Libres. La Conferencia Episcopal Argentina y la Santa Sede frente al Terrorismo de Estado 1976-1983”, Tomo 2, Buenos Aires, Planeta, 2023; C. Galli, J. Durán, L. Liberti, F. Tavelli (eds.), “La verdad los hará Libres. Interpretaciones sobre la Iglesia en la Argentina 1966-1983”, Tomo 3, Buenos Aires, Planeta, 2023.  En adelante citamos: autor/es/as de los capítulos, título de la obra, tomo y página/s.

[[v]] Intervención del P. Juan Guillermo Durán (uno de los editores) en el living de presentación oficial del libro “La verdad los hará Libres”. https:// https://www.youtube.com/watch?v=6AEqVF2r3Us (1: 28:06).

[[vi]] Elisabeth Jelin, “La Lucha por el Pasado. Cómo construimos la memoria social”, Buenos Aires, Siglo veintiuno, 2017, p. 16.

[[vii]] Cf. Francisco, “Fratelli Tutti”, n. 249.

[[viii]] Un exhaustivo estudio sobre el secuestro de los empresarios “hemanos Born”, puede verse en dos obras de: María O’Donnel, “El secuestro de los Born”, Buenos Aires, Debate, 2016; María O’Donnell, “Born y Quieto. La negociación secreta entre el magnate y el Montonero”, Buenos Aires, Planeta, 2023.

[[ix]] “Proceso de Reorganización Nacional” (PRN) es la autodenominación del gobierno de “facto” surgido el 24 de marzo de 1976 y extendido hasta el 10 de diciembre de 1983. En esa fecha inicial los comandantes en jefes de las Fuerzas Armadas suscribieron el Acta para el Proceso de Reorganización Nacional y días después se publicó el Estatuto para el PRN. En la primera se consignan las siguientes decisiones: 1) hacerse cargo del gobierno de la República; 2) declarar caducos los mandatos del presidente de la Nación, gobernadores y vicegobernadores; 3) disolver el Congreso de la Nación y las legislaturas provinciales; 4) remover a los miembros de la Corte Suprema de Justicia; 4) suspender la actividad política y gremial. A su vez, el Estatuto estableció que la Junta Militar, integrada por los comandantes generales de las tres FF.AA., era el órgano supremo de la Nación, con las facultades que se precisan, entre ellas la de designar y remover al presidente de la Nación. Esta designación recayó sucesivamente en los generales Videla, Viola, Galtieri y Bignone, Cf. La verdad…, t. 1 p. 915.

[[x]] Sobre la base de una larga entrevista realizada por Horacio Verbitsky al oficial de la marina de guerra, Adolfo Francisco Scilingo, salen a la luz los procedimientos en la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), para la desaparición de personas durante la dictadura militar, en los denominados “vuelos de la muerte”; Horacio Verbitsky, “El vuelo”, Buenos Aires, Planeta, 1995. Sobre el “rol del capellán” de la marina en la atención del personal, puede verse el siguiente diálogo: Verbitsky: “Por último, dijo que solo debería hablar con su confesor”. Scilingo: “¡Si las cosas fueran tan fáciles! Yo ya me confesé. Hablé con un sacerdote de la Escuela inmediatamente después del primer vuelo y no me sirvió de nada. Yo no puedo aceptar que se justifique lo que hicimos con parábolas bíblicas. Ningún católico puede decir que confesándome se acaba toda la historia. Ojalá todo se solucionara en el confesionario”, p. 178.  

[[xi]] Sobre el valiente y testimonial accionar de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, puede verse: La verdad…, t. 2 pp. 381-386; 410-415; 474-476; 504-509; 598-599.

[[xii]] Puede verse el estudio sobre documentos de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) de Luis O. Liberti SVD- Federico Tavelli, “Los niños desaparecidos”, en La verdad…, t. 2 pp. 521-551.

[[xiii]] Aquí es necesario distinguir entre “Terrorismo”, como forma violenta de lucha política por un grupo de personas mediante la cual se persigue a través de actos criminales la toma del poder, la destrucción del orden establecido, o la creación de un clima de terror e inseguridad para intimidar a los adversarios o a la población en general en contra de un determinado orden instituido. Mientras que el “Terrorismo de Estado” es un uso sitemático del aparato y de los recursos del Estado como política de Estado por parte de las autoridades legítimas o ilegítimas de un gobierno para sostener a una población determinada a través de actos violatorios de los derechos humanos en orden a generar terror para lograr determinados fines propuestos. En Argentina, el gobierno “de facto” 1976-1983 ejerció el terrorismo de Estado a través de diferentes modalidades criminales, entre las cuales el método de desaparición forzada de personas fue el más utilizado. También se ejerció el terrorismo de Estado a través de secuestros, apropiación de bebés recién nacidos de mujeres detenidas ilegalmente, acondicionamientos de centros clandestinos de detención, asesinatos fraguados como “fuga de presos”, detenciones ilegales, prolongación inderminada de juicios, torturas físicas y morales a los detenidos, sentencias de muerte, control y censura de los MCS y de otras expresiones culturales, allanamientos a domicilios sin orden judicial, uso de los servicios de inteligencia para persecución política, etc. Estas violaciones fueron consideradas por crímenes de lesa humanidad por diferentes tribunales nacionales e internacionales. El gobierno “de facto” puso en suspenso las garantías constitucionales que resguardan los derechos humanos y de este modo las acciones derivadas de la suspensión de garantías se constituyeron en delitos de lesa humanidad; Cf. La verdad…, t. 1, pp. 916-917.

[[xiv]] Cf. Ricardo Albelda, La verdad, t. 1, pp. 250-251.

[[xv]] A estas preguntas pueden añadirse otras que refieren directamente a la acción del Episcopado Argentino, y que son objeto de estudio sobre los Archivos de la CEA, Secretaría de Estado Vaticano y Nunciatura Apostólica, que se encuentra en el segundo tomo; citamos algunas a modo de ejemplo: «¿Puede establecerse, a partir de la documentación estudiada, algún posicionamiento o actitud de la jerarquía de la Iglesia en relación con el golpe de Estado y el denominado Proceso de Reorganización Nacional? ¿Confiaron los obispos argentinos y la Santa Sede en que el régimen militar podría restablecer la paz?, Cf. Liberti, Tavelli, «Introducción general» en La verdad, t. 2 p. 25.

[[xvi]] Cf. Jorge Casaretto, La verdad, t. 1 p.702.

[[xvii]] El caso de Carlos Sacheri es interesante por su feróz crítica al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) y a la revista “Criterio” en la persona de su director, el P. Jorge Mejía, que en los años posteriores al Concilio intentaba un auténtico diálogo entre “fe y cultura”, “fe y política”; Cf. Carlos Sacheri, “La Iglesia clandestina”, Buenos Aires, Cruzamante, 1970, pp. 67-76. Con respecto al MSTM, Sacheri compartía las ideas del sacerdote Julio Meinvielle, ambos entendían al movimiento como “la expansión subversiva marxista de tipo argelino y, dogmáticamente en la corriente de neomodernismo”, Cf. La verdad…t. 1 p. 479.

[[xviii]] Cf. Guadalupe Morad, La verdad, t. 1 pp. 838-839.

[[xix]] En la investigación que demandó poco más de cinco años, intervinieron investigadores/as de diversas disciplinas: teología, historia, sociología, filosofía, politología, archivística.

[[xx]] Aunque el cristiano normalmente haga “ojos ciegos” y “oídos sordos” al asunto, la fe posee una “dimensión política”, sin la cual la vida cristiana cae en el “aburguesamiento”. Monseñor Óscar Romero, el arzobispo mártir de El Salvador lo explicó con claridad en su discurso en la Universidad de Lovaina, el 2 de febrero de 1980, un mes antes de su asesinato: “Permítanme que desde los pobres de mi pueblo, a quienes represento, explique entonces brevemente la situación y actuación de nuestra Iglesia en el mundo en que vivimos, y reflexionar después desde la teología, sobre la importancia que ese mundo real, cultural y sociopolítico, tiene para la propia fe de la Iglesia”, Saint Óscar Romero, “Voice of the voiceless. The four pastoral Letters and other statements”, New York, Maryknoll, 2020, p. 195.

[[xxi]] La expresión está tomada del tercer subtítulo del tomo 2.

[[xxii]] Cf. Gustavo Morello, “Cristianismo y revolución. Los orígenes intelectuales de la guerrilla argentina”, Córdoba, EDUCC, 2003, p. 101.

[[xxiii]] El análisis de Horacio Verbitsky sobre el rol de la Iglesia en los “golpes de Estado en Argentina” -aunque pueda discreparse en tantos aspectos- es pionero en el tema. En su voluminosa obra, el primer tomo: “Cristo vence, De Roca a Perón. La Iglesia en la Argentina. Un siglo de historia política (1884-1983)”, Buenos Aires, Sudamericana, 2007.

[[xxiv]] En la Conferencia que el Consejo Mundial de Iglesias y la Comisión Pontifica de Justicia y Paz celebraron en Beirut en 1968, se llegó a una declaración conjunta, que sostiene que “la conciencia humana puede llevar a los hombres a una revolución violenta como último recurso, en plena responsabilidad claramente aceptada, sin odio ni resentimiento. Una grave culpa pesa entonces sobre quienes se opusieron al cambio”, citado por  Juan Hernández Pico, Revolución,Violencia y Paz, en Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino (eds.), “Mysterium Liberationis. Conceptos fundamentales de la Teología de la Liberación”, Tomo 2, Madrid, Trotta, 1990, pp. 621.

[[xxv]] Los trece testimonios de obispos recogidos en el primer tomo y todo el segundo tomo, analizan respectivamente desde experiencias personales y documentos de archivos de la CEA, Nunciatura Apostólica y Secretaría de Estado, la actuación de los obispos argentinos.

[[xxvi]] Cf. María O’Donnel, “Aramburu. El crimen político que dividió al país. El origen de Montoneros”, Buenos Aires, Planeta, 2020, pp. 133-134.

[[xxvii]] Cf. Albelda, La verdad, t. 1 p. 253.

[[xxviii]] Cf. Ceferino Reato, “Masacre en el comedor. La bomba de Montoneros en la Policía Federal, Buenos Aires, Sudamericana, 2022.

[[xxix]] Cf. Federico Lorenz, “Uno de los peores sacrificios. Vidas y muertes de Ana María González, la montonera que mató al jefe de la policía federal”, Buenos Aires, Sb editorial, 2024, p. 39.

[[xxx]] Sebastián Miranda, “Argentino del Valle Larrabure: mártir de Dios y de la Patria”, Buenos Aires, Agape, 2024, p. 21.

[[xxxi]] Cf. Antonio Grande, La verdad, t. 1 pp. 339-342.

[[xxxii]] Sobre el rol de los torturadores puede verse el capítulo “Somos Dios”, en Miriam Lewin y Olga Wornat, “Putas y guerrilleras. Crímenes sexuales en los centros clandestinos de detención. Las historias silenciadas. Una guerra sin fin”, Buenos Aires, Planeta, 2020, pp. 197-208.

[[xxxiii]] Cf. Fabricio Forcat, Hernán Giudice, La verdad, t. 1 pp. 494-496 (nota 143); Morad, Salvia, La verdad, t. 2 pp. 274-275.

[[xxxiv]] Emilio F. Mignone, “Iglesia y Dictadura. El papel de la Iglesia a la luz de sus relaciones con el régimen militar”, Buenos Aires, Colihue, 2013 (tercera edición).

[[xxxv]] Cf. Galli, La verdad, t. 1 pp. 129-130; Liberti, Tavelli, La verdad, t. 2 pp. 334-339.

[[xxxvi]] Cf. Josefina Llach, Zulema Ramírez, María Laura Roger, Soledad Urrestarazu, Marcos Vanzini, La verdad, t. 1 pp. 580-581.

[[xxxvii]] Cf. Durán, Liberti, Tavelli, La verdad, t. 2 pp. 314-316.

[[xxxviii]] Cf. Liberti, Tavelli, La verdad, t. 2 pp. 155-163; 168-170; 177-179.

[[xxxix]] Cf. Liberti, Tavelli, La verdad, t. 2 pp. 128-130; 484-495.

[[xl]] Cf. Ignacio Ellacuría, “Conversión de la Iglesia al Reino de Dios. Para anunciarlo y realizarlo en la historia”, Santander, Sal Terrae, 1984, pp. 232-236.

[[xli]] Henri de Lubac, “La foi chrétienne. Essai sur la structure du Symbole des Apôtres”, Paris, Aubier-Montaigne, 1970, pp. 182-183.

[[xlii]] Joseph Ratzinger, “El nuevo pueblo de Dios”, Barcelona, Herder, 1972, p. 279. El texto pertenece al artículo «Franqueza y obediencia. Relación del cristiano con su Iglesia», publicado en alemán «Wort und Wahrheit» 17 (1962) pp. 409-421.

[[xliii]] Cf. Llach, Ramírez, Roger, Urrestarazu, Vanzini, La verdad, t. 1 pp. 595;

[[xliv]]Cf. Galli, La verdad, t. 1 pp. 125-128; Llach, Ramírez, Roger, Urrestarazu, Vanzini, La verdad, t. 1 pp. 583-585.

[[xlv]] Cf. Llach, Ramírez, Roger, Urrestarazu, Vanzini, La verdad, t. 1 660.

[[xlvi]] El excelente trabajo de María Soledad Cattogio, se centra únicamente en los sacerdotes y religiosos/as (se ofrece una lista con nombres y ubicación); no se mencionan los miles de laicos/as desaparecidos, ciertamente no están dentro de su plan de investigación. María Soledad Catoggio, “Los desaparecidos de la Iglesia. El clero contestario frente a la dictadura”, Buenos Aires, Siglo veintiuno, 2016, pp. 251-262.

[[xlvii]] Puede verse: Enrique C. Bianchi, Luis O. Liberti SDV, “La memoria como cáliz. Martirio y testimonio cristiano en la espiral de violencia”, en La verdad…, t. 3 pp. 165.189.

[[xlviii]] En el libro “Ejercicios de contemplación” (un clásico de la literatura espiritual contemporánea), Franz Jalics hace un detallado relato del secuestro y tortura que duró cinco meses hasta su liberación. Franz Jalics, “Ejercicios de contemplación. Introducción a la vida contemplativa y a la invocación de Jesús”, Salamanca, Sígueme, 2022, pp. 139-143.

[[xlix]] Para este argumento puede verse: Gustavo Morello, SJ., “Dónde estaba Dios. Católicos y terrorismo de Estado en la Argentina de los setentas”, Buenos Aires, edicionesb, 2014, pp. 156-170.

[[l]] He querido iniciar este artículo con una cita del papa Francisco sobre el “interpelante valor de la memoria”. Desde mi experiencia percibo particularmente que “hoy” en Argentina muchos católicos comprometidos no están dispuestos a revisar el pasado histórico de la Iglesia en los años del “espiral de violencia”. Un par de encuestas realizadas y un sondeo en los planes de estudios de los seminarios sacerdotales, cursos para formación de diáconos permanentes, agentes pastorales, catequistas, profesores de enseñanza religiosa, en diversos niveles (Colegios católicos, Institutos de Ciencias Sagradas, Universidades Católicas, etc.) da cuenta del escaso interés que despierta este tema. Pareciera como que una “amnesia eclesial de los años 60 y 70” se descubre como más grave de lo pensado y las hipotecas que con ello se acarrea para el futuro más peligrosas de lo que a simple vista puede preverse.

[[li]] Cf. Gerd Theissen, “El Movimiento de Jesús. Historia social de una revolución de los valores”, Salamanca, Sígueme, 2005, pp. 253-254. 

[[lii]] Puede verse el sugerente análisis de Jon Sobrino en el punto: “En qué Cristo creen las víctimas: en el de Arrio o en el de Nicea”, en Jon Sobrino, “La Fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas”, Madrid, Trotta, 2007, pp. 379-387.

[[liii]] Cf. Desmond Tutu, “Mi Dios subversivo”, Madrid, San Pablo, 2017, pp. 22, 48-49.

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