Karl Barth el observador ausente del Concilio Vaticano II
En el presente artículo presento una semblanza biográfica-teológica sobre tres temas relevantes en Barth: su vínculo con el naciente Consejo Mundial de Iglesias (“World Council of Churches”[16] [WCC], su crítica al catolicismo romano y su visita “Ad limina apostolorum” para dialogar con las autoridades romanas en torno a las grandes cuestiones abiertas por el concilio
Un doble aniversario se cumple al presente: 140 años del nacimiento de Karl Barth (1886-2026) y 60 años de su histórica visita a Roma finalizado el Concilio Vaticano II (1966-2026), dos años antes de su muerte ocurrida el 10 de diciembre de 1968 en su ciudad natal de Basilea. En opinión del teólogo luterano Eberhard Jüngel, en la teología protestante[1]: “Barth es el teólogo más importante desde Friedric Schleiermacher”[2]. También, Eberhard Busch quien fue asistente de Barth en los últimos años de su vida (1965-1968) y ha escrito su mejor biografía[3], destaca el aporte sustancial que ha estrechado vínculos en el campo ecuménico, dice: “En la ‘Dogmática Eclesial’ (“Die Kirchliche Dogmatik”)[4], queda más claro que antes que el objeto de la teología al que él denomina la Palabra o la revelación de Dios es idéntico a Jesucristo: no él sin el pueblo que lo confiesa, sino esta persona en medio de ellos”[5]. Precisamente la “Dogmática” de Barth es “eclesial” en la medida en que la fe se les abre a hombres y mujeres a través de la comunidad de los creyentes.
En tiempos de oscuridad para Europa, este fue el núcleo de la “Declaración de Barmen” (en sus grandes líneas un texto de Barth)[6], cuando el Sínodo de las iglesias luteranas y reformadas rechazó en 1934 el régimen Nazi: “Jesucristo, tal como es atestiguado en la Sagrada Escritura, es la única palabra de Dios. A ella debemos oír, en ella debemos confiar y a ella debemos obedecer en vida y muerte”[7]. Esta célebre toma de posición de la Iglesia Evangélica Alemana que dio nacimiento a la llamada “Iglesia Confesante”[8], se adelantaba a la Encíclica “Mit brennender Sorge” (“Con ardiente preocupación”) que en 1937 -caso único en la historia del magisterio papal- Pío XI publicaría en alemán dirigiéndola a los católicos de Alemania[9]. En 1962, año del inicio del concilio y en el final de su carrera académica, Barth decía en la Universidad de Basilea: “Puesto que la labor teológica es un servicio en la comunidad, es también un servicio en el mundo, en ese mundo al que la comunidad ha recibido el encargo de predicar el Evangelio”[10].
Sin embargo, Barth subrayará particularmente contra la teología liberal[11], que la autorrevelación de Dios que culmina en Jesucristo, desborda todas las categorías humanas, incluso las de la teología[12]. Estas ideas que han puesto muchas veces a Barth en el centro del debate teológico contemporáneo, fueron las que guiaron el trabajo teológico de toda una vida. En su casa de Basilea en la “Bruderholzallee”, donde contenía su enorme biblioteca, había imágenes de Mozart, Calvino y varios teólogos del siglo diecinueve que lo habían inspirado; pero en la cabecera de su mesa de trabajo[13], se encontraba una bella reproducción de la crucifixión del retablo de Isenheim que Matthias Grünewald pintó entre 1512 y 1516[14]. Era toda un advertencia para el teólogo, al igual que Juan Bautista, apunta siempre con su dedo índice al único Jesucristo, centro y esencia del cristianismo, así debe pensar y vivir aquel que se dedica al ejercicio teológico[15]. En el presente artículo presento una semblanza biográfica-teológica sobre tres temas relevantes en Barth: su vínculo con el naciente Consejo Mundial de Iglesias (“World Council of Churches”[16] [WCC], su crítica al catolicismo romano y su visita “Ad limina apostolorum” para dialogar con las autoridades romanas en torno a las grandes cuestiones abiertas por el concilio.
Un protestante combativo en el Consejo Mundial de Iglesias
Estamos en el año 1948[17]. Karl Barth tiene sesenta y dos años y en su haber -debido a la convulsionada historia del mundo en la primera mitad del siglo- una vida agitada. Entre 1904 y 1909, hace su carrera de teología en Berna, Berlín, Tubinga y Marburgo[18]. De 1909 a 1921 es vicario y párroco en Ginebra y Safenwil, en Suiza[19], en 1913 se casa con Nelly Hoffmann con quien tiene cinco hijos; en 1924 ingresa al círculo familiar Charlotte von Kirschbaum, como secretaria de Barth que tan importante papel tendrá en la elaboración de su “Dogmática”[20]; de 1921 a 1935, catedrático de teología en Gotinga, Münster y Bonn[21]. Todo esto acontece después que en 1919, con 33 años, publica su comentario -en su primera edición- de la carta a los Romanos, lo cual hace de aquel párroco de la provincia suiza un teólogo célebre en todo el ámbito lingüístico alemán. Destituido por los nazis de su cátedra de Bonn en 1935, enseña desde entonces teología en la universidad de Basilea y, hasta el final, interviene con apasionamiento -como “voz de Suiza”- en el combate de la Iglesia protestante alemana contra la barbarie del hithlerismo. Pero ahora, acabada la guerra, Karl Barth es invitado en 1948 por su amigo y compañero en la fe reformada, el gran holandés Willem Visser’t Hooft, enérgico y prudente “spiritus rector” del movimiento ecuménico, a participar en Ámsterdam en la primera Conferencia del Consejo Mundial de las Iglesias, que debía desembocar en la fundación del Consejo Ecuménico de las Iglesias (con Visser’t Hooft como primer secretario general)[22].
Barth apenas había participado antes del movimiento ecuménico. Pero allí, en Ámsterdam, aprendió -sobre todo conversando con George Fischer, arzobispo de Canterbury, y con el teólogo ortodoxo Georges Florovski- que en la teología científica, además de “dogmática” y “simbolismo”, tenía que haber algo así como un “ecumenismo”. ¡Disagreements within the agreement, y, agreements within the disagreements!, o sea: buscar diferencias de parecer en las coincidencias y hacer posibles, entre teólogos de las diferentes iglesias, las coincidencias dentro de las diferencias, para acercarse un poco más a la unión. Pero Roma, el papa (Pío XII), se había negado a participar en esa asamblea ecuménica, al igual que la iglesia ortodoxa rusa (Patriarca Alejo I). ¿Cuál fue la reacción de Barth? Es típica de él: con libertad protestante y desvergüenza helvética, propone, en su gran discurso, pasar sin más al orden del día. Un texto extenso pero jugoso que merece lectura y reflexión, dice: “Que esta libertad (por el único Señor Jesucristo, a pesar de estas eucaristías separadas) nos signifique también a nosotros que los lamentos o la indignación por la negativa que hemos recibido de las Iglesias de Roma y Moscú tengan la menor cabida posible en las deliberaciones de nuestra sesión primera. ¿Por qué no vemos en esas negativas ni más ni menos que la poderosa mano de Dios que descansa sobre nosotros?
Quizás nos esté dando con ello un aviso, para suprimir en nosotros todo delirio, el delirio de querer construir aquí una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Quizás nos esté mostrando así cuán escasa ha sido hasta ahora nuestra luz, pues evidentemente ni siquiera ha sido capaz de llegar hasta esos otros ámbitos, que también se dicen cristianos. Quizás nos esté preservando así de interlocutores con quienes nosotros no podríamos formar aquí, ni siquiera de manera imperfecta, una comunidad cristiana, al no poder ellos, si bien por razones distintas, realizar, prescindiendo de todo lo eclesiástico, ese movimiento hacia Jesucristo sin el cual los cristianos de diferente origen no pueden -digámoslo claramente- hablar mutuamente, escucharse mutuamente y, mucho menos aún, formar comunidad. Y quizás nos esté poniendo así en una posición muy buena, por el hecho de que sean precisamente Roma y Moscú los que parecen estar de acuerdo en no querer saber nada de nosotros. Yo propongo alabar a Dios y darle gracias por haber tenido a bien interpornerse de tan clara manera en nuestros planes”[23]. La pregunta surge espontánea ¿atizaba Karl Barth el fuego anticatólico? A un observador superficial le puede parecer así. Y de hecho la polémica que desataron las publicaciones católicas contra Barth, tachado de anticatolicismo notorio, -era, al fin y al cabo, una réplica del apogeo de Pío XII, el último papa preconciliar-, solo superado por la indignación católica ante la delatora pieza teatral de Hochhuth (“El vicario” de 1962)[24], que en Basilea daría lugar a manifestaciones callejeras ante el Teatro Municipal[25].
Críticas al catolicismo romano y puentes de contacto
Sin embargo, la crítica de Barth al catolicismo tenía raíces teológicas más profundas y fundadas y se remontaba mucho tiempo atrás. En efecto, en los cinco importantes años de su segunda cátedra (después de Gotinga), su centro de actividad fue “Münster”. Según su biógrafo y amigo, Eberhard Busch, señala: “En Münster, Barth tomó conciencia del “problema” del catolicismo romano a través de sus contactos con distinguidos colegas de la Facultad de Teología Católica”[26]. Allí estaba presente la dogmática católica en la persona del neotomista Franz Diekamp, a quien Barth citaría a menudo. Allí estudió intensamente a Anselmo[27] y a Tomás de Aquino[28]. Y allí invitó (cosa inusitada) a participar en un seminario y a conversar personalmente con él, a un teólogo católico, el jesuita Erich Przywara[29], quien con extraordinario saber e inteligencia, y en línea de Agustín, el Aquinate y de Scheler, había desarrollado ideas sobre “Dios en nosotros y Dios sobre nosotros”, sobre una semejanza basada en la esencia, o sea, una “analogia entis” entre Dios y el hombre[30]. Por otra parte, Przywara afirmaba a Karl Barth en su convicción de que la teología y la Iglesia católicas, aunque habían conservado más sustancia de lo cristiano que el “neoprotestantismo” de un Schleiermacher, adolecían del mismo error básico.
También ellas se habían “apoderado” de la revelación de Dios, habían dispuesto a voluntad de la “gracia” y así, no pudieron dejar que Dios fuese Dios ni que el hombre fuese hombre. “El catolicismo romano” es, entonces, una “Interpelación a la Iglesia protestante” como tituló Karl Barth su polémica conferencia de 1928[31], porque en el espejo de los desvaríos católicos se puede distinguir, dentro del propio protestantismo, los mismos problemas. En áspera confrontación con todo ello, Barth aboga por un protestantismo que se centre rigurosamente en su causa evangélica. Y ello significa: el mundo es mundo, y el hombre es hombre, pero Dios es Dios, y reconciliación solo la hay en Jesucristo. Entre tanto, la Teología católica empezó a tener en cuenta a Barth. Ya en los años 1920/1930 habían estudiado la primera obra de Barth (“La carta a los Romanos” y los escritos que le siguieron), primero Karl Adam, de la Universidad de Tubinga, y Erik Peterson de la de Bonn, después, además de Erik Przywara, sobre todo Gottlieb Söhngen quien orientará al jóven teólogo Ratzinger en la Universidad de Munich en los temas de los Padres de la Iglesia y la Tradición para la elección de su tema de doctorado[32].
Cuando hacia 1940, las voces alemanas debido a la guerra, se vieron obligadas a enmudecer, aparecieron teólogos católicos del ámbito lingüístico francés: Louis Malevez, Henri Bouillard y el dominico Jerôme Hamer[33]. Sin embargo, la mayoría de esos trabajos se referían en muy escasa medida al Barth de la monumental “Dogmática Eclesial”. Será otro teólogo, discípulo de Przywara y de Henri de Lubac, Hans Urs von Balthasar, natural de Lucerna pero, como Barth, establecido en Basilea desde 1949 -había abandonado la orden de los jesuitas por sentirse llamado a fundar, con su amiga espiritual Adrienne von Speyr, un “instituto secular”[34], será Balthasar, quien, finalmente escribió el libro que abriría a la teología católica el camino de la aproximación interior a la teología de Barth: “Karl Barth. Presentación e interpretación de su teología”[35].
Fue también Balthasar quien llamó la atención sobre la -solo comparable a Schleiermacher e inspirada en Schleiermacher- artística disposición y sobre la fuerza de formulación, en las ideas y en el lenguaje, de la teología de Barth; cómo, sobre una base radicalmente cristológica, quedan íntimamente ligadas entre sí la creación y la alianza, cómo se llega a entender de un modo nuevo -como interlocutor de Dios- al hombre, cómo se llega a una nueva doctrina del pecado y de la reconciliación. Pero al católico que era Balthasar le había fascinado sobre todo la nueva interpretación que hacía Barth de la predestinación, una interpretación que “suprime” el dualismo agustiniano-calvinista (una parte de la humanidad está destinada a la salvación, la otra al infierno), para convertirlo en un universalismo cristiano que casi hace pensar en Orígenes: el centro que es Cristo procura una “multi-unidad” de la redención. Un cristocentrismo que ahora también posibilita una nueva definición de la fe y el conocimiento, naturaleza y gracia, castigo y salvación, para protestantes y católicos de igual modo. El mismo Balthasar afirmará de manera notable, “casi inútil es resaltar cuánto le debo agradecer a Karl Barth: como ya he dicho, la visión de una teología bíblica integral, pero también con esto el reclamo de un diálogo ecuménico dogmáticamente serio”[36].
Visita a Roma “Ad limina apostolorum”
Algunos meses antes del inicio del concilio, en el portal de la revista Time en ocasión de su vista a los EE.UU., en su edición del 20 de abril de 1962, aparece la frase de Karl Barth: “The goal of human life is not death, but resurrecction” (“La meta de la vida humana no es la muerte sino la resurrección”)[37]. En una visita a la Universidad de Princeton (New Jersey), Barth escucha un sermón de Martin Luther King, teólogo y predicador de la iglesia bautista, piedra fundamental del movimiento antirracista y pacifista que será asesinado en Memphis en abril de 1968, el mismo año de la muerte de Barth. En aquella ocasión charlan e intercambian pareceres sobre los temas donde la vida humana se ve traspasada y transformada por el acontecimiento pascual de Jesucristo.
Ya en plena celebración del concilio, durante el mes de mayo de 1963, hubo un intercambio epistolar entre Willem Visser’t Hooft (a quien ya hemos mencionado) y Karl Barth. El tema central era una afirmación de Barth en un artículo que publicaría en la revista “Ecumenical Review” con un párrafo dedicado a los “observadores” enviados por el Consejo Ecuménico de las Iglesias al Concilio. Barth hace una dura crítica preguntándose si el envío de los “dilectísimos observadores no debió prepararse con más atención y seriedad”[38]. Expresa que no es solo leyenda, que “uno de nuestros observadores ha participado del concilio en forma de una fugaz aparición de dos días; que otro prefería seguir el desarrollo de los acontecimientos mientras cabeceaba; y otros más -sin querer poner en duda los movimientos de su vida interior, ciertamente profunda y rica- participaron únicamente en silencio, ya fuera en las discusiones entre los propios observadores o incluso en aquellas con los padres conciliares propiamente dichos”. Barth estaba sorprendido y señalaba: “en cualquier caso, estos no deberían haber sido nuestros delegados más competentes y representativos en la Basílica de San Pedro”. Se preguntaba, también “¿por qué se envió allí, por nuestra parte, a un número relativamente reducido de teólogos científicamente activos y abiertos a lo esencial”[39].
Y agregaba: “¿Por qué se permitió al cardenal Bea[40] que Oscar Cullmann[41] se uniera a ellos como invitado del Vaticano? ¿Por qué ninguno de los líderes eclesiásticos que delegamos fue al menos tan sabio como los verdaderos Padres conciliares -lo suficiente como para llevar consigo a un “perito”-?[42] Visser’t Hooft, explica a Barth los motivos que los ha llevado a obrar de tal modo, le asegura, sin embargo, que el Consejo enviaría como “observador” a Lukas Vischer[43], teólogo reformado reconocido, con gran conocimiento de la teología católica-romana, del latín eclesiástico, además de miembro activo y competente de “Faith and Order” (“Fe y Constitución”)[44], el organismo dedicado al diálogo teológico mixto iniciado en ámbito protestante; y agrega que Vischer dispone además de relaciones muy estrechas con los padres conciliares y los “peritos”[45]. Esta correspondencia con quién había sido desde su fundación secretario general del Consejo Ecuménico de las Iglesias, muestra la altísima expectativa que animaba en Karl Barth la celebración del concilio y su principal objetivo como era la unidad de los cristianos. Un año después de terminado el concilio, le recordará en una carta al cardenal Bea, que la invitación a participar como “observador” que le había llegado en los días del concilio por medio de su amigo el teólogo suizo Hans Küng, no se había podido concretar debido a una larga enfermedad. En aquella carta del 2 de junio de 1966, Barth expresa que había seguido de cerca los debates conciliares en la medida en que le había sido posible y que ahora deseaba vivamente poder viajar a Roma “post festum” (“después de la fiesta”), para informarse allí mismo aunque retrospectivamente de los grandes temas conciliares y desde allí mirar hacia el futuro[46]. Una lectura atenta de los puntos que Barth señala al cardenal Bea sobre sus intenciones, permite descubrir la honestidad, respeto y “conciencia” del teólogo reformado. Enumeramos a continuación estos puntos:
1) “Será para mí muy importante entrar en contacto ante todo con Ud. estimado Señor Cardenal, pero también individualmente con otras importantes personalidades pertenecientes a todos los círculos eclesiales y teológicos que son influyentes en Roma”.
2) “Vendría a Roma, exclusivamente bajo mi personal responsabilidad, es decir, sin encargo de ninguna instancia académica o eclesial, -y además personalmente, no como cristiano o teólogo “protestante”, más bien- simplemente “evangélico”, que tiene en el corazón, como Ud. mismo estimado cardenal, la unidad de la fe y de la Iglesia, tan anhelada -aunque ya presente ampliamente-“.
3) “Mi intención en Roma no será hablar sino más bien escuchar lo más posible, adquirir, comprender, “aprender”, solo respondiendo de modo apropiado a las preguntas que eventualmente me serán dirigidas”.
4) “Al planificar este viaje no persigo ningún objetivo periodístico, y huelga decir que trataría con la máxima discreción todo cuanto llegara a oír”[47].
En los puntos 5 y 6, Barth, habla de su frágil salud y de la necesidad de ser acompañado por un médico y una enfermera[48], ambos de confesión “católica-romana” y de nacionalidad suiza. Asegura que en el caso, que estuviera la posibilidad de ser recibido por el papa Pablo VI, habría confidencialidad tanto personalmente como de aquellos que los acompañan. Se propone como posible fecha de la visita los días entre el 22 y el 29 de septiembre de ese año y su residencia en un Hotel cercano al Vaticano[49]. Karl Barth se preparó con un alto grado de responsabilidad para esta visita. Durante el verano suizo de 1966, se dedicó a estudiar seriamente los dieciseis documentos en latín elaborados por el concilio, como también algunos ejemplares de la literatura teológica católica aparecidos hasta el momento. Esto le valió varios elogios de sus interlocutores durante su estancia, pues había leído con mayor agudeza que muchos de los participantes en el concilio. Las reuniones se llevaron acabo en las habitaciones del edificio del Secretariado para la unidad, y estuvieron presididos por el secretario, mons. Johannes Willebrands, representante del cardenal Bea, como también el P. Magnus Löhrer de Einsiedeln, en ese momento docente en el Instituto San Anselmo, y mons. Salzmann de la iglesia valdense.
Barth preparó para los encuentros diez esquemas de preguntas: uno sobre el Concilio en general y los otros nueve (subdivididos en: “preguntas de esclarecimiento” y “preguntas críticas”) sobre las formulaciones del concilio que le parecían más importantes, en particular, las “cuatro constituciones”, pero también sobre tres de los nueve “decretos” (UR, AA y AG) y sobre dos de las “declaraciones” (Nae y DH). Participaron en las conversaciones pequeños grupos de jesuitas y dominicos. El último día participó de un congreso de teólogos católicos, fue recibido con aplausos por los presentes, presentado personalmente a los cardenales que allí se encontraban y ubicado en una silla al mismo nivel. Tuvo una conversación confidencial con sus colegas Karl Rahner, Joseph Ratzinger y Otto Semmelroth, a “quienes les pidió le susurraran al oído sus puntos de vista, algo divergentes sobre mariología”[50]. Si bien no desde el punto de vista del contenido, el punto culmine y más emotivo de la visita a Roma fue naturalmente el recibimiento por parte de Pablo VI. En el encuentro reinó la cortesía esquisita del pontífice, que concluyó con el ofrecimiento de sendos regalos: Barth, le ofreció cuatro de sus obras menores en alemán y francés, que extrajo de una antigüa cartera que lo había acompañado al “Sínodo de Barmen” en 1934. El papa por su parte le obsequió una edición facsimil del “Codex Vaticanus”[51]. Dice Barth “el modo con el que Pablo VI nos recibió y se interesó por nosotros fue cortés y pleno de dignidad humana, me ha dejado la impresión de una personalidad inteligente y a su modo seguramente también humilde”[52]. Barth disfrutó de aquel viaje que constituyó la última etapa de su vida y misión teológica. En una carta desde Roma el 27 de septiembre, a su colega y amigo, el Dr. Ernst Wolf, profesor de historia de la Iglesia y dogmas en las Universidades de Bonn, Halle y Gotinga, le relata que “ya lleva a la espalda cuatro discusiones de tres horas cada una; cada una con círculos de personas seleccionadas sobre temas conciliares, además de una audiencia con el Santo Padre, y largas escursiones por Roma en un automóbil dispuesto por el Vaticano. También han sido muy buenos los almuerzos, hoy los he tenido con Ottaviani y compañía[53]. Todo muy productivo, ecuménico, serio y agradable”.[54]
Cuestiones abiertas de la visita “Ad limina”
En 1966, el octogenario Karl Barth entendió perfectamente que el Concilio Vaticano II había constituido un acontecimiento crucial en el sentido que la Iglesia Evangélica pudo en adelante mirar a Roma como un interlocutor no solo serio (esto jamás había sido puesto en discusión), sino dialógicamente disponible, de frente a una predicación del Evangelio en nuestro tiempo[55]. Las observaciones de Barth a los diversos documentos y sus críticas, se orientaron en general hacia lo que puede denominarse una “eclesiología de Unitatis Redintegratio”[56]. Pero la pregunta que plantea acerca de si “¿la constitución “Gaudium et spes” -al menos a la luz del intento de Juan XXIII- era el “verdadero corazón” al interior del trabajo conciliar?”[57], abre a nuevas cuestiones. En efecto, la pregunta que pertenece al “esclarecimiento”, muestra que Barth tiene claro que la eventualidad que se descubre en este párrafo debe ser considerado absolutamente central. Sin embargo, a la distancia de 60 años parece posible que, hablar de un “único corazón” sería inevitablemente inexacto y reductivo: el acontecimiento conciliar resulta al mismo tiempo compacto, articulado y prospectivamente abierto a nuevas interpretaciones.
Está claro que el mismo título de la constitución “Gaudium et spes”, intenta señalar un importante cambio respecto a una secular parábola de la Iglesia romana. Esta se inicia con la “Contrarreforma” y encuentra en la contraposición a las instancias del protestantismo el contexto espiritual, y por muchos aspectos también el criterio, que guía la interpretación de la Tradición. Más adelante, el objeto de la polémica adquiere los contornos más amplios de la Ilustración y la modernidad secular: el protestantismo, sin embargo, sigue estando en el centro de la crítica, en cuanto constituiría el momento originario de aquello que se considera la disolución de la unidad espiritual de Occidente[58]. Sin embargo, el Vaticano II por el contrario, coloca a la Iglesia no “contra” y menos “frente” al mundo, sino “en” el mundo contemporáneo. El hecho de que este cambio de énfasis se produzca principalmente a nivel pastoral no debe interpretarse como una rebaja de la categoría. Esto implicaría una misera opinión del uso del adjetivo “pastoral”; esto indica por el contrario la razón de ser de la Iglesia, a la cual está orientada también la reflexión dogmática. El Barth maduro, es aquél que escribió en 1956, “Humanidad de Dios” (“Die Menschlichkeit Gottes”)[59], como conferencia ante la Asociación Suiza de Pastores Reformados, y es también el de la “doctrina de la reconciliación” que integra la IV parte de su “Die Kirchliche Dogmatic” (“Dogmática Eclesial”) escrita ente 1953 y 1959, que no es menos optimista que la constitución conciliar. Se trata de un “optimismo de la gracia”. No se pretende negar lo que -aunque en términos esquemáticos y bastantes superficiales, pero que se han arraigado no solo en el discurso popular católico- suele definirse como “pesimismo protestante”. Se confirma la dimensión del juicio. Lo que se niega es que pueda considerarse -ni siquiera por un instante- independientemente de la reconciliación obrada por Dios en Cristo.
El “no” del juicio debe ser tomado muy en serio, pero siempre y únicamente dentro del “sí” más grande y radical que Dios pronuncia sobre la historia y la humanidad[60]. Sin embargo, Karl Barth parece tocar con una de sus “preguntas críticas”, el núcleo duro del texto: “¿Por qué aparecen tan pocas posturas concretas en la constitución? ¿Qué ha sido del papel profético del Concilio respecto a los problemas reales que afronta la mitad del siglo?”[61]. En un excelente artículo Timothy Gorringe, profesor emérito de la Universidad de Exeter, destaca: “Barth sentía pasión por la justicia y comprendía que esta debía plasmarse en la sociedad por vías políticas”[62]. De allí que no dudara en aconsejar que: “para comprender la Carta a los romanos hay que recomendar encarecidamente la lectura de todo tipo de literatura profana, en especial de los periódicos”[63]. Barth tomó en serio el concilio, particularmente en lo que respecta a la búsqueda de la unidad de las Iglesias. Sin embargo, estaba convencido casi de manera obstinada, que la tensión hacia la unidad, no puede ser fruto solo de los esfuerzos humanos conducido por los profesionales del ecumenismo. Como lo expresa en su “comentario al Padrenuestro”, predicado en Neuchâtel entre 1947 y 1957: “solo el Señor debe ser reconocido en el derecho y el poder de llamar por su Espíritu a la unidad de su Iglesia, para que la fuerza del Evangelio no se vea traicionada y el reino de Dios en el Nuevo Testamento que es la vida y el objeto del mundo se corresponda con las intenciones del Creador”[64].
Notas de referencia:
[[1]] Terminada la segunda guerra, en 1946, Karl Barth publica “Die protestantische Theologie im 19. Jahrhundert” (“La teología protestante del siglo XIX”). En el segundo tomo, el primer autor que desarrolla (extensamente) bajo el título “Un nuevo padre de la Iglesia” es F. Schleiermacher, Karl Barth, “La teologia protestante nel XIX secolo” vol. 2, Milano: Jaca Book, 2017, pp. 1-51, 1.
[[2]] Eberhard Jüngel, “K. Barth”, “Theologische Realenzyklopädie”, 5 (1980), p. 251; Cf. “Schleiermacher, Friedrich Daniel Ernst”, en The Oxford Dictionary of the Christian Church. Third Edition Revised, Edited by F. L. Cross & E. A. Livingstone, Oxford: Oxford University Press, 2005, pp. 1474-1475.
[[3]] Eberhard Busch, “Karl Barth. His life from letters and autobiographical texts”, Eugene, Oregon: Wipf & Stock, 2005. La versión en inglés (que utilizo) es traducción del original en alemán por John Bowden, “Karl Barths Lebenslauf, Nach seinen Briefen und autobiographischen Texten”, Christian Kaiser, Verlag, 1976. En nuestro artículo seguimos de cerca esta enjundiosa obra, que además de centenares de citas, posee el valor agregado del conocimiento y amistad del biógrafo con su biografiado.
[[4]] Barth escribe “Die Kirchliche Dogmatik” entre 1932 y 1967. Un esquema de la monumental obra, puede verse en: Sergio Rostagno, “Karl Barth”, Madrid: San Pablo, 2006, pp. 218-221.
[[5]] Eberhard Busch, “Karl Barth’s Church Dogmatics”, en Michael Allen & Scott R. Swain (edited by), “The Oxford Handbook of Reformed Theology”, Oxford: Oxford University Press, 2020, p. 342.
[[6]] Sobre el contexto histórico de la “Declaración de Barmen” y el lugar de Barth en su redacción, puede verse: Eberhard Busch, “Karl Barth. His life from letters and autobiographical texts”, pp. 245-248.
[[7]] Karl Barth, “Esistenza teologica oggi!”, a cura di Fulvio Ferrario, Torino: Claudiana, 2015, p. 83.
[[8]] Sobre el origen, el accionar y la participación de Karl Barth en la “Iglesia confesante”, puede verse: Eberhard Busch, “Karl Barth. His life from letters and autobiographical texts”, pp. 235-248.
[[9]] La Encíclica redactada por el cardenal Faulhaber y revisada por el cardenal Eugenio Pacelli que había sido nuncio en Berlín, ataca frontalmente la ideología nacionalsocialista y se condenaron las constantes violaciones del concordato. Cf. Josef Gelmi, “Pío XI”, en Walter Kasper, Konrad Baumgartner, Horst Bürkle (Coord.), “Diccionario Enciclopédico de los Papas y del Papado”, basado en el “Lexikon für Theologie und Kirche” (tercera Edición), Barcelona: Herder, 2003, p. 490.
[[10]] Karl Barth, “Introducción a la Teología Evangélica”, Salamanca: Sígueme, 2006, p. 224.
[[11]] En su capítulo sobre la cristología de Barth, Rinse H. Reeling Brouwer, destaca: “La presuposición teológico-liberal de una experiencia con Cristo, dada de antemano en la subjetividad humana, se ha derrumbado por completo. Ahora, la iniciativa divina en la Palabra que es Jesucristo -y solo ella- ha de servir como el verdadero fundamento de todo conocimiento humano de Dios”, Rinse H. Reeling Brouwer, “Jesus Christ”, en Paul Dafydd Jones, Paul T. Nimmo (Edited by), “The Oxford Handbook of Karl Barth”, Oxford: Oxford University Press, 2019, pp. 277-293, 278; (la traducción es nuestra), en adelante citamos: “The Oxford Handbook of Karl Barth”.
[[12]] Dirk Ansorge, “Historia de la teología cristiana. Épocas, pensadores, derroteros”, Santander: Sal Terrae, 2023, p. 315.
[[13]] Una foto de su estudio de trabajo donde se ve las disposición de los cuadros, en: Eberhard Busch, “Karl Barth. His life from letters and autobiographical texts”, p. 420.
[[14]] “Entre las obras más significativas de la crucifixión de Jesús, es necesario citar en primer lugar la crucifixión que Matthias Grünewald ha colocado en el centro del retablo del altar de Isenheim. Después de su descubrimiento a finales del siglo XIX, esta obra no deja de fascinar a quienes la contemplan, visitantes, historiadores y artistas. La cruz está ligeramente desplazada para ocultar la unión entre los dos paneles, que se abren según las exigencias del ciclo litúrgico. El cuerpo de Cristo es gigantesco, atrozmente destrozado, acribillado de astillas y con rastros verdosos de descomposición. Los pies están deformados, y las manos -ellas solas- son la expresión más brillante del dolor físico”, Manuel Jover, “Cristo nell’Arte”, Città del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 1994, p. 138.
[[15]] Cf. Hans Küng, “Libertad conquistada. Memorias”, Madrid: Trotta, 2007, pp. 176-177.
[[16]] Para los datos sobre el WCC citamos la página oficial: https://www.oikoumene.org/.
[[17]] Una detallada presentación del nacimiento y desarrollo del Consejo Mundial de Iglesias (WCC), puede verse en: Peter Neuner, “Teologia Ecumenica. La ricerca dell’unità tra le chiese cristiane”, Brescia: Queriniana, 2011, pp. 47-81.
[[18]] Frank Jehle, “Intellectual and personal biography I. The young Barth (1886-1921), en Paul Dafydd Jones & Paul T. Nimmo (edited by), “The Oxford Handbook of Karl Barth”, Oxford: Oxford University Press, 2019, pp. 17-20.
[[19]] Frank Jehle, “Intellectual and personal biography I”, op, cit.,, “The Oxford Handbook of Karl Barth”, pp. 21-25.
[[20]] Sobre el importante lugar que ocupó Charlotte von Kirschbaum en la vida y obra de Barth, puede verse: Eberhard Busch, “Karl Barth. His life from letters and autobiographical texts”, pp. 158, 159, 164, 165, 174, 178, 185, 237, 250, passim.
[[21]] Eberhard Busch, “Intellectual and personal biography II. Barth in Germany (1921-1935)”, en “The Oxford Handbook of Karl Barth”, pp. 34-50.
[[22]] Cf. Franco Giampiccoli, “Willem A. Visser’t Hooft. La primavera dell’ecumenismo”, Torino: Claudiana, 2015, pp. 167-176.
[[23]] Karl Barth, “Die Unordnung der Welt und Gottes Heilsplan”: Evangelische Theologie 8 [1948/1949], pp. 181-188, cita p. 185.
[[24]] “El vicario” [“Der Stellvertreter. Ein christliches Trauerspiel”] es la célebre obra del dramaturgo alemán Rolf Hochhuth, que se completó y recibió el prestigioso Premio Gerhart Hauptmann en 1962, antes de su polémico estreno mundial en Berlín a principios de 1963. Esta pieza es considerada el pilar fundamental del “Teatro documental” de posguerra.
[[25]] Hans Küng recuerda que el estreno en Berlín el 20 de enero de 1963, fue acompañado por reacciones apologéticas tanto de la curia romana, como de los obispos alemanes, en lugar de con exámenes de conciencia. Hubiera sido mejor que hubieran copiado a Juan XXIII, quién, ante la pregunta de qué se podría hacer contra el drama de Hochhuth, según Hannah Arendt parece que contestó: ¿Hacer? ¿Y qué se puede hacer contra la verdad?; Hans Küng. “Libertad conquistada. Memorias”, p. 546.
[[26]] Eberhard Busch, “Intellectual and personal biography II. Barth in Germany (1921-1935), en The Oxford Handbook of Karl Barth”, p. 41.
[[27]] En su biografía Eberhard Busch, dedica algunas páginas bajo el título “Discípulo de Anselmo de Canterbury”, a los estudios de Barth sobre el “¿Cur Deus Homo?” de Anselmo. En 1931 publica “Anselm: Fides quaerens intellectum”, texto que revisa en 1958 y 1960; Eberhard Busch, “Karl Barth. His life from letters and autobiographical texts”, pp. 205-209.
[[28]] Sobre los estudios de Barth de la teología medieval, puede verse: Adam Eitel, “Barth and mediaeval theology”, en The Oxford Handbook of Karl Barth, pp. 86-100.
[[29]] Sobre la influencia de Przywara en Barth durante las jornadas teológicas en Münster, puede verse: Keith L. Johnson, “Barth and Roman Catholicism”, en The Oxford Handbook of Karl Barth, pp. 147-150.
[[30]] Cf. Eberhard Busch, “Karl Barth. His life from letters and autobiographical texts”, p. 188.
[[31]] Karl Barth, “Die römische Katholizismus als Frage an die protestantische Kirche”, en Die Theologie und die Kirche. Gesammelte Vorträge, vol. II, Múnich, 1928, pp. 329-363.
[[32]] Sobre la influencia de Clemens Gottlieb Söhngen (1892-1971) en Ratzinger, puede verse: Tracey Rowland, Francesca Aran Murphy (Edited by), “The Oxford Handbook of Joseph Ratzinger”, Oxford: Oxford University Press, 2025, pp. 2-3, 7, 22-23, 24, 26-27, 31, 37, 39, 150, 200, 233-234, 235, 317-318, 347, 355-356.
[[33]] Cf. Eberhard Busch, “Karl Barth. His life from letters and autobiographical texts”, p. 370.
[[34]] Dice Balthasar: “En Basilea fue decisiva la misión de Adrienne von Speyr, fue quien señaló el correspondiente camino de Ignacio a Juan, y con ello puso el fundamento de la mayoría de las cosas que han sido publicadas por mí, desde 1940 en adelante. Su obra y la mía no son ni psicológica ni filológicamente disociables, son dos mitades de un todo, que tiene como centro una base única”, Hans Urs von Balthasar, “Zu seinem Werk”, Freiburg i. Br: Johannes Verlag Einsiedeln, 2000, p. 76, citado por Rodrigo Polanco, “Hans Urs von Balthasar. I. Ejes Estructurales de su Teología, Madrid: Encuentro, 2021, p. 57.
[[35]] Hans Urs von Balthasar, “Karl Barth. Darstellung und seiner Theologie”, Colonia: 1951.
[[36]] Hans Urs von Balthasar, “Zu seinem Werk”, pp. 76-77, citado por Rodrigo Polanco, op. cit., p. 56.
[[37]] Cf. Eberhard Busch, “Karl Barth. His life from letters and autobiographical texts”, p. 459.
[[38]] “Karl Barth e il Concilio Vaticano II. Ad limina apostolorum e altri scritti”, a cura di Fulvio Ferrario e Marco Vergottini, Torino: Claudiana, 2012, p. 46; (en adelante: “Karl Barth e il Concilio Vaticano II”).
[[39]] Ibidem, p. 46.
[[40]] Agustín Bea (1881-1968), jesuita, biblista, creado cardenal en 1959 por Juan XXIII, desde 1960 hasta su muerte guió sabiamente el “neo-constituido” Secretariado para la promoción de la unidad de los cristianos (luego Pontificio Consejo para la unidad de los cristianos).
[[41]] Oscar Cullmann (1902-1999), célebre exégeta y teólogo de la Iglesia reformada, tuvo contactos con Roma, incluso con Juan XXIII y luego con Pablo VI, independiente de su pertenencia al Consejo Ecuménico de las Iglesias. Para datos de su biografía: “Oscar Cullmann (1902-1999)”, en “The Oxford Dictionary of the Christian Church”, pp. 441-442.
[[42]] “Karl Barth e il Concilio Vaticano II”, pp. 46-47.
[[43]] Lukas Vischer (1926-2008), pastor reformado, nacido en Basilea y fallecido en Ginebra, había estudiado en las Universidades de Basilea, Estrasburgo y Gotinga. En 1952 realizó su doctorado bajo la dirección de Oscar Cullmann. Tuvo un rol clave como “observador oficial” del Consejo Ecuménico de Iglesias en el Concilio Vaticano II entre 1962 y 1965. En la monumental “Historia del Concilio Vaticano II” dirigida por G. Alberigo, escribe el artículo “El Concilio como acontecimiento del Movimiento Ecuménico”, en Giuseppe Alberigo (dir.), “Historia del Concilio Vaticano II”, Tomo V, Salamanca/Leuven: Sígueme/Peeters, 2008, pp. 435-482.
[[44]] Sobre el rol desempeñado en el movimiento ecuménico por “Fe y Constitución”, puede verse: Peter Neuner, “Teologia Ecumenica”, pp. 37-42.
[[45]] Cf. “Karl Barth e il Concilio Vaticano II”, p. 48.
[[46]] Cf. “Karl Barth e il Concilio Vaticano II”, p. 51.
[[47]] “Karl Barth e il Concilio Vaticano II”, pp. 51-52.
[[48]] El médico de familia que acompañó a Barth fue el Dr. Alfred Briellmann y en lugar de la enfermera viajó su esposa Nelly; Cf. Eberhard Busch, “Karl Barth. His life from letters and autobiographical texts”, pp. 482-483.
[[49]] “Karl Barth e il Concilio Vaticano II”, p. 52.
[[50]] Cf. Eberhard Busch, “Karl Barth. His life from letters and autobiographical texts”, p. 483.
[[51]] Cf. Eberhard Busch, “Karl Barth. His life from letters and autobigraphical texts”, p. 484.
[[52]] “Karl Barth e il Concilio Vaticano II”, p. 74.
[[53]] Eberhard Busch menciona una visita de Barth al Palacio del Santo Oficio y una conversación con el cardenal prefecto Alfredo Ottaviani y con mons. Pietro Parente, quien inicialmente había estado cercano al ala más conservadora del concilio (“Coetus Internationalis Patrum”); Cf. Eberhard Busch, “Karl Barth. His life from letters and autobiographical texts”, p. 483.
[[54]] “Karl Bath e il Concilio Vaticano II”, p. 54.
[[55]] Un buen ejemplo lo constituyen los frutos del diálogo mixto a lo largo de 60 años: luterano-católico (desde 1967 hasta el presente); reformado-católico (desde 1970 hasta el presente); anglicano-católico (desde 1970 hasta el presente): metodista-católico (desde 1967 hasta el presente); en Walter Kasper, “Harvesting the Fruits. Basic Aspects of Christian Faith in Ecumenical Dialogue”, London: Continuum International Publishing Group, 2009, 245 pp.
[[56]] Las cuatro “preguntas de esclarecimiento” y las “cinco preguntas críticas” sobre el Decreto conciliar “Unitatis Redintegratio”, constituyen por sí mismas un “esbozo de teología ecuménica”; Cf. “Karl Barth e il Concilio Vaticano II”, pp. 87-90.
[[57]] “Karl Barth e il Concilio Vaticano II”, p. 86.
[[58]] El teólogo Fulvio Ferrario de la Iglesia evangélica valdense, ha señalado atinadamente que esta perspectiva historiográfica, característica de la investigación católica preconciliar, tiende a aparecer actualmente en algunas tomas de posición autorizadas, como la polémica conferencia de Ratisbona de Benedicto XVI el 12 de septiembre de 2006. El texto fue publicado y analizado en: “Laicità della ragione, nazionalità della fede? La lezione di Ratisbona e repliche”, a cura di L. Savarino, Torino: Claudiana, 2008, pp. 23-35.
[[59]] Seguimos la traducción italiana: Karl Barth, “L’umanità di Dio. La attualità del messaggio cristiano”, tr. it. a cura di S. Rostagno, Torino: Claudiana, 2010, p. 26.
[[60]] Cf. Karl Barth, “L’umanità di Dio. La attualità del messaggio cristiano”, p. 48.
[[61]] “Karl Barth e il Concilio Vaticano II”, p. 87.
[[62]] Timothy Gorringe, “Barth and Politics”, en Paul Dafydd Jones, Paul T. Nimmo (Edited by), “The Oxford Handbook of Karl Bath”, p. 191.
[[63]] Karl Barth, “Carta a los Romanos”, Madrid: BAC, 1998, p. 500.
[[64]] Karl Barth, “La preghiera. Commento al Padre nostro”, Introduzione di Fulvio Ferrario, Torino: Claudiana, 2013, p. 48.
