El Vaticano II y la cuestión de los Tradicionalistas
Panorama de la cuestión de los “Tradicionalistas” en la Iglesia católica
A poco más de diez años de finalizado el Concilio Vaticano II, el teólogo y ecumenista Yves Congar, OP., publicó un libro revelador: “La crisis de la Iglesia y Monseñor Lefèbvre”[1]. El libro causó impacto en su momento pero fue practicamente olvidado en los años posteriores. Aparecido en la editorial Du Cerf (Paris) el 3 de septiembre de 1976, está cumpliendo 50 años de su publicación. En sus primeras páginas el eminente teólogo dominico, se preguntaba si “Écône y Monseñor Lefèbvre”, eran temas realmente importantes, teniendo en cuenta los problemas con los que se enfrentaba la Iglesia[2]. La pregunta conserva su interés, pues el caso de Monseñor Lefèbvre y el “lefebvrismo”, son hoy -en ciertos sectores de la Iglesia- tan actuales como en los días del Vaticano II y en los años que le siguieron.
Se trata nada más y nada menos que de la “no recepción del Vaticano II”, y en particular de los “insistentes reclamos” por la Misa Tridentina de parte de los Tradicionalistas. El papa León XIV, ha convocado a un consistorio extraordinario que se caba de celebrar los días 7 y 8 de enero; entre las premisas presentadas a los cardenales, se haya en “primer lugar” el tema de la unidad de la Iglesia[3], dimensión clave de su ministerio petrino, tal como lo expresa el lema de su pontificado: “In Illo uno unum” (“En Aquel Uno [Cristo], somo uno”), frase tomada del comentario de San Agustín al salmo 127[4], compuesto desde su experiencia de las consecuencias del cisma donatista en su diócesis de Hipona[5].
La unidad de la Iglesia se ha visto rápidamente amenazada desde los días del Vaticano II por posturas de grupos conservadores que reaccionaron con virulencia a los objetivos que el concilio se había propuesto: “unidad de los cristianos”, “autoconciencia de la Iglesia”, “diálogo con el mundo contemporáneo” y “reforma de la Iglesia”[6]. La “minoría” de los padres conciliares -como veremos en detalle- el llamado “Coetus Internationalis Patrum” (“Grupo Internacional de Padres [Conciliares]), integrado por los cardenales Ruffini, Siri, Browne, Santos y Larraona, entre otros, tuvieron en el arzobipo de Dakar y superior General de la Congregación del Espíritu Santo, Monseñor Marcel Lefèbvre, su principal y más combativo lider. Después del concilio, Lefèbvre rechazó el Vaticano II como herético y dirigió un pequeño, pero tristemente famoso, cisma dentro de la Iglesia[7].
El presente artículo intenta presentar un panorama de la cuestión de los “Tradicionalistas” en la Iglesia católica. En la base se entrecruzan dos motivos: mi experiencia hace más de una década con “católicos Tradicionalistas”, y un trabajo actual comentando en una nota bibliográfica la importante obra dirigida por Catherine Clifford & Massimo Faggioli (eds.), “The Oxford Handbook of Vatican II”, que dedica un interpelante capítulo sobre la “recepción del Vaticano II por parte de los Tradicionalistas”. Ofrezco unas reflexiones con final abierto.
Mi experiencia en St Bede’s Catholic Church
Me ha llevado años darme cuenta de la oportunidad que Dios me brindó de convivir durante un año en una comunidad Tradicionalista. Durante mi segunda estancia en Inglaterra (2014-2015)[8], preparando mi Tesis de doctorado, fui recibido en la parroquia San Beda (“el venerable”), en la diócesis de Southwark, en el distrito de Lambeth, al Sur de Londres. Ubicada en Clapham Park, en el número 58 de Thornton Road, la Iglesia parroquial erigida en 1906, en un típico barrio de estilo neogeorgiano, acogía desde hacía tres décadas a una de las comunidades Tradicionalistas más numerosas de Londres. Los feligreses de esta comunidad, no todos pertenecían a Clapham Park, venían de otros distritos como Sutton, Kingston (upon Thames), y algunos de Richmond.
El punto de encuentro era la Misa Tridentina[9], que se celebraba todos los días a las 7 de la mañana y los domingos, a las 7 y con especial solemnidad a las 10. En St. Bede, además del párroco viviámos tres sacerdotes: Fr. Simon Leworthy, nacido en Yorkshire, muy cerca de la Abadía benedictina de Ampleforth; Fr. Lukas Haduch, de la diócesis de Cracovia (Polonia), que llevaba algunos años viviendo en St. Bede, ambos, junto con el párroco se encargaban de las Misas en rito Tridentino, como de los bautismos, también en rito romano antiguo, incluso numerosas misas exequiales celebradas según el “Vetus Ordo”. Para las Misas Tridentinas solemnes (enteramente cantadas), era siempre un invitado especial Fr. Andrew Southwell, que había estudiado Música sagrada en el Pontificio Intituto “Santa Cecilia” en Roma y en el London college. De allí que poseía, además de especiales dotes para el canto gregoriano, una extraordinaria cultura musical sobre repertorios de la polifonía romana: Palestrina y Tomás Luis de Victoria, como de los repertorios de la himnodia inglesa, tanto católica como anglicana. Las charlas con Andrew eran apasionantes e interminables.
Hablabamos sobre la tradición coral inglesa, autores e himnodia de los siglos siglos XVI-XVII, como Thomas Tallis, William Byrd y Henry Purcell, o de los siglos clásicos y victorianos (siglos XVIII-XIX), como Charles Wesley y Samuel Wesley y en particular Hubert Parry (1848-1918) conocido popularmente en el mundo británico, por la música compuesta para “Jerusalem”, letra de William Blake (1757-1827), un “himno icónico” en Inglaterra. En el perído contemporáneo, Fr Andrew me destacaba el lugar eminente que había tenido el músico católico y eximio organista Edward Elgar (1857-1934), que compuso la celebre obra coral “The Dream of Gerontius” (“El sueño del anciano”) sobre un texto de Newman[10].
Mi admiración por el compositor me había empujado en un momento de mi primera estancia en Reino Unido (2011-2012) a viajar Worcester al noreste de Inglaterra para conocer la famosa Catedral donde Edward Elgar, tocó durante 40 años el espléndido órgano con doble cuerpo de tuberías a ambos lados de la nave. Mi viaje había estado programado y facilitado por mi tutor Donald Lynch, quien se había enterado de un importante concierto para órgano que daría Daniel Justin, organista de la catedral de Leeds, hoy considerado uno de los mejores organistas británicos. Visitamos luego la tumba de Edward Elgar, en la Iglesia de St. Wulstan en Worcestershire[11]. Luego de este “excursus” artístico, retomo mi colaboración en St. Bede, a mi me correspondían las misas en inglés y la única en español para una pequeña comunidad latina.
“Don’t come if you don’t have a cassock” (¡No vengas si no tienes sotana!), fue la recomendación que el querido y recordado Father Christopher Basden, me hizo antes de mi viaje. Vestir de sotana durante toda mi estadía -al menos mientras estaba en la parroquia, recorría el barrio o salía con el párroco- no fue un esfuerzo, era la forma habitual a la que estaban acostumbrados los feligreses y lo acepté con naturalidad. Pero el impacto vino en secuencias sucesivas. En la señorial casa parroquial, abundaban cuadros de los papas Pío IX, San Pío X y Pío XII.
Los papas del concilio Vaticano II y postconcilio, apenas eran reconocidos. Francisco era tema que ponía de mal humor cualquier conversación. Solo un cuadro de Benedicto XVI ocupaba un lugar en el segundo descanso de la escalera que llevaba a las habitaciones. Varios cuadros que Christopher me mostraba con abundantes explicaciones, eran fotos de reuniones, en las que había participado con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), fundada por Lefèbvre en 1970. La que más destacaba, era una en la que se encontraba junto a Monseñor Marcel Lefèbvre, en una “peregrinación” que había hecho a mediado de los años 80 a Écône (Suiza)[12]. El papado -me repetía con insistencia- se había desdibujado totalmente, el 9 de octubre de 1958, día de la muerte del “Pastor Angelicus”, sobrenombre con el que popularmente se identificó a Eugenio Pacelli.
Era simpático observar cada mañana luego de la Misa en rito Tridentino a la que yo solo “asistía” de sotana y bonete negro (pues no existe la “concelebración” eucarística en el rito Tridentino), como durante el desayuno, el párroco me ofrecía “cordialmente” con una sonrisa, una taza que tenía estampado el lema, “Save the Liturgy” (“Salvemos la liturgia”). La biblioteca de living, estaba repleta de libros “críticos hacia el Concilio”, de los más diversos temas: especialmente liturgia, Vaticano II y Modernismo, teólogos que traicionaron la Tradición, etc. El clima intelectual que se respiraba en St. Bede, era el de un “filo-lefebvrismo” con pocos argumentos pero que la mayoría de los fieles aceptaba de manera natural. Si bien la parroquia estaba en comunión con la Iglesia diocesana, pues también se celebraba la misa renovada del concilio, según el Misal de Pablo VI en inglés, la afectividad y el imaginario eclesial de gran parte de los fieles iba por otros carriles.
St Bede’s parish, bajo muchos aspectos era una pequeña isla en la diócesis de Southwark. Sin embargo, su carácter “isleño” no era de signo totalmente negativo. En Clapham Park, había un importante número de latinoamericanos, en particular colombianos, que vivían desde hacía años en Londres y para ellos había una Misa en español los domingos, que me fue encomendada de manera estable. El contraste del clima litúrgico no podría pensarse mayor. Se pasaba del órgano y el canto gregoriano de la Misa Tridentina, ejecutados con magnífico arte, hombres a la izquierda y mujeres “con mantilla” a la derecha, a la misa donde la asamblea participaba con guitarra eléctrica y percusión. En la misma parroquia los sacerdotes celebrabamos “ad orientem” y “versus ad populum”, dos formas del rito romano y una feligresía que vivía esto con total naturalidad. No existían comentarios de unos hacia otros, el clima era de respeto y cordialidad, que se manifestaba incluso en una “curiosa communio” los viernes por la tarde y domingos antes del almuerzo, cuando los fieles que lo deseaban bajaban al subsuelo de la parroquia y allí compartían el estar juntos en un típico “pub británico” (“public house”).
El Padre Christopher, era en cierto sentido, “la alma mater” que promovía estos encuentros entre personas con culturas y mentalidades religiosas diversas. En realidad estaba preparado para ello, había nacido en Egipto, de madre egipcia, y padre inglés, que se trasladó luego con su familia a los Estados Unidos, allí Christopher había estudiado en Georgetown, antes de regresar a Inglaterra y completar sus estudios sacerdotales en el seminario de Southwark. Su origen egipcio lo hacía sensible con la liturgia y el arte copto, incluso llegó a celebrar en rito copto, cuando un nutrido grupo proveniente de su ciudad, El Cairo, fue a visitarlo durante un viaje a Londres. St Bede aunque era una pequeña esquina en la inmensa Londres[13], se me representaba en muchos aspectos un “microcosmos” de la Iglesia católica.
Christopher tenía cierta cercanía con Vincent Nichols, el arzobispo de Westminster, que en aquel momento todavía no era cardenal. Fuimos en una oportunidad a la presentación de un importante libro que Nichols acababa de publicar sobre San Juan Fisher[14], donde había trabajado sobre fuentes inéditas, fue en uno de los salones de la catedral de Westminster. Al finalizar, nos acercamos para saludarlo y felicitarlo, Christopher le comentó que yo residía en St. Bede y preparaba mi tesis doctoral sobre la unidad de la Iglesia en Newman, a lo que el obispo luego de alentarme, agregó: “St Bede’s parish fulfills a mission of unity” (“La parroquia de San Beda cumple una misión de unidad”). Me llamó la atención que siendo obispo de otra diócesis, tuviera aprecio por lo que este párroco “a su modo” y “con sus ideas” realizaba con grupos de fieles tan diversos. Creo que estas palabras fueron también una delicada manera de decirme que me encontraba viviendo en una “parroquia distinta”, pero que sin embargo, poseía un carisma que había que reconocer y apreciar.
Aunque durante el año de mi estadía asistí a casi todas las Misas celebradas en rito Tridentino, y en los tiempos libres estudié el Misal de Pío V, con especial respeto y dedicación, incluso, Christopher había puesto a mi disposición un “monaguillo” que conocía muy bien el rito Tridentino para que practicara la “Misa seca”, sin consagración (los movimientos, genuflexiones, etc.), nunca me sentí capacitado para largarme solo, a pesar de los insistentes pedidos del párroco. Con todo, el aprendizaje y el contacto con gente que “amaba el rito Tridentino”, me permitió entender muchas de las riquezas que encierra la misa tradicional y que constituyen una etapa ineludible para la comprensión de la historia de la Misa en los últimos cuatro siglos, como también los numerosos debates que generó durante el concilio y postconcilio y que siguen siendo noticia.
Basta pensar en la peregrinación jubilar el pasado 25 de octubre de los Tradicionalistas y la Misa Tridentina presidida por el cardenal Raymond Burke en el Altar de la Cátedra, en la basílica de San Pedro, o también, en la última peregrinación “París-Chartres”, que desde la época de Charles Péguy, fue “reactivada” en 1983 por una institución católica que defiende el rito romano tradicional. La pregunta que inquietaba a los organizadores de la peregrinación en pentecostés de 2025, era si con León XIV, se les permitiría celebrar la “Misa central” en Chartres en rito romano tradicional, cosa que sí sucedió, según las facultades que el papa Francisco otorgaba en el Motu proprio “Traditionis custodes” (art. 2) y que Monseñor Philippe Christory, obispo de Chartres, hizo enfectiva tras un fructuoso diálogo con las asociaciones católicas tradicionalistas. Finalmente fue Monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná (Kazajistán), quien presidió la misa principal en rito tridentino ante más de veinte mil jóvenes.
El contacto con Tradicionalistas lo había tenido ya durante mi primera estancia en Inglaterra (2011-2012)[15], viviendo en Oscott college (Birmingham), el seminario internacional del Reino Unido, tuve desde allí frecuentes contactos con los sacerdotes del Birmingham Oratory (lugar donde Newman vivió su período católico, desde 1847 a 1890). En la Iglesia dedicada a San Felipe Neri, y el colegio de los oratorianos, ubicados en Hagley Road en el barrio de Edgbaston, lugar que acogió en 1900 como alumno al escritor John Ronald R. Tolkien, también se valoraba la Misa Tridentina que se celebraba dos veces por día al igual que los domingos, pero también allí, tenía lugar la Misa renovada de Pablo VI, en inglés. Muy distinta, era la comunidad oratoriana fundada en Londres, en epocas de Newman, pero con otro lider, el P. Faber, con quien Newman tuvo grandes diferencias sobre la configuración del “Oratorio inglés”.
Actualmente, el Brompton Oratory, ubicado en el “residencial” distrito londinense de Kensington y Chelsea, conserva otras de las numerosas comunidades tradicionalistas católicas de Londres. En una visita en 2012, pude conocer a los sacerdotes de la comunidad oratoriana y tratar con el liturgista Uwe Michael Lang. Recuerdo que a la entrada de la Iglesia de estilo barroco, podía leerse en un gran cartel: “Only Traditional Mass”[16]. Pero mientras que la Iglesia de San Beda en Clapham Park, pertenece a la diócesis de Southwark, la del Inmaculado corazón de María, de los oratorianos de Londres, pertenece a la diócesis católica de Westminster. En las dos únicas diócesis católicas de Londres, los Tradicionalistas encuentran un lugar donde se les acoge según su sensibilidad litúrgica y formas de expresar la fe católica, que no han aceptado recibir los cambios introducidos por el Concilio o se muestran indiferentes a los mismos.
Panorama de los estudios actuales sobre el Tradicionalismo
Philippe Roy-Lysencourt, profesor de Historia del cristianismo en la Université Laval (Quebec), es actualmente uno de los mejores conocedores del tema[17]. En un artículo, publicado para el “The Oxford Handbook of Vatican II”, señala que actualmente falta una investigación sobre la recepción del Concilio Vaticano II por parte de los católicos tradicionalistas. El trabajo en esta área está en sus inicios, por tanto, no se puede ofrecer una comprensión exhaustiva ni proporcionar una perspectiva total o global sobre la cuestión. Lo hecho hasta ahora, representa una invitación a realizar investigaciones más serias y profundas que darán fruto solo después de años de estudio. El capítulo que Lysencourt dedica a la “recepción del Concilio por los Tradicionalistas”, no pretende ofrecer una auténtica síntesis, sino una visión inicial de la cuestión de alcance limitado, dado que el mundo de los católicos tradicionalistas es complejo y los individuos, movimientos y redes que lo componen, demasiados numerosos. Roy-Lysencourt periodiza en tres fases el proceso de recepción.
En la “Primera fase (1965-1969: una recepción a la luz de la Tradición”)[18], indica que un estudio de la recepción del Vaticano II por parte de los tradicionalistas, implica primero, examinar la historia y las confrontaciones del Coetus Internationalis Patrum (CIP), así autodenominada la principal oposición durante el concilio. Este pequeño e influyente comité, liderado por el arzobispo Marcel Lefèbvre, se opuso a la orientación general del concilio porque los miembros y simpatizantes del CIP lo consideraban contrario a la doctrina tradicional de la Iglesia. Las posiciones y batallas postconciliares de los católicos tradicionalistas se remontan, en su mayor parte a las luchas del CIP y a la inflexibilidad doctrinal de sus principales miembros. El autor estudia la primera recepción del concilio por parte del CIP y pasa luego a considerar la recepción en otras personas y grupos influyentes, entre los que destacan figuras como George de Nantes (Abbé George de Nantes), fundador de la “Liga para la contrarreforma Católica”[19], y Roger-Thomas Calmel, OP.; menciona también publicaciones, como el famoso “Vade Mecum du catholique fidèle: Face à la destruction concertée de l’Église 170 prêtres rappellent les principes essentiels de la vie chrétienne” (Paris: Ferrey, 1968) y “Le Combat de la Foi” fundada por Fr. Louis Coache en 1968[20].
Roy-Lysencourt, desarrolla luego, “La ‘segunda fase’ (1969-2000): Hacia un rechazo del Concilio”[21], que se inicia con la promulgación de la Constitución Apostólica “Missale Romanum” el 3 de abril de 1969. En esta etapa, aunque no se desatienden las cuestiones doctrinales, sin embargo, la “Nueva Misa” y los “abusos litúrgicos”, se convierten en uno de los principales núcleos de la discordia. Después de examinar esta cuestión, la atención se traslada a Monseñor Lefèbvre y a la fundación en 1970 de la FSSPX, donde estudia la evolución de sus puntos de vista sobre el Concilio. Es el tiempo en que Lefèbvre declara “nosotros negamos y siempre nos hemos negado a seguir a la Roma neo-Modernista y neo-Protestante” (Cf. Itinéraires, 189, [January, 1975]). Es época también en que Lefèbvre compara las principales doctrinas conciliares con los ideales de la Revolución Francesa: “libertad religiosa” corresponde a la “Libertad”, “colegialidad” con “Igualdad” y ecumenismo con “Fraternidad”. Esta fase finaliza con el examen del “motu proprio” de Juan Pablo II “Ecclesia Dei”, sobre las comunidades que se formaron después de las cuatro consagraciones episcopales de Lefèbvre en 1988[22].
Roy-Lysencourt, destaca a modo de síntesis que, tras las ordenaciones de 1988, se produjo una importante fractura en el mundo tradicionalista, que condujo a una recepción diferente del Vaticano II. A partir de ese momento, es necesario diferenciar la recepción del concilio por parte de las comunidades Ecclesia Dei -con su apático recibimiento o su silencio sobre el tema conciliar- de la recepción del mismo por parte de los seguidores del arzobispo Lefèbvre, quienes continuaron rechazando el concilio[23]. La “Tercera fase (2000- ): Investigación teológica adicional y reflexión crítica”[24]. Tras las ordenaciones de 1988, las conversaciones entre la FSSPX y Roma fueron prácticamente inexistentes, salvo algunos contactos informales y esporádicos. La situación cambiaría con el Gran Jubileo del 2000, cuando la FSSPX organizó una peregrinación a Roma que reunió a más de 6000 personas.
En aquel momento, el cardenal Castrillón Hoyos, presidente de la Comisión “Ecclesia Dei”, se enteró a través de los medios de comunicación y se encargó de reunirse con los obispos de la FSSPX. La reunión dio inicio a conversaciones doctrinales oficiales con el objetivo de lograr una reconciliación, para las cuales la FSSPX solicitó dos condiciones previas: 1) que la Santa Sede permitiera a todos los sacerdotes católicos, celebrar la misa según el rito de Pío V y 2) que se levantaran las excomuniones contra los cuatro obispos de la FSSPX. La Santa Sede accedió a estas demandas, el 7 de julio de 2007, para la primera (con el motu proprio “Summorum Pontificum” de Benedicto XVI) y el 21 de enero de 2009 para la segunda (mediante el Decreto de la Congregación de obispos que levantaba la excomunión de los obispos de la FSSPX), pero las conversaciones se estancaron por razones doctrinales. La recepción del Concilio Vaticano II por parte de los católicos tradicionalistas es un fenómeno extremadamente complejo que incluye interpretaciones y reacciones cambiantes según el tiempo y las circunstancias. Es por lo tanto, una combinación de evolución y disrupción, división y convergencia, rendición y radicalización.
En el fondo ¿un “prejuicio” hacia el Concilio?
Luego de una rápida semblanza sobre mi experiencia personal con una comunidad Tradicionalista, y de los luminosos aportes que Philippe Roy-Lysencourt ofrece para comprender el estado actual de la FSSPX y de la Comunidad “Ecclesia Dei”, después de la ruptura entre ambos grupos en 1988 con motivo de las excomuniones, cabe hacerse una serie de preguntas tendientes a entender el “momento actual” y avisorar algo del panorama futuro. En primer lugar y siguiendo el análisis de Congar, hay que decir que “en algunos cristianos, hay alergia a todo cambio. Ya cuando Pío XII reformó la celebración de la Semana Santa y le devolvió el carácter nocturno a la Vigilia Pascual, muchos se quejaron: ¡nos cambian la religión! El deseo natural, de suyo respetable, de encontrar una seguridad en la religión, se traduce aquí en una aspiración a mantener sus formas”[25]. En tal sentido, aunque suene irrisorio, el diagnóstico de Congar vale no solo para la cuestión de las comunidades Tradicionalistas sean lefebvristas o “Ecclesia Dei”, sino también para todas las comunidades que se consideran en plena comunión con la Iglesia en la aceptación del Vaticano II.
En segundo lugar, una mirada hacia atrás a la llamada “Profesión de Fe de Monseñor Marcel Lefèbvre” escrita en Roma, el 21 de noviembre de 1974, -esto es durante el pontificado de Pablo VI-, ofrece una idea de los puntos centrales en los que Lefèbvre justifica su postura de rechazo al Concilio. Decía: “Nos adherimos de todo corazón, con toda el alma, a la Roma católica, guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias para el mantenimiento de esa fe, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad”. Y a renglón seguido, señala: “Nos negamos por el contrario y nos hemos negado siempre a seguir a la Roma de tendencia neo-modernista y neo-protestante que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y después del Concilio en todas las reformas nacidas de él”[26]. Es evidente que aquí no se trata del latín, de la sotana, o del canto gregoriano, ni siquiera del régimen del Seminario de Écône (Suiza), o de los cinco Seminarios de la FSSPX: el Seminario internacional del Sagrado Corazón en Zaitzkofen (Alemania), el Seminario Nuestra Señora Corredentora en La Reja (Argentina), el Seminario de la Santa Cruz en Goulburn (Australia), el Seminario Santo Tomás de Aquino en Winona/Minnesota (EE.UU) y el Seminario internacional Santo Cura de Ars en Flavigny-sur-Ozerain (Francia). En realidad, estos seminarios lefebvristas con más o menos matices, pueden parecerse a muchos otros seminarios “conservadores” actuales en distintas latitudes (Europa, Estados Unidos, América Latina, África y Asia), que sin ningún vínculo con la FSSPX, y en “plena comunión” con Roma, han tomado, sin embargo, como “forma y fondo” (de manera irreflexiva) muchas de las afirmaciones de la “Professio Fidei de Lefèbvre”. Hay en ella una distancia “meridiana” de lo que pretendió el concilio.
Se trata del Concilio Vaticano II, es decir, del “acontecimiento eclesial” más importante del siglo XX, de los dieciséis documentos firmados por el conjunto del Episcopado Católico, aprobados, promulgados por el Papa Pablo VI, y “recibidos” paulatinamente por la totalidad de las Iglesias locales del mundo. Se trata además, de las reformas promulgadas hace 60 años por el Vaticano II, en particular las litúrgicas, que no provenían de una “mentalidad modernista”, sino que anclaban en la “gran tradición de oriente y occidente” y que los “Movimientos bíblico y litúrgico” de entre guerras, habían logrado fraguar al ser asumidos por el magisterio de Pío XII en las encíclicas “Divino Afflante Spiritu” (1943) y “Mediator Dei” (1947). Es decir, ha sido “la biblia y la liturgia” respectivamente, quienes han mostrando que el espíritu de “aggiornamento” (“actualización”) del Concilio no abrevaba en el espíritu modernista sino en el “ressourcement” (“vuelta a las fuentes”), que se venía gestando en la tradición eclesial.
Hemos de decirlo con caridad y claridad, pero el núcleo del “prejuicio que nace de la ignorancia” en los hermanos lefebvristas de ayer y de hoy, como también de los filo-lebvristas actuales, es que identifican ¡todavía! el concepto de Tradición con un período “acotado” de la historia de la Iglesia, ligado a la “contrarreforma católica” frente al protestantismo de los siglos XVI y XVII (de Pablo III a S. Pío V) a la cuestión del “ultramontanismo” (Pío IX) y del “modernismo” (S. Pío X)[27]. En esta distorción y empobrecimiento del concepto de Tradición caen hoy muchos propagandistas “eclesiásticos” de la web[28], que con buenos recursos de producción y éxito en un público católico considerable, vuelven a instalar, términos como apologética de la “verdadera Iglesia”, “la Iglesia católica de siempre”, “la liturgia de siempre”, “la Roma de siempre”, “el Magisterio de siempre” etc[29].
Es necesario una auténtica conversión intelectual y espiritual, si se pretende entender que el “ressourcement” (“vuelta a las fuentes”) que animó al Concilio Vaticano II, se había iniciado mucho tiempo antes de la crisis modernista, con importantes investigaciones de teólogos e historiadores del siglo XIX como: Drey, Kühn, Möhler, Hefele, Migne, Döllinger y Newman, que connaturalizados con el pensamiento de los Padres de la Iglesia, aportaron al concepto de tradición una visión menos “fijista” o “estática”, más “dinámica” y “viva” de la fe, expresada en el axioma “lex orandi, lex credendi” (Próspero de Aquitania). La “ley de la fe” se expresa “sí” en la “ley de la oración”, pero el axioma no puede ser aislado de la idea de “desarrollo” (“development”) que envuelve e implica ambos conceptos. Como ha demostrado Walter Kasper en un importante estudio, esta visión, fue compartida en gran medida por varios de los mejores teólogos de la Escuela Romana, en pleno siglo XIX, como: Giovanni Perrone, Carlo Passaglia, Clemens Schrader y Johann Baptist Franzelin, algunos de ellos incluso, actuaron como peritos en el primer concilio Vaticano[30].
El concepto de Tradición, estuvo en el centro de las investigaciones que durante décadas prepararon el Vaticano II y por eso lograron documentos de altísima teología, alcance pastoral y espiritualidad, como la constitución dogmática “Dei Verbum”. En rigor de verdad, sin estos estudios, los artículos de la fe hubieran quedado reducidos a simples enunciados conceptuales y la liturgia “órgano vivo de la doctrina y del magisterio” (según la feliz expresión de Pío XII), se habría visto encerrada y homologada con “un rito” al que se lo había cargado durante siglos de una “sacralidad”, y sostenido desde una teología del ministerio sacerdotal, correspondiente a una eclesiología “incompleta”, es decir, a un modelo de Iglesia de “sociedad perfecta”, incapaz de captar toda la riqueza de la eclesiología “Misterio/Sacramento y pueblo de Dios” que el Vaticano II, propuso como más fiel a la entera tradición bíblica, patrística y litúrgica.
El “ressorcement” (“vuelta a las fuentes”), bajo muchos aspectos, ha sido una de las líneas de fuerza del concilio, no un invento de teólogos racionalistas “traidores de la tradición”, o de “obispos progresistas”, sino el modo más respetuoso, eclesial y teológico con el que la Iglesia católica recibió los aportes del movimiento litúrgico y los cambios de reforma que el Concilio llegaría a plasmar en el Misal de Pablo VI, como en los demás libros litúrgicos, que bien pueden ser considerados, uno de los frutos preciados de la reforma litúrgica conciliar[31]. El “ressourcemet”- ¡rechazado por Lefebvre!-, hundía sus raíces en el “humus nutricio de los padres de la Iglesia”. Me permito aquí adaptar de manera libre un célebre texto de Newman (considerado durante el Vaticano II “el cardenal ausente”), referido a su estado espiritual y de perplejidad ante el paso que debía dar en 1845 antes de su entrada en la Iglesia católica, dice: “pienso en los grandes padres de la Iglesia, aquellos que en oriente y occidente dieron nombre a las diversas familias litúrgicas.
Si San Ignacio de Antioquía, San Atanasio, San Ireneo, San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Ambrosio y San Agustín, volvieran hoy a la vida, se encaminarían sencillamente hacia nuestras liturgias reformadas en el Vaticano II, es allí, donde se reconocerían como en su tiempo y en su casa; cuando la sinaxis eucarística, se vivía como una celebración de la asamblea “no separada” del ministro que la preside sino junto a él, celebrando, activa, consciente y frutuosamente el misterio de nuestra fe”[32]. En el mismo sentido, en que se expresaría Newman, bastaría hoy con leer de un estudioso de San Agustín, el bellísimo capítulo titulado: “Un domingo en Hipona”. Allí el patrólogo holandés Frederick van der Meer en un erudito estudio sobre las fuentes agustinianas como históricas y arqueológicas, reconstruye una celebración en la Basílica de Hippo Regius, la sede de Agustín a partir del 391[33]. No hay modo de no descubrir que el “ressourcement” permitió que la celebración eucarística se “sacudiera” siglos de clericalización y privatización de la eucaristía. En línea con esta idea, vale también recordar lo que Antonio Rosmini, señalaba en pleno siglo XIX, cuando identificaba como una de las cinco llagas de la Iglesia, “la división del pueblo y del clero en el culto público”. El combatido filósofo y teólogo italiano, cuya obra fue llevada al “Índice de libros prohibidos” un siglo antes del Vaticano II, denunciaba que la “posición” de los fieles en la nave de la Iglesia, convertidos en simples espectadores, era un signo claro de su estado de inferioridad y sometimiento al poder sacral de los clérigos[34].
A la misma conclusión, y por su dominio de la patrística y las liturgias de oriente y occidente, llegó el teólogo francés Louis Bouyer, que fue pastor de la Iglesia reformada y pasó a la Iglesia católica por un camino semejante al de Newman[35]. En 1967 publica su obra “Arquitectura y Liturgia”, donde analiza el desarrollo y el significado eclesiológico del espacio litúrgico de la celebración. En particular destaca una idea común en la tradición litúrgica en epoca de los padres de la Iglesia, y es que la asamblea no es simple espectadora. Pero todo cambió en el siglo XVII, cuando las Iglesias adoptaron en su edificación un “canon único”: el de la nave amplia longitudinal rematada por el presbiterio y el ábside. “Una asamblea sentada -dice Bouyer- , es casi siempre necesariamente pasiva. No está dispuesta por su actitud a participar en el culto, sino todo lo más a escuchar una instrucción o, la mayor parte del tiempo, a contemplar con más o menos curiosidad un espectáculo en el cual no participa. Incluso cuando se arrodilla para orar es para una oración privada y no para una súplica común. Y como una asamblea sentada canta mal o no canta, no se puede esperar arrastrarla a la alabanza y la acción de gracias”[36].
En síntesis de este punto, digamos, que hay dos libros litúrgicos, que en el tiempo se suceden el uno al otro y que llevan el mismo título: Misal Romano. El subtítulo de ambos, en cambio, difiere; en uno de ellos se lee: decretado por el Concilio de Trento y promulgado por San Pío V, y en el otro figura: decretado por el Concilio Vaticano II y promulgado por Pablo VI. A pesar de que entre ambos Misales Romanos medien cinco siglos, tienen con todo, no pocos puntos de contacto y también marcadas diferencias[37]. En torno a estos dos libros, -¡vaya paradoja!- que sirven a la celebración Eucarística y por tanto a la “comunión” de la Iglesia católica, se han desatado los más asperos debates llegando a polarizaciones irreconciliables y a situaciones de cisma.
Pablo VI y Benedicto XVI: miradas diversas a la cuestión de la Misa Tridentina
La cuestión que preocupa a los Tradicionalistas es la “rehabilitación” de la Misa Tridentina, luego de algunas restricciones a la que fue sometida durante el pontificado de Francisco con el Motu Proprio “Traditionis custodes” (2021) en que otorga a los obispos la autoridad de “regularla” buscando la unidad de la Iglesia frente a un uso “abusivo” y divisorio. El documento de Francisco dejaba sin efecto el Motu proprio “Summorum Pontificum” de Benedicto XVI (2007)[38], que permitía mayor libertad para la Misa Tridentina extensible más allá de la FSSPX, y abría a la posibilidad de un uso que no necesariamente correspondía con la reforma del Vaticano II, expresada en los libros litúrgicos aprobados por la Santa Sede. Como hemos visto la cuestión viene de lejos, y al mencionar la Misa Tridentina y a Marcel Lefèbvre, no debe olvidarse, que su postura hacia el concilio abarca variedad de temas, “uno” en particular: “que el concilio no hable ni de cerca ni de lejos de colegialidad episcopal”[39].
Las posturas de los papas en particular, Pablo VI y Benedicto XVI respecto de la Misa Tridentina han sido de distinto acento, incluso de orientación. Pablo VI habló del tema dirigiéndose a Lefèbvre, mucho antes del cisma de 1988. “De la misma actitud equivocada que has adoptado deriva la celebración abusiva de la Misa llamada de San Pío V […] Si en general, no hemos estimado procedente demorar ni conceder excepciones a su adopción, ha sido mirando por el bien espiritual y por la unidad de toda la comunidad eclesial”[40]. El tenor de la carta que Pablo VI dirige a Lefèbvre a mediados de 1976, radica en la importancia de aceptar que la reforma del rito romano de la misa, querido por el Concilio, mira tanto al “bien espiritual” como a la “communio” de la Iglesia, destacando que para los católicos, el “Ordo Missae” es un signo privilegiado de unidad. El énfasis de Pablo VI estaba puesto en la obligatoriedad de aceptar la reforma “en su totalidad”; dice en otro pasaje de la carta: “debes reconocer explícitamente la legitimidad de la liturgia renovada, y concretamente del “Ordo Missae” así como el derecho que nos asiste para mandar a todo el pueblo cristiano que acepte y adopte dicha renovación”[41]. Lejos estaba la posibilidad de pensar en un cisma. Pero el llamado a la reflexión de Pablo VI, no solo no cambió la postura de Lefèbvre, sino que el “lefebvrismo” creció de manera significativa: la FSSPX se extendió en diversos países, crecieron las vocaciones sacerdotales, seminarios, monasterios, cofradías e instituciones tradicionalistas en defensa del rito Tradicional.
En cuanto a Benedicto XVI la cuestión es más compleja. La biografía de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, no puede entenderse sin destacar el lugar central que ocupa la liturgia en su formación y pensamiento teológico[42], manifiesta en la dedicación que ha puesto para comentar en diferentes obras la reforma litúrgica del Vaticano II, como también la defensa de la Misa Tridentina[43]. En varias oportunidades ha expresado su descontento con la “recepción” que ha tenido la reforma litúrgica[44]. En su “autobiografía” aparecida en 1997, siendo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), decía: “Estoy convencido de que la crisis eclesial en la que nos encontramos hoy depende en gran parte del hundimiento de la liturgia, que a veces se concibe directamente “etsi Deus non daretur” (“como si en ella ya no importara si hay Dios”). Y agrega: “por todo esto tenemos necesidad de un nuevo movimiento litúrgico que haga revivir la verdadera herencia del concilio Vaticano II”[45].
Con la llegada de Benedicto XVI al ministerio petrino, sus “ideas litúrgicas” encontraron lugar en las celebraciones papales. Cambió el “ajuar litúrgico” que volvió al barroco a pesar de las recomendaciones de “Sacrosanctum concilium”, al señalar que “los ritos deben resplandecer con una noble sencillez, deben ser breves, claros, evitando las repeticiones inútiles, adaptados a la capacidad de los fieles” (SC 34). En el altar papal volvió a ubicarse la cruz de grandes dimensiones en el centro, flanqueada por cirios que impedían ver a quien presidía. Estos cambios “pensados”, respondían a la sensibilidad e interpretación litúrgica, “muy personal” que lo caracterizaba. Era la forma que Ratzinger postulaba para salvar lo que entendía como “la posición” más correcta del sacerdote en la celebración, ubicado “ad orientem” (“de espalda al pueblo”). Había justificado su postura a mediado de los 80’ en su “Introducción al espíritu de la liturgia” (“Einführung in den Geist Liturgie”, 1985), en un capítulo titulado: “El altar y la orientación dentro de la liturgia”[46]. Incluso, cuando Uwe Michael Lang, liturgista, y miembro del “tradicionalista” Brompton Oratory de Londres (he mencionado su nombre y hablado del oratorio de Londres al narrar mi experiencia), publicó su excelente pero discutido libro: “Turning towards the Lord. Orientation in Liturgical Prayer”[47], (“Volverse hacia el Señor. Orientación en la plegaria Litúrgica”), Ratzinger apoyará su propuesta escribiéndo un sugestivo prólogo y destacando los aciertos de la obra. En un artículo de 2018, el teólogo argentino Carlos Schickendantz ha mostrado el modo en que Ratzinger llevó adelante una “reforma de la reforma litúrgica” del Vaticano II, expresando en ella un diagnóstico que tuvo escaso consenso de parte de sus pares teológicos[48].
Menciono un ejemplo de particular “peso” de las resistencias a las innovaciones litúrgicas de Benedicto XVI. En 2007, antes de entrar en vigencia la “Summorum Pontificum”, se celebró la V Conferencia General del Espiscopado Latinoamericano y el Caribe en Aparecida (Brasil). Monseñor José María Arancedo (arzobispo de Santa Fe/Argentina) intervino con un “apremiante” pedido, refiriéndose a la posibilidad de extensión del rito romano “extraordinario”, a toda la Iglesia: “No considero conveniente modificar la actual disciplina. Esto plantearía problemas eclesiales y pastorales que no ayudarían a la vida de comunión en nuestras Iglesias […] Me pregunto con dolor si en este caso no habría una manera de contestación, o no aceptación del Concilio Vaticano II”[49]. La intervención fue reconocida con un “aplauso cerrado” por la asamblea, en la que se encontraba el futuro sucesor de Benedicto. Esta “reforma de la reforma litúrgica”, aplaudida por los Tradicionalistas, encontró en algunos liturgistas de orientación “conservadora” una amplia difusión. Basta recordar dos libros de Nicola Bux, cercano al papa Ratzinger, titulados: “Como ir a Misa y no perder la fe”[50], y “La Reforma de Benedicto XVI. La Liturgia entre innovación y Tradición”[51], en los que entre otros argumentos defiende la Misa Tridentina e insiste que en la celebración de la Misa según el “Ordo Missae” de Pablo VI, el sacerdote “debe” volver a ubicarse “ad orientem” (de espalda al pueblo).
Estas ideas de Ratzinger se habían hecho presentes de manera explícita en el libro reportaje que en 1985 Vittorio Messori le hizo al entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, titulado: “Informe sobre la Fe”. Frente al discutido “indulto” que la Congregación para el Culto Divino (“Quattor abhinc annis”) otorgaba con un documento firmado por el papa Juan Pablo II en 1984, para aquellos sacerdotes que quisieran celebrar la misa utilizando el Misal romano de 1962 (Misal “Tridentino” o Misal romano en “forma extraordinaria), la respuesta de Ratzinger fue: “Este indulto no debería verse en una línea de “restauración”, sino, muy por el contrario, en el clima de aquel “legítimo pluralismo” sobre el que tanto han insistido el Vaticano II y sus exégetas”[52].
Ratzinger “recogía el guante” que le habían lanzado los llamados teólogos “progresistas” y argumentaba, que si de “pluralismo se trata”, es justo que todos los sectores y sensibilidades litúrgicas del pueblo de Dios, estén representadas. Diez años despúes del “Informe sobre la Fe”, en otro libro entrevista de Peter Seewald, volvía a defender la Misa Tradicional, señalando: “Existen muchos centros donde la liturgia se respeta y se vive sin aspavientos, que atraen a muchos aunque no entiendan todas y cada una de las palabras. Pero, desgraciadamente, mientras la tolerancia para lo que son pasatiempos es casi ilimitada, la tolerancia para la antigua liturgia es casi inexistente. Y esos es indicio de que no andamos por buen camino”[53].
El teólogo inglés Aidan Nichols, OP., (Cambridge), en una biografía teológica sobre Joseph Ratzinger, ofrece algunas pautas que ayudan a comprender las intenciones de su biografiado respecto de las “reformas litúrgicas” que “interpretando” al Concilio, llegarían casi dos décadas más tarde: “el resultado más constructivo del Concilio ha sido el de recuperar la tradición de la Iglesia pretridentina, fundamentalmente la fase de la tradición patrística […] Este programa, digno de toda admiración mostró sin embargo puntos débiles. Por ejemplo, el hecho de que los padres conciliares, aunque comprendieron exactamente que el catolicismo tradicional del tipo que ahora representan el arzobispo Marcel Lefèbvre y sus seguidores era el de sus antepasados, subestimaron el efecto desorientador que tendría su reemplazo. Al privar a los católicos del lenguaje en el que habían encontrado su identidad, la sustitución de la tradición inmediatamente preconciliar -esencialmente producto de la Reforma católica del siglo XVI y del renacimiento del siglo XIX-, generó una sensación de anonimato, una pérdida de identidad colectiva y personal”[54].
Otras tantas citas podrían apoyar el argumento por el que Benedicto XVI favoreció la recuperación de la Misa en rito tradicional, pero tal vez, el ejemplo más claro está casi al final de su vida. En el último de los “libros de entrevistas” que le dedicó su principal biógrafo, Peter Seewald, no podía faltar la pregunta que todo lector/a interesado por el tema espera escuchar. Transcribo aquí la pregunta de Seewald y la respuesta de Benedicto en aquella extensa conversación tenida durante su retiro en el Monasterio Mater Ecclesiae (Vaticano), el 23 de mayo de 2016. Seewald va directo al grano apoyándo su pregunta en la aparición de la “Summorum Pontificum” en 2007, dice: “La reautorización de la antigua misa se interpreta con frecuencia sobre todo como una concesión a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX)”. A lo que Benedicto XVI, responde de manera clara y taxativa: “¡Eso es absolutamente falso! Para mí era importante que la Iglesia estuviera en armonía consigo misma, con su propio pasado. Que lo que antes era sagrado para ella no se considerara ahora algo erróneo. El rito no puede sino evolucionar. En este sentido, la reforma era conveniente. Pero no se puede quebrar la identidad.
La Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), se basa en que hay gente que tiene la sensación de que la Iglesia se ha negado a sí misma. Eso no puede ser. Pero, como ya he dicho, mi intención no era de naturaleza táctica; antes bien, lo que me preocupaba era el asunto en sí. Por su puesto, ese es también un punto en el que, en el momento en que se ve aflorar una escisión eclesial, el papa está obligado a hacer lo posible por impedirla. De ello forma parte asimismo el intento de reintegrar a estas personas, si es posible a la unidad de la Iglesia”[55]. Más allá de las razones que Pablo VI y Benedicto XVI, tuvieron en su momento para expresar su visión respecto de la postura de Lefèbvre sobre la Misa Tradicional, no debe olvidarse que la defensa que Lefèbvre hace de la misma, es solo la punta del iceberg que oculta muchas de sus posturas reaccionarias que han pasado por ósmosis en primer lugar a la propia FSSPX, pero también a muchas comunidades tradicionalistas se denominen “Ecclesia Dei” u otras que “parapetadas” en la Misa Tradicional se niegan a la “recepción” en el -sentido eclesiológico del término- del Concilio Vaticano II.
Un último ejemplo, lo tomo de George Weigel, que hace ya 25 años escribió, la que es considerada mejor biografía de Juan Pablo II. Cito un párrafo donde se incerta textualmente el pensamiento del papa Wojtyla: “A juicio de Juan Pablo II, “Dignitatis humanae”, la Declaración sobre la libertad religiosa, era la clave para interpretar el Concilio en su conjunto. El arzobispo Lefèbvre tachaba de herético al documento y creía que la voluntad de Cristo era una Iglesia oficial dentro de un Estado confesional católico. El papa recuerda que Lefèbvre, “cuya teología era muy distinta”, tenía una “visión de la Iglesia” que no se parecía en nada a la suya. La negativa de Lefebvre a dejarse amansar por el indulto de 1984 disipó cualquier duda sobre su convicción de que el Vaticano II había sido un acto de irresponsabilidad y una infidelidad colosales, y que el cambio de la liturgia era unicamente su manifestación más visible”[56].
Unas reflexiones abiertas sobre el pedido de los Tradicionalistas
La experiencia de estos años, de contacto con grupos tradicionalistas y personas (en particular seminaristas) que he tenido como alumnos y que provenían de seminarios e institutos “conservadores”, me ayudaron a entender que detrás del reclamo que se concentra en el pedido de “restauración” de la “Misa “Tradicional”, se ocultan sin embargo, “antipatías” y “oposiciones” diversas que abarca muchos de los temas más importantes desarrollados por el Concilio. En esto último, cabe la impresión de que no se avanzó demasiado. En cierto sentido, parece lógico pensar que “defensores” de un concepto casi “raquítico” de lo que significa “Tradición”, puedan llegar a comprender, documentos como: “Lumen Gentium”, “Gaudium et spes”, “Dei Verbum”, “Unitatis redintegratio”, “Nostra Aetate”, “Dignitatis humanae”, y podría seguir el elenco de los documentos conciliares. Ya hemos hablado del lugar creciente que los “propagandistas” de esta “Tradición recortada” tienen hoy en la web.
Pienso sin embargo, ya en el final del Jubileo de la esperanza, que ante este fenómeno, no se deben levantar bastiones. Por el contrario, estas cuestiones merecen mayor “estudio” y “diálogo”, y la Iglesia católica en su deseo de vivir y “realizar” (“to realize”) la “sinodalidad”, hará mucho bien si propicia una real y sincera apertura con estas comunidades. Es actual y oportuno, revalorizar la propuesta de Congar cuando dice: “el gran río de la Tradición es más ancho que un canal rectilíneo de orillas escarpadas. La Tradición de los Padres es más rica que aquella cuyo contenido fijó el santo Concilio de Trento. ¡El Espíritu Santo no abandonó a la Iglesia a partir de 1962 o 1965!”[57]. Pero más allá de la capacidad de “apertura” y “recepción” del Vaticano II, que la FSSPX, las comunidades “Ecclesia Dei” y los numerosos grupos “conservadores”, puedan llegar a tener, cabe preguntarse si la Misa Tradicional no debería ser hoy reconsiderada en sus argumentos como también en la legislación a nivel de magisterio.
Si la Iglesia toda y en particular los papas del posconcilio, con especial decisión abogaron por las reformas, preocupa que “este tema no resuelto”, o solo resuelto a modo de “táctica pastoral” (Cf. Francisco, “Traditionis custodes”, n° 8), no logre aún encauzar a tantas comunidades que sufren la escisión o se han acostumbrado a ella. Ya Hans Küng, -en un curioso gesto de empatía- recordaba que, “en repetidas oportunidades los católicos tradicionalistas se habían quejado airadamente de que, en Roma, a los “teólogos progresistas”, se les trataba con mayor indulgencia”[58]. La Iglesia católica debe evitar a toda costa los errores cometidos por el protestantismo de comienzos de la Edad Moderna: aislamiento sectario, excomuniones recíprocas y fragmentación lenta casi imperceptible en “iglesias nuevas”.
Como señala Philippe Roy-Lysencourt, la cuestión de los “Tradicionalistas y el Vaticano II” requiere de mayor profundización. Los argumentos esgrimidos en su momento por Marcel Lefèbvre y sus seguidores, hoy pueden ser leídos e interpretados de otra manera, con otro espíritu, buscando en todo la “unidad en comunión” que no puede realizarse de manera “uniforme” sino con los rasgos de lo “católico”. En la concreción de su figura, la Iglesia católica será siempre escándalo, o sea, una piedra con la que se tropiece, bien porque choque por principio con su fastidioso carácter concreto, bien porque uno se indigne por el pecado, la debilidad, la estrechez de miras, que tan escasamente cuadran con la pretensión de catolicidad, según lo entendían los padres de la Iglesia.
Finalmente, puede ayudar el testimonio de Newman en su: “Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana”[59], obra con la que justifica intelectualmente su paso a la Iglesia católica en 1845. Allí señalan siete notas que distinguen los legitimos desarrollos, entre las cuales destaco dos que bien pueden expresar el núcleo central de la cuestión de los tradicionalistas y el Vaticano II. La tercera nota: “poder de asimilación”, se refiere a la potencialidad de la fe para expresar su contenido que debe profesarse en tiempos y espacios diversos y por eso necesita asimilar con discernimiento todo lo que la historia, los pueblos y las diversas culturas le brindan.
Aquí pueden reflexionar y meditar, largo y profundo los hermanos tradicionalistas. La sexta nota: “acción conservadora sobre su pasado”, incluye todas las formas en que la tradición ha concebido la fe y la ha transmitido y celebrado. En esta nota, podría anclar un argumento más por el que los Tradicionalistas permanecen y tal vez permancerán durante años, abogando por la “Misa tridentina” y un “lugar” pacífico sin recelos ni sospechas sobre la legitimidad de su celebración. La Iglesia en su identidad y querer “sinodal” (“caminar juntos”), podría volver a reflexionar sobre el lugar de los Tradicionalistas en la Iglesia y cuánto de su identidad como “acción conservadora sobre su pasado” son palabra actual e interpelante de Dios, para que la Iglesia exprese cada vez más al “Christus totus” (“Cristo total”).
Notas de referencia
[[1]] Yves Congar, “La crise dans l’Eglise et Mgr. Lefebvre”, Paris, Du Cerf, 1976; [las traducciones son nuestras].
[[2]] Yves Congar, op. cit., p. 9.
[[3]] Cf. Jesús Bastante, “El plan Prevost: así será el consistorio extraordinario convocado por el Papa”, [en línea]: https://www.religiondigital.org/leon-xiv/plan-prevost-sera-consitorio-extraordinario_1_1435437.html.
[[4]] “Estos cristianos, con su Cabeza que subió al cielo, son un solo Cristo; no es El uno y nosotros muchos, sino que, siendo nosotros muchos en Aquel uno, somo uno” (“in illo uno unum”), San Agustín, “Enarraciones sobre los Salmos”, OCSA, T. XXII (4), Madrid, BAC, 1967, p. 364.
[[5]] “Un mosaico del norte de África del 324, el único datado, proviene de la primera basílica del Castellum Tingitanum, en la antigua ciudad romana Mauritania Cesárea, hoy El Asnam, un municipio de Argelia. El mosaico representa la Iglesia bajo la forma de un laberinto, que recubre toda la tierra. El “dédalo” infinito de las calles confluye hacia el centro, formado por un cuadro donde en todos los sentidos se lee el nombre: SANCTA ECCLESIA. Iglesia Santa. El diseño quiere reproducir el drama del donatismo que divide a la Iglesia Africana, cisma limitado a un ángulo del mundo, mientras la Iglesia se difunde por toda la tierra, tema que retorna continuamente en la discusión y predicación de Agustín”, Adalbert G. Hamman, “La vita quotidiana nell’Africa di Sant’Agostino”, Milano, Jaca Book, 1989, p. 263.
[[6]] Cf. Juan XXIII, Discurso “Gaudet Mater Ecclesia”, en la apertura del Concilio Vaticano II”, 11 de octubre de 1962, n. 7, 13, 14 y 17. Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. Legislación posconciliar, Madrid, BAC, 1975, pp. 1029-1036.
[[7]] Cf. John W. O’Malley, SJ., “¿Qué pasó en el Vaticano II?”, Santander, Sal Terrae, 2012, p. 154.
[[8]] Ricardo M. Mauti, “My journal from England, 2011-2012; 2014-2015”, [Texto inédito, escrito en inglés durante mi dos estadías en Inglaterra, 162 pp. ]; Cf. pp. 84-85.
[[9]] La expresión más correcta es: Misa según la edición típica del Misal Romano editado por Juan XXIII en 1962 (Congregación para el Culto y los sacramentos, “Quattor abhinc annis”, 1984; Juan Pablo II, “Ecclesia Dei”, 1988; Benedicto XVI, “Summorum Pontificum”, 2007)
[[10]] En mi primera estancia en Inglaterra, pude asistir en el moderno “Symphony Hall” de Birmigham a la presentación de la obra coral de Edward Elgard, “The Dream of Gerontius”, interpretada por la Birmingham Phiharmonic Orchesta y el London Philharmonic Choir; fuimos con mi tutor y amigo Dr. Donald Lynch, esto fue en enero de 2012; Cf. My journal from England”, p. 67.
[[11]] Ricardo M. Mauti, “My journal from England”, pp. 66-67.
[[12]] Ricardo M. Mauti, “My journal from England”, p. 102.
[[13]] Cf. Joanna Bogle, “One corner of London. A history of St. Bede’s church, Clapaham Park, Leominster, Gracewing, 2003.
[[14]] Vicent Nichols, “St John Fisher. Bishop and Theologian in Reformation and Controversy”, London, Alive Publishing, 2011, 232 pp.
[[15]] Ricardo M. Mauti, “My journal from England”, p. 32.
[[16]] Ricardo M. Mauti, “My journal from England”, p. 45.
[[17]] Cf. Philippe Roy-Lysencourt, The recepetion of the second Vatican Council by Traditionalist Catholics, en Catherine E. Clifford & Massimo Faggioli (edited by), “The Oxford Handbook of Vatican II”, Oxford, Oxford University Press, 2023, pp. 360-378. Al final del capítulo, en una guía bibliográfica sobre el tema, se encuentran siete artículos del autor sobre el tema de los “tradicionalistas” (pp. 377-378).
[[18]] Cf. Philippe Roy-Lysencourt, op. cit., pp. 361-365.
[[19]] El caso del P. George de Nantes es bastante emblemático. En 1983, él mismo en persona acompañado de una delegación, fue a Roma con la intención de poner en manos del Papa o de otra persona delegada por él, “un Libelo de acusación contra el Papa Juan Pablo II por herejía, cisma y escándalo”. Recibido por Monseñor Jérôme Hamer, Secretario de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, luego de escuchar su relación y el objeto de su petición, Mons. Hamer, ha declarado posteriormente que “rechaza de la forma más rotunda recibir su libelo, porque no era posible aceptar acusaciones injustificadas y gravemente ofensivas contra el Santo Padre, tampoco las que habían sido formuladas hace tiempo contra el papa Pablo VI, sobre todo en un escrito análogo a la fecha de 1973. La CDF elaboró una “Notificación sobre el Padre George de Nantes” [13 de mayo 1983], Congregación para la Doctrina de la Fe 1966-2007, Madrid, BAC, 2008, pp. 258-259.
[[20]] Cf. Philippe Roy-Lysencourt, op. cit., p. 364.
[[21]] Cf. Philippe Roy-Lysencourt, op. cit., pp. 365-372.
[[22]] El 30 de junio de 1988, Monseñor Marcel Lefebvre, ordenó de obispos en Écône a cuatro sacerdortes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX): Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamsom y Alfonso de Galarreta. En aquella celebración Monseñor Antonio de Castro Mayer, actuó como obispo co-consagrante. Lefebvre consideró las ordenaciones una necesidad de supervivencia del sacerdocio católico y de la tradición frente a lo que veía como una crisis en la Iglesia postconciliar. La Santa Sede, a través de la Congregación de obispos declaró la excomunión automática (latae sententiae) de Lefebvre y de Castro Mayer por desobediencia papal colocando a los involucrados en situación de cisma. El papa Juan Pablo II confirmó las excomuniones, lamentando profundamente el acto y la división causada. En 2009, el papa Benedicto XVI levantó las excomuniones de los cuatro obispos buscando un acercamiento con los tradicionalistas, aunque la plena comunión con la FSSPX aún no se ha restablecido completamente.
[[23]] Cf. Philippe Roy-Lysencourt, op. cit., p. 372.
[[24]] Cf. Philippe Roy-Lysencourt, op. cit., pp. 372-377.
[[25]] Yves Congar, “La crise dans l’Eglise et Mgr. Lefebvre”, p. 59.
[[26]] Citado por Yves Congar en “La crise dans l’Eglise et Mgr. Lefebvre”, pp. 79-80.
[[27]] John W. O’Malley, SJ., “El Vaticano I. El Concilio y la formación de la Iglesia ultramontana”, Santander, Sal Terrae, 2019, pp. 60.72; sobre la influencia de Dom Próspero Guéranger (Abadía de Solesmes) y difusor del rito romano, puede verse: pp. 73-79.
[[28]] En los últimos años se han multiplicado los “sacerdotes influencers” de talante “conservador”. Quien visite los canales del: P. Javier Olivera Ravasi, QNTLC; P. Federico Highton, fundador de la “orden” de San Elías; P. Gabriel Calvo Zarraute (Tekton Centro Televisivo); o La Sacristía de la Vendée (“Una tertulia sacerdotal contrarrevolucionaria”), entre otros, advierte que los temas que allí se tratan, son lejanos a la letra y al espíritu del Vaticano II. Una visión negativa del diálogo de la Iglesia con el mundo moderno, el ecumenismo, el diálogo interreligioso, diálogo con las culturas, es el sello que los distingue. En el fondo de la propuesta de estos comunicadores, se percibe una pobre teología y un llamativo desconocimiento del magisterio posconciliar, conjugado con posturas “reaccionarias”, marcadas de espíritu “cruzado” y “cristero” (“contrarevolucionaria” es la expresión habitualmente utilizada). El estilo que identifica a estos sacerdotes inluencers que dedican mucho tiempo en transmitir un mensaje cristiano sesgado, es el ideal “restauracionista” de un modelo de Iglesia de cristiandad que impregna buena parte del contenido que difunden.
[[29]] Las expresiones pertenecen a la “Professio Fidei de Monseñor Marcel Lefebvre”, Cf. Yves Congar, op. cit., p. 80.
[[30]] Cf. Walter Kasper, “La doctrina de la Tradición en la Escuela Romana”, OCWK 1, Santander, Sal Terrae, 2018, p. 80.
[[31]] Cf. Keith F. Pecklers, SJ.; Ressourcement and the Renewal of Catholic Liturgy: On Celebrating the New Rite, en Gabriel Flynn & Paul D. Murray (eds.), “Ressourcement. A Movement for Renewal in Twetieth-Century Catholic Church”, Oxford, Oxford University Press, 2013, pp. 320-326; 321.
[[32]] John H. Newman, “Apología pro vita sua”, Madrid, Encuentro, 1996, p. 202.
[[33]] Cf. Friederik van der Meer, “San Agustín Pastor de almas”, Barcelona, Herder, 1965, pp. 497-515. La obra publicada originalmente en holandés en 1958 fue traducida al español y publicada en 1965, en el año de la clausura del Vaticano II.
[[34]] Cf. Antonio Rosmini, “Delle cinque piaghe della Santa Chiesa”, New York, The Perfect Library, 2002, p. 13.
[[35]] Su autobiografía es reveladora de sus ideas y obras, a la vez que una crítica de ciertas posturas fundamentalistas que anidan en las “costumbres de la Iglesia” (“consuetudinis Ecclesia”) dentro de la Iglesia católica; Louis Bouyer, “Del protestamtismo a la Iglesia”, Madrid, Encuentro, 2017,
[[36]] Puede verse: Louis Bouyer, “Architettura e Liturgia”, Magnano, Qiqajon, 1994, pp. 62-63.
[[37]] Puede verse un buen estudio de reconocidos liturgistas españoles publicado con motivo del 25° aniversario del Misal Romano del Vaticano II; Cf. P. Farnés, D. Borobio, J. M. Bernal y otros, “El Misal de Pablo VI. De oir Misa a celebrar la Eucaristía”, Madrid, Edibesa, 1996.
[[38]] Cf. Francisco, “Traditiones custodes”, art. 8.
[[39]] Xenio Toscani (a cura di), Paolo VI. Una biografia, Brescia, Istituto Paolo VI/Edizioni Studium Roma, 2014, p. 369.
[[40]] Pablo VI, “Carta del Papa a Mons. Lefebvre”, L’Osservatore Romano, 1976 (577), pp. 9-10.
[[41]] Pablo VI, “Carta del Papa a Mons. Lefebvre”, L’Osservatore Romano, 1976 (577), p. 10.
[[42]] Cf. Peter Seewald, “Benedicto XVI. Una vida”, Bilbao, Mensajero, 2020, p. 220.
[[43]] Mencionamos algunos títulos: Joseph Ratzinger, “La fiesta de la fe: Ensayo de teología litúrgica”, Bilbao, Desclée, 1999 (original alemán: “Das fest des glaubens”, Einsiedeln, 1981); Joseph Ratzinger, “Un canto nuevo para el Señor. La fe en Jesucristo y la liturgia hoy”, Salamanca, Sígueme, 1999; Joseph Ratzinger, “Introducción al espíritu de la liturgia”, Bogotá, San Pablo, 2006.
[[44]] Cf. Card. Joseph Ratzinger, “La sal de la tierra. Cristianismo e Iglesia católica ante el nuevo milenio. Una conversación con Peter Seewald”, Madrid, Palabra, 1997, pp. 186-188.
[[45]] Joseph Ratzinger, “Mi vida. Recuerdos (1927-1977)”, Madrid, Encuentro, 1997, p. 125.
[[46]] Cf. Joseph Ratzinger, “Introducción al espíritu de la liturgia”, op. cit., pp. 63-70.
[[47]] Uwe Michael Lang, “Turning towards the Lord. Orientation in Liturgical Prayer”, San Francisco, Ignatius Press, 2004, pp. 13-16.
[[48]] Cf. Carlos Schickendants, “De una Iglesia occidental a una Iglesia mundial. Un interpretación de la reforma eclesial”, Theologica Xaveriana, Vol. 68, n° 185, (2018), pp. 1-27, 8.
[[49]] Ricardo M. Mauti, “La liturgia del futuro o el futuro de la liturgia”, Revista Teología, tomo XLVII, n° 106 (2011), pp. 501-515, 506.
[[50]] Cf. Nicola Bux, “Come andare a Messa e non perdere la Fede”, Milano, Piemme, 2010, pp. 20-23.
[[51]] Cf. Nicola Bux, “La Riforma di Benedetto XVI. La Liturgia tra innovazione e Tradizione”, Milano, Piemme, 2009, p. 72.
[[52]] Card. Joseph Ratzinger, Vittorio Messori, “Informe sobre la Fe”, Madrid, BAC, 1985, p. 137.
[[53]] Card. Joseph Ratzinger, “La sal de la tierra”, op. cit., p. 188.
[[54]] Aidan Nichols, OP., “The Theology of Joseph Ratzinger. An Introductory Study”, Cambridge, T & T. Clark Ltd, 1988, p. 308.
[[55]] Benedicto XVI. “Últimas conversaciones con Peter Seewald”, Bilbao, Mensajero, 2016, p. 249.
[[56]] George Weigel, “Biografía de Juan Pablo II. Testigo de Esperanza”, Barcelona, Plaza & Janés, 1999, p. 748.
[[57]] Yves Congar, op. cit., p. 49.
[[58]] Hans Küng, “Verdad controvertida. Memorias”, Madrid, Trotta, 2009, p. 446.
[[59]] John Henry Newman, “Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana”, Salamanca, UPSA, 1997, pp. 214-218; 227-231.
