El informe. ©

En verdad os digo, que si no os hacéis semejantes a los niños no entraréis en el reino de los cielos. (Mt 18,2; 19, 14)


***



Carlitos, un niño de tres años y medio, se hace el perezoso en su ímprobo trabajo diario de cenar. Eulalia, su mamá, procura distraerle para que llevarse la cuchara a la boca sea algo secundario.

─ ¿Te acuerdas de Pepito Conejo? Aquello que dice ─la madre inicia la canción ─ : Pepito Co…

El niño contesta:

─ …nejo.

─ Al monte sa…

─ …salió.

La señora de La Riva se enfada porque el niño mantiene el bolo en la boca sin tragarlo:

─ ¡Venga, hombre! No vamos a estar toda la tarde así. Va a venir papá y todavía estarás cenando.

Mientras el niño engulle, la mamá sigue:

─… corre que te corre...

Carlitos interrumpe:

─ ¿Por qué tiene que correr…?

─ Pues… porque los conejos corren mucho. Tienen unas patas con las que dan saltos rápidos y muy grandes.

─ ¿Y no les pilla un coche... ? ─

─Pues, sí; también, también. Muchas veces los coches pillan a los conejos.

─ ¿Y por qué…?

─ Porque cruzan solos la carretera.

─ Y ¿qué es una carretera?

─ Una carretera es como una calle muy grande muy grande.

─ ¡Aaah…! ─

Carlitos se queda pensativo mientras se lleva a la boca otro poco de jamón cocido. Pero enseguida vuelve a la carga:

─ ¿Y por qué los conejitos cruzan solos?

─ Pues porque no saben que les puede pillar un coche.

Nuevo silencio del niño e inevitable nueva pregunta:

─ ¿Y dónde estaba su mamá…?

La señora de la Riva le limpia los labios y el pecho dela mermelada

─ ¿Su mamá...? Anda, pues... No lo sé... Lo que pasó es que él se fue por ahí, solo.

─ Pe..., pero… ¿dónde estaba su mamá?

─ En el campo, en la madriguera.

─ ¿Y por qué…?

─ Porque la casita de Pepito Conejo se llama madriguera; un agujero escondido entre matorrales que sus papás hacen con mucho amor.

─ ¿Y por qué?

─ Porque sí.

Carlitos se queda pensativo para volver a preguntar.

─ Pe... pero... ¿por qué no le dio la mano?

─ Pues ya te lo he dicho, porque se fue solo.

─ Por eso a mi no me pilló un coche. Porque... Porque cuando, cuando yo era conejo mi mamá me llevaba de la mano… ¿Verdad?

─ ¿Tú has sido conejo...?

─ Sí - contesta el niño, rotundo.

─ Anda… ¡Y yo sin saberlo...!

En ese momento se oye la puerta de entrada.

─ Mira qué bien, ya está aquí papá.

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Carlos de la Riva dio un beso a su mujer y otro a su hijito. Dijo que tenía tareas urgentes que terminar para una importante junta a celebrarse mañana temprano. Que ni siquiera tenía tiempo para cenar; si acaso un sándwich. Se trajo el archivador A-Z con el grueso del informe que le prepararon el Jefe de Financiero y el de Comercial, y se retiró a su escritorio.

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Don Jesús Iribarren, Presidente de la empresa en que Carlos trabajaba, filial española de una multinacional estadounidense, le había pedido un Estudio Económico sobre la posible fusión, mejor debiera decirse absorción, de una sociedad de la competencia con la que se había llegado a un acuerdo de arranque. Ya habían diseñado juntos las lineas esenciales y, Carlos, calculados los valores reales de las sucursales y su fondo de comercio. Por supuesto, los inventarios y los quebrantos de absorción de un Pasivo que se tambaleaba... En especial, la excesiva nómina y las incidencias previsibles con los Sindicatos. Dejó para su casa el dictamen de oportunidad comercial y el plan de adecuación de plantillas a la cultura de la nueva propietaria. Y todo ello para la convocatoria del día siguiente a las diez, puesto que el vicepresidente de la sede mundial había llegado hoy de Londres, en su avión privado, para asistir a la reunión.

Carlos ya conocía a Mr. Roberts, un genuino americano de trato franco y abierto; resuelto en las decisiones a la vez que cauto en los negocios, como un jugador de póquer. Cuando le presentaron, Carlos ya sabía quien le estrechaba la mano: El Vice-Presidente Ejecutivo de una Corporación cuyos beneficios de aquel año, antes de impuestos, alcanzaban una cifra suficiente «para financiar a coste actual un nuevo desembarco aliado en Normandía.» Aquel día comprendió el dicho de que en los USA se idolatraba el éxito, el esfuerzo y el desarrollo personal. Devociones que en Mr. Roberts se apreciaban no como instrumento de clase o de orgullo personal sino como contagiosa fe en la condición humana.

Inversor en antigüedades y obras de arte, Mr. Roberts aprovechaba su actual gira por Europa para asistir en Amsterdam a una subasta de pintura contemporánea. Además, venía acompañado de su esposa, Stephanie, muy interesada en conocer de España el Museo del Prado, Toledo, Ávila y Segovia. Se entiende que después de que Mr. Roberts participase en las decisiones que se desprendieran del informe de Carlos.
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Abstraído en su trabajo Carlos no se dio cuenta de que, allí, a su lado, su pequeño llevaba un buen rato mirándole. En las manos tenía abierto un libro de cuentos.

─ ¿Me lees este cuento, papá?

Apenas si le oyó. Examinaba la copia del protocolo intencional de fusión que las partes habían firmado la semana anterior. Miró de soslayo al niño.

─ No puedo ahora, mi rey… Pero, oye; ¿no deberías estar ya en tu cuna?

─ Sí… pero es que...

Carlos de la Riva se da cuenta de que puede prescindir de casi media página con párrafos de temas más oportunos para el final del informe.

─ Bueno, y entonces ¿por qué estás aquí?

─ Es que ayer me prometiste que me leerías un cuento...

─ Ya, pero es que ahora no puedo, precioso. ─ Y en tono terminante: ─ Déjame y dile a mamá que te lo lea ella.


El niño, contrariado, se quedó allí un buen rato mirando a su padre.

La vocecita de Carlitos volvío a interrumpirle.

─ Anda, papi… por favor… Mira sólo qué dibujos tan bonitos son. Nada más tienes que leerme esta parte.

Su padre no le contestó; obviamente, el cuento de Pepito Conejo no era su prioridad.

Cuando se dio cuenta de que su hijo seguía allí a su lado, decidió zanjar el tema.

─ Oye esto, Carlitos, estoy muy ocupado y no te voy a leer nada. Así que no me lo pidas más y vete a tu cuarto a dormir. Anda, dame un beso.

Se dieron sendos besos. Aun así Carlitos se quedó todavía un minuto más.
Con el libro abierto por sus hojas preferidas, miraba alternativamente a su padre y al cuento. Al fin, resignado, le dijo:

─ Entonces, cuando puedas me lo leerás ¿verdad?

─ Sí, claro que sí.

Con sumo cuidado, para no molestarle, el niño dejó en una esquina del buró el libro abierto por la página que le gustaba.

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Algo inusitado fue que cercano el amanecer Carlitos se despertara y, obsesionado por el cuento, decidiera ir adonde lo había dejado. Se levantó procurando no despertar a Elena, su hermana de diez años al lado de la cual tenía la cuna. Entró en el despacho como quien entra en un sanctasanctorum. Alzándose de puntillas encendió la luz. "¡Ah, qué bien!" - se dijo - "Ahí está." El cuento asomaba sus colores allá arriba en la esquina de la mesa. Tiró de él y examinó con arrobo las viñetas. Ya se iba a marchar pero sintió curiosidad por aquellas cosas que habían impedido a su papá leerle la historia de Pepito Conejo.

Se subió a la silla, se colocó sentado sobre los talones. Miraba con creciente curiosidad todo el frente de trabajo que tenía ante sí. ¡Qué apasionante! Estaba en el sitio de papá, delante de aquellos papeles, de aquel cubilete con rotuladores rojos, azules, negros; las subcarpetas verdes y grises... aquella máquina de escribir que hacía tac-tac-ta-ca-tá... Él sabía muy bien, vaya que sí, que cuando fuera mayor sería un señor muy importante... Como su papá.

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A la mañana siguiente, después del desayuno Carlos de la Riva fue a su despacho dispuesto a ordenar las hojas de su informe, guardarlas en el portafolios y salir a toda prisa.

Un alarido atronó la vivienda. Lo que el señor de la Riva se encontró fue que el tan valioso documento, que le tuvo hasta las tantas pasándolo a máquina, estaba ahora "adornado" con garabatos de marcadores rojos y negros que asemejaban las orejas de un conejo, unos matorrales, la boca de una madriguera... De no estar al borde del infarto, Carlos podría haber visto la promesa de un gran impresionista. Pero la realidad era que buena parte de las hojas mecanografiadas que había dejado ordenadas para que las encuadernase Paloma, su auxiliar, estaban ahora irreconocibles. Folios ilustrados con diversos trazos de todos los colores, rayas y chafarrinones, unos gruesos y otros finos, que el niño había administrado a su antojo.

Estremecida, la señora de La Riva se apresuraba por el pasillo hasta toparse con su marido que ondeaba un manojo de folios.

Con voz de moribundo, exhaló:

─ Mira lo que ha hecho...─ Y mostraba horrorizado el extraño abanico de papeles mecanografiados. ─¿Dónde está ese asesino?

─ ¡Oh, Dios! ¡Qué desastre! ─ y la esposa le advierte: ─ Durmiendo, por supuesto.

Van al dormitorio de Elena, que está desperezándose. Miran a la cuna. Carlitos está profundamente dormido. Sus pestañas son trazos negrísimos y tupidos sobre unos mofletes de color rojo brillante. A su lado, el libro con una hoja arrugada. Carlos contempla serio a su hijo, se inclina, le sube el embozo, alisa la hoja y cierra el cuento mientras le comenta a su mujer:

─ ¡Vaya paquete que me ha preparado este canalla!

Ella, optimista a la fuerza, le apunta:

─ Seguro que Paloma sabrá desfacer el entuerto. Tú trata de mantener la calma.

Resignado, Carlos abraza archivador y cartera y le da un beso a su mujer:

─ Confío en que no se caiga el cielo sobre nuestras cabezas.

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La empresa de Carlos tenía las oficinas en una calle cercana a un área de Madrid que ya entonces empezaba a conocerse como AZCA. En aquel año la esbelta Torre Picasso se había terminado y a uno de sus pisos pensaban trasladarse en pocas semanas.

Carlos, que siempre se sintió muy afortunado de trabajar en su empresa, ahora es atormentado por dudas e inquietudes. Sólo faltaba que, por su culpa, en día tan importante la Junta no pudiera celebrarse. Eso no podía ocurrir, de ninguna manera... "¡Hombre, qué bueno va a ser para alguno que yo conozco!" Se dijo pensando en Alan Archer, "ese cretino canadiense" con el que no se llevaba. "Hoy va a tener su día de esplendor..."

Saludó al conserje, pasó la tarjeta de seguridad por el lector de los torniquetes de entrada y corrió hacia uno de los ascensores que ya cerraba las puertas...



Al entrar a las oficinas echó un vistazo a la Sala de Juntas. Estaba vacía pero ya todo preparado, con las escribanías, agua y vaso delante de cada sillón...

─ ¡Buenos días! - le dice Paloma.

─ Buenos... sí. Ya veremos.

Ve que en la mesa de su asistente están ya las carpetillas donde presentar las copias del informe para los reunidos. Carlos le hace seña de que le siga al despacho.

─ Paloma, tenemos un problema... ¡Este problema!
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Ya a puerta cerrada va sacando del portafolios "el trabajo" de Carlitos... A lo que Paloma sólo sabe decir:

─ Pe… pero ¿qué es est…? ¿Su niño…?

─ ¡Sííí! – dice con patetismo ─, mi monísimo niño.

Carlos, decidido, se vuelve a su secretaria, la mira serio a los ojos y le pregunta, le suplica:

─ ¿Podremos rehacerlo todo en una hora?

Paloma empieza a examinar los folios.

─ Las palabras de las primeras hojas están bastante legibles pero… ─ mirando las de los chafarrinones con rotulador ─ estas otras… los números… Por ejemplo aquí, estos, están completamente tapados por el rotulador.

─ Bien, bueno, ya veremos. ¡Empecemos! Hagámoslo todo en este despacho. ¿Quién cree usted que podría ayudarnos?

─ Isabel… Voy a preguntarle.

Carlos se queda cortado un instante pues Isabel es la auxiliar del aborrecido Archer.
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Al poco entran Isabel y Paloma empujando un carrito con la máquina de escribir de la primera.

─ ¡Ah!, Muy bien Isabel, muchas gracias. – Carlos se dirige a las dos: ─ Creo que adelantarán tiempo si una hace las hojas impares y la otra las pares. ¿No?

Se va a la puerta.

─ Bueno, háganlo como mejor vean. Salgo a hablar con Alan.

Nada más salir se encuentra con el canadiense y le expone la situación. Alan Archer se da cuenta enseguida reaccionando con sincera entrega y clara intención de ayudar. Con esto, el hasta hace un minuto desconfiado Carlos, ahora más aliviado se dirige a la Sala de Juntas donde se oye ya alguna conversación. Don Jesús y el americano están de pie hablando del Orden del Día y acerca de los demás socios que pronto empezarán a llegar.

Carlos le hace un aparte a su superior y le cuenta el incidente asegurándole que el retraso respecto a la hora prevista solo será de veinte o treinta minutos.

Mr. Roberts se da cuenta de que algo grave ocurre.

─ ¿Algún problema, Jesús?

El Presidente español le hace un gesto tranquilizador y se vuelve a Carlos:

─ Carlos, vaya a lo suyo que aquí esperaremos.

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Carlos y Paloma están consternados porque un tres parece un nueve, o un uno se confunde con un cuatro. O al revés. Los tachones sobre los números son muy difíciles de superar. No hay manera de asegurarse y Carlos tampoco puede hacer nada que no le obligue a realizar otra vez los cálculos… ¡Dios! ¡En tal caso ni a las tres de la tarde se habrá acabado…!

Archer, con aquella su cara impertérrita que lo mismo valdría para hacer un brindis o para arrancarte una muela, se acerca:

─ Esto puede tener arreglo… Tal vez… ─ Mira los folios al trasluz .─ Tal vez con el foco del proyector de diapositivas… Voy a probar.

Toma uno de los folios más dañados y sale. Mientras, Isabel y Paloma siguen pasando a limpio los de solo texto.

Cinco minutos después vuelve Archer con el proyector. En efecto, con su potente luz se distinguían mejor las tintas, con lo que los números se hacían legibles. Problema superado.

La febril actividad de entradas y salidas difundió la noticia de que el niño de Carlos, de tres años y medio, había puesto "su firma" en todos los folios del trabajo de su papá. Don Jesús y el señor Roberts se acercaron al "campo de operaciones". En la Sala de Juntas el resto de consejeros ya ha llegado y esperan para iniciar la sesión.

─¿Qué tal van? ─ pregunta el español mientras que el americano curiosea los folios dañados.

─ Mucho mejor de lo que nos temíamos. En diez minutos más podré leerles mi informe.

─ Bien, bien. Adelante.

Mr. Roberts, que examinaba sonriente las más escandalosas páginas de la obra de Carlitos, pregunta :

─¿Importaría si me llevo estos folios? Me gustaría enseñárselos a mi mujer.

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La reunión fue un éxito. El retraso le dio a Carlos el beneficio de no tener que leer introducciones y comentarios sobre el método. Don Jesús y Mr. Roberts coincidieron en que se pasara a las conclusiones y previsión del Break-even point. Justo el capítulo que a Carlos más le interesaba atacar, por sus precauciones casi pesimistas. Ahora, bien, dado que la composición de la mesa daba los dos tercios a la representación de Mr. Roberts y de don Jesús, bastó que estos felicitaran a Carlos por su prudencia con la Cuenta Previsional de Resultados puesto que, sin duda, incluso negativa se compensaría con la expansión en el mercado. Que no otro era el estímulo de la fusión.

La asamblea se clausuró a la una y media, a tiempo de ir a comer al restaurante reservado.

*

Séis meses más tarde.

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Aquella mañana el presidente llamó a Carlos a su despacho. Si bien, cuando ambos coincidían en la oficina, estas visitas eran normales en el quehacer de cada día, desde luego no así, hoy, a hora tan temprana.

Carlos llama y entra. Don Jesús, recién llegado está de pie recolocando algunos objetos encima de su mesa. Le pide que se siente:

─ Anoche me llamó Tom Roberts desde Los Ángeles.

Como un relámpago Carlos prevé malas noticias. Don Jesús continúa:

─ Me pidió que, en su nombre, le pidiera a usted un favor.

─¡Un... favor...?

La cara de Carlos combina la sorpresa y la indredulidad. Sospecha que no puede ser cosa mala pues que a los ojos de su presidente asoma cierto aire divertido.

─ La señora Roberts, Stephanie, ha presentado los “folios de Carlitos” a la Dirección del Museo de Arte Contemporáneo, de San Francisco. Su fundadora y ella son amigas desde solteras - subraya -, y le han aceptado dos que serán expuestos permanentemente. ─ Viendo la cara de Carlos no puede contener un esbozo risueño al tiempo que acentúa: ─ Será una donación del autor, su niño, Carlitos, a uno de los museos más famosos de los Estados Unidos.

─ ¡Ah…! ─ Carlos no sabía si le daba vueltas la cabeza o era el despacho. ─ ¿Y cuál es el favor?

─Que por ser una donación, ustedes, es decir, Carlitos, renuncien a los derechos de propiedad, obviamente a favor del Museo.

Carlos de La Riva va recobrando su elocuencia.

─ ¡Aaah…!

─ También me ha dicho que, si todo es OK, el Museo invitará cinco días en San Francisco al artista y a dos acompañantes, incluido viajes y estancia tutelada.

Carlos, todavía aturdido pero feliz le contesta en tono teatral:

─ Hombre, yo creo que todo está muy bien pero..., claro, ¡tendré que consultar al artista!

Don Jesús ríe mientras le acompaña a la puerta.

─ Bueno, bueno, no ironicemos sobre un artista con mayor mérito que Antoni Tàpies y su calcetín.

─ ¡Por lo menos…! ─ coreó Carlos ─ O que la fotografía de Andy Warhol a un plátano y a un bote de tomate.

Con la mano en el picaporte y Carlos ya saliendo, don Jesús le detiene:

─ ¡Ah! Se me olvidaba. El Museo colgará los folios de Carlitos en un solo marco con el título: El Informe, y el nombre del autor: "Carlos de la Riva, Jr."


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