Soñar y vivir un nuevo mundo
Existe mucha ceguera que impide asumir la conciencia de que todo pasa. Pero estamos vivos. Todavía podemos rectificar, cambiar de rumbo y contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, para que este mundo sea más humano, solidario con la humanidad sufriente y respetuoso con la naturaleza
Nos duele este mundo. Nos duele España. Vivimos tiempos duros y oscuros. Cada vez observamos más crispación social y política en nuestro país y en el mundo. Se está perdiendo la capacidad de diálogo y de respeto al diferente. Se violan sistemáticamente los derechos humanos y el derecho internacional. Aparecen en las redes sociales vídeos que, en vez de fomentar la convivencia, generan más crispación. Mucha gente sin criterio se deja engañar por los que manejan esas redes. Por otra parte, los políticos de todo signo, en vez de presentar propuestas serias en beneficio del bien común, se centran en atacar al diferente. Crece la crispación y polarización. Hay partidos políticos que fomentan discursos de odio y racismo hacia los inmigrantes. Se va perdiendo el espíritu humanista de acogida de aquellos que, huyendo de la pobreza y la violencia, llaman a nuestras puertas. Y lo lamentable es que hay políticos en España, Europa y Estados Unidos que confesándose cristianos están en contra de la enseñanza de Jesucristo. “Fui forastero y me acogisteis”. La hipocresía se ha impuesto como norma. Una profanación de la fe.
Israel con el apoyo del gobierno de Estados Unidos está exterminando a la población gazatí por las bombas y el hambre. Asimismo, sigue invadiendo tierras y destruyendo viviendas en Cisjordania y Jerusalén. Y Europa calla. Y algunos políticos españoles, que todos conocemos, justifican este genocidio.
Siento que este mundo ha perdido el norte. Vamos por mal camino. Esta realidad me ha llevado a reflexionar sobre el sentido de la vida y de la historia.
Hemos tenido la dicha de haber venido a este mundo. Aquí solo estamos unos cuantos años. Hay personas que han venido al mundo sin saber por qué viven ni para qué viven. Se sumergen en negocios y superproyectos como si éstos fueran eternos, acumulan dinero, especulan, engañan y se divierten sin importarles el sufrimiento de los pobres y de las víctimas de las guerras. Unos viven acumulando capitales mientras grandes multitudes pasan hambre y mueren abandonados. Otros cotizan en la industria armamentista, enriqueciéndose con la venta de armas, sin importar la destrucción y sufrimiento que las guerras ocasionan. En nuestros países del norte global muchos viven atrapados por el consumismo, obsesionados por comprar y acumular ropas, calzados, cosméticos y tecnologías último modelo mientras se muestran indiferentes o contrarios a la acogida de inmigrantes y refugiados, considerándolos como extraños e incluso como un peligro para nuestra seguridad, como con frecuencia escuchamos a algunos líderes políticos en nuestra Región.
Existe mucha ceguera que impide asumir la conciencia de que todo pasa. Llega el final de la vida y todo se queda aquí. «Al atardecer de nuestra vida seremos examinados del amor», proclama San Juan de la Cruz. ¿Qué has hecho de tu vida? ¿A qué la has dedicado? ¿Qué hiciste por la humanidad sufriente? ¿Qué aportaste para que el mundo sea más justo y humano? Entonces nos daremos cuenta de la oportunidad perdida en este lapso de tiempo que vivimos en la historia. ¡Qué ciegos e insensatos fuimos! dirán algunos.
Lo cierto es que todavía estamos vivos. Todavía estamos a tiempo de volver a renacer, no importa la edad que tengamos. Todavía podemos rectificar, cambiar de rumbo y contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, para que este mundo sea más humano, solidario con la humanidad sufriente y respetuoso con la naturaleza.
Hemos herido a nuestra madre Tierra. Y por eso ella protesta. Hay fenómenos que nos desafían. En unos lugares lluvias torrenciales que provocan catastróficas inundaciones; en otros, sequías que son causa de hambre y mortalidad infantil; en otros, devastadores incendios; en otros, copiosas nevadas nunca antes vistas; y en otros, gente huyendo del hambre y muriendo muchos de ellos en los desiertos o ahogados en los mares. Lamentablemente, hay todavía quienes niegan el cambio climático, que es una de las grandes causas del fenómeno migratorio.
El sistema dominante, el capitalismo neoliberal digitalizado, está flagelando a la humanidad, destruyendo la Tierra y golpeando la esperanza
Aparecen nuevas enfermedades que flagelan a la humanidad. Los científicos alertaron hace años que la pérdida de biodiversidad y la creciente contaminación acarrearía el surgimiento de nuevos virus. Apareció el sida, después el ébola, el coronavirus y después ¿qué vendrá? Evidentemente, algo está funcionando mal. El sistema dominante, el capitalismo neoliberal digitalizado, está flagelando a la humanidad, destruyendo la Tierra y golpeando la esperanza. Ha convertido el dinero en un dios y a los seres humanos en piezas serviles del sistema. Los poderes económico-financieros controlan los destinos de la humanidad, saquean los recursos naturales y sus gobiernos promueven guerras e intervenciones militares, generando destrucción y muerte.
«Este mundo necesita un cambio», señalaba el papa Francisco. «Un cambio real. Un cambio verdadero», añade. San Óscar Romero decía que «hay que cambiar de raíz todo sistema de muerte para que florezca la vida». Este mundo está urgido de un nuevo modelo socioeconómico justo, equitativo y profundamente humano donde el bien común y los servicios públicos estén por encima de los intereses privados, y donde se cuide con responsabilidad y ternura la Tierra, nuestra casa común, para que florezca la vida.
Necesitamos una actitud de silencio interior para desentrañar y poner de relieve las injusticias y contradicciones del sistema hegemónico. El silencio es un espacio donde se percibe con más claridad las verdades y mentiras que aparecen en los medios de comunicación y redes sociales. Este mundo, para que tenga viabilidad, necesita silencio interior y silencio cósmico, para ver los acontecimientos de la historia con ojos limpios, con los ojos de Dios y no con los ojos contaminados del sistema dominante. Todavía estamos a tiempo de cambiar. La esperanza en un nuevo mundo sigue en pie.
