Fibromialgia: ¿Y vosotros hijos? (4)

Me costó mucho expresarles mi dolor. Un padre es un hombre fuerte, ¿no? En todo caso, esta es una de las facetas de mi preocupación: ¿cómo, ante vosotros, mostrarme limitado, reconocerme menos fuerte, más vulnerable? Aún hoy me siento ridículo por no haberme expresado con tanta sencillez. Escondido, protegido por altas murallas, me sentía fuerte ante vosotros tres. En nuestra vida de pareja, ha sido un largo camino el desnudarme ante Christine, mostrarme en la verdad de mis límites. Poco a poco, el camino de nuestra vida en común nos ha hecho seguir senderos sobre tierras cada vez menos protegidas, exponiendo a nuestros dos seres a la simplicidad de las estepas del Gran Norte: no un árbol detrás del cual esconderse, no una brecha donde refugiarse en caso de fragilidad, no una pared para excusar una debilidad. A menudo hoy caminamos en plena exposición. Y esto libera.

Las relaciones con los hijos son de un orden distinto al del amor de la pareja. Es una mezcla de ternura, de afecto, de amor también, por supuesto, al que viene a mezclarse la función, en mi caso, paterna: educación a hacer, niños a conducir a lo mejor de sí mismos para que se equipen para largas caminatas en las estepas de la vida. Entre mi convicción de ser yo ante vosotros en mi verdad de hombre y mi realidad de padre, hay un vado que he atravesado regularmente según la urgencia, la necesidad, el amor comprometido. ¿Era dos en uno? Tuve un padre fuerte. Y esto marcó una vida. He tenido sueños de educación en contradicción con este fuerte modelo de mi infancia. Queda algo y, cuando mi salud me desestabiliza, mis tiernos deseos de cercanía y afecto paternales tiemblan sobre el pedestal de mi pasado y de mi imagen de marca. A fuerza de mirarme tanto, desarrollo una capacidad de observar a los demás. Al principio observaba cualquier indicio sospechoso de un gesto potencialmente doloroso hacia mí. Un fuerte apretón de manos, una palmada en la espalda, estos gestos de afecto masculino se han convertido en mi bestia negra. Me duele cuando me tocan. Y así, poco a poco, observé mucho para evitar esos golpes del destino. También os observaba a vosotros. Tres hijos y tres hijastros. Tantas miradas que llevan una pregunta, tantas palabras que esconden más o menos discretamente la cuestión, tantas atenciones delicadas que llevan en ellas esta pregunta: ¿cómo va? Y ahora me atrevo a descubrirme y descubrir el sabor de la ternura y el calor de la sencillez a través de estas atenciones, estas preguntas y vuestros estímulos.  

André (elleboudta@gmail.com)

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