Clericalismo laical: un mal no tan silencioso

Decía el Papa Francisco en la 18ª Congregación General de la Asamblea sinodal (2023) que hay actitudes que desfiguran el rostro de la Iglesia refiriéndose con claridad al clericalismo, al que definió como “una forma de mundanidad que ensucia y daña el rostro de la Iglesia”.

Lo que el Papa Francisco denunció muchas veces es el modelo de autoridad en la Iglesia cuando es una forma de abuso de poder, una mentalidad de quienes se sienten superiores. Al final, no pocos laicos y laicas creen que esta es la única forma posible de vivir la Iglesia, y reproducen el esquema que una parte importante del clero lleva apuntalando durante siglos, hasta que ha llegado la sinodalidad como alternativa a esa práctica extraña al mensaje del Evangelio.

De esta deriva clericalista laical se habla menos, pero lo cierto es que el ministerio ordenado, en no pocas ocasiones reproduce el clericalismo estructural en el laicado, manteniendo el modelo de superioridad, dominio que puede llegar incluso al dominio sobre la conciencia laical. El clericalismo ejercido por el laicado existe dentro de algunos movimientos, comunidades y parroquias. Jesús dijo algo bien distinto: “entre vosotros no debe ser así”.  Él estableció el servicio (Mt 20,20) dejando claro que Él nos llama amigos y no siervos (Jn 15, 15).

La consecuencia cuando se tiende a identificar la autoridad con el poder y la obediencia con la sumisión, es abortar la sana participación de todos y todas, cada cual desde sus carismas y servicios (ministerios). Muchas veces no hay mala voluntad, porque el problema es estructural, y el grupo mayoritario e imprescindible para generar comunidad eclesial -laicado- queda supeditado de mala manera. Así, hasta la vivencia celebrativa sufre cuando se entiende la liturgia como un fin en lugar de un medio. Vemos este efecto clericalista en la Eucaristía, donde la interpretación de la liturgia ha sido potenciar una actitud individualista sobre la comunitaria. Necesitamos una vivencia diferente, todos unidos, incluso físicamente; que hay que ver las Eucaristías de los días de labor, con los pocos asistentes bien alejados entre sí, y sin una verdadera participación ni común unión.

Los documentos esenciales y fundamentales de la iglesia, al menos desde el Vaticano II, expresan con claridad la dirección correcta. Disposiciones como la Constitución sobre la Sagrada Liturgia o la Desiderio Desideravi, son pilares esenciales en la manera de entender la liturgia de la misa como una celebración verdaderamente comunitaria.

En dichos documentos se recogen expresamente mensajes como estos: la Iglesia desea ardientemente con la participación de todos los fieles. “Una celebración plena, activa y comunitaria… para que se haga más fácil la participación de los fieles. Las acciones litúrgicas no son privadas, sino celebraciones de Iglesia, sacramento de unidad. No reducir la liturgia a un ceremonial decorativo, o un conjunto de leyes y preceptos sobre el cumplimiento de los ritos. La Liturgia no garantiza el encuentro. Cuidar aspectos como el espacio, los cantos, las vestiduras, no es suficiente: es un encuentro de “plena implicación”.La liturgia no dice “yo” sino “nosotros”. Una celebración que no evangeliza, no es auténtica: ¿qué transmitimos?La liturgia es el antídoto fundamental contra el individualismo.

Es fácil comprobar que la normativa va muy por delante de la praxis que ha empobrecido la celebración eucarística comunitaria que celebra el Amor fraterno. La superación del clericalismo exige una Iglesia sinodal donde la autoridad sirva, la formación libere y la transparencia avala responsabilidad, desterrando todo abuso de poder sobre las conciencias. El Evangelio propone una lógica centrada en ofrecer la Buena Noticia por atracción, no por medio del proselitismo, tal como han señalado Benedicto XVI, Francisco y León XIV, los tres últimos Papas. Porque Jesús no dominaba, no imponía, no controlaba la conciencia. Acompañaba, escuchaba, liberaba. Por eso, el clericalismo ejercido por clérigos o por el laicado es una deformación del Evangelio. Es necesario cambiar la orientación litúrgica de la vivencia en cuanto a la participación, así como nuestra actitud celebrativa sintiéndonos comunidad verdadera.

No hay más que recordar la Misión de la Iglesia en cuatro grandes ejes: 1) ANUNCIO Evangelización. 2) CELEBRACIÓN Comunitaria. 3) CARIDAD Y JUSTICIA Amar transformando la realidad. 4) SER Y VIVIR LA COMUNIDAD Poder de atracción (“mirad como se aman”, nuestra marca junto al amor a los necesitados).

Cristo nos llama a sanar, a liberar y a devolver la dignidad a cada persona. A escuchar y dar esperanza, cada cual en su ministerio. Si queremos una iglesia fiel al Evangelio, no basta con corregir excesos, hay que transformar las raíces. Porque el mensaje de Jesús es que tenemos que evangelizar con el ejemplo, también a nivel comunitario. Y la sinodalidad en marcha es el mejor camino para mejorar, en opinión de Francisco y de León XIV.

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