Confiar en todo tiempo
Los proclamados santos y santas -Todos los Santos- rezaban con una gran confianza sin atisbo de resignación; era una de sus características. Por eso mismo, encontrar ejemplos de confianza verdadera en nuestro día a día nos ensancha el corazón. Es lo que me ha ocurrido esta semana leyendo una entrevista al nuevo vicario que afecta a mi parroquia, nombrado poco antes de cumplir los 34 años. Me he quedado con la primera pregunta y la respuesta que publica la revista diocesana: ¿Cuál es el sentimiento que te aflora en esta etapa de Vicario territorial? La respuesta: Así de entrada, tranquilidad y confianza. Tengo bastante asumido que es un cargo que me queda grande. No lo he buscado, por lo tanto, genial, porque es de Dios. Intentar estorbar lo menos posible, servir, y acompañar la vida de la Iglesia que se va desarrollando en la vicaría, cuidando las comunidades y a las personas.
La confianza es un proceso intangible que se apoya en las experiencias vividas y se construye con el tiempo, incluso en tiempos líquidos como los actuales. Confiar en alguien conlleva el riesgo de equivocarnos. Y resulta evidente la fragilidad de la confianza, tan fácil de perder como cara de recuperar, cuando todos estamos necesitados de que confíen en nosotros; no deja de ser un acto de amor, de valoración personal, más allá del cálculo interesado. La desconfianza se parece más a un arma defensiva, como si al cerrarnos, quedásemos protegidos de los demás; pero lo ocurre es que impedimos nuestro crecimiento personal.
Observémoslo al revés: cuando alguien atribulado se confía a nuestro criterio, ¿qué experimentamos? ¿No es cierto que el éxito de muchas empresas mercantiles comienza por el trato que recibe el cliente por parte de los empleados que atienden al público? ¿Qué sentimos cuando alguien que nos importa mucho, confía más en nosotros que nosotros mismos? ¿Sentimos que estamos ante un tonto confiado? No. Lo que sentimos es una alegría profunda y un orgullo sano al constatar que somos dignos de confianza para nuestros semejantes. Es la actitud de vida de los grandes santos y santas. Es lo que Dios desparrama en nosotros cuando nos fiamos de Él: una plenitud inacabada.
¿Cómo ser testigos de esa confianza renovada ante los temores, inseguridades y exclusiones que atraviesan nuestras vidas y a toda la sociedad? La confianza es un lenguaje universal. De ahí la importancia máxima que tiene para los seguidores de Cristo vivir generar verdadera confianza, la que nace de la experiencia de creer en Alguien que nos ama y respeta nuestra libertad en el empeño de vivir acorde a lo que decimos creer. Eso es lo que me ha transmitido el vicario Borja Uriarte en su entrevista.
A veces confundimos la reputación con confianza, cuando lo cierto es que la primera se refiere a lo que la gente piensa de ti, mientras que la confianza tiene que ver con lo que la gente espera de ti. Esto último, ser creíble, es sinónimo de verdadera autoridad. Y en la medida que somos creíbles, somos líderes, es decir, incrementamos la capacidad de influencia. Es una parte de la inteligencia y de la madurez. Si lo miramos desde nuestra fe es fácil entender la importancia de nuestras inconsecuencias a la hora de desprestigiar la Buena Noticia. Somos testigos, mostramos la Buena Noticia por atracción, por la manera en que vivimos nuestra fe, no tratando de convencer en plan proselitista, a veces incluso dando mal ejemplo.
Todos buscamos confiar y que confíen en nosotros: respeto, comprensión, compromiso, escucha… Fiarse, fiarnos de alguien es una manera de amar, no lo olvidemos. Confiamos en Dios y en las personas en las que confiamos porque escuchan de corazón. Y cuando fallan, piden perdón con humildad ganándose una nueva oportunidad. Nuestro prestigio y el de la fe que decimos abrazar es lo que nos jugamos con nuestras actitudes. Sin olvidarnos de George Eliott, la influyente escritora victoriana quien expresó esta realidad universal: no existe una soledad más solitaria que la desconfianza.