Cultura de refugiados

Se cumplen once años de la fotografía del niño kurdo Aylan Kurdi ahogado una playa turca mientras huía de la guerra siria. Refugiados o asilados en el lenguaje de las Naciones Unidas, perseguidos a los que hay que proteger conforme a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Nuestra cultura occidental ha propiciado que los refugiados deben recibir la ayuda básica y los mismos derechos que cualquier otro extranjero residente legal. Derechos civiles básicos, incluyendo la libertad de movimiento, la asistencia médica o trabajar -si son adultos- y derecho a la escolarización si son niños. En la reciente irrupción de miles de desheredados de la tierra en Ceuta el pasado 30-J, uno de los menores que entró a nado ha fallecido en un centro de acogida temporal por causas relacionadas con una diabetes aguda de la que estaba siendo tratado. No es el mismo caso, se ha resaltado como otro icono alarmante y con similar resultado.

¿Puede Occidente seguir presumiendo de ser civilizado después de un proceso inverso de incivilización deshumanizada entre el miedo egoísta y la indiferencia?

Sin minusvalorar el impacto que trae consigo la llegada de decenas de miles de personas, no podemos obviar el compromiso humanitario que reclaman. La tragedia se sigue viviendo en Europa, el mismo lugar que se forjó la democracia básica y la cultura helenística basada en la filantropía (amor y amistad hacia los seres humanos). ¿Dónde aplicar el término spoudaios, "persona decente", si hemos echado la ética por la borda? Suena a sarcasmo viendo las actuaciones de entonces -guerra en Siria- y la realidad actual en las calles de Ceuta, que mañana puede replicarse en cualquier otro punto del Mediterráneo europeo.

En 2015, bajo el impacto emocional de la muerte del niño Aylan, la UE acordó reubicar a finales de septiembre de 2017 a 160.000 solicitantes de asilo procedentes de Italia y Grecia y acoger a 22.504 refugiados de Oriente Medio y de África. Pero en marzo de este año, la Comisión Europea admitió que solo se acogerá a 40.000 de las 160.000 comprometidas. Y no parece ir a mejor.

Para más inri, el sistema diseñado por la UE genera retrasos a los que sumar la legislación europea y española, que no está adecuada para atender a semejante número de refugiados subsaharianos y de indigentes marroquíes. Otros países más pobres que la UE acogen muchos refugiados: Jordania tiene 6 millones de habitantes y 320.000 refugiados. No digamos Turquía, a sueldo de la UE en este tema, con millones de personas retenidas. Al menos tenemos unas leyes humanizadoras, pero escuchando los comentarios en sede parlamentaria, no pocos están dispuestos a incumplir las leyes humanitarias. ¿Cuántos se consideran que son cristianos?

En un mundo civilizado necesitamos cultura porque enriquece el espíritu; esto es algo que firmaría la mayoría de nosotros. Pero antes que una sensibilidad susceptible de ser educada, la terrible tragedia de los que llaman a nuestras puertas desesperadamente, es un problema humanitario, ético, ante el que la cultura no alcanza. No es para olvidar que dirigentes nazis lloraban de emoción escuchando música clásica mientras realizaban aquella limpieza étnica de proporciones gigantescas. Ante esta situación que parece irá a más, a los seguidores de Cristo se reclama un compromiso mayor.  

En la Biblia existen muchos relatos de movilidad humana, en especial en los libros de Génesis y Éxodo. Parece evidente que lo primero es ponernos en el lugar del otro, cuando la cantidad de personas forzadas a abandonar sus hogares a nivel global se ha quintuplicado. Se recoge una clara prohibición del maltrato y la opresión al extranjero (Ex 22); e insta atratarlos como si fuesen uno de nosotros, amándoles como a nosotros mismos (Lv 19). Dios hace justicia al huérfano y a la viuda, y muestra Su amor al extranjero dándole pan y vestido. Es decir, apertura de corazón y de manos para mostrar amor al extranjero, porque el pueblo elegido fue también extranjero en Egipto (Dt 10). En el Nuevo Testamento se dice así de claro lo que hay que hacer: tuve hambre, y me dísteis de comer.; tuve sed, y me disteis de beber; fui extranjero, y me acogisteis (Mt 25). Incluso Jesús y sus padres aparecen como emigrantes obligados a emigrar a Egipto para encontrar refugio (Mt 2).  

Ante la realidad injusta, asumir todo encuentro con personas migrantes como una oportunidad para vivir el Evangelio. Es decir, Dios nos llama a responder al extranjero con amor y compasión, lo cual implica mirar la realidad con ojos del corazón, no solo con los de la geopolítica. La inmigración llamada ilegal, en muchos casos no podría considerarse así cuando vienen de la gran tribulación ante la codicia de las multinacionales en sus países de origen, nuestras multinacionales. Es difícil que una persona ponga en riesgo su vida y la de su familia huyendo de su país si cree que tiene otras opciones.

Como parte de la iglesia de Cristo, podemos aprovechar para reflexionar en oración el problema desde los ojos de Jesús: ¿Cómo miraría el problema? ¿Qué haría Jesús en mi lugar? ¿Aprovecharemos las oportunidades de amar y servir ante la realidad del migrante? Pues esta debiera ser nuestra cultura cristiana con los refugiados. Evangelio puro.

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