Decálogo práctico de la amabilidad
Estamos enfrascados en un sinfín de problemas que son cada vez más globales sin dejar de ser inquietantes también a título individual. Lo que se verbaliza menos es la carencia de algunas actitudes que son fundamentales para engrasar la convivencia del día a día. El Evangelio dedica mucho espacio a cómo vivimos y compartimos, pero no debe ser fácil. Y una de esas actitudes ocultadas es, sin duda, la amabilidad, el aceite que hace fluir la convivencia verdadera, aquella que nos llena el corazón.
Pero vayamos a lo concreto. Lawrence G. Lovasik escribió un libro titulado El poder de la amabilidad (Rialp, 2016, sexta edición) del que he extractado diez reflexiones que entiendo son imprescindibles de meditar y aplicar, saberlas de memoria. Merece la pena el libro, sin ninguna duda, pero esta selección nos pondrá sobre aviso de la importancia esencial de la amabilidad y de las ramificaciones que tiene para ser la mejor posibilidad de uno mismo. Ahí van:
- La amabilidad es el camino mejor para llegar a la humildad.
- La amabilidad me hace humilde, la humildad me hace amable.
- El mal ejemplo es una forma de escándalo.
- Muchos planes fracasan por falta de amabilidad.
- La fama de una persona es su posesión más valiosa.
- Los pensamientos amables conservan la paz.
- Piensa en la paciencia que los demás tienen contigo.
- Todos los males del mundo proceden de algún intento de superioridad.
- Nutre tu interior de la alegría de Dio, y luego transmítela.
- Cada día, intenta hacer feliz al menos a una persona: una obra amable, un pensamiento amable, una palabra amable.
La amabilidad auténtica nace del reconocimiento de la igualdad entre las personas. “La base de partida es que nadie tiene demasiada salud, nadie tiene demasiado amor, nadie tiene demasiado afecto” (Jonathan Benito). En definitiva, merece la pena esforzarse en cultivar pensamientos y actitudes amables como un estilo de vida.
Feliz semana, ¡feliz empeño en ser amable!