La hodura vive en lo cotidiano

Aunque sea por el largo tiempo que Jesús estuvo viviendo en el silencio de lo cotidiano, merece la pena dedicar una reflexión. Apenas 33 años de vida, de los cuales treinta pasó por este mundo en su aldea de Nazaret, como uno más sin que destaque nada relevante, al menos en apariencia.  

Es cierto que algunos de los llamados evangelios apócrifos, sobre todo el evangelio del Pseudo Tomás (no confundir con el apóstol), cuentan historias y anécdotas milagrosas de Jesús que gozaron de gran popularidad hasta bien entrada la Edad Media, pero desde el punto de vista del Mensaje, sus relatos no aportan nada esencial; ni siquiera se consideran relatos históricos en el sentido que le damos hoy. 

Sobrecoge este misterio del silencio de Jesús tan prolongado, que recuerda a los tiempos que se toma la naturaleza para germinar y que Jesús utilizó en muchas de sus enseñanzas (Mt 13,1). Las similitudes son evidentes: los buenos frutos comienzan al encontrar un terreno propicio en nuestro interior. La buena siembra es un paso fundamental de trabajo invisible donde no parece ocurrir nada, apenas un tallo incipiente y frágil llega a transformarse más adelante en algo maduro, pleno y resistente. El Jesús niño y joven fue aprendió a asomarse a la vida y a apasionarse por su Misión desde su experiencia interior, día a día, ocultada para sus convecinos, pero muy fructífera como bien sabemos.   

Que Dios haya vivido tanto tiempo en lo ordinario es algo absolutamente extraordinario. Y lo es todavía más que ese tiempo “sin noticias” duró la mayor parte de su vida. Eso indica la relevancia de la maduración, la hondura con que podemos vivir las realidades cotidianas en conexión profunda con los demás y con Dios para transformar el mundo desde dentro. Este larguísimo periodo en la vida de Jesús forma parte de un todo; no es un tiempo diferente al de su predicación y testimonio público. Sin esa cotidianeidad ejemplar, su aprendizaje y profundización espiritual, no hubiera podido discernir ni culminar con éxito la labor del Padre. Está claro que Jesús no comenzó su misión al salir de Nazaret, sino en el día a día desde su llegada al mundo. 

Resulta impactante que el 90% de su vida fuera de preparación y de echar raíces profundas y poderosas, que no lo podemos reducir a una mera anécdota. Sin quitarle su parte esencial de misterio profundo, nuestra interioridad debe ser rescatada, trabajada y puesta a producir frutos, muchos de ellos invisibles en el corto plazo. Misterio donde el milagro diario es y será el amor sencillo en medio de la vida cotidiana. En este tiempo tan convulso y materialista, resulta fundamental dedicar tiempo a conectar con nuestra interioridad, con la esencia de mi ser; a luchar contra la desesperanza trabajando mis valores para vivirlos entre los demás en medio del ruido del día a día. No es tarea fácil, pero todos sabemos que se encuentra tiempo para lo que más nos interesa. Tenemos que valorar el carácter de “itinerario” que tiene la vida cotidiana, aunque no controlemos los tiempos de la cosecha. Nuestra misión es la de ser sembradores; lo de recolectar es muy bonito, pero pertenece a los tiempos de Dios; no hay más que leer algunas biografías para comprobarlo. 

Los grandes acontecimientos y experiencias generalmente son escasos. ¿Cómo podremos crecer desde lo cotidiano, dedicando tiempo a nuestra vida interior? Pues hacerlo desde el corazón del Evangelio: ¡Te basta mi gracia!, pues la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad (2Cor 12). Hoy lo cotidiano está denostado en favor de lo extraordinario, que demasiadas veces no es otra cosa que las ganas de experimentar un chute de dopamina a base de emociones con experiencias gratificantes, incluso en formato espiritualista. Pero ahí no encontraremos las experiencias -en este caso de amor- que se vivieron en el hogar de Nazaret. 

El que quiere aprender -aprendizaje vital- se dispone a vivir confiado, acogiendo, recibiendo, alimenta su paciencia y despierta su mirada compasiva con una serenidad que le es desconocida. También se le llama "nacer de nuevo"... Perfeccionarse por dentro; he aquí el reto crucial para nuestro tiempo, a pesar de que “pueda conllevar, como sucede con frecuencia, un fracaso exterior” (Joan Miró) en la sociedad del oropel y de la inmediatez. Jesús también fue ejemplo en esto, calumniado y fracasado a ojos de aquella sociedad a la que tanto había amado. Pero hoy no es siempre, y el verano es un tiempo estupendo para la introspección.

También te puede interesar

Lo último

stats