La liturgia eucarística a examen
Llama la atención que la Iglesia institución mantiene la redacción del precepto dominical de la Eucaristía formulado así: oír misa todos los domingos y fiestas de guardar. Ni siquiera dice escuchar, y mucho menos participar. Sin embargo, los documentos esenciales y fundamentales en vigor desde el Vaticano II van en otra dirección. Disposiciones como la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Evangelii Gaudium o Desiderio Desideravi, por ejemplo, son tres pilares esenciales en la manera de entender la liturgia de la misa dominical (o diaria), con elementos claros en común y en una dirección que no se está transitando conforme al fondo esencial que aporta la liturgia. Junto a lo anterior, una buena parte de la comunidad cristiana vuelve hacia el individualismo litúrgico formalista contradiciendo directamente la naturaleza del magisterio católico y la teología cristiana, los cuales sostienen de manera unánime que “la liturgia es el antídoto fundamental contra el individualismo”. El Papa Francisco recordó que la liturgia nos rescata de la autorreferencialidad. Al entrar en ella, nos unimos a una oración que nos precede y nos supera, transformando al individuo en asamblea.
Tenemos mil exhortaciones de Jesús en los evangelios par que llevemos una vida de oración. Y un mandato, que nos reunamos al menos una vez cada semana en comunidad para “celebrar” el memorial del Mensaje que llamamos Día del Amor Fraterno, la institución de la Eucaristía. Sin embargo, la tónica general es una suma de individualidades, un yo-Tú de personas ensimismadas en su oración personal que no celebran nada de manera comunitaria, apenas interrumpidas por el momento de darnos la paz. Incluso hay quienes promueven abiertamente una vuelta preconciliar con el riesgo de que la liturgia se convierta en un fin en sí misma.
Casi nadie rebate los escritos litúrgicos. Pero en práctica, la tendencia es hacia la exaltación formalista en lugar de primar la vivencia comunitaria en clave celebrativa. El amor a Dios en forma de acción de gracias comunitaria (eucaristía) que nos lleve a la misión, no encaja con la tristeza, el individualismo, la falta de participación en la misa. La conclusión es evidente: no somos buena noticia para otros. Nuestras celebraciones familiares más auténticas, conjugan de maravilla el respeto y el cariño con la alegría, la ternura y un sano compartir que nos agranda el corazón. ¿Por qué no es las Eucaristías?
Invito a los lectores y lectoras a darse una vuelta por los textos a los que me refería líneas arriba. En todos ellos se resalta la idea fundamental de la participación “plena, consciente y activa de todo el pueblo”, de los fieles desde un espíritu comunitario.
Lo curioso es que algunos que añoran otra liturgia de la Eucaristía todavía más trasnochada, se han volcado en un consumismo celebrativo basado en encuentros donde prima la catarsis emocional -pura dopamina- algo que la CEE ha advertido de los peligros que tiene este espiritualismo, de manera muy bien argumentada (nota doctrinal Cor ad cor loquitur).
Ante la escasez de curas -y de fieles- comienzan a florecer las Celebraciones de la Palabra los domingos, lo que se llama Asamblea Dominical en Ausencia de Presbítero (ADAP´s)… pero también en días de labor como encuentros oracionales potentes. Tengo la esperanza de que se conviertan en “brotes verdes” de una nueva manera de entender la comunidad y la vivencia celebrativa. Ojalá se convierta esta nueva manera de ser y vivir la comunidad eclesial en fermento para que cale en las Eucaristías, recuperando así el espíritu que alentó aquella Cena del Señor, la esencia del amor fraterno que nos significa como seguidores de Cristo.
Si entre nosotros nos comportamos como individualidades centradas en el cumplimiento (cumplo y miento), qué se puede esperar que hagamos en medio del mundo.