La necesaria inteligencia espiritual
Parecen evidentes los peligros de convertir al ser humano en algo cercano a una máquina amoral racionalista. La especie humana no es únicamente razón, por muy fundamental que esta sea, tal como se interpretó a partir de René Descartes. Es lo que se ha llamado “el error de Descartes” (Antonio Damasio) o creer que la razón es la única fuente de conocimiento, elevada a criterio de verdad absoluta y única, condicionando toda la realidad.
De esta manera, hasta la fe en Dios -y el mismo Dios- queda constreñida a la Razón. Blaise Pascal puso el contrapunto al afirmar que el dios de los filósofos no alcanza la profundidad del Dios Amor de los cristianos; que el corazón tiene razones que la razón al estar sometido el discurso racional a los límites humanos.
La inteligencia espiritual, en cambio, permite que entendamos el mundo, a los demás y a nosotros mismos desde una perspectiva más profunda y llena de sentido. Nos capacita para inspirarnos en valores éticos y principios morales y, sobre todo, la capacidad de preguntarse el para qué de la existencia desde la necesidad que tenemos de darle sentido a lo que nos pasa, hasta el punto de ayudarnos incluso a trascender el sufrimiento para convertirlo en amor.
Con ella desarrollamos la capacidad artística y damos valor al silencio. Cuando no reconocemos nuestro lado más espiritual tendemos a la dispersión y a la baja autoestima, cegando así las tremendas posibilidades que nuestra interioridad atesora para conseguir que seamos la mejor posibilidad de lo que somos capaces de lograr.
Este lado espiritual de nuestra inteligencia nos capacita y nos mueve a ansiar la plenitud, el desarrollo completo de nuestro ser en profundidad dando sentido a lo que hacemos, padecemos y vivimos a través de la reflexión y la apertura generosa del corazón, expresado en comportamientos de amor: amistad, gratitud, perdón,humildad o la compasión, en el sentido mejor del término.
Pero este tender hacia la plenitud requiere disponibilidad personal a la justicia en forma de solidaridad y misericordia; abrirse compasivamente hacia uno mismo y a los demás. Trabajarse de lo lindo como en cualquier otra gran tarea de la existencia. No son sensaciones sino actitudes concretas, inteligentes de verdad, desde la curiosidad vital que capacita para encarar los grandes anhelos y desafíos.
Es sabiduría plasmada en algunos arquetipos universales: es mejor el amor que el odio, pues el odio es destructivo; es mejor dar que recibir en la medida que ayuda a madurar a las personas y las relaciones humanas; mejor la paz que la discordia, aunque sea más fácil lo segundo; y mejor la ética que la amoralidad, pues desata las fuerzas positivas del ser humano. Lo contrario a la inteligencia espiritual resulta poco inteligente: el sectarismo, el servilismo, la banalidad o el fanatismo, aunque disfracemos estos comportamientos con técnicas de urbanidad y cinismo. Hitler no manifestó inteligencia espiritual alguna, mientras que para Jesús de Nazaret fue su motor vital.
Los más adelantados atisban que la ley básica del universo es la cooperación. El problema mayor no es la falta de ciencia y tecnología, sino carecer de la sabiduría necesaria para aplicarla. Es decir, que dicha inteligencia permite reconocer y conectarnos con la zona más profunda y genuina de nosotros mismos.
La dichosa dicotomía entre cantidad de vida vivida y calidad de vida nos remite a la necesidad de beber de nuestras fuentes más íntimas desde una dinámica de discernimiento y evaluación personal. Anhelar vivir todo lo posible se corresponde con el ansia humana de inmortalidad; pero obviar que vivir bien, en plenitud, es más importante que los años vividos, es ignorancia.
¿Y cómo puedo yo vivir una vida que merezca la pena? Entre la finitud y el ansia de plenitud surge la ética y también la experiencia religiosa cuando la institución de turno está al servicio del mensaje, y no al revés. Cuando ocurre lo contrario, la religión puede convertirse en piedra de escándalo, desvirtuando su razón de ser y su credibilidad.
La inteligencia espiritual, en definitiva, es poesía, es arte, es amor, pero también es la vía más elevada para reconocer los significados últimos, así como para madurar sin necesidad de producir sufrimiento en los demás ni en nosotros, aun en las circunstancias más adversas. Mediante su desarrollo, nos capacitamos para actuar con actitudes alegres y conductas llenas de valores verdaderamente sabios. El posthumanismo y la IA no pueden competir con todo esto.