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La parábola de Eiseley

Hoy comparto con los lectores y lectoras un fragmento de El Lanzador de Estrellas, escrito por el estadounidense Loren Eiseley. Se trata de un cuento publicado en uno de los libros del antropólogo y poeta Loren Eiseley. Y lo traigo a colación porque estoy convencido de que tiene más sentido reflexionar ahora su contenido que cuando se publicó, en 1969.

Todo gira en torno a las maneras de entender la eficacia de nuestros esfuerzos; no podremos cambiar el curso de una guerra, pero podemos trabajar la cultura de la paz empezando por nuestras relaciones personales. Somos capaces de influir más de lo que creemos en las personas que nos acompañan en la vida, como lo refleja Loren Eiseley en esta parábola que se convirtió en una reflexión conocida incluso entre los expertos en gestionar el capital humano en las empresas:. Veamos:

En cierta ocasión, un hombre culto se dispuso a dar un paseo por la playa, y mientras caminaba vio a lo lejos a un chaval que recogía algo del suelo y lo lanzaba al agua. Cuando hubo llegado a su altura, le saludó y le dijo: ¿Qué es lo que está haciendo? El joven le sonrió y le contestó: “Lanzo estrellas de mar al océano” ¿Por qué?, le preguntó el científico. Está bajando la marea y al quedarse varadas en la arena pueden morir. La respuesta del científico es pura lógica: Pero si en la playa hay miles de estrellas de mar, ¿cree que el esfuerzo servirá para algo? El otro le escuchó educadamente, y cuando hubo acabado, se agachó, recogió otra estrella, la lanzó al mar y le respondió de esta manera: Para esa, mi esfuerzo sí tuvo sentido -respondió.

El científico se quedó desconcertado ante la respuesta del joven. Y se dio cuenta de que aquel chaval, mucho menos docto que él, le había dado una lección: no quería ser un mero observador, sino tomar parte en algo en lo que creía, por insignificante que pudiera parecer a una mirada superficial y descomprometida. Y dejando el orgullo herido de lado -a nadie le gusta que un jovenzuelo le dé lecciones-, retrocedió hasta donde se encontraba y le ayudó a seguir lanzando las estrellas al mar.

El joven protagonista del cuento había captado la importancia de ciertos gestos gestos para lograr un mundo mejor. Fue más inteligente que su interlocutor porque se había dado cuenta que cada acto es valioso en sí mismo, y cuenta para personas concretas y situaciones concretas. Y que todos los humanos, sin excepción, tenemos la oportunidad de hacer algo positivo, de crear un cambio para mejorar el mundo que nos rodea saliendo de nuestra indolencia de confort.

Lo entendemos mejor aportando dos reflexiones: si en vez de ser una estrella de mar, se trata de la felicidad de nuestro hijo, la percepción cambia radicalmente. Para unos padres, un hijo lo es todo, pero cuantitativamente, no pasa de ser una gota infinitesimal e irrelevante en la inmensidad de los habitantes del planeta y de los grandes problemas de mundo... La segunda reflexión viene apoyada por el efecto mariposa, tan manoseado como verdadero, que el pensador Eduardo Galeano sintetizó tan bien en esta máxima: mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo.

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