En torno a la devoción mariana
La devoción mariana se remonta al Concilio de Éfeso (s. V), cuando se otorga a María el título de “Madre de Dios”. Con el paso de los siglos, la piedad popular amplió su figura hasta casi divinizarla. María fue un ser muy especial, pero humano. Lo cierto es que muchos católicos la idolatran dedicándole más atención que a Cristo, incluso porfiando entre las distintas advocaciones locales. De ahí la nota aclaratoria del cardenal Tucho Fernández, avalada por León XIV, sobre “algunos títulos y expresiones que se refieren a María”.
Cuando el Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha matizado los fundamentos de la devoción mariana, desaconsejando el título de “corredentora” y reinterpreta expresiones como “mediadora de todas las gracias”, ha recibido el rechazo frontal desde los sectores más integristas católicos que la sitúan “casi al nivel de la Santísima Trinidad”. Algunos en las redes sociales han llegado a calificar la aclaración vaticana de “ataque a la Virgen”.
No se trata de anular la piedad popular, sino de mostrar a María alejada de un poder mediador paralelo al de Cristo, tal como se vive en algunas costumbres piadosas muy arraigadas que olvidan algo esencial: ella fue una mujer cuyo fiat fue un acto supremo de fe durante toda su vida, de ejemplo universal junto a Jesús. Me refiero a que no podemos olvidar el papel que tuvo esta mujer incomparable desde su actitud vital, pero que la hagiografía sobre su figura no suele destacar:
Embarazada antes del matrimonio en una aldea como Nazaret. Nacimiento de ese hijo tan especial… en una cueva de ganado con los pastores de protagonistas; es decir, la profesión más impura para los judíos. La huida como inmigrantes a Egipto. Pérdida angustiosa de Jesús en Jerusalén. Rechazo violento de sus convecinos cuando Jesús vuelve a Nazaret precedido por su fama. (Vaya ambiente posterior se crearía en la aldea). Primeras actuaciones desconcertantes de Jesús en sus predicaciones, hasta el punto de que María y otros parientes fueron a buscarle para traerle de vuelta a casa: La respuesta de Jesús la conocemos: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”... Cada vez es más incómodo para el poder religioso, su hijo acaba siendo apresado, torturado y asesinado en un madero, calumniado y además abandonado por casi todos los suyos. Con todo, ella estaba allí, llena de fe, ante aquél despojo humano en medio de un ambiente hostil.
Una vida entre claroscuros que cuestionan la raíz de su fe. Lo que me parece esencial en toda devoción mariana es centrarse en la fe inquebrantable de María, en su ejemplo y en su consejo de “Haced lo que Él os diga”. Ahí es donde se debe centrar la devoción, en esa actitud llena de fe contra toda esperanza que remite siempre a hacia Cristo, el bien supremo de nuestra vida, la Buena Noticia para todos. Se entiende bien que la intención vaticana no es “disminuir” a María.
En definitiva, la intercesión a María no es adoración como “corredentora”, sino un medio -mediadora- para reforzar nuestra fe, esperanza y amor acercándonos desde ella al ejemplo de Jesús. La audacia amorosa que tuvo María en las bodas de Caná tomando la iniciativa -haced lo que él os diga- es la invitación directa a cada creyente para vivir desde las enseñanzas de Jesús, tal como hicieron los sirvientes en aquella boda.
Más allá de su papel de intercesora, María es modelo de discípula, de humildad y de caridad. Entendido y vivido así, el culto mariano (hiperdulía lo llaman) nos enriquece sin desplazar el centro cristológico de la fe.