La visita del Papa

En su primer gran viaje a un país europeo, destaca su apretadísima agenda social y pastoral. Al ser un jefe de Estado, participa de algunos actos oficiales y protocolarios, aunque lo esencial de su viaje se concentra en sus visitas de claro siglo liberador. Me refiero a la visita a un centro para personas sin hogar en el madrileño barrio de Carabanchel; a la cárcel de Brians 1 en Barcelona, o el programa en suelo canario para conocer la acogida a inmigrantes, tanto en Tenerife como en Gran Canaria; aquí se acercará al muelle de Arguineguín, símbolo de la catástrofe humanitaria que nace en África y que tantas veces acaba en tragedia, sin que sirva de aldabonazo para quienes se enroscan en la postura beligerante e insolidaria ante la inmigración. Será en Canarias donde el Papa se reunirá con migrantes y algunas organizaciones que trabajan en la acogida y defensa de sus derechos más elementales.

Otro pilar liberador de este viaje es la programada reunión privada de León XIV con las víctimas de la pederastia clericalista... Ha hecho falta la acción directa del Vaticano para que llegue a buen puerto el acuerdo entre el Gobierno, el Defensor del Pueblo y el presidente de la CEE para asegurar unas indemnizaciones justas por parte de la Iglesia, en el presente y a futuro.

Entre los más de 20 actos programados, también habrá tiempo para los encuentros con jóvenes, la sociedad civil y las iglesias locales, sin olvidar la Eucaristía en cada etapa del itinerario, la procesión del Corpus Christi y la vigilia de oración en Barcelona, con visita incluida a la Abadía de Montserrat. Todo ello casa muy bien con el lema elegido, 'Alzad la mirada', que revela su intención de influir más allá de la compostura oficial. Me refiero al marco político que tiene la precariedad y la emergencia migratoria que se vive en la frontera sur europea en medio de un ambiente de polarización partidista irrespirable, corrupciones varias incluidas. Son contextos que el Papa quiere visualizar y posicionarse desde la óptica del Evangelio.

Uno de los momentos, en mi opinión, de mayor carga simbólica del viaje va a ser cuando el Papa se dirija a las dos Cámaras -Parlamento y Senado- desde el hemiciclo del Congreso. Sin duda que su mensaje tendrá una clara resonancia en toda Europa resaltando la cultura del encuentro, el valor del diálogo y de tejer redes para superar la política de exclusión que se ha normalizado como estrategia política. El otro momento simbólico llegará con la bendición de la Torre de Jesucristo, la aguja central del templo de la Sagrada Familia, coincidiendo con el centenario de la muerte de su impulsor, Antoni Gaudí.

Con todo, no menos importante será el contenido de los 22 discursos y homilías que León XIV tiene previsto realizar. No me cabe duda de que la impronta de sus mensajes agradará a unos y escocerá a otros, pero por encima de todo, serán mensajes claros y alineados con la esencia del Evangelio en torno al refuerzo pastoral y ejemplar que necesita la Iglesia militante.

A la vista del intenso programa lleno de declaraciones oficiales, eclesiales y de carácter humanitario no exentas de solidaridad y denuncia de algunas injusticias, me viene a la cabeza el reverso de sus palabras: la necesidad que tenemos de escucharle. Seguramente todos podremos encontrar algún mensaje al corazón de nuestra fe en forma de compromiso cristiano pendiente, de llamada a ser mejores testigos de la Buena Noticia. El viaje interpela a todos desde nuestro pequeño marco de actuación de cada día. Esto dice el Papa en su primera encíclica: “No nos compete a nosotros dominar todas las marras del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir”. Pues eso.  

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