Ministro Florero

Me pongo la venda antes de la herida: no tengo nada contra que haya más mujeres que hombres en el nuevo gobierno, incluso me parecería muy bien que fueran todas mujeres. Bien, aclarado esto, paso a lo que iba a decir.

Creo que la expectativa de un cambio de gobierno y de gobernanza en España ha levantado muchas expectativas entre un amplio sector de la población, especialmente aquel que se siente identificado con un visión de la sociedad denominada como "progresista" y que sus detractores califican despectivamente como "progre". Las expectativas están fundadas en el discurso que desde la oposición ha sostenido el Partido Socialista de Pedro Sánchez, quien le torció el brazo al aparato del partido y venció en unas primarias en las que la militancia optó por políticas de oposición clara al Partido Popular. Sin embargo, estas expectativas están más alimentadas por un cierto imaginario de progresía creado a su alrededor que por hechos probados y ciertos; o bien, por el hartazgo de una forma de entender el gobierno en los últimos seis años que nos ha puesto en cotas de democracia de muy baja intensidad. Entre las esperanzas que algunos sostienen por sí mismos y los deméritos de un gobierno zafio se ha creado una aureola entorno a Pedro Sánchez por la que parece el nuevo líder que va a sacar a España de una modorra democrática que se parece en exceso a regímenes pretéritos. Por eso, el cambio de gobierno ha sido muy bien acogido por un amplio sector de la población, que espera de él un giro radical a la política de libertad pública, a las políticas de igualdad, a las destinadas a combatir la desigualdad social, a las privatizaciones encubiertas, que son el magma donde se fragua la corrupción, y a las formas de gobierno autoritarias que hemos padecido.

Entre las políticas que más ánimos levantan son las referidas a las mujeres. Desde el 8 de marzo, las mujeres se han hecho definitivamente presentes en la agenda pública, hasta el punto de que una banquera se ha denominado a sí misma como feminista. El anterior gobierno ha hecho oídos sordos a las justas demandas de igualdad en el plano público y de protección ante una violencia que se ceba, como siempre, con la parte débil de la sociedad. Las mujeres son esa parte débil (no el sexo débil) porque no gestionan los conflictos mediante la violencia y porque el varón suele ejercerla como medio de obtener satisfacción para un ego que la educación y la estructura patriarcal ha convertido en patológico. Por este motivo, que el nuevo gobierno esté compuesto por más mujeres que hombres es un signo positivo para indicar a la sociedad que en cargos de responsabilidad tan bien o tan mal lo pueden hacer las mujeres como los hombres. Suelo recordar a mis colegas feministas que fue una mujer, Thatcher, la que peores políticas aplicó en relación a la igualdad y a las injusticias sociales. Que haya mujeres en un gobierno no asegura que sus políticas sean más justas o más "progresistas". De hecho, podría darse la paradoja que con muchas mujeres un gobierno tomara medidas que van contra la justicia social. Y, me temo, que eso lo vamos a ver en este gobierno, si es que dura para ello.


Hace años que algunos gobiernos, de corte "progresista", incluyeron mujeres en el ejecutivo, pero lo hicieron en puestos de segundo nivel, nunca en ministerios clave, esos estaban reservados a varones. A esa situación se le llaman la de ministras florero. Están allí para cubrir la cuota de mujeres, para aparentar que hay una preocupación por la igualdad de género, para mostrar que hay mujeres capacitadas. Sin embargo, su función no era la de gestionar el gobierno, aunque lo hicieran, sino que se las tenía allí para que fueran vistas, como los floreros con las flores. En la derecha, sin embargo, fueron más pragmáticos, pusieron en cargos importantes a mujeres que lo harían exactamente igual que los varones, con lo que dejaban al descubierto la falacia de las cuotas. Una mujer, por el hecho de serlo, no es mejor gestora que un hombre, incluso puede llegar a cotas de machismo aún mayores. Pues el machismo, no lo olvidemos, lo enseñan las madres y abuelas, aunque lo impongan los varones.

Con el gobierno de Sánchez se ha dado la vuelta a la tortilla. Hemos pasado de las ministra florero al ministro florero. El ministerio de cultura siempre fue un lugar clave para colocar allí una mujer que no podría ejercer ninguna acción de transformación de políticas gubernamentales, por eso fue habitual que se utilizara para ello. Sánchez ha hecho exactamente eso, utilizar ese ministerio para poner un florero, pero esta vez un varón, un ministro florero. No entro en la valía literaria de la obra del nuevo ministro, no puedo opinar de eso pues no forma parte de mis lecturas. Sí puedo opinar de su posición mediática y ahí vemos con claridad una realidad de vacío posmoderno. Si esto es lo que quiere Sánchez para la cultura de este país, de poco nos podemos congratular. Y hay que pensar que eso es así, pues tenía donde elegir entre las filas de los intelectuales adeptos al PSOE, y muy buenos, por cierto. Por tanto, ha elegido de esta manera para obtener un determinado resultado. Los hechos hablan por sí mismos. Independientemente de las capacidades del nuevo ministro de cultura, es un ministro florero, está ahí para que lo vean, para reforzar el supuesto feminismo de este nuevo gobierno y para que la cultura siga sin ser la palanca de cambio social que podría serlo.

Por cierto, me comprometo a leer algo del nuevo ministro para poder tener opinión sobre su valía literaria, aunque eso nada dice sobre su futuro trabajo como ministro. Ojalá sea un gran ministro, aunque sea florero.
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