¿Podemos ser incoherentes?

La pregunta que lanzo es la siguiente: ¿aquellas personas que creemos en otra forma de organizar el mundo, de vivir, de entender las relaciones personales fuera del capitalismo y de su visión economicista, mercantilista, materalista y hedonista de la vida, podemos ser incoherentes, es decir, podemos hacer cosas distintas a las que manifestamos, deseamos y anhelamos? La respuesta es rotunda: debemos ser incoherentes, no nos queda otra. Pues, mientras no vivamos en una sociedad organizada para que las personas no tengan que vender su fuerza laboral, establecer relaciones de dominio o anhelar bienes innecesarios, no nos queda más remedio que vivir de forma distinta a como pensamos y manifestamos. Por poner tres ejemplos. Aunque creemos que el trabajo debe ser un medio para relacionarnos con los demás y con la naturaleza, respetando el medio natural y sabiendo que los otros son siempre fines y no solo medios, no tenemos más remedio que experimentar la cosificación de las relaciones laborales, donde las estructuras de extracción de riqueza priman sobre las relaciones personales. Aunque creemos en la necesidad humana y medioambiental de un transporte colectivo, ecológico y universal, tenemos que vivir en una sociedad que ha sido organizada para el uso de medios privados de transporte, menos eficientes, más caros y menos humanos. Aunque afirmamos la necesidad de un uso común de la propiedad que permita a todos cubrir sus necesidades de vivienda o de desarrollo personal, vivimos en una sociedad organizada sobre la base de la propiedad privada de los medios de reproducción de la vida humana.

Estos tres ejemplos sirven para todo lo demás. Lo que podemos hacer es intentar minimizar el coste personal, social y medioambiental de tener que transigir que el mundo capitalista. Por ejemplo, reduciendo el uso de las cosas que en esta sociedad son necesarias para vivir: ropa, alimento, vehículos, aparatos eléctricos, etc. Aun así, siempre habrá, y yo lo he tenido que padecer bastante, quien no se sienta satisfecho con que no dispongamos de una vivienda de lujo o de una segunda vivienda, o de que usemos los aparatos que esta sociedad impone para poder vivir en ella, como ordenadores o móviles. Siempre hay que exige más pureza, habitualmente sin aplicársela a sí mismo. La única opción que te dan suele ser irte al bosque a vivir fuera de la civilización, con lo cual consiguen lo que pretenden: que no seas un contra ejemplo. No deja de ser curioso tener que justificar ante alguien que usa coche y móvil que tú los uses. Soy muy consciente de la parte alícuota de pecado de este mundo que me toca por usar un ordenador o un móvil que tienen componentes fruto de la guerra en el Congo. Eso me debe hacer más consciente de la necesidad de la transformación social, pero no puedo dejar de utilizar esos medios dentro de los parámetros de esta sociedad. En mi caso ha sido una decisión muy dura que me llevó mucha lucha interna, pero que no me quedó más remedio que arrostrar con el pecado que implica ser cómplice del crimen de este mundo. Soy consciente de mi pecado y hago lo posible porque no se reproduzca. He estado tentado de abandonar todo e irme al bosque, como dicen algunos, vivir de la agricultura, reducir al máximo mi exposición a este mundo, salir de él. Pero, creo que soy más útil si me quedo e intento cambiarlo que si huyo y me dedico a una pureza que nunca transformará el mundo.


En tiempos de Jesús de Nazaret había dos opciones bastante similares. Por un lado estaban los esenios, que consideraban impuro el Templo y la misma Jerusalén y se fueron al desierto para crear una sociedad nueva y pura. Por otro Juan Bautista, que considerando impuro el Templo y la sociedad, se fue al desierto para llamar a la conversión. Y luego vino Jesús, que siguiendo al Bautista fue al desierto, se bautizó para la conversión personal y volvió a la ciudad para transformar el mundo. El Reino de Dios, su proyecto, no se construye fuera del mundo, sino entrando en él lo más profundo para transformarlo. Se trata de crear relaciones personales y sociales verdaderamente humanas, donde los seres humanos puedan vivir en fraternidad y en armonía con el medio natural, no de crear una realidad paralela de supuesta pureza.

La pregunta que me hacía al principio venía al hilo del asunto que estos días copa todos los medios de comunicación: el famoso chalé que Pablo Iglesias e Irene Montero se han comprado en Galapagar. No deja de resultar gracioso que aquellos que les recriminan la compra vivan en casas mucho más caras o que, con su voto se hayan hecho cómplices de la estructura corrupta de un partido que ha convertido España en un solar para lucro de especuladores. Sin embargo, lo más hilarante es que esos mismos que apoyan la privatización de las pensiones, la destrucción de la sanidad y educación para una parte importante de la sociedad y la pauperización y precarización constante de la sociedad, pidan coherencia a Iglesias y Montero. Es evidente que ellos sí son coherentes: creen en la destrucción del bien común y votan en consecuencia, opinan que los ricos deben ser más ricos y los pobres más pobres, y así actúan, pero no son quienes para pedir coherencia. La coherencia la deben exigir los votantes de Podemos, que votaron a un partido que pedía a sus cargos vivir como la gente para poder representarla.

Iglesias y Montero han planteado que no pueden tener la intimidad y seguridad necesarias para criar a sus hijos. Y eso es comprensible, por eso todos los políticos acaban en chalés parecidos, porque su seguridad corre un riesgo. Esto lo tenían que haber pensado cuando hacían demagogia con aquellas expresiones. Ahora bien, si lo que dicen es cierto, no debían haber comprado esa casa, debían haber abierto un debate sobre cómo se vive en España y en qué condiciones para decidir cómo deben vivir los representantes de los españoles. Porque esto no es una cuestión personal, es política. El hecho mismo de haber convocado una consulta a los inscritos así lo atestigua. Sin embargo, decidieron comprar ese chalé en, lo que llaman en Pozuelo, la sierra de los pobres, pues Galapagar es el lugar donde viven los que no se pueden permitir vivir en las zonas de lujo del norte de Madrid. Al comprar el chalé, sin ningún tipo de explicación previa, sin ningún tipo de reflexión política, han tomado una decisión por toda la organización y ahora, piden a la misma que refrende esa decisión. Es un plebiscito, como el que planteó Gonzalez en Suresnes. La única opción válida de este plebiscito es la dimisión de Iglesias y Montero y la convocatoria de un Congreso para hacer lo que no se hizo en Vistalegre II: debatir, transigir y acordar hasta llegar al consenso. Podemos tiene ahora la oportunidad de volver a ser relevante, de poder asaltar de verdad los cielos, de hacer algo absolutamente nuevo: echar a su líderes, discutir qué país queremos y proponerlo con absoluta coherencia y honestidad a España.
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