Duele el alma al escribir estas líneas, porque refieren bochornosos procederes" Los felones

Manifestación contra la amnistía en al calle Ferraz. Madrid
Manifestación contra la amnistía en al calle Ferraz. Madrid

"Felón es el adjetivo que merece quien comete una traición o un acto desleal. Vivimos en tiempos en los que esa perfidia pretende ser trajeada con el ropaje de la eficacia, del pragmatismo, del buenismo o de un mero cambio de opinión"

"En la actualidad los sufrimos desplegados tanto en el ámbito de la política como de la cultura o la religión"

"Siniestros personajes que, por jactancia, sosería ridícula, fogonazos de cólera estéril o injustificada prepotencia no son quizá plenamente conscientes de lo patético de sus comportamientos"

"Como ciudadanos, contribuyentes y fieles aspiramos a contar con timoneles que dispongan de solidez técnica y solvencia moral"

Duele el alma al escribir estas líneas, porque refieren los bochornosos procederes de personas a quienes la piedad natural inclina a reverenciar, venerar o al menos respetar

Felón es el adjetivo que merece quien comete una traición o un acto desleal. Vivimos en tiempos en los que esa perfidia pretende ser trajeada con el ropaje de la eficacia, del pragmatismo, del buenismo o de un mero cambio de opinión.  

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Muchos han sido los felones. Fernando VII, sin ir más lejos, pasó a la historia con ese inseparable apelativo. En la actualidad los sufrimos desplegados tanto en el ámbito de la política como de la cultura o la religión. Siniestros personajes que, por jactancia, sosería ridícula, fogonazos de cólera estéril o injustificada prepotencia no son quizá plenamente conscientes de lo patético de sus comportamientos. Obsesionados con pasar a la historia, obran contra la tradición de siglos, la decencia y el sentido común. Son emperadores desnudos que incitan a partes iguales a la desolación y la hilaridad entre quienes nos negamos a ser acólitos de sus miserables procederes.

A lo largo de mi trayectoria profesional he conocido a miles de profesionales ejemplares, pero también a un puñado de triviales saltimbanquis que han dañado a quienes han padecido la mala suerte de lidiar con ellos. El único recuerdo que dejaron es el de ser paradigmas de cómo no debe obrarse. Ellos, antes de precipitarse hacia sus tumbas, estaban hondamente convencidos de que sus aportaciones habían sido excelsas. Con alta probabilidad, muchos que hoy se encuentran en el vértice del país, de determinadas instituciones y de la fe juzgan que sus contribuciones son colosales. Se cumple la reiterada enseñanza de que quos Deus perdere vult, prius dementat: a quienes Zeus quiere perder, primero les idiotiza. 

Como ciudadanos, contribuyentes y fieles aspiramos a contar con timoneles que dispongan de solidez técnica y solvencia moral. Por el contrario, topamos con individuos ayunos de una mínima preparación intelectual y moral que les permita superar el umbral de una nefasta vulgaridad. Unos pocos, vienen enseguida a la cabeza Pietro Angeleri di Murrone, han acopiado la hombría de bien de reconocer su incapacidad para afrontar los retos del puesto que ocupaban. Brilla, en el ámbito político, el paradigma de Carlos V, que hizo lo propio abandonando el mando y encaminándose hacia el monasterio de Yuste para preparar su alma al examen más relevante que cualquier criatura deberemos enfrentar, el juicio final.

Las dos mayores enfermedades de un directivo, que con frecuencia se trasladan a una estructura organizativa, son la ceguera y la sordera. La primera impide mirarse al espejo y reconocer las propias carencias. Se acude entonces al recurso de Dorian Gray, tan bien explicado y vivido en su propia piel por Oscar Wilde. La sordera a la que me refiero filtra las voces y solo se atiende a los clamores ditirámbicos de los estómagos gratificados o de los necios.

En medio de esa debacle colectiva en la que, como borregos, muchos se encaminan al derrumbadero, solo algunos ¡héroes! se atreven a levantar su voz y a denunciar que lo que juntaletras subvencionados califican de excelsos ropajes no ocultan, porque no endosan prendas, las desaboridas vergas de los impúdicos.

Resulta inicuo hipar democracia y retorcer las leyes para convertirse en dictadorzuelo. Publicitar presunta participación, salpimentar los discursos con expresiones sugestivas, pero guillotinar bárbaramente como un tirano a quien no rinde inmediata pleitesía al desalmado, es indecoroso.

Acudir al expediente de la perversidad de los colaboradores lo hizo bruñidamente, y con plena falsedad, el segundo mayor asesino de la historia, Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido como Stalin.

Duele el alma al escribir estas líneas, porque refieren los bochornosos procederes de personas a quienes la piedad natural inclina a reverenciar, venerar o al menos respetar. Resulta inviable, lo mismo que no fue posible con Sergio III, Benedicto IX, Juan XII o, en otro ámbito, con Atila, Genghis Khan, Hitler, Lenin, Castro o Mao. 

De momento, no queda otra sino, además se soportarles, sobrellevar a los turiferarios engolosinados con prebendas. Cuando los déspotas desparezcan del panorama, quienes ahora los ensalzan lanzarán sobre su memoria puñadas de enlodado desprecio. Personalmente me generan honda conmiseración, porque unos y otros han perdido el oremus. Si no, lo disimulan con cabal esmero. 

Sociedad

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