Tan pequeño y simple que es extraordinario (Mt 13,24-43)



El texto del Evangelio que hemos escuchado tiene como centro tres parábolas. Una de ellas, la del trigo y la cizaña, funge como inclusión con la que inicia y termina este discurso. Hoy quiero proponerles que nos fijemos en lo que está en medio de este “sándwich” literario: las parábolas del grano de mostaza y de la levadura.

“Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente” (Mt 13,34) nos reseña el evangelista y es que, en su condición de “maestro itinerante”, Jesús hace uso de los recursos retóricos que conoce en su tradición didáctica: la haggadah (“enseñanza”). No obstante, a diferencia de los meshalim hebreos y de los enigmas orientales un tanto más elaborados, Jesús toma elementos de la vida cotidiana, elementos simples de la naturaleza, y entabla comparaciones. El capítulo 13 del evangelio según Mateo es conocido como el “discurso parabólico”. Se trata del tercer discurso de los cinco en los que el evangelista agrupa “la Torah de Jesús”: cinco discursos como cinco son los libros del Pentateuco, que inician en un monte (capítulo 5), con el “nuevo Moisés” haciendo anotaciones a la Ley (Aguirre y Rodríguez, Evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles).

Pues bien, siguiendo en el “discurso parabólico”, luego de escuchar la parábola del sembrador la semana pasada, Jesús nos continúa enseñando. Primeramente compara la cizaña y el trigo con las malas y buenas intenciones de las personas, sabe de la coexistencia del bien y el mal en nuestras decisiones libres y es claro en señalar el valor de la libertad a la hora de tomar opciones frente a los valores del Reino. De seguido, compara el Reino con dos elementos cotidianos, uno que vemos en los campos y otro en la cocina de nuestras casas: una semilla de mostaza y un poco de levadura. La característica que une ambas cosas es que, a pesar de sus diminutas dimensiones, crecen de forma inimaginable. La semilla de mostaza es la más pequeña de todas y se convierte en un arbusto que da sombra hasta las mismas hortalizas. La levadura, en una proporción escaza, hace crecer la masa hasta darle peso, cuerpo, forma.

¿Qué decir de todo esto? Para Jesús, Dios actúa desde las cosas más pequeñas. Su proyecto inicia en los lugares olvidados, en los espacios marginados, en las personas menos importantes para la sociedad. El sueño de Jesús, su comunidad de fe donde Dios reina (o “Reino de Dios”) no se impone con la violencia, no es un reino poderoso y adinerado, sino desprovisto y pobre: “Ni en Roma ni en el Templo de Jerusalén son conscientes de lo que está sucediendo. El trabajo que realizamos hoy sus seguidores parece insignificante: los centros de poder lo ignoran” (Pagola, Grupos de Jesús).

Hoy día muchos cristianos quieren una iglesia triunfalista, imponente, una iglesia asociada al poder. El vínculo Iglesia-Estado surgido en el siglo IV impide la "actitud epistémica" que distingue espacios seculares y espacios religiosos(J. Habermas, Entre naturalismo y religión). Se trata de los mismos poderes asociados que mataron a Jesús cuando denunció que “no se puede servir a dos señores” (Mt 6,24), los mismos poderes que el pasado primero de mayo “renovaron sus votos” en la Asamblea Legislativa de Costa Rica, los mismos poderes que comercian con la fe de la gente. Muchos de esos cristianos quieren seguir sirviendo a “dos señores” pero eso, desde el proyecto de Jesús, no es posible. La acción del Padre bueno, del Dios alegre y misericordioso, está en las periferias y no en los centros de control. El verdadero poder está en el servicio, en la alegría de lo cotidiano, en lo pequeño. El poder de Jesús está escondido en las semillas de Evangelio que crecen silenciosamente en ambientes hostiles y también en la levadura que fermenta la felicidad de lo sencillo, la felicidad de la vida ordinaria que es, en sí misma, extraordinaria.
Volver arriba