Enséñanos, Señor, el camino de la vida

Religión Digital
27 jun 2013 - 15:39

El pasaje evangélico que leemos y escuchamos este domingo tiene varias partes, que hay que explicar una a una, para captar su riquísima enseñanza. El pasaje comienza con el anuncio de la decisión de Jesús de ir a Jerusalén. Después de haber recorrido las regiones de Galilea e incluso algunos territorios más al norte de Galilea, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Ir a Jerusalén significaba, para Jesús, enfrentar la pasión y muerte que ya había anunciado, que ya había anticipado.

Es una decisión que Jesús toma con plena conciencia de los tiempos de Dios; no es en cualquier momento que Jesús decide ir a Jerusalén, sino cuando ha llegado el tiempo dispuesto por Dios. Por eso el evangelista también nos dice que Jesús tomó esa decisión cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo. ¿Qué significa ese tenía que? Esa expresión, cuando se refiere a Jesús, alude a los tiempos de Dios, al designio de Dios sobre él y para él. La pasión y muerte de Jesús no son un imprevisto con el que Dios no contaba. La salida de Jesús de este mundo para volver al Padre es parte del designio de Dios sobre Jesús, que llegado el tiempo oportuno, Jesús asume con responsabilidad y decisión. Nos preguntamos si nosotros también somos capaces de leer y comprender los designios Dios sobre nosotros mismos, y al ir vislumbrándolos y descubriéndolos, los vamos asumiendo con la misma responsabilidad y decisión como la que muestra Jesús. Eso es seguir e imitar a Jesús.

Esta resolución tan importante tropieza enseguida con dificultades. Para ir a Jerusalén, Jesús tiene que pasar por Samaria, y envía por delante a dos mensajeros que le preparen dónde pasar la noche. Los samaritanos no los admiten, porque son viajeros que van hacia Jerusalén. Recordemos cómo entre samaritanos y judíos había malas relaciones. En el evangelio según san Juan, en el diálogo entre Jesús y la mujer samaritana se habla claramente de esta enemistad entre uno y otro pueblo. Aquí vuelve a aflorar el conflicto.

Dos discípulos de Jesús, Santiago y Juan quieren responder a esta negativa con violencia. Pretenden que el cielo mismo responda con el fuego aniquilador. Sorprende todavía más que ellos se consideren con poder para hacer bajar fuego del cielo. Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos? ¿De dónde les venía esa presunción de tener poder para hacer bajar fuego del cielo? ¿Piensan acaso que Dios desde el cielo está dispuesto a defender a Jesús con la destrucción de sus enemigos? Jesús no acepta la violencia como respuesta al rechazo de su persona. En el momento de su captura en el huerto de Getsemaní, Jesús también frenará toda violencia de parte de sus discípulos para defenderlo. La violencia contra Jesús no se combate con una violencia mayor contra sus adversarios. Jesús nos enseña con su propio ejemplo a no devolver violencia con violencia. Es una de las enseñanzas morales más profundas de Jesús. La violencia no solo destruye al adversario; destruye también a quien la pone en acto.

A continuación hemos escuchado tres sentencias de Jesús acerca del seguimiento. A mi juicio se trata del seguimiento radical de Jesús, para dedicarse como él, plenamente a la evangelización; a diferencia de aquellas personas que seguían y siguen a Jesús, pero continúan en sus casas, en su familia, en su vida ordinaria. Uno es el modo como seguían a Jesús Pedro y Juan y otro es el modo como seguían a Jesús la familia de Marta, Lázaro y María.

En el primer caso una persona, suponemos que un hombre, se acerca a Jesús y le declara: Te seguiré donde quiera que vayas. Parece la declaración perfecta del discípulo de Jesús. Jesús no le responde ni sí ni no. Sino que más bien le dice que él, Jesús, no tiene a dónde ir. Inicialmente parece un comentario al rechazo que ha sufrido de parte de los samaritanos que no le han dado alojamiento; él no tiene donde poner la cabeza esa noche, porque ha sido rechazado. Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero él no tiene dónde hospedarse. Pero la sentencia de Jesús describe también su actitud de vida. Como el hombre le ha dicho a Jesús que lo seguirá hasta donde él vaya, Jesús le contesta que él no tiene destino aquí en la tierra. Él vive sólo para Dios. Si de ir a algún sitio se trata, Jesús va hasta Dios, a través del rechazo humano. Como respuesta a la propuesta del hombre que quiere seguirlo, Jesús le dice que quien le siga debe estar dispuesto a sufrir rechazo igual que Jesús lo ha sufrido, para llegar también hasta Dios.

En el caso siguiente, Jesús es el que invita a otro a seguirlo, igual que había hecho con sus otros discípulos al inicio del ministerio: Sígueme. Este hombre no le responde que no, sino que le pide tiempo. Déjame ir primero a enterrar a mi padre. A mi juicio, no se trata de que el padre del hombre hubiera acabado de morir de modo que tuviera que enterrarlo de inmediato. Pienso que lo que el hombre quiere decir es, “te seguiré después que mi padre muera y yo lo entierre”. Eso puede tardar años. Jesús no quiere una respuesta diferida. Quiere la respuesta inmediata. Jesús no quiere que pongamos pretextos, incluso muy humanos, para la resolución de seguirlo. Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el reino de Dios.

En el caso del tercer hombre, el evangelista no nos dice que Jesús lo invitara a seguirlo, pero podemos suponer que sí. Este hombre pide tiempo para despedirse de su familia. Jesús le responde con una sentencia que manifiesta la radicalidad del seguimiento. Jesús dice: El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el reino de Dios. Se puede entender como una aprobación de la petición de despedirse. “Sí, despídete ahora, porque después ya no regresarás a tu casa, a tu vida normal como hasta ahora. Tu vida toma ahora un nuevo rumbo. Despídete de tu pasado, de tu vida en familia, porque de ahora en adelante mirarás hacia el reino de Dios. Rompe los vínculos con tu pasado y entrégate al futuro de Dios”. La actitud de Jesús corresponde además a la de Elías, que le dio permiso a Eliseo para despedirse de su familia antes de seguirlo, como hemos escuchado en la primera lectura. Eliseo quema todos sus instrumentos de trabajo y reparte sus bienes, como signo de la ruptura entre su vida pasada y la nueva vida en seguimiento de Elías. Igual de radical es el seguimiento a Jesús.

También san Pablo en la segunda lectura habla de la llamada de Jesús, del seguimiento a Jesús. Para Pablo se trata de una llamada a la libertad: Cristo nos ha liberado para que seamos libres. Su vocación, hermanos, es la libertad. Conserven, pues, la libertad y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud. También aquí hay una ruptura, un no volver atrás. ¿De qué libertad se trata? Desde luego que no es la libertad entendida como la facultad para hacer cualquier capricho, arbitrariedad y gusto. Para san Pablo la libertad tiene un significado muy preciso: hemos quedado liberados del señorío y dominio del pecado y del mal, por el perdón de Dios y estamos capacitados para hacer el bien. Estamos liberados también del peso del error de creer que nos tocaba a nosotros el esfuerzo de volver propicio a Dios. El Evangelio nos ha anunciado que si alguien ha tenido que cargar un peso ha sido Dios, en su esfuerzo de convencernos a nosotros de su amor a través de la muerte de Cristo en la cruz.

La libertad adquirida en Cristo no es pretexto para satisfacer el egoísmo, sino libertad para gobernarse a sí mismo haciendo el bien. Háganse servidores los unos de los otros por amor. El cristiano, aunque ha sido liberado del pecado por el perdón, sigue sufriendo la atracción del pecado para volver a caer en la esclavitud. Pero ahora tiene la fuerza de la verdad, del amor de Dios, la fuerza del Espíritu, para mantenerse en la libertad y hacer el bien. Los exhorto, pues, a que vivan de acuerdo con las exigencias del Espíritu.

Ese es el camino de la vida, que hemos pedido en el salmo responsorial: Enséñanos, Señor, el camino de la vida. Que sepamos seguir a Jesús, cada uno según el llamamiento que ha recibido y mantengamos siempre abierto el oído para asumir las nuevas exigencias que cada día implica el seguimiento de Jesús.

Mario Alberto Molina, O.A.R.

Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán

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