Massimo y Simone

Religión Digital
14 may 2010 - 11:27

La Comunidad Papa Juan XXIII es una asociación de laicos católicos comprometidos con el servicio y la ayuda a los más pobres y discapacitados del mundo. Fundada en 1973 por el Padre Orestes Benzi, sacerdote italiano con un carisma particular para convivir y redimir a los que viven en situaciones de riesgo, sumidos en medio de las lacras de la sociedad, y en la atención a niños con problemas físicos o sociales. Todas sus casas están situadas en zonas populares y suburbios en más de veinte países en varios continentes.

En Mérida están desde hace diez años. El testimonio de sus miembros, casi todos profesionales, solteros unos, casados otros, con una espiritualidad envidiable para compartir con alegría y gozo las situaciones más extremas de la vida humana. Una de las tres casas que tienen entre nosotros está situada en la parroquia de Milla. En la Villa Solidaridad atienden niños discapacitados y recogen a otros que abandonan sus madres apenas nacidos. El cariño, la dedicación y competencia irradia una paz interior que pone muy en alto el profundo sentido misionero de su servicio.

Este año 2010 llegaron dos nuevos voluntarios. Massimo Barbiero, ingeniero forestal de 36 años, quien venía de una experiencia misionera de diez años en los barrios de Nairobi, Kenya. El otro, un joven recién graduado en ciencias de la educación, hijo único, con apenas 23 años y un gran deseo de servir. Me llamó la atención en ambos, su alegría y espíritu de desprendimiento. Estaban contentos de estar entre nosotros y en medio de los más pobres.

Amantes del montañismo, ambos nos acompañaron al Via Crucis de la Montaña el pasado lunes santo. Se tomaron un día de descanso y emprendieron el camino hacia la primera estación del Teleférico para regresar a casa en la tarde. En el descenso, cercanos a la ciudad, tomaron el atajo de la quebrada que desemboca a La Pueblita. Rodaron en medio de piedras y cascajos unos treinta metros sufriendo polifracturas que les ocasionaron la muerte.

Tanto su rescate como posterior traslado de las cenizas a Italia ha sido un calvario que se suma al dolor de su trágica desaparición. El ejemplo de sus familiares, la entereza de los miembros de la Comunidad, la cercanía espiritual y física de la feligresía merideña, son un bálsamo en medio del sufrimiento. Su paso fugaz por la vida y por Mérida no minimiza su vocación de entrega total por el bien de los más pobres. Es la cara de la Iglesia que anima a cuantos nos inclinamos ante tan grande generosidad de darlo todo por los demás. Simone y Massimo son dos ángeles custodios que desde el cielo oran por esta tierra que apenas conocieron pero que amaron con el amor de Dios, hasta la muerte.

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