Tomar la propia cruz

El pasaje evangélico que leemos en la iglesia este domingo tiene dos partes. En la primera Jesús habla de su propio destino y confronta a Pedro que no acepta la visión que Jesús le presenta de su propio futuro. En la segunda parte Jesús se refiere a sus seguidores y cómo debemos asumir la vida y proyectarla hacia el futuro. Lo que Jesús propone a sus seguidores no discrepa en nada del modo como él mismo asume su vida y su futuro.

Jesús anuncia que debe ir a Jerusalén, que allí va a padecer mucho de parte de las autoridades, que lo condenarán a muerte pero que resucitará. Pedro protesta. No lo permita Dios. Pero Jesús rechaza a Pedro llamándolo Satanás. Con su protesta e intento de impedir que Jesús cumpla su misión Pedro es un tropiezo, es un tentador. Lo que Pedro dice difiere poco de las propuestas con las que Satanás tentó a Jesús en el desierto. También esas tentaciones pretendían desviar el camino de Jesús del cumplimiento de su misión. Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres. Tú pretendes que yo salve mi vida evitando la pasión y la muerte que me esperan en Jerusalén, y no sabes que al salvar mi vida de esa manera en realidad la pierdo, porque me aparto del camino de Dios. Este es el sentido de la respuesta de Jesús.

Por eso Jesús instruye a sus discípulos para que también ellos asuman su propia vida con la actitud con la que él asume la suya. El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Renunciar a sí mismo quiere decir renunciar al planteamiento de vida que busca para sí aquello que es bueno según la lógica humana, pero no necesariamente según la lógica de Dios. La lógica humana dice que las riquezas son la seguridad para la vida; la lógica de Dios dice que sólo Él es la verdadera seguridad. La lógica humana dice que el poder es la medida del éxito; la de Dios dice que la humildad y el servicio al prójimo son la medida del éxito a los ojos de Dios.

La lógica humana dice que la fama y el renombre son lo que da valor a la vida; la lógica de Dios dice que en la abnegación y la obediencia a Dios se realiza el valor de la propia vida. Tomar la propia cruz es seguir a Jesús en el camino de la pasión, asumiendo la vida con las actitudes con las que él asumió la propia. Porque asumir la vida como lo hizo Jesús implica sacrificio, esfuerzo, abnegación, obediencia y responsabilidad. Por eso Jesús añade como explicación: pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida?

Esta pregunta de Jesús ha reverberado a lo largo de los siglos. Todo aquel que lee el evangelio para buscar en la persona de Jesús el sentido para la propia vida, se la ha tenido que plantear. También desde la pura reflexión humana, la pregunta surge y reclama respuesta. ¿De qué sirven los logros temporales, si no se logra darle consistencia y sentido a la vida frente a la muerte? ¿Qué propósito tiene alcanzar las metas de poder, riqueza, renombre, si ninguna de ellas satisface da la felicidad anhelada? ¿Hay algo o alguien por quien valga realmente la pena vivir?

Ante estas preguntas se pueden tomar tres actitudes diversas. La primera es ignorarlas y vivir con el propósito de alcanzar riqueza, fama y poder, que siempre han sido objetivos admirados y apetecidos. La segunda actitud consiste responderlas desde la convicción de que hay otras metas que proponerse como la investigación y la ciencia, el arte, la política honesta y el trabajo a favor de los demás. Estas metas permiten que uno contribuya aunque sea mínimamente al bien de la sociedad y le dan un sentido al tiempo histórico de la vida personal.

Quienes realizan esta opción piensan que sería inútil buscar respuestas que no existen y metas imaginarias, pues no hay más felicidad que la satisfacción de la responsabilidad cumplida. La tercera actitud posible ante estas preguntas lanza la mirada más allá de las realidades y actividades históricas para abrirse a la trascendencia, para abrirse a Dios como la fuente de sentido, de felicidad y de consistencia para la vida humana, incluso frente a la muerte. Esta era la respuesta que Jesús quería suscitar en sus discípulos cuando les planteó la pregunta. Esta es la respuesta que ha guiado a hombres y mujeres en los diversos estados de vida y profesiones a buscar y a encontrar la felicidad y la plenitud en Dios.

La tercera opción sigue siendo la respuesta que en el día de hoy motiva a muchos jóvenes a decisiones audaces, que conduce a muchos hombres y mujeres a la fe y al seguimiento de Jesús. La convicción de que solo Dios es la opción que vale la pena sostiene las obras que implican abnegación, sacrificio y humildad personal. Muchas obras de caridad y servicio al prójimo han sido posibles y siguen siendo posibles porque quienes las realizan han descubierto que la vida se gana perdiéndola, se logra entregándola y tiene sentido perdurable cuando lo recibe de Dios.

Una vida ofrecida así es el sacrificio agradable a Dios, el culto verdadero que Dios espera. Nos lo dice san Pablo en la segunda lectura de hoy: Los exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto. Y añade después: Dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Asumir la vida como lo propone Jesús nos pone necesariamente en contraste con lo que todo el mundo hace, con los criterios que prevalecen en una cultura que excluye a Dios de sus cálculos. Pero la pregunta acerca de por qué vale la pena vivir seguirá urgiéndonos a hurgar el horizonte de la realidad visible y temporal en búsqueda de la consistencia que da sentido permanente a la vida.

Al final, dice Jesús, cuando el Hijo del hombre, es decir, él mismo, venga rodeado de la gloria de su Padre, le dará a cada uno lo que merecen sus obras. Esa será la ganancia de quienes han perdido su vida por él y por el evangelio.

Mario Alberto Molina, O.A.R.

Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán
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