No más libros quemados
Ningún libro debería ser quemado. A lo largo de la historia se han producido quemas de libros que intentaban hacer desaparecer las ideas que contenían, para mantener el orden establecido; el pensamiento divergente no era posible, sólo la uniformidad. Para algunos, esto supone un gran alivio pues los libera del miedo a la libertad del que habla Fromm: Alguien nos señala lo que es correcto leer y creer y así no es necesario hacer un juicio crítico,evitando así la posibilidad de equivocarnos. La Inquisición cumplió bien este cometido a lo largo de los siglos, echando a la hoguera no sólo libros, sino a quienes los escribían, leían o creían. El Franquismo usó de la censura y somos muchos los que todavía recordamos el “infierno” de algunas librerías de viejo, estancia secreta que contenía libros que habían escapado de alguna quema y a la que sólo tenían acceso algunos clientes de confianza.
Las iglesias, lamentablemente, también han caído en esta tentación y si bien es cierto que algunas de ellas no han escapado de las llamas, también lo es el que ellas mismas han quemado bastante; aquí en España, sin ir más lejos, algunas de nuestras parroquias anglicanas fueron pasto de las llamas durante la Guerra Civil y la posguerra, como por ejemplo la iglesia de S. Pablo, en Cigales, donde los falangistas asaltaron la iglesia y quemaron en la puerta Biblias, liturgias y vestimentas del clero, o el caso de la quema de la iglesia de S. Basilio, en Sevilla, instigada por el Cardenal Segura, y que provocó la quema de Biblias y libros religiosos protestantes y el incendio del propio templo con el pastor y los fieles dentro, que escaparon con vida en el último momento gracias a la intervención de los vecinos. Por otro lado, las iglesias protestantes tampoco han escapado al fanatismo y también han utilizado el fuego como agente purificador.
El fanatismo religioso está opuesto al espíritu de Jesús que cuando le presentaron a una mujer pecadora dijo: “Yo no te condeno. Vete y no peques más”. O cuando nos cuenta la parábola del trigo y la cizaña, cuando frente a la propuesta de los labradores de arrancar la mala hierba para que la cosecha prospere, el dueño de la tierra, que simboliza a Dios mismo, dice “Dejad que crezcan juntos el trigo y la cizaña”. El pastor Jones ha olvidado el concepto de la Gracia, central en el cristianismo y especialmente en la teología protestante.
La posible quema de ejemplares del Corán ha puesto de nuevo sobre la mesa el tema de la libertad religiosa. ¿Justifica cualquier acción? ¿Incluso aquellas que ofenden a otros?
El origen de esta polémica está en la intención de un imán de abrir una nueva mezquita a dos manzanas de la “zona cero” en Nueva York, algo a lo que legalmente tiene derecho, aunque resulte paradójico que no reclame ese mismo derecho para los cristianos que viven en países de mayoría musulmana. Como es sabido está totalmente prohibido profesar el cristianismo en países como Arabia Saudita, donde es incluso delito portar una cruz colgada del cuello.
Mi Iglesia ha sufrido la persecución en tiempos recientes y hemos reclamado la libertad religiosa para todos desde hace muchos años. No me ofende que se abra una mezquita, me ofende que todavía no se puedan abrir iglesias cristianas en países musulmanes y que los musulmanes que viven en occidente no pidan libertad religiosa en sus países de origen.
Carlos López Lozano
Obispo Diocesano
Iglesia Española Reformada Episcopal
Comunión Anglicana