La marca del Espíritu Santo
Hoy es un gran día. No sólo es el origen de la Iglesia, sino su fiesta. Celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, reunidos en el Cenáculo, bajo el signo de un viento impetuoso y en forma de fuego. También un viento fuerte y el fuego fueron los elementos presentes en la entrega de los Diez Mandamientos a Moisés en el monte Sinaí.
El Dios de Abraham, Moisés y Jacob, el de David y nuestros padres en la fe, completa así definitivamente su alianza en Jesucristo con toda la humanidad mediante el envío del Espíritu Santo. Esto es lo que celebramos en la fiesta de este domingo en el que, como cada año, tendré la satisfacción de administrar en la Catedral el sacramento de la Confirmación.
Me gusta pensar que muchos adolescentes y jóvenes recibiréis la unción y la imposición de las manos con el deseo de veros fortalecidos en vuestra vida cristiana.
Hace ya un tiempo escribí una carta para los confirmandos en la que recogí el testimonio de Teresa del Niño Jesús cuando se preparaba para recibir este sacramento. La santa de Lisieux, con este lenguaje sencillo del corazón que utilizaba, lo recordaba así: "Poco después de mi Primera Comunión, entré de nuevo en un retiro para mi Confirmación. Me había preparado cuidadosamente para recibir la visita del Espíritu Santo (...) Me hacía dichosa pensar que pronto sería una cristiana perfecta, y que conservaría, para toda la eternidad sobre mi frente la cruz misteriosa que el obispo marca al administrar el sacramento".
Ciertamente, la marca no es un tatuaje físico, como el que llevan hoy muchas personas, sino una marca espiritual: la pertenencia a Cristo, que alcanzamos con el Bautismo, se ve reforzada por este nuevo paso en la vida de fe que, precisamente por confirmar nuestra condición de cristianos, se llama Confirmación.
El Espíritu Santo nos llena de sus dones cuando lo aceptamos y seguimos con fidelidad sus inspiraciones.
Nos da la paz, que antes debe estar en el corazón de las personas, para que pueda haberla en el mundo. Nos da la sabiduría, que nos permite distinguir entre el bien y el mal y hacer la voluntad de Dios sabiendo que en ello está en juego nuestra felicidad en la tierra y en el cielo. Y todos los demás dones, que son gracias operativas y que nos ayudan a recorrer el camino de la vida con fortaleza y ayudar con nuestro consejo y solidaridad a tantos hermanos nuestros, comenzando por los más necesitados.
Cuando proceda a la administración de este sacramento rogaré a Dios que os haga valientes para ser vosotros mismos en todas las circunstancias, seguidores de Cristo, consciente de que en esto radica vuestra felicidad presente y futura, y la de tantos con los que os encontraréis en el camino de la vida. Pediré que seáis fuertes para ser felices.
+ Jaume Pujol
Arzobispo de Tarragona