De una Iglesia humillada puede surgir una Iglesia humilde

No es fácil ser católico hoy y proclamarlo públicamente. Sobre todo para los laicos que, en sus puestos de trabajo, tienen que dar razón de su fe con su ejemplo vital diario y, por si fuera poco, aguantar humildemente la pertenencia a una Iglesia que muchos de sus compañeros de trabajo e, incluso, familiares y amigos, consideran poco ejemplar y hasta herida de muerte por el tsunami de la pederastia del clero. En muchas partes nos señalan con el dedo. Unos aprovechan para burlarse. Otros se compadecen de nosotros. Y los más nos callan la boca con las "manzanas podridas".

Ante esta situación (que, a veces, se torna acoso), la primera reacción es la defensa cerrada de la institución. Y para eso, lo más socorrido y espontáneo es matar al mensajero y echarle la culpa a los medios, que sólo subrayan a los pocos casos de abusos y dejan en la penumbra a los miles de testimonios de entrega absoluta y fidelidad evangélica. Una reacción que aumenta el acoso dialéctico y se torna aún más contraproducente.

Quizás la mejor actitud sea la de la humildad y el reconocimiento de la culpa. Sin justificaciones que valgan, aunque las haya. Y aguantar. Y esperar a tiempos mejores. Y pedir al Espíritu que nos purifique y que ayude a su Iglesia a salir de esta crisis purificada por la humildad.

Tampoco estaría nada mal que, aprovechásemos la coyuntura para plantearnos el por qué la gente reacciona tan visceralmente contra la Iglesia católica. Los que nos sacan los colores suelen decirlo más o menos así: "La Iglesia es una isntitución normativa, que dice a los demás como tiene que comportarse y resulta que...". Otros, los más leídos, lo suelen decir con palabras del Evangelio de Lucas: "¡Ay también de vosotros, los fariseos, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos!"

Es la factura que nos pasan por la Iglesia del no. La de esos jerarcas que acusan al mundo de sus desviaciones, como si ellos no participasen en ellas. Los que condenan los males del mundo actual sin apreciar para nada sus valores, que también los tiene. Los que vuelven a la tan manida cantinela del mundo, el demonio y la carne. Los que denuncian esos males desde fuera, como si ellos no particisapen del tema, y sin humildad. Con la altanería y el orgullo de los elegidos.

Es lógico que el mundo, al descubrir el pecado de los que lo juzgan, reaccione con violencia.

Aprendamos la lección de la humildad. Hagamos, como en la época del Código Da Vinci, hizo el Opus Dei: convertir el limón en limonada. Es decir, que de una Iglesia humillada nazca una Iglesia humilde. Una Iglesia que, como dice el Papa, propone y no impone. Ni señala. Ni anatematiza. Ni condena. Sacramento de salvación y de esperanza para el mundo. Sólo un lenguaje humilde puede hacer llegar al mundo el bello testimonio del Evangelio.

José Manuel Vidal
Volver arriba