"Fue un sabio enciclopedista y maestro del periodismo a ambos lados de la trinchera" Joaquín Luis Ortega y su consejo a los periodistas: "Nec temere, nec timide"

Joaquín Luis Ortega
Joaquín Luis Ortega

Ejemplo de su valentía: Era el año 2008 y en la cadena de los obispos “reinaba” en todo su esplendor Federico Jiménez Losantos, que, con su lenguaje entre soez e ingenioso, típico de barra de bar, radicalizaba la imagen de la Iglesia española

Fungía como portavoz del episcopado, para lidiar con las 'vacas sagradas' de aquella época dorada de la información religiosa, con José Luis Martín Descalzo, Bernardino Hernando, José María Javierre, Pedro Miguel Lamet o Jesús Infiesta

Era todo un pozo de ciencia y, al mismo tiempo, un tipo serio, ponderado, equilibrado y, por eso mismo, respetado

En la cena de despedida que le ofrecimos nos ofreció a los informadores religiosos su último consejo: "Nec temere, nec timide" (ni con temeridad, ni con timidez)"

Inteligente, preparado, historiador, buen comunicador (con su pizca de humor), Joaquín Luis Ortega lo ha sido casi todo en la Iglesia española, menos obispo. Desde director de Ecclesia, la revista del episcopado, a portavoz de la CEE y director de la BAC, la editorial eclesiástica, también llamada “el pan de la cultura católica”. Quizás su espíritu libre y siempre equilibrado le impidió conseguir la mitra. Otros, con muchos menos méritos, la tienen. Pero él, a cambio, conservó toda la vida su sacrosanta libertad.

Valga como simple ejemplo de una de sus características vitales, la parresía, esta intervención suya en la antena de la radio de la Iglesia. Era el año 2008 y en la cadena de los obispos “reinaba” en todos su esplendor Federico Jiménez Losantos, que, con su lenguaje entre soez e ingenioso, típico de barra de bar, radicalizaba la imagen de la Iglesia española, precisamente por pontificar y descalificar desde la emisora de los obispos.

Muchos, entonces, en la jerarquía criticaban la situación por detrás, pero pocos se atrevían a denunciarla públicamente. Joaquín Luis no sólo la señaló, sino que, además, lo hizo en la propia cadena Cope, en el programa de 'La linterna de la Iglesia', conducido, entonces, por José Luis Restán.

Libro de Ortega

Este es el resumen del diálogo que mantenían en antena:

 Joaquín Luis: -¿Estamos ante un conflicto Iglesia-Estado provocado de forma burda o ante un enfrentamiento entre medios de comunicación?

 José Luis Restán: Buena pregunta.

 Joaquín Luis: Estamos ante una revalidad entre medios. ¿Cuál es la parte que nos corresponde de autocrítica en este contexto? Porque se acusa a la Cope en general, pero en el programa en el que yo estoy no se hacen esas cosas, no se dicen esas cosas ni se mantienen las actitudes que se mantienen en otros.

José Luis Restan: Perdona, Joaquín, pero el tema es que el Gobierno ataca a la Iglesia.

 Joaquín Luis: Hay que ir más allá. Porque esto puede ser el principio de una ofensiva de alguien que se defiende ofendiendo. ¿De qué se defiende?

 José Luis Restán: O no se defiende.

Joaquín Luis: Hay que mirarse a uno mismo. Todos escuchamos la radio. A mí me gustarÌa llegar a la conclusión de que aquí no se hace ningún mérito para que nadie se meta con la Cope.

 José Luis Restán: Perdona, pero esa perfección no va a existir nunca.

 Joaquín Luis: La Cope está llena de profesionales competentísimos y rectos. Pero puede haber algún programa y alguna persona que estén contaminando al resto ante la opinión pública.

 José Luis Restán: Ante una parte de la opinión pública.

Joaquín Luis: En cualquier caso se generaliza y se atribuye a la Cope cosas que no. Por ejemplo, Éste es un programa identificado, que está en comunión de sentido y de pensamiento con el ideario de la Cope. Estos días he leído que una persona eminente de la Cope decía que aquí no hay identidad religiosa y eso me ha dejado con los pelos de punta. Se ha publicado en El Mundo y es una expresión de Federico Jiménez Losantos. Hace 15 días que los obispos publicaron un documento sobre los que trabajan en las obras caritativas y sociales de la Iglesia, en el que les piden identidad y comunión eclesial. Si se les pide a los que hacen esa labor, ¿cómo no se le va a pedir a los que están todo el día ante un micrófono, emitiendo mensajes, opinando, modulando? Mis perplejidades van por ahí.

 José Luis Restán: Pero son perplejidades colaterales. Ese es otro debate (Y el director del programa zanjó el debate, cambiando de tema).

Libro de Ortega

Conocí a Joaquín Luis Ortega, a finales de los 80, cuando comenzaba en las lides de informador religioso y él fungía (porque fungía, nunca mejor dicho) como portavoz del episcopado, para lidiar con las 'vacas sagradas' de aquella época dorada de la información religiosa, con José Luis Martín Descalzo, Bernardino Hernando, José María Javierre, Pedro Miguel Lamet o Jesús Infiesta. Era todo un placer asistir a sus ruedas de prensa, donde se explicaba con claridad y maestría. Y con total transparencia, en tiempos en que no se hablaba de ella.

Nunca rehusaba una pregunta ni ponía mala cara ni daba malas contestaciones. Siempre iba de frente. Quizás porque fue un maestro del periodismo a ambos lados de la trinchera. Primero, como redactor de Vida Nueva, después como director de Ecclesia y, por último, como vicesecretario de la Conferencia Episcopal para la Información y portavoz de la misma (1985-1990).

A mi juicio, le ayudaba en su tarea de portavoz de la Iglesia el conocer la profesión por dentro y su extraordinaria preparación en todos los campos del saber. Porque, Joaquín Luis fue un sabio, un enciclopedista, un hombre-orquesta, que igual escribía poemas como novelas o sesudos informes. Y que, por supuesto, como historiador de la Iglesia que era, conocía a la perfección los avatares de la institución.

Pero, además, fue siempre un hombre del Concilio. Un enamorado del Concilio Vaticano II, al que, junto al cardenal Tarancón, ayudó a poner en marcha en la España jerárquica española, que venía de Trento y de la Cruzada.

Tarancón

Era todo un pozo de ciencia y, al mismo tiempo, un tipo serio, ponderado, equilibrado y, por eso mismo, respetado. Siempre tuvo claro, al igual que sus maestros, el cardenal Tarancón o el que después sería también cardenal Sebastián, que la Iglesia católica española debía colocarse por encima de la lucha partidista y no bajar a la arena política. O que los obispos, com pedía el Concilio, tenían que ser servidores de la comunidad y apartarse de las ínfulas principescas de otras épocas pasadas.

Y, por eso, cuando llegó la involución, capitaneaba en Roma por Juan Pablo II y por el cardenal Ratzinger, y secundada en España primero por el cardenal Suquía y, después, por el cardenal Rouco Varela, Joaquín Luis fue perdiendo pié en Añastro y, como no se atrevían a echarlo directamente, le hicieron un hueco como director de la BAC. Promoveatur ut amoveatur. Como editor se esmeró hasta el extremo y, una vez jubilado, se retiró a su casa de Burgos, donde, durante muchos años, supo dejar las candilejas y pasar casi totalmente desapercibido.

Con su muerte, deja un vacío mediático que, a mi juicio, desde su retirada, no se ha llenado. Tanto hacia adentro como hacia afuera. Y de hecho, ha sido el único portavoz del episcopado al que los periodistas organizamos una cena de despedida, en la que hubo discursos y hasta alguna lágrima furtiva. Como reconocimiento a su extraordinaria labor. Y fue, entonces, cuando nos ofreció a los informadores religiosos su último consejo: "Nec temere, nec timide" (ni con temeridad, ni con timidez). En latín, una lengua que dominaba y en la que los consejos suenan a mandatos divinos y a tablas de la ley. Gracias maestro.

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