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José María Díez Alegría, el teólogo del buen humor

Rumores de Ángeles: José M. Vidal
26 jun 2010 - 10:50

Le llamaban “jesuita sin papeles”, “teólogo disidente” o “teólogo de la esperanza”, por su famoso libro “Yo creo en la esperanza” que le brindó la notoriedad y el castigo de los censores curiales. Pero José María Díez Alegría fue ante todo el “teólogo del buen humor”, capaz de reírse hasta de sí mismo y de publicar una obra titulada “Teología en broma y en serio”. En broma y en serio pero siempre esperanzado vivió hasta ayer, que fallecía, en la residencia de los jesuitas de Madrid, a los 98 años. Y “ya un poco cansado de vivir”, como solía decir, cuando alguien le felicitaba por sus muchos años.

Nacido el 22 de octubre de 1911 en el seno de una familia bien. Su padre era, entonces, el director de la sucursal del banco de España en Gijón. Familia de rancio abolengo, con dos hermanos militares de alta graduación, los generales Luis Díez-Alegría, jefe de la Casa Militar de Franco y ex director general de la Guardia Civil, y Manuel, ex jefe del Alto Estado Mayor del Ejército. José María también se iba a dedicar a la milicia, pero a la de Cristo.

De hecho, en 1930, ingresó en la Compañía de Jesús y, tras unos brillantes estudios, se ordenó sacerdote en 1943. Como todos los jesuitas, siguió estudiando, para licenciarse en Teología y doctorarse en Filosofía y en Derecho en la Gregoriana de Roma.

En los años grises del tardofranquismo comenzó su carrera docente en la Universidad de Alcalá de Henares, donde enseñó Ética desde 1955 a 1961. Pero su auténtica especialidad fue la de la Doctrina Social de la Iglesia. Como experto en esa materia vivió muy de cerca el desarrollo del Concilio Vaticano II, durante el cual asesoraba al ala abierta del episcopado, capitaneada por el cardenal Tarancón.

Fue un enamorado del Concilio y de su aplicación en España, a la que contribuyó profundamente, con sus libros, charlas y conferencias. Dio clases en Roma, en la Universidad Gregoriana, cuna de Papas y obispos, hasta el año 1972. El año que él llamaba de “su maldita gracia”. Porque ese año publicó su libro más famoso y más polémico ‘Yo creo en la esperanza’. Escrito con ganas. “Voy a escribir por una vez sin más autocensura que la de mi propia conciencia y la de mi propia fe”.

Un libro que se convirtió en un fenómeno social. Con más de 200.000 ejemplares vendidos y repercusión mundial. Tanta que el New York Times titulaba así una reseña de su obra: “El best seller de un jesuita español aclama a Marx y ataca a Roma”. Había sí, en su libro, afirmaciones atrevidas, pero nada heréticas, por supuesto. Alegría, como le conocían todos en aquella época, se había atrevido, como nadie, a mirar al rey desnudo y a decir en voz alta que lo estaba.

Las autoridades romanas se quejaron a los jesuitas y, para no crearle más problemas a la institución que había puesto la proa hacia “la lucha por la justicia” y hacia la Teología de la Liberación, José María Díez Alegría decidió exclaustrarse de iure, pero no de facto, de la Compañía. Y se fue a vivir con otro heterodoxo, José María Llanos. Un tándem que, desde el Pozo del Tío Raimundo de Madrid, iluminaba y sacudía la modorra eclesiástica española.

Desde allí, los dos José Marías se convirtieron en iconos de la Iglesia más abierta y avanzada, hicieron realidad la opción preferencial por los pobres en España y pusieron en solfa algunas doctrinas eclesiales. Con su fina ironía, Díez Alegría se reía del limbo de los niños, por ejemplo, al que llamaba “una especia de guardería infantil eterna y beata”. Y denunciaba, sin pelos en la lengua, las sombras del catolicismo. “El catolicismo ha actuado en gran medida como opio del pueblo y como guirnalda de flores que recubre las cadenas del hombre, tendiendo con su cobertura, a perpetuarlas”.

Adoraba al Papa Bueno y escandalizaba a “la gente tradicional, que se asusta mucho del follón que se ha armado en la Iglesia católica después de Juan XXIII (¡bendita sea su memoria!) y del Concilio Vaticano II (de feliz recordación)”. O denunciaba a la Iglesia, cuando se convertía en “una especie de fábrica de coca-cola espiritual”.

Santo y seña de muchas generaciones de católicos y hasta de los teólogos más punteros de España o de Latinoamérica, que le llamaban “maestro”, el padre Alegría deja poso y huella. Y muestras de su fino sentido del humor, que lo llevó a comparar a la Trinidad con un equipo de fútbol. O a asegurar que “Marx es el enviado de Dios, para demostrar al mundo que Dios está con los oprimidos, con los pobres y contra la opresión”.

José Manuel Vidal

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