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África abraza a León XIV, el Papa que llegó como misionero y habló como pastor con autoridad moral reconocida

Balance del primer viaje del Papa a Africa

"África, por su parte, le ha devuelto el gesto con generosidad. Ha visto en él al hombre de blanco que no llega para dominar, sino para acompañar; no viene a imponerse, sino a sembrar justicia, paz y esperanza"

El Papa en África
El Papa en África

El viaje de León XIV a África ha tenido algo de regreso a las raíces y algo de declaración de principios. En Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial, el Papa misionero ha hablado como quien conoce de cerca la pobreza, la desigualdad y el dolor de los pueblos, pero también su inmensa capacidad de esperanza, que se nota en su alegría innata.

Y lo ha hecho sin entrar en la pelea personal con Donald Trump, que hasta lo llamó débil. El Papa se ha mantenido por encima de la polémica, y las ‘fanfarronadas' del presidente USA han terminado reforzando su autoridad moral en todo el mundo (¡y de qué manera!).

Desde el inicio del viaje, León XIV dejó clara su identidad pastoral. No fue a África como político, ni como adversario de nadie, sino como servidor de la paz y de los pobres. Por eso, el itinerario elegido para la gira —Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial— no responde al azar, sino a una decisión claramente estratégica: priorizar las periferias.

León XIV evitó los grandes centros de poder católico, para situarse precisamente en aquellos territorios donde la Iglesia arrastra desafíos políticos y estructurales muy serios, reforzando así una narrativa que le da legitimidad desde los márgenes y lo presenta como un actor cercano a los espacios de mayor vulnerabilidad política y social.

Por eso, en Camerún (el país del dictador Paul Biya con más de 40 años en el poder) recordó que la Iglesia quiere estar “sin distinción” junto a “las fuerzas vitales de la nación”, y pidió “romper las cadenas de la corrupción”, porque “desfigura la autoridad”. También advirtió que el Estado de derecho no puede quedar relativizado por supuestos argumentos de seguridad, y llamó a invertir en los jóvenes para frenar la fuga de talentos.

África, “reserva de alegría y esperanza”

En Angola, el Papa elevó todavía más el tono de su mensaje. Habló de África como “una reserva de alegría y esperanza para el mundo” y subrayó que “sus jóvenes y sus pobres siguen soñando, siguen esperando, no se conforman con lo que ya existe”. Fue una frase luminosa, casi programática, porque sitúa al continente no como periferia resignada, sino como una fuente viva de renovación para la Iglesia y para la humanidad.

León XIV también dejó allí una frase que resume bien su mirada sobre la vida social y política: “La vida florece solo en el encuentro. En el principio está el diálogo”. Y añadió una advertencia muy directa a quienes gobiernan: no teman el desacuerdo, no apaguen los sueños de los jóvenes, no confundan nunca la propia parte con el todo. Son palabras que retratan a un Papa que no se limita a bendecir; interpreta la historia y llama a construir una convivencia más justa e igualitaria.

Corrupción, políticos y poder

Uno de los ejes más fuertes del viaje ha sido la denuncia de la corrupción y de los regímenes enquistados en el poder. León XIV evitó personalizar en exceso, pero el contexto hablaba por sí solo: Camerún con Paul Biya tras más de cuatro décadas en el poder, y Guinea Ecuatorial bajo la larga sombra de la saga Obiang. Frente a esa realidad, el Papa insistió en que el poder solo es legítimo si sirve al bien común y si no aplasta la dignidad de los pueblos.

El Papa, Biya y su mujer
El Papa, Biya y su mujer

En ese mismo marco, lanzó otra idea decisiva: “El contacto con quienes carecen de poder y grandeza es una forma fundamental de encuentro con el Señor de la historia”. Esa frase, que resume la lógica evangélica del viaje, conecta con toda su estrategia evangélica: el Papa no bendice a los poderosos por el mero hecho de serlo; se coloca al lado de quienes no cuentan, de quienes migran, de quienes sufren y de quienes sostienen la vida cotidiana sin protagonismo alguno.

Al mismo tiempo, la presencia papal en países con regímenes autoritarios abre un dilema inevitable, porque su visita puede leerse como una forma de legitimación internacional, pero sus palabras introducen también una presión ética directa sobre esas mismas autoridades.

Ese equilibrio entre diálogo y crítica forma parte del estilo diplomático del Vaticano, aunque no por ello deja de suscitar preguntas sobre sus límites y sobre la incidencia real de la palabra papal en sistemas cerrados al cambio.

La gira de León XIV por África pone también de relieve el potencial y los límites del llamado poder blando (soft power) papal en la política internacional. El Vaticano no cuenta con instrumentos coercitivos, pero sí con una capacidad singular para influir en el plano simbólico y moral, allí donde pesan la conciencia, la autoridad espiritual y la memoria de las víctimas. La gran incógnita es si esa influencia podrá traducirse en transformaciones concretas en un mundo cada vez más marcado por la competencia, la desigualdad y el conflicto.

Migración, desarrollo y justicia

León XIV también abordó con fuerza el drama migratorio. En su viaje, defendió al mismo tiempo el derecho a emigrar y el derecho a quedarse, una fórmula que ha resonado con especial fuerza en un continente donde demasiados jóvenes se marchan porque no ven futuro. El Papa ha insistido en que emigrar debe hacerse con seguridad, sin mafias, sin penurias y sin jugarse la vida, pero también en que África necesita condiciones reales para que sus hijos no se vean obligados a partir.

Ese mensaje enlaza con su denuncia de las desigualdades y de la corrupción, porque no hay desarrollo auténtico donde el poder se convierte en botín y donde los jóvenes se ven forzados a buscar su futuro lejos de casa.

Por eso el Papa ha hablado tanto de educación, de responsabilidad, de justicia y de equidad. A los profesores les pidió “encarnar los valores de la justicia y la equidad, la integridad, la sensibilidad del servicio y de la responsabilidad”, y advirtió que África necesita liberarse “de la plaga de la corrupción”.

La epifanía de su pontificado y la teología política profética

Este viaje ha sido, sin exagerar, una verdadera epifanía de su pontificado, en el que León XIV ha mostrado con nitidez el corazón de su teología política profética, una visión ubuntu que entiende que nadie se salva solo y que el bien común empieza por reconocer la dignidad del otro.

En Camerún lo dijo con una claridad muy africana y muy evangélica, cuando advirtió que “África y el mundo necesitan personas que se comprometan a vivir según el Evangelio y a poner sus competencias al servicio del bien común”, una frase que resume su convicción de que la Iglesia no puede quedar al margen de la construcción social y moral de los pueblos.

El papel moral de la Iglesia y la lucha contra el unilateralismo.

León XIV ha reivindicado también el papel de guía moral de la Iglesia frente a un mundo dominado por lógicas de fuerza y unilateralismo. En Guinea Ecuatorial lo expresó con palabras muy fuertes, al afirmar que Dios no puede “ser profanado por la voluntad de dominio” y al llamar a impulsar políticas “que vayan a contracorriente, centradas en el bien común”.

Es una manera de recordar que la Iglesia no está para bendecir la lógica del poder desnudo, sino para juzgarla moralmente cuando olvida a los débiles y convierte la política en mera imposición.

 El poder como servicio

En este viaje, el Papa ha insistido, por otra parte, en que el poder solo tiene legitimidad cuando se entiende como servicio. En su paso por África dejó claro que la autoridad no vale por sí misma, sino por su capacidad de promover el bien común, y en varios mensajes pidió a los responsables públicos que no traicionen el ideal de servicio.

El Papa en Guinea
El Papa en Guinea

Su lógica es la contraria a la del dominio, porque el poder no debe aplastar, sino sostener; no debe exhibirse, sino ponerse al lado de quienes más sufren. Esa es, en el fondo, la forma más evangélica de gobernar. Por eso, el Papa habló como quien recuerda a los gobernantes que el desarrollo sin justicia acaba siendo otra forma de violencia.

Un Papa en su salsa

Más allá de los discursos, el viaje ha mostrado a un León XIV especialmente suelto (hasta ha improvisado a veces), cercano y físicamente en forma. Un Papa que abraza, acaricia a los niños, saluda sin cesar y parece moverse con una naturalidad sorprendente en medio de multitudes que lo reciben con cantos, danzas, ritmos y sonrisas.

No se le vio tenso ni forzado. Parecía estar en su salsa de misionero, como lo estuvo antes en Perú y en otros lugares donde aprendió a ser pastor caminando entre la gente y compartiendo su vida.

África, por su parte, le ha devuelto el gesto con generosidad. Ha visto en él al hombre de blanco que no llega para dominar, sino para acompañar; no viene a imponerse, sino a sembrar justicia, paz y esperanza.

Y en ese contraste con Trump, que quiso reducirlo y terminó engrandeciéndolo, el viaje ha reforzado una idea muy clara: que el Papa está por encima de cualquier poder, no porque sea más fuerte, sino porque sirve a una fuerza más grande que cualquier presidente, la fuerza humilde del Evangelio.

León XIV ha hilvanado, además, un discurso coherente que se resume en cuatro peticiones decisivas para el futuro del continente: una piedad auténtica que no resulte un “escándalo” ante la exclusión social; un reparto justo del pan que rompa con el “mundo al revés” de los señores de la guerra; una fe de hijos y no de “clientes”, capaz de curar la lacra de la corrupción; y el compromiso de unos cristianos que asuman, con responsabilidad y valentía, el destino de sus naciones.

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