“Detengan la construcción de la enésima Babel”: el grito de León XIV para salvar la humanidad
"La Iglesia no aparece, pues, como una institución que observa desde fuera el drama tecnológico. Se presenta, en la carta del Papa, como una comunidad que quiere ayudar a orientar el rumbo de la historia. Y lo hace con una propuesta nítida: no arquitectos de Babel, sino constructores de comunión"
Magnífica introducción la de la primera encíclica papal, que se titula precisamente Magnifica humanitas, porque no es una apertura protocolaria ni un preámbulo piadoso. Es ya una tesis, un programa y una advertencia. León XIV plantea desde la primera línea una alternativa radical para nuestro tiempo: o seguimos levantando torres que prometen altura para unos cuantos y terminan produciendo dispersión, o bien aprendemos a construir ciudades de comunión, donde Dios y la humanidad puedan convivir sin que nadie quede aplastado por la ambición, la técnica o el poder. Esa es la hondura del grito papal: “Detengan la construcción de la enésima Babel”.
Babel o comunión
La imagen de Babel es antigua, pero no envejece. En el relato bíblico, la humanidad cree poder asegurarse un futuro fabricándose una unidad artificial: “una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección”. El problema no es solo la técnica; es la soberbia que la habita cuando se vuelve autosuficiencia.
Babel representa precisamente el sueño de una humanidad que quiere “hacerse un nombre” sin Dios, imponer uniformidad en lugar de comunión y reducir la diversidad a obediencia. El resultado, como recuerda el Papa, no es la unidad soñada, sino la confusión y la dispersión.
La fuerza de esta lectura está en que León XIV no demoniza la construcción humana. No condena la ciudad, ni la organización, ni el progreso, ni la técnica. Lo que condena es la tentación de convertirlos en absolutos. Babel es la civilización del rendimiento sin alma, del poder sin fraternidad, de la eficiencia que sacrifica la dignidad de las personas.
Es la imagen de la modernidad, cuando olvida sus cimientos espirituales y se deja seducir por la autosuficiencia. Por eso el Papa no habla solo de una torre antigua; habla de nuestras torres de siempre, ahora revestidas de digitalización, inteligencia artificial y dominio algorítmico.
Nehemías, el otro camino
Frente a Babel, León XIV presenta la figura de Nehemías como la gran pedagogía bíblica de la reconstrucción. Y aquí está uno de los giros más hermosos de la introducción: no se trata de elegir entre destruir o construir, sino entre construir mal o construir bien.
Nehemías no impone soluciones desde arriba. No levanta muros desde el orgullo ni desde la imposición. Antes de actuar, ora, ayuna, discierne, escucha. Luego convoca a todos y reparte la tarea: cada familia, cada grupo, cada persona asume su parte. La ciudad renace no por la genialidad de un líder solitario, sino por la responsabilidad compartida de todo el pueblo.
Ese contraste es decisivo. Babel es la obra de la uniformidad; Jerusalén, la de la comunión. Babel borra diferencias; Nehemías las integra. Babel se construye contra Dios; Jerusalén se reconstruye en su presencia. Babel persigue el cielo como conquista; Nehemías levanta la ciudad como servicio.
El Papa subraya así una verdad de enorme actualidad, que el futuro humano no se salvará por la concentración del poder, sino por la corresponsabilidad, la escucha y la cooperación. En tiempos de algoritmos opacos y grandes monopolios tecnológicos, esta intuición vale casi como un manifiesto político y espiritual.
La cuestión tecnológica
La referencia a la inteligencia artificial, la digitalización y la robótica no es decorativa en la encíclica. León XIV sitúa la cuestión tecnológica en el centro mismo de su carta magisterial, porque sabe que ahí se juega hoy buena parte del destino humano.
La técnica, dice, no es mala en sí misma; es una expresión profundamente humana. Pero nunca es neutral. Siempre lleva el rostro de quien la diseña, la financia, la regula y la usa. Por eso el problema no consiste únicamente en regular la tecnología, sino en discernir qué tipo de humanidad queremos servir con ella.
Aquí el Papa toca uno de los nervios de nuestro tiempo: el poder tecnológico ha pasado en buena medida de los Estados a actores privados, a transnacionales, cuyo poder es difícilmente controlable. Y ese desplazamiento ha creado una nueva forma de poder: más invisible, más difusa y, al mismo tiempo, más incisiva. León XIV no rechaza la innovación; rechaza que la innovación quede secuestrada por la lógica del lucro, del control y de la rentabilidad. Por eso, en ese punto, su encíclica no es solo una reflexión moral, sino una llamada a recuperar el gobierno humano de lo humano.
Una ciudad para todos
La alternativa que propone el Papa no es nostálgica ni ingenua. No sueña con volver a un pasado idealizado, sino con aprender a construir de nuevo. Construir “en el bien”, dice, implica reconocer el límite, la fragilidad y la dependencia mutua.
Esa afirmación es profundamente contracultural. Vivimos en un mundo que idolatra la autosuficiencia, la productividad ilimitada y la promesa de una técnica capaz de corregir incluso la condición humana. León XIV desmonta esa ilusión y recuerda que la plenitud no nace de eliminar la fragilidad, sino de acogerla con solidaridad.
De ahí su insistencia en la corresponsabilidad. Científicos, empresarios, legisladores, educadores, movimientos populares, comunidades de fe, todos tienen su tramo de muro. Nadie puede salvar solo el mundo; nadie es demasiado pequeño para no aportar nada.
La lógica de Nehemías es, en el fondo, la lógica de la subsidiariedad y de la fraternidad. Frente a la centralización del poder, el Papa propone una arquitectura de la convivencia donde cada uno cuenta y donde nadie es prescindible, porque las “piedras rechazadas” de los pobres y descartados se convierten en “piedra angular”.
El lenguaje del Evangelio
León XIV no se limita a denunciar; también propone un estilo. Y ese estilo es, lógicamente, el del Evangelio. Por eso, pide claridad sin humillación, firmeza sin estridencia, verdad sin violencia. No bendice entusiasmos ingenuos ni alimenta miedos estériles.
Más bien llama a traducir los criterios de la doctrina social de la Iglesia en prácticas concretas: dignidad de la persona, destino universal de los bienes, opción por los pobres, cuidado de la casa común, paz, alfabetización digital o evaluación del impacto humano y social de las tecnologías.
La encíclica no se queda, pues, en una oposición entre “tecnología mala” y “humanismo bueno”. Lo que propone es una espiritualidad del discernimiento y de la construcción de la casa común.
La Iglesia no está llamada a ser un museo de advertencias, sino una escuela de humanidad. Y por eso el Papa pide un lenguaje que no cierre caminos, sino que los abra. Un lenguaje evangélico, “sin palabras que humillen o enfrente”; un lenguaje que no traduzca todo en datos y prestaciones, sino que vuelva a poner en el centro el misterio de la persona.
Seguir siendo humanos
Tal vez una de las frases más luminosas del texto papal sea esta: debemos “seguir siendo profundamente humanos”. No hay aquí una consigna sentimental, sino un imperativo histórico. En la era de la inteligencia artificial, la gran tentación es reducir la persona a información, eficiencia o comportamiento predecible.
Frente a eso, León XIV reivindica una humanidad que ninguna máquina puede sustituir y que pasa por la apertura al otro, la escucha, la voluntad de unidad, y la capacidad de amar y de sufrir con los demás.
Este es el verdadero fondo de la encíclica. No un catecismo contra la tecnología, sino una defensa de la belleza del ser humano. El Papa no teme el futuro; teme que el futuro se construya sin Dios, sin pobres y sin comunión. Por eso su grito es tan severo como esperanzado. No es un “no” a la técnica, sino un “sí” radical a la persona. No es una nostalgia de Jerusalén, sino una invitación a reconstruirla. Como ciudad santa y, por lo tanto, de hermanos.
El grito profético
Por eso el cierre de la introducción tiene la fuerza de una consigna profética. León XIV no habla como un académico que analiza tendencias, sino como un pastor que advierte un peligro real: la humanidad está a tiempo de elegir entre Babel y la ciudad reconciliada. Y lo dice con una claridad que desarma: “Detengan la construcción de la enésima Babel”. Ahí está el centro de gravedad de toda la encíclica.
La frase no solo denuncia. También convoca. Invita a dejar de edificar sistemas que prometen grandeza y terminan produciendo soledad, exclusión y dominio. Invita a abandonar la fascinación por torres que no sostienen la vida y poner, en cambio, manos a la obra en la ciudad común, en esa Jerusalén reconstruida donde los muros se levantan entre todos, con Dios en el centro y la humanidad entera como destinataria.
La Iglesia no aparece, pues, como una institución que observa desde fuera el drama tecnológico. Se presenta, en la carta del Papa, como una comunidad que quiere ayudar a orientar el rumbo de la historia. Y lo hace con una propuesta nítida: no arquitectos de Babel, sino constructores de comunión. Esa es la verdadera originalidad del Papa. No ha venido a bendecir las torres del poder, sino a recordar que el futuro solo será humano, si vuelve a nacer de la fraternidad.
