‘Los Domingos’, sin claves adultas para entender la vocación religiosa

"Las contemplativas son personas que eligen el silencio y el amor absoluto para ser cuna donde Dios mece el dolor de la humanidad"

'Los Domingos'
'Los Domingos'

La vocación religiosa sigue siendo uno de los hechos más desconcertantes de la Iglesia en una cultura que idolatra la autonomía, la experiencia y el “probar de todo” antes de decidir. Que una chica virgen de 18 años, como la protagonista de la película "Los domingos", llame a la puerta de un convento de clausura escandaliza a muchos porque cuestiona nuestros axiomas sobre lo que es una vida “realizada”. Pero también porque, con demasiada frecuencia, la propia Iglesia explica mal lo que ahí está en juego, porque se queda en clichés sentimentales o en argumentos piadosos que parecen, justamente, infantiles.

Elenco de 'Los Domingos'
Elenco de 'Los Domingos'

¿Cómo se explica una vocación?

Una vocación religiosa es, ante todo, la intersección de tres dimensiones: una experiencia interior de llamada, una lectura creyente de esa experiencia y un proceso comunitario de contraste. No basta con que una chica diga “siento que Dios me llama”. Tiene que poder decir, con el tiempo, “en esto concreto se juega esa llamada, con estas capacidades, esta historia y este modo de amar”.

A mi juicio, la película mencionada reproduce una versión muy pobre de este itinerario: la joven solo es capaz de balbucear deseos difusos, el cura director recurre a frases hechas (“el Señor te quiere toda para Él”) y la superiora parece más preocupada por llenar el noviciado que por ayudar a esa muchacha a entender qué le está pasando.

¿Por dónde pasa una explicación adulta de la vocación religiosa? Pasa por aceptar que hay un componente de misterio que no se deja encerrar en argumentos lógicos, pero no por eso renuncia a la inteligencia.

La llamada no es una voz mágica que cae del cielo, sino una atracción persistente hacia un modo de vivir el Evangelio que da paz, ensancha el corazón y se sostiene en el tiempo incluso cuando falla la emoción.

Se parece más a descubrir “dónde soy más yo” que a obedecer un mandato tiránico. Si, en la explicación de la vocación, solo se apela al sacrificio por sacrificio, o a frases tipo “Jesús te quiere solo para Él”, es normal que desde fuera parezca un trato sádico entre un Dios posesivo y acaparador y una víctima complaciente.

Campaña vocacional 2025 de Salesianos
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El discernimiento, algo más que “ganas de ser monja”

El discernimiento serio intenta separar, poco a poco, lo que es llamada de lo que es huida, necesidad afectiva, idealización o presión ambiental. No se hace en dos conversaciones, ni se resuelve a los 18 años con un “sí” rotundo y ya está.

Es decir, el discernimientos vocacional supone tiempo, acompañamiento espiritual competente, experiencias diversas, confrontación con la propia biografía y con los límites personales. Un buen director espiritual no empuja a la clausura a la primera emoción intensa; más bien hace preguntas incómodas:

  • ¿Qué te atrae de la vida religiosa y qué te da miedo?
  • ¿Qué estás dejando y qué ganas realmente?
  • ¿Hay heridas, miedos a la sexualidad, deseo de esconderte del mundo, que están disfrazándose de “vocación”?
  • ¿Cómo reaccionas cuando el plan de Dios no coincide con el tuyo?

La comunidad, por su parte, no debería limitarse a “aceptar vocaciones”, sino a probarlas. El tiempo de postulantado y noviciado existe precisamente para verificar si la intuición inicial aguanta la realidad de la convivencia, la obediencia concreta, la frustración, la rutina, la vida de oración sin consuelos sensibles.

El problema no es que una joven se sienta llamada con 18 años; el problema es cuando Iglesia y comunidad religiosa convierten esa intuición en un “para siempre” sin haberla pasado por el fuego de un discernimiento serio y largo.

Alauda Ruiz de Azua: “lo que viven las personas que experimentan procesos de discernimiento vocacional es absolutamente real y muy poderoso”
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¿Un Dios-amante sádico que encierra a las muchachas?

La imagen de un Dios-Padre que “pide” a una chica que se encierre entre cuatro paredes sin haber vivido nada tiene algo de caricatura… pero no cae del cielo, porque la hemos alimentado a veces desde la propia predicación.

Cuando se presenta la vocación como un “deber” impuesto desde fuera, o como la renuncia absoluta a toda alegría humana para contentar a Dios, inevitablemente se dibuja un Dios celoso, acaparador, casi abusivo. Un amante que solo es feliz si la otra persona renuncia a todo lo demás y vive bajo su control.

La propuesta cristiana, sin embargo, va por otro lado. En la tradición bíblica, Dios llama para liberar, no para encerrar. La consagración solo tiene sentido si abre la capacidad de amar más y mejor, no si la amputa. Una monja de clausura no “entrega una vida que no ha vivido”, sino que elige una forma de vivirla, que puede ser tan intensa y dramática como cualquier matrimonio o maternidad.

La pregunta clave no es cuánto se renuncia, sino qué tipo de libertad y de fecundidad se juegan en la vocación. Si el convento se convierte en refugio neurótico, en burbuja para no enfrentarse al mundo ni a la propia historia, entonces queda claro y patente que no es voluntad de un Dios bueno, sino un mal discernimiento humano vestido de lenguaje piadoso.

Los Domingos
Los Domingos

¿Hay una explicación racional?

Diría que, hasta cierto punto, sí. Se puede describir la vocación como el resultado de una serie de factores: educación religiosa fuerte, experiencias de fe positivas, modelos admirados, sensibilidad espiritual, carácter más bien contemplativo, cierto desencanto precoz con los valores dominantes… Todo eso ayuda a comprender por qué a una joven le resulta atractiva la vida religiosa.

Pero si nos quedamos solo ahí, reducimos la vocación a psicología social. Falta algo que la propia persona creyente reconoce como “más grande que yo”. Es decir, esa sensación de que, justamente en ese camino, alguien me precede, me sostiene y me llama por mi nombre.

Desde la fe, la racionalidad de la vocación no consiste en suprimir el misterio, sino en integrarlo. No se trata de demostrar que Dios “manda” objetivamente a alguien al convento, sino de verificar que ese camino hace más humana a la persona, la despliega (la da alas, que dice el spot publicitario), la hace más capaz de amar y de servir, y no menos.

Lo que no resiste esta prueba no es vocación, es otra cosa. Por eso las explicaciones simplistas de la película resultan tan irritantes. Porque no muestran a una chica que ha atravesado sus miedos, su deseo, su cuerpo, sus dudas, y desde ahí elige; muestra apenas y sobre todo a alguien que se entrega a una idea confusa, casi infantil, de lo que Dios quiere de ella. Pura emotividad, puro corazón, que, a las primeras de cambio, puede venirse abajo como un castillo de naipes.

Monjas de clausura
Monjas de clausura

¿Seguiría existiendo la vocación sin conventos ni sacerdotes?

La pregunta es incómoda y muy fecunda. Si mañana desaparecieran las estructuras clericales y las formas actuales de vida religiosa, ¿se seguiría dando la experiencia de personas que sienten una llamada a darse por entero a Dios y a los demás? Todo indica que sí.

Lo que llamamos “vocación” es, en el fondo, la intuición de que mi vida no me pertenece del todo y de que será más plena cuanto más se entregue. Esa experiencia existía antes de los conventos y de las parroquias, y sobreviviría en otras formas si éstas desaparecieran.

La función sacerdotal o religiosa concreta -tal como la conocemos- es una de las maneras históricas en que la Iglesia ha canalizado esa llamada. No es la única posible. Por eso quizás la manera más honesta de hablar hoy de vocación, también a una chica de 18 años, no es empezar por el convento, sino por la pregunta de fondo: “¿Cómo y a quién quieres entregar tu capacidad de amar?”. Solo a partir de ahí tiene sentido proponer la clausura como una opción entre otras, no como el capricho de un Dios celoso, sino como un camino posible para que esa llamada se vuelva, paradójicamente, más libre, más lúcida y más fecunda.

Sólo así la clausura dejará de entenderse como “encierro", para pasar a explicarse en clave de “libertad para amar”, posicionando a la persona contemplativa no como alguien que huye del mundo, sino como alguien que sostiene el corazón del mundo a través de la oración, el silencio y la presencia.

Monjas de 'Los Domingos'
Monjas de 'Los Domingos'

Las contemplativas no huyen del mundo, sino que se sumergen en él a través de la oración. Son personas que eligen el silencio y el amor absoluto para ser cuna donde Dios mece el dolor de la humanidad, recordándonos que lo más importante no es lo que producimos, sino a quién amamos.

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